Homilía Tedeum 25 de mayo 2011

Parroquia San Agustín. Paraná

 

Queridos hermanos:

 

Nos hemos reunido en este templo  para orar por nuestra patria, en un nuevo aniversario de la Revolución de Mayo.

El 25 de mayo de 1810, el Cabildo abierto de Buenos Aires expresó el primer grito de libertad que culminaría el 9 de julio de 1816,  cuando los representantes de las Provincias Unidas en Sud América se reunieron en la ciudad de San Miguel de Tucumán y declararon la independencia nacional.

Estamos agradecidos por nuestra patria y por las personas que la forjaron. Con este sentimiento de gratitud nos hemos congregado hoy, para pedir la gracia de vivir con responsabilidad y grandeza este tiempo Bicentenario que estamos recorriendo con el compromiso y el deseo de trabajar para ser  una nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común.

Como expresábamos los obispos Argentinos con motivo del Bicentenario; anhelamos poder celebrarlo con justicia y solidaridad  y con un país reconciliado.

Tenemos que animar a pensar la Argentina de los próximos 100 años, necesitamos un proyecto de país, reafirmando  nuestra identidad común, estableciendo políticas públicas con consensos fundamentales que se conviertan en referencias para la vida de la Nación y puedan subsistir más allá de los cambios de gobierno, para lo cual hay que mirar el pasado de nuestra historia para proyectar un futuro  pensando en todos los argentinos sin exclusión.

Desde los inicios de nuestra comunidad nacional, aun antes de la emancipación, los valores cristianos impregnaron la vida pública. Esos valores se unieron a la sabiduría de los pueblos originarios y se enriquecieron con las sucesivas inmigraciones. Así se formó la compleja cultura que nos caracteriza. Es necesario respetar y honrar esos orígenes, no para quedarnos anclados en el pasado, sino para valorar el presente y construir el futuro. No se puede mirar hacia adelante sin tener en cuenta el camino recorrido y honrar lo bueno de la propia historia.

En nuestra cultura prevalecen valores fundamentales como la fe, la amistad, el amor por la familia,  la defensa de la vida de toda vida , la búsqueda del respeto a la dignidad del varón y la mujer, el espíritu de libertad, la solidaridad, el interés por los pertinentes reclamos ante la justicia, la educación de los hijos,  el amor a la tierra, la sensibilidad hacia el medio ambiente, y ese ingenio popular que no baja los brazos para resolver solidariamente las situaciones duras de la vida cotidiana.

Estos valores tienen su origen en Dios, como lo reconoce nuestra Constitución Nacional y son fundamentos sólidos y verdaderos, sobre los cuales podemos avanzar hacia un nuevo proyecto de Nación, que haga posible un justo y solidario desarrollo de la Argentina.

 

Queremos hoy elevar nuestras suplicas por nuestros gobernantes como nos enseña San Pablo en la primera lectura, para que con sabiduría y prudencia puedan construir nuestro destino sobre la “roca” que es Cristo, el Señor de la Historia, el Camino, la Verdad y la Vida.

 

Queremos pedir por los que tienen más responsabilidad para que  comprendan que su vocación es servir a su pueblo.  Este es el verdadero fundamento de todo poder y de toda autoridad: servir

 

 

Por eso, es fundamental generar y alentar un estilo de liderazgo centrado en el servicio al prójimo y al bien común. Todo líder, para llegar a ser un verdadero dirigente, decíamos los obispos, ha de ser ante todo un testigo. El testimonio personal, como expresión de coherencia y ejemplaridad hace al crecimiento de una comunidad. Necesitamos generar un liderazgo con capacidad de promover el desarrollo integral de la persona y de la sociedad. No habrá cambios profundos si no renace, en todos los ambientes y sectores, una intensa mística del servicio, que ayude a despertar nuevas vocaciones de compromiso social y político. El verdadero liderazgo supera la omnipotencia del poder y no se conforma con la mera gestión de las urgencias.

Recordemos algunos valores propios de los auténticos líderes: la integridad moral, la amplitud de miras, el compromiso concreto por el bien de todos, la capacidad de escucha, el interés por proyectar más allá de lo inmediato, el respeto de la ley, el discernimiento atento de los nuevos signos de los tiempos y, sobre todo, la coherencia de vida.

 

Hay dificultades, no las negamos.  Y frente a ellas tenemos que superar  la tentación de la queja inútil, de la protesta por la protesta. Debemos reaccionar como Jesús, amando a la Patria, como exigencia del mandamiento que nos pide honrar al padre y a la madre, porque la patria es el conjunto de bienes que hemos recibido como herencia de nuestros antepasados, es un bien común de todos los ciudadanos, y como tal, también es un gran deber.

 

Como respuesta al momento tenemos que cultivar en nosotros  el patriotismo, virtud olvidada y callada, que procura cultivar el respeto y amor que debemos a la patria, mediante nuestro trabajo honesto y la contribución personal al bienestar común, que nos lleve a todos sin excepción a preguntarnos qué puedo, y qué debo hacer para cooperar al bien de nuestra querida Argentina. El verdadero patriota  busca, y se compromete en la búsqueda de los medios para poder contribuir a hacer una gran Nación. La indiferencia o el no te metas, es un pecado

Recibimos la patria como un legado maravilloso y una tarea inacabada. Todos somos constructores y responsables de su futuro.        No esperemos a ver que hacen los otros, no miremos con indiferencia lo que no me toca, despertemos de la inmadurez de pretender un estado paternalista. La Argentina es una obra de todos, que se hace con el deber de cada día, hecho con esfuerzo, con honestidad pensando más en los otros que en el propio interés. Actitud que supone heroísmo para no cansarse, para no claudicar, para comenzar cada mañana, en nuestro lugar, para creer y esperar que con la gracia de Dios otra Argentina sea posible legar a nuestros hijos

Queremos ser constructores de un mundo más solidario, más justo, más humano. Hoy nos toca soñar con un Bicentenario sin pobreza,  con  desarrollo integral de todos, con familias sanas que sean verdaderas comunidades de amor al servicio de la vida.

Para poder realizar esta noble tarea, todos debemos superar los individualismos, los intereses egoístas y trabajar decididamente por el bien común. Todos tenemos que sentirnos patriotas, como nuestros próceres de mayo.

 

En este día, en que se mezcla la preocupación y la esperanza, venimos aquí a implorar al Señor, que ilumine nuestro camino y fortalezca nuestros espíritus.

Demos gracias a Dios y  pidamos su protección, sólo con su gracia, podrá ser posible nuestro una Argentina mejor.

Invoquemos la protección de Nuestra Señora de Luján, patrona de nuestra Patria, para que la mire con amor y ternura  y la conduzca por los caminos del bien.  Que así sea

Homilía en la Misa Crismal 2011


Paraná, 20 de abril de 2011

Año de la Vida

 

Querido Señor Cardenal Estanislao Karlic, queridos hermanos en el Episcopado Monseñor Maulión y Mons. Fernández

Queridos sacerdotes

Queridos Religiosos,  religiosas y Consagrados

Queridos hermanos:

Esta Eucaristía que el Obispo celebra con su presbiterio y rodeado del pueblo fiel, tiene un profundo sentido para nuestra Iglesia diocesana, pues pone de manifiesto la unidad eclesial y el origen pascual de todos los sacramentos. Y tiene un hondo significado para nuestro presbiterio, puesto que en la consagración del Santo Crisma y en la bendición de los Óleos, son testigos y cooperadores del Obispo de cuya sagrada función participan para la construcción del pueblo de Dios, su santificación y su conducción.

Santo Crisma y oleos benditos que luego serán para toda la Diócesis materia de varios sacramentos. Oleos y Crisma que serán llevados por los sacerdotes a sus parroquias, para santificar a su pueblo,  para que movidos por el amor al Señor sean fieles administradores de los misterios de Dios para servicio de la Iglesia, como se comprometieron el día de su ordenación, y  hoy renovarán con nueva generosidad y entrega, delante de todos ustedes a quienes quieren servir.

Nuestra vida, queridos hermanos, no tiene sentido, sino no es para servir a ustedes. Nadie se ordena sacerdote para sí. Sólo para la edificación del reino.

El centro de toda la liturgia está iluminada por las palabras del profeta Isaías que acabamos de escuchar en la primera lectura, y que Jesús se aplica a sí mismo en la Sinagoga de Nazaret: » El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido«. Él es el «Cristo”, “el Ungido” es decir el verdadero Sacerdote, Rey y Profeta. Enviado por el Padre para anunciar la Buena Nueva.

Y nosotros, queridos sacerdotes,  hemos sido «ungidos» para perpetuar la misión del que fue «enviado a anunciar la buena noticia a los pobres, la liberación a los cautivos y proclamar el año de gracia del Señor» ( prefacio)

Las actividades pastorales del presbítero son múltiples. Si se piensa además en las condiciones sociales y culturales del mundo actual y de nuestras Arquidiócesis, es fácil entender que el sacerdote está muy expuesto al peligro de la dispersión. Su vida está compuesta por un sinnúmero de tareas diferentes, urgentes e importantes que requieren toda su atención. Por eso, es fácil caer en una disipación del trabajo en la que se pierde la unidad. Y, sin embargo, nos damos cuenta  que necesitamos esa unidad en nuestra vida. Los obispos, los sacerdotes,  l necesitamos a algo o Alguien que unifique  nuestras facultades,  nuestras actividades y trabajos para no sentirnos fuera de nuestro ser, casi alienados.

Hace falta un principio  que anime y unifique nuestra vida sacerdotal y nuestro ministerio. Necesitamos un anclaje en medio de esta continua tensión entre el ser y el hacer, entre nuestras debilidades y la exigencia de santidad. Necesitamos un anclaje para entender y entendernos, para comprender el mundo y transformarlo según el Evangelio, para conocer a los hombres y guiarlos en su santificación, para aprender y enseñar, para santificarnos y santificar. Necesitamos llegar al centro de nuestra identidad para entendernos, para saber quiénes somos, cuál es nuestra misión, en donde está nuestra fortaleza.

La respuesta ya la conocemos y permítanme que en esta mi primera Misa Crismal con ustedes, la recalque porque me parece fundamental y es el secreto de toda la plenitud y eficacia de nuestra vida sacerdotal: La Eucaristía en el centro de la vida del sacerdote y de la Iglesia. Fuente y culmen. No podemos perder de vista que la Eucaristía es «la principal  razón de ser del  sacerdote, «somos en cierto sentido por Ella y para Ella.

Nacimos junto a Ella, en el Cenáculo, como lo vamos a recordar y celebrar mañana. Nunca nos podremos plenificar, si Ella no se convierte en el centro y la raíz de nuestra vida, de tal manera que toda nuestra actividad (en el amplio campo del magisterio, de la santificación y de la caridad) debe ser irradiación de la Eucaristía. Como nos dice Benedicto XVI “La actividad exterior…queda sin fruto y pierde eficacia si no brota de una profunda e intima comunión con Cristo”.

Nuestro ser sacerdotal, que recibimos por la imposición de las manos y  la unción del Crisma y que hoy queremos renovar tiene que ser profundamente agradecida, entregada, salvada; una existencia que recuerda, que hace memoria; una existencia «consagrada», orientada a Cristo, es decir eucarística.( Nos lo recordaba el Siervo de Dios Juan Pablo II)

Toda la liturgia de hoy nos habla de unción, de consagración. Mis hermanos nuestra existencia es consagrada, hemos sido ungidos con el Santo Crisma… también nosotros somos «un Misterio de fe». «De nuestra relación con la Eucaristía se desprende también, en su sentido más exigente, la condición « sagrada » de nuestra vida. Una condición que se ha de reflejar en todo nuestro modo de ser, de obrar y de celebrar. Somos consagrados, no nos pertenecemos, somos propiedad exclusiva de Dios.

Signo de esta consagración será claramente nuestro amor, nuestra devoción, nuestra piedad para tan gran sacramento. Celebrar, adorar; estar ante Jesús Eucaristía, aprovechar, en cierto sentido, nuestras «soledades» para llenarlas de esta Presencia, significa dar a nuestra consagración todo el calor de la intimidad con Cristo, el cual llena de gozo y sentido nuestra vida.

Y en esta celebración,  uniéndonos a toda la Iglesia argentina,  quiero pedirles, queridos sacerdotes, que sean los primeros en comprometerse a ¡anunciar, con renovado vigor el Evangelio de la Vida!

“El Evangelista Juan nos transmite una expresión de Jesucristo que nos ayuda a comprender el misterio de su venida y la buena noticia de su presencia entre nosotros: “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Cf. Jn 10,10). La presencia del Hijo de Dios en nuestra carne no viene a hacer violencia, ni a aniquilar lo humano sino a introducirnos en un horizonte de eternidad. La vida humana se enriquece con la Vida divina para que la plenitud humana vaya más allá de todo límite imaginable y de todo anhelo o proyecto humano.

“Jesús, el Buen Pastor, quiere comunicarnos su vida y ponerse al servicio de la vida” (DA 353).

Él, Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo (Cf. Jn 13,1), el misterio pascual de la muerte y resurrección del Señor es un gesto elocuente del amor de Dios por el hombre. Dios vuelve a poner de manifiesto que ama entrañablemente al hombre y que sólo Él es Señor y Soberano de la vida. El misterio pascual, que estamos por celebrar, es el camino por el que cada persona puede recibir la Vida de Dios. Cristo, muerto y resucitado, se presenta ante toda persona como el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14,6). El Señor se ofrece, hoy también, como alimento para un mundo hambriento de felicidad y sentido: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan vivirá para siempre” (Jn 6,51). Cristo Resucitado, pone de manifiesto la victoria de la Vida y envía a sus discípulos a anunciar el Evangelio de la vida y a engendrar a los hombres en la Gracia de Dios como hijos en el Hijo, comprometiendo su presencia hasta el fin del mundo (Cf. Mt 28, 16-20; Hch 1,6-8).

Dejemos que Jesucristo, con la elocuencia del Misterio Pascual, nos enseñe a valorar, a curar y a cuidar la vida; que nos ayude a responder a los interrogantes más profundos y a los desafíos de nuestro tiempo. Escuchemos al Señor, seamos dóciles a Él, para descubrir la verdad de la vida humana y engendrar en nosotros las actitudes que cuiden, protejan, respeten y promuevan la vida de cada persona, en todas las etapas de su desarrollo y circunstancias. ”

Vamos a bendecir el óleo de los catecúmenos para engendrar nuevos hijos, el crisma para darles vida  madura, el óleo de los enfermos para acompañarlos en la cruz y abrirles la puerta de la Vida eterna.

Renovaremos el compromiso de anunciar la Palabra, que es palabra de vida y…” No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mt.4,4). Palabra que tiene que ser primero escuchada y sólo la escuchan  las almas silenciosas, la entienden las almas limpias y la reciben las almas humildes. Tres condiciones-silencio, pureza y humildad- que hicieron posible a la Virgen de Nazaret que la Palabra de Dios se encarnara en Ella.

Somos pastores para conducir a nuestro pueblo a Aquel que es el Camino,  la Verdad y la Vida. “Si uno tiene sed, que venga a mí y que beba. De su costado saldrán ríos de agua viva” (Jn.37)

Celebraremos la Eucaristía, haciendo presente al Pan de Vida, como expresaba San Agustín “Oh Iglesia amadísima, come la vida, bebe la vida, tendrás la vida y esa vida es integra” (sermón 131, 1,1)

Nos dice el documento de Aparecida  El Pueblo de Dios siente la necesidad de presbíteros discípulos “Servidores de la vida: que estén atentos a las necesidades de los más pobres… También de presbíteros llenos de misericordia, disponibles para administrar el sacramento de la reconciliación” ( Ap. n.199) que sana y da nueva vida.

A todos nos toca un permanente recomenzar desde Cristo, y que mejor oportunidad que estos días, en donde se manifiesta la gesta más grandiosa del amor de Dios, y así redescubrir la belleza y la alegría de ser sacerdotes. Anunciar a Cristo. Anunciar la Vida. Él es como nos decía Benedicto XVI, “el que nos hace la vida libre, bella y grande. ¡Sólo con esta amistad se abren la puertas de la vida. Solo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera…  Quien se da a Él, recibe el ciento por uno… y encontrará la verdadera Vida” (Benedicto XVI hom. de iniciación del ministerio Petrino)

Mis queridos hermanos: nosotros los sacerdotes debemos sentirnos apremiados por estas palabras del Santo Padre, por la urgencia de nuestro mundo y por el clamor de nuestro pueblo. Debemos pedir la gracia del  encuentro  transformador con  Cristo. En la escuela de María tenemos que ir haciendo realidad nuestra configuración con Él.

Cristo ha venido a darnos la vida en plenitud, sólo acogiéndola con sencillez y generosidad podremos ser verdaderos padres, porque estaremos engendrando la vida divina a nuestro pueblo.

Queridos sacerdotes: una vez más gracias por todo el trabajo pastoral que realizan y por su entrega.  Que Dios se los pague como lo tiene prometido al servidor fiel y bueno.

A ustedes, queridos hermanos y hermanas, recen y apoyen a sus sacerdotes y seminaristas, pidan a Dios con insistencia que envía más operarios a su mies.

Recordemos especialmente hoy a nuestros obispos y sacerdotes difuntos, a nuestros sacerdotes enfermos, y a los que sirven en otras Diócesis.

Mis queridos hermanos, respondiendo al llamado a anunciar el evangelio de la vida estaremos respondiendo al llamado a la santidad, que todos recibimos en el bautismo y en la ordenación. Por eso los invito a renovar las promesas sacerdotales para poder ser santos sacerdotes procurando una auténtica y profunda conversión pastoral.

Con estas intenciones,  ofrecemos el sacrificio de Cristo, y nos aprestamos a recibir la abundancia de sus dones, en la comunión de la Iglesia, junto a María, Madre de Dios y nuestra Madre-

Que así sea

 

 

 

 

 

 

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Homilia en la toma de posesión

Monseñor Juan Alberto Puiggari

 

HOMILIA EN LA TOMA DE POSESIÓN DE LA ARQUIDIOCESIS DE PARANÁ


PARANÁ, 7 DE MARZO DE 2011

 

Queridos hermanos en el Señor:

Los saludo  con todo mi afecto con  las palabras del Apóstol San Pablo “…amados por Dios, llamados a ser santos, llegue la gracia y la paz, que proceden de Dios Nuestro Padre, y del Señor Jesucristo” ( Rom 1,7).

“Aquí estoy Señor” para hacer Tu Voluntad. En esta tarde, comienzo mi ministerio episcopal, en comunión con el sucesor de Pedro, nuestro Sumo Pontífice Benedicto XVI, teniendo clara conciencia que me entronco en una antigua y rica tradición eclesial que ha tenido egregios y santos obispos, riqueza de abnegación sacerdotal,  de  vida consagrada y de laicos que han entregado su vida al servicio de Dios y de los hermanos.

Esta realidad me hace sentir un cierto temor  ante  la nueva misión que sobrepasa mis capacidades humanas, que no dejan de confundirme, pero, al mismo tiempo, es una invitación  a la confianza y a un sereno abandono en Aquel que llama a seguirlo más de cerca. Resuena fuerte en mi corazón las Palabras de Jesús a Pablo “Mi gracia te basta, porque mi poder triunfa en la debilidad” 2Cor 9

Con estos sentimientos me presento ahora ante Ustedes, queridos hermanos  y hermanas, de esta querida Iglesia particular de Paraná “no lo hago  con sublime elocuencia o sabiduría humana, no pretendo cosa alguna sino anunciar a Jesucristo, y a este crucificado” 1 Cor, 2 1-3

Quiero ser para ustedes, apóstol de Jesucristo, servidor del Evangelio y testigo de la Esperanza que no defrauda.

 

Una vez más he meditado, en este tiempo, lo que pide la Iglesia al Obispo: El Concilio en Lumen Gentium nos recuerda que  «Los Obispos,  presiden en nombre de Dios la grey, de la que son pastores, como maestros de doctrina, sacerdotes del culto sagrado y ministros de gobierno, de modo que quien los escucha, escucha a Cristo… y así de modo visible y eminente, hacen las veces del mismo Cristo, Maestro, Pastor  y Pontífice, y actúan en lugar suyo.» n.22….

 

 

El Documento de Aparecida también nos recuerda con claridad a los Obispos que “el Señor nos llama a promover por todos los medios la caridad y la santidad de los fieles… llamados a ser maestros de la fe y por lo tanto anunciar la Buena Nueva, que es fuente de esperanza para todos, a velar y promover con solicitud y coraje la fe católica… tenemos que ser testigos cercanos y gozosos de Jesucristo, Buen Pastor” Ap. N.187

 

Es Cristo quien me envía, nuevamente a estas tierras entrerrianas, no por mis condiciones personales, ni por méritos propios, sino por una misteriosa  elección de su amor, que elige a los que Él quiere, a los débiles, para confundir a los fuertes.

 

Y me pide que me identifique interiormente con Él, que me haga servidor como Él, que no vino a ser servido, sino a servir. Servidor hasta hacerme Siervo como Él.   Este es el fin último de todo ministerio en la Iglesia y muy especialmente del ministerio del Obispo: ser servidor humilde y fiel de Jesucristo, nuestro único Señor;  servidor, abnegado hasta la entrega total al pueblo que se me confía;   servidor de la esperanza, de la comunión, de la reconciliación y la paz; ser servidor de los más débiles, los más pequeños, los más pobres.

Mi servicio no puede nacer sino de la contemplación de Jesucristo, la obediencia al Padre y la docilidad al Espíritu. Mi primera responsabilidad es escuchar y contemplar para obedecer,  al proyecto divino del Padre, para esta Iglesia particular.

Hago mío lo que decía maravillosamente el Santo Padre en el comienzo de su servicio Petrino: “En este momento no necesito presentar un programa de gobierno… Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino de ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la Palabra y de la Voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia.”

Mi pastoreo será autentico y fecundo si nace del amor.

En la primera lectura  el profeta Ezequiel escuchábamos  las palabras del Señor que se presenta como el verdadero Pastor, en realidad el Pastor es Jesucristo: «»Yo soy el buen pastor […]. Yo doy mi vida por las ovejas», dice Jesús de sí mismo (Jn 10, 14s.).

Una de las características fundamentales del pastor debe ser amar a los hombres que le han sido confiados, tal como ama Cristo, a cuyo servicio está. «Apacienta mis ovejas», dice Cristo a Pedro, y también a mí, en esta tarde. Apacentar quiere decir amar, y amar quiere decir  estar dispuesto a inmolarse.

Amar es dar el verdadero bien a las ovejas, el alimento de la verdad de Dios, de la palabra de Dios; el alimento de su presencia, que él nos da en el Santísimo Sacramento.

En esta tarde frente a ustedes me quiero comprometer a amar, a entregar la vida por ustedes; solamente deseo servirlos, y poner a disposición de todos, mis pobres fuerzas, todo lo poco que tengo y que soy.

Por eso les pido: recen por mí, para que aprenda a amar cada vez más al Señor. Recen por mí a Jesucristo, para que me  ayude a ser, por él y con él, buen pastor de su rebaño, que peregrina en Paraná.

 

No puedo, en este día,  dejar de expresar  mi sentimiento más profundo  de  gratitud. A Dios Nuestro Señor, en primer lugar; a la Iglesia que amo como Madre y quiero servir con renovada entrega; a Nuestro Santo Padre Benedicto XVI II, al que quiero expresarle en la persona del Señor Nuncio de Su Santidad, a quien agradezco fraternalmente su presencia,  mi gratitud por la elección, mi obediencia y amor filial.

Gratitud a mi hermano Mons. Mario Maulión, desde el primer momento de mi nombramiento puso todo a mi disposición. Gracias por tu entrega sacrificada en esta tú querida Arquidiócesis. Vengo a continuar tu tarea.

Gracias al querido Cardenal Estanislao Karlic, de sus manos recibí el don del episcopado y su cercanía aprendí a vibrar con la Iglesia Universal.

A ustedes queridos hermanos en el episcopado: gracias por acompañarme en este momento. La presencia de ustedes hace visible el misterio de comunión del colegio episcopal  y es un estimulo y apoyo en esta nueva etapa de mi servicio episcopal.

Agradezco la presencia de las autoridades provinciales, municipales, del Secretario de Culto católico  de la Nación, de las autoridades  militares y de seguridad.

A mi familia y amigos que han venido de varios lugares, su apoyo ha sido y es sumamente importante para seguir cumpliendo con mi misión. Gracias

Permítanme un especial agradecimiento a los sacerdotes, diáconos, religiosos y consagrados y laicos que me han acompañado de la querida Diócesis de Mar del Plata. Ustedes bien conocen mi afecto, valoro enormemente el esfuerzo que han hecho y les reitero lo que les decía hace pocos días: entre altar y altar no hay distancia y en el Corazón de la Madre se encuentran los hijos. Que Dios los bendiga abundantemente por todo el bien que me han hecho.

Y a ustedes, mis queridos nuevos hijos que el Señor me da dado, gracias por todas las oraciones, apoyo y preocupación que han tenido hacia mi persona.

Ahora los convoco a la tarea apasionante de la Evangelización  En una época de cambios culturales radicales y profundos, como Iglesia debemos proclamar que: “Conocer a Jesucristo por la fe es nuestro gozo; seguirlo es una gracia, y trasmitir este tesoro a los demás es un encargo que el Señor, al llamarnos y elegirnos, nos ha confiado…” (DA 18)

 

A ustedes queridos hermanos sacerdotes, los saludo con todo afecto y descuento su apoyo.  Juntos hemos de trabajar para que Cristo sea conocido, amado y seguido.

Saben muy bien que el pueblo será, en gran parte lo que seamos nosotros los sacerdotes, por ello quiero animar la santificación del presbiterio.  Es mi primer deber y será mi primera preocupación.

La hora difícil, pero tan llena de esperanzas, que vive  el mundo nos exige a los sacerdotes una entrega incondicional y un amor apasionado a Jesucristo, a la Iglesia, y a los hombres, amor que encienda al pueblo de Dios en el fuego devorador que consumió a  los grandes santos.

 

A los seminaristas,  mi saludo afectuoso y paternal. Dios me conceda la gracia de acompañar la entrega generosa de sus vidas jóvenes.

Y a ustedes queridos religiosos,  religiosas y de vida consagrada, aprecio el don de la consagración, porque pertenece íntimamente a la vida de la IGLESIA, a su santidad y a su misión; y porque aportan un precioso impulso hacia una mayor coherencia evangélica y a su vez son testigos del Reino que viene. Cuenten con mi disponibili­dad y mi servicio.

Y a los laicos mi gratitud más sincera; me han acompañado intensamente con sus oraciones. Soy consciente de la importancia de la vocación de ustedes de iluminar y ordenar todas las realidades temporales según Dios. La Misión Continental exige una tarea ardua del laicado. Dios me permita acompañarlos y animarlos.

Un saludo especial a los jóvenes. La Iglesia cuenta con ustedes, sean protagonistas de un cambio, de la  verdadera revolución del amor, a la que los convoca nuestro querido Santo Padre. Confíen en Cristo y entreguen sus vidas. Tengan la santa ambición de ser santos, como Él es santo. Él no los defrauda.

 

Permítanme retomar lo que dije en esta Catedral el día de mi ordenación episcopal:

“He querido tomar como lema de mi episcopado la frase de San Pablo de «instaurar todo en Cristo», ya que me siento llamado a proclamar, con oportunidad o sin ella, que Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre.  Él es el Camino, la Verdad y la Vida. En Él se encuentra todo el tesoro de la redención. Él es el principio y fin, alfa y omega. Sólo en Él encontramos la vida plena.

 

Este misterio de recapitular todo en Cristo es obra del Espíritu Santo, agente principal de la Nueva Evangelización, que construye el Reino de Dios en el curso de la historia.

 

Quiero dejarme asumir por Él y ser dócil a Su obra.

 

Los intereses de Dios son mis intereses, a ellos quiero consagrar mis fuerzas y toda mi vida.

 

 

 

No es el momento de anunciar un plan pastoral, como lo dije al principio.

 

Permítanme simplemente señalar algunas notas que quisiera que tuviera nuestra Arquidiócesis:

 

Una Iglesia Santa, que en su camino pastoral, haga una clara elección por la santidad. “Confesar a la Iglesia como Santa significa mostrar su rostro de Esposa de Cristo” nos lo recordaba el siervo de dios Juan pablo II ( Novo Milenio Ineunte n.30)

Hace pocos días el Santo Padre, afirmaba que ante tanto mal en el mundo, hacía falta una gran corriente de bien, que es lo mismo que decir de santidad, sólo ella será capaz de vencer el mal. Ser cristiano es sinónimo de santo. Hacer hincapié en esto es más que nunca una urgencia pastoral. Sólo los santos son los verdaderos misioneros que renuevan el mundo según el designio de Dios.

 

Una Iglesia contemplativa: el Rostro de Jesús contemplado nos lleva a un conocimiento profundo y comprometedor de su misterio. Contemplar a Jesús con los ojos de la fe impulsa a penetrar en el misterio de Dios Trino. Contemplar a Jesús es comprender nuestra dignidad como personas llamados a su vocación suprema: la intimidad de la vida Trinitaria.

Una Iglesia orante es el secreto de un cristianismo realmente vital que trasforma, que no tiene motivos para temer, porque vuelve continuamente a las fuentes y se regeneran en ellas.

 

Una Iglesia Comunión: en la lectura de los Hechos, escuchábamos como las primeras comunidades cristianas tenían como signo distintivo la comunión, “íntimamente unidos”. No podía ser de otra manera porque escuchábamos a Jesús en el Evangelio: “Padre Santo, cuida en Tu nombre a aquellos que me distes para que sean uno, como nosotros” Jn 17,11b

“Que todos sean uno…para que el mundo crea”. Tenemos que ser creíbles por la unidad. Debemos cultivar la espiritualidad de comunión que significa tener una mirada de corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros y cuya luz ha de ser reconocida en el rostro del hermano.

 

Una Iglesia misionera: que como nos pide Aparecida seamos capaces de relanzar con fidelidad y audacia Su misión en las nuevas circunstancias.  No podemos replegarnos frente a quienes sólo ven confusión, peligros y amenazas… “Se trata de confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio arraigada en nuestra historia, desde un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros. Ello no depende tanto de grandes programas y estructuras, sino de hombres y mujeres nuevos que encarnen dicha tradición y novedad, como discípulos de Jesucristo y misioneros de su Reino…” (DA 11)

Una Iglesia servidora: El primer servicio que la Iglesia hace a los hombres es anunciar la verdad sobre Jesucristo. La crisis es para la Iglesia un gigantesco desafío ante la impostergable tarea de proseguir realizando la Nueva Evangelización. (NMA)

Iglesia servidora, que se preocupe por el hombre, y por lo mismo que trabaje  por la familia y defienda la vida, toda vida; que  cuide a los pobres, a los enfermos, a los que están solos, a los que no tienen fe.

Iglesia servidora que construya un Patria de hermanos,  sin excluidos, reconciliada en la verdad y la justicia.

Iglesia servidora que no abandone ningún campo de la actividad humana,  porque en todos, Cristo tiene algo que decir y transformar.

 

Todo esto lo hago oración en esta noche, poniéndolo  sobre el Altar, con la convicción que la Gracia de Dios no nos va a faltar sin somos capaces de poner empeño en una acción pastoral ordinaria,  orgánica y vigorosa, de manera que la variedad de carismas, ministerios, servicios y organizaciones se orientan en un mismo proyecto misionero.

 

Queridos hermanos: quiero ser para ustedes servidor de la esperanza, en este momento del mundo, donde hay tanto desaliento y tristeza, necesitamos todos ser testigos de la Resurrección: ¡Alégrense! “No tengan miedo” Sí Cristo está Vivo, junto a nosotros y nos dice: …. Yo he vencido al mundo…Yo estoy con ustedes”.

Con Pablo me digo y les digo “Estén siempre alegres, lo repito, estén alegres, que el Señor está cerca”

 

Término dirigiéndome a mi Madre, Nuestra Madre:

 

Querida Madre  Nuestra Señora del Rosario, una vez más recurro lleno de confianza a tu Corazón Inmaculado para decirte en este momento importante de mi vida y mi ministerio que “soy todo tuyo”. Quiero que los ojos de mi corazón, como los tuyos, se concentren sólo en Jesús, en Él solo encuentro seguridad, Él es la Roca sobre la cual quiero edificar para “instaurar todo en Cristo”.

Estoy seguro de que Dios me tiene preparadas muchas cosas lindas en este nuevo servicio episcopal que me pide: hay muchos sacerdotes, nuevos colaboradores a quienes debo animar; muchos religiosos,  religiosas y consagradas que enamorados de Jesús, día a día gastan sus vidas en bien de sus hermanos; muchos seminaristas a quienes debo acompañar ; muchos laicos comprometidos que santifican las realidades temporales y ordenan el mundo a Dios; muchas familias que reproducen el espíritu del hogar de Nazaret; muchos jóvenes sedientos de algo que sacie sus corazones; muchos niños que con su inocencia nos comunican esperanzas y ganas de vivir; muchos pobres a quienes acercarme y en quienes poder descubrir el rostro de Jesús hambriento, sediento, sin techo, preso, o sufriendo cualquier indigencia; muchos hermanos desorientados y desanimados, en fin, muchas instituciones, movimientos y carismas  que enriquecen y embellecen esta Iglesia particular de Paraná

Pero, tu mirada de Madre me destapa el alma y no puedo dejar de decirte que tengo temor de no ser el padre y pastor que esperan para ayudarlos a caminar hacia Dios.

Pero qué hermoso y qué consolador es escuchar hoy nuevamente de  Jesús: “Ahí tienes a tu Madre”, y mirándote a Ti, querida Madre, recordar lo que le dijiste a Juan Diego en Guadalupe: “No tengas miedo, mi corazón inmaculado será tu refugio”. En este, Tu Corazón de Madre, encuentro el refugio para vivir este momento con paz y alegría. A este Corazón Inmaculado consagro hoy este nuevo servicio pastoral y a todos mis hermanos y hermanas de esta Iglesia que peregrina en Paraná.

Querida Madre,  hoy quiero renovar mi consagración a vos para que mi corazón sea “todo tuyo”, para que nada me impida ser totalmente de Jesús. Confío plenamente en el amor de tu Corazón Inmaculado. Haz que mi paso por esta diócesis sea nada más que para anunciar a Jesucristo, el Señor.

Madre únenos a Tí en la tierra y llévanos Contigo al Cielo.

Queridos hermanos: Mar adentro

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Homilía de Mons. Maulión al finalizar su función

Homilía del Administrador Apostólico de Paraná en la misa al finalizar su función como Arzobispo de la Arquidiócesis de Paraná

Hermanos:
1.- Agradezco al Señor por esta Eucaristía que estamos celebrando al finalizar mi función como Arzobispo de esta Arquidiócesis. Agradezco a todos Ustedes, querido Cardenal Estanislao, querido Monseñor César Daniel, queridos Sacerdotes, Consagrados y Consagradas, Fieles Cristianos Laicos, hermanos de otras confesiones religiosas, autoridades, familiares, amigos que me acompañan en esta celebración: Aprecio y agradezco muy sentidamente la cercanía cordial de todos Ustedes. Quise celebrar esta Misa con las oraciones y los textos bíblicos de la celebración de la “Virgen María, Reina de los Apóstoles”

2.- La Palabra de Dios nos presenta dos momentos de la Iglesia, de esa Iglesia que formamos nosotros y que se une, en espacio y en el tiempo, a través de una interrumpida serie de comunidades desde hace más de 2.000 años, con el mismo Jesús.
En el Evangelio se nos proclamó la muerte de Jesús, tal como ocurrió en aquella Jerusalén hace ya tantos años. Junto a Jesús Había lo que podemos llamar (una o la) Iglesia: mínima en su número o cantidad pero íntegra en su realidad: Jesús, María, su madre, algunas Mujeres (una de ellas, convertida) y el Discípulo. También cercanos a ellos había otros: soldados, autoridades religiosas, curiosos. Unos eran indiferentes o burlones, otros agresivos y con odio. Podríamos decir que era una Iglesia en y frente al “mundo”.

3.-En esos momentos, a punto ya de morir Jesús después de un cruel y despiadado proceso y cumplimiento de la condena, se da un intercambio  entre Jesús, María y el Discípulo. “Mujer” tienes un nuevo hijo, nuevos hijos. Jesús le entrega a su Madre al Discípulo “que tanto quería” y al Discípulo le dice: Ahí tienes a tu Madre”. Y “desde aquella hora el Discípulo la recibió en su casa.
“Desde aquella hora…”. Esa Hora era la que Jesús venía anunciando y que ya se estaba cumpliendo. La Hora culminante de Jesús en que se realizan sus palabras: el Cuerpo de Jesús está siendo entregado realmente, la Sangre está siendo derramada realmente, por Ustedes y por muchos, para el perdón de los pecados.
Y desde ese momento el Discípulo la recibió en su casa.
Así comenzó la Iglesia Y en esa Hora de Jesús, estaba María, de pie

4. En la 1ª Lectura se nos proclamó la continuidad de la Iglesia. En ese grupo Jesús ya no está visiblemente. Es la Iglesia en el mundo pero sin la presencia visible de Jesús.
Se reúnen en Jerusalén. ¿Quiénes? Los Apóstoles, María, algunas mujeres, los parientes de Jesús y por el contexto se puede presumir que incluirían a algunos más. Oraban. Fue la primera novena del Espíritu Santo en la Iglesia. Y se llenan de ese mismo Espíritu Santo que se manifestó en el viento recio, en las llamas de fuego y en el portento de los asombrosos modos de hablar.
Así comenzaba a manifestarse la Iglesia al mundo: sin la presencia visible del Señor pero con la fuerza irresistible del Espíritu que había prometido enviar y que lo había enviado. Es la Iglesia preparada por Jesús y realizada por Él en su Muerte, en su Resurrección, en el Espíritu santo. Es la Iglesia a la que Él encomendó: “vayan por todo el Mundo y hagan discípulos míos”. Es la Iglesia que forman los discípulos, los creyentes en Jesús, los que viven de su Vida. Es la Iglesia formada por misioneros: testigos de Él  que son sus testigos porque viven de Él y viven como Él.

5.- Esta es nuestra Iglesia. La que formamos nosotros. Es la Iglesia en la que nacimos y en la que aprendimos a conocer a Jesús, a creer en Él, a ser hombres creyentes en nuestro mundo, es la Iglesia estamos llamados a consolidar y acrecentar. Es la Iglesia que Jesús hace y viene haciendo. Y que quiere que, con Él, también la hagamos crecer y consolidar para que sirva al hombre, a cada hombre, para trasmitir la gran verdad del hombre: que Dios lo quiere y lo quiere salvar.
Mirar a la Iglesia en su nacimiento es un camino que nos ilumina para que la Iglesia se renueve mirando a sus mismos orígenes: Jesús, el Espíritu Santa, María, los creyentes, presencia ante el mundo.
Es la Iglesia que es nuestra Madre porque en ella, Jesús nos hace vivir como hijos de Dios. Es también la Iglesia   -y lo digo casi con atrevimiento y osadía-  es también nuestra hija porque esa Iglesia es también como la hacemos nosotros, acrecentándola o debilitándola.

6.- La vida y la tarea de la Iglesia es evangelizar. Es presencia en el mundo que anuncia y testimonia a Jesús. En todos los aspectos y en todos los ambientes.
En la Familia que debe ser evangelizadora por esencia hoy requiere ser re evangelizada.
En la  convivencia social y en la educación para que se construya entre todos un ámbito de solidaridad y espíritu de paz, de respeto, incluso de reconciliación
En nuestras comunidades se nos está pidiendo que cada vez más sean espacios donde se vive, se acoge, se aprende y se enseña una estilo de comunión”.
La evangelización pide al Consagrado manifestar el gozo de vivir con el Señor y de convivir, hermanados, en comunidad. La tristeza, la desconfianza y el egoísmo que aparecen con frecuencia en la vida humana son un reclamo más para que el Consagrado testimonie los valores de una Vida que “viene de lo Alto” y que quiere elevar lo terreno al nivel de lo divino. El Consagrado es y ha de ser testigo de esperanza.
Con mucha humildad, porque siento el peso de mi limitación y mi debilidad pero con claridad quiero decir que el Obispo y su Presbiterio, como signos e instrumentos de Cristo, Cabeza de la Iglesia, tenemos la misión de hacer de cada comunidad una comunidad evangelizadora, acogedora, misionera, decididos incluso a ser “signos de contradicción”.
La unidad  – como Jesús la pide a los Apóstoles y a los que están sacramentalmente unidos a ellos por el Orden Sagrado –  es una orden precisa, clara, indubitable: “Ámense como Yo los amé (hasta entregar el propio cuerpo y derramar la propia sangre)”. El amor que se tengan entre ustedes hará que el mundo crea que YO SOY.

Al dejar mi función como Arzobispo les pido que me permitan decirles lo que ya les había pedido al iniciar mi ministerio en Paraná: La comunión en el Presbiterio, con el Señor, con el Obispo y entre todos, es garantía de una Iglesiaque, unida por el Señor, es vigorosa y alegre en el testimonio porque evangelizar es esfuerzo y entrega alegre.

7.- La Virgen, Madre de Jesús y Madre de la Iglesia, es también tipo y modelo de la Iglesia. Ella nos guíe en el camino de seguir a Jesús.
Hermanos muchas gracias por todo y a todos.

Homilías (2)

 

Homilía Fiesta de la Virgen del Rosario 2016

 

Homilía de Corpus Christi 2016

 

Homilía de Ordenación Presbiteral de los Diáconos Rodrigo Badano, Horacio Correa, Darío Gonzalez, Ignacio Rodríguez y Marcelo Rueda.

 

Homilía en la Misa Crismal 2016

 

Homilía en la Apertura del Jubileo Extraordinario Del Año de la Misericordia

 

Homilía en la Fiesta de Nuestra Sra. del Rosario 2015

 

Homilía en la ordenación sacerdotal de los diáconos Ariel Gustavo Olmo y Damián José Retamar

 

Homilía en el Tedeum del 25 de Mayo de 2015

 

Homilía en la Ordenación Presbiteral de Julio César Faez y Ordenación Diaconal de Ariel Gustavo Olmos y Damián Retamar

 

Homilía en el TEDEUM del 9 de Julio (2014) 

 

Homilía en el TEDEUM del 25 de Mayo (2014)

 

Homilía en la Misa Crismal (2014)

 

Mensaje de Monseñor Puiggari para la Cuaresma (2014)

 

Mensaje de Monseñor Puiggari por el primer año del Papa Francisco

 

Homilía en la Santa Misa de Clausura del Año de la Fe (2013)

 

Solemnidad de Nuestra Señora del Rosario (2013)

 

Ordenación Diaconal (Paraná, 3 de diciembre 2012)

Ordenación Diaconal ( Paraná, 4 de agosto 2012)

Admisión a las Sagradas Órdenes Seminario Nuestra Señora del Cenáculo (Paraná, 6 de mayo de 2012)

Homilía en la Misa Crismal (2012)

Homilia en la Ordenación Presbiteral de los Diáconos Andrés Benítez y Claudio Massutti (5/11/2011)

Homilía en la Solemnidad de la Virgen del Rosario (2011)

Homilía en la Ordenación Diaconal de Andrés Benítez y Claudio Masutti (7/5/2011)

Homilía de la Vigilia Pascual (2011)

Homilía Celebración de la Pasión del Señor (2011)

Homilía en la Toma de Posesión de la Arquidiócesis de Paraná

Saludo de Monseñor Juan Alberto Puiggari a la Iglesia de Paraná

Homilía en la Misa Crismal (2011)

Homilía 25 de marzo 2004

25 DE MARZO DE 2004 «ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR»

Homilía de Mons. Mario Maulión, arzobispo de Paraná, en la celebración del «Día del Niño por Nacer»

Queridos hermanos:

Estamos celebrando el sagrado momento en que es concebido, en el seno de María, el Verbo Eterno de Dios, el Hijo del Padre, por quien fueron hechas y renovadas todas las cosas y son salvados los hombres.

Por nueve meses, desde un día como el que hoy celebramos, el Cuerpo de María fue el tabernáculo preciado de Dios. En su ser humano, en su fuerza y vitalidad femeninas, se fue tejiendo este nuevo ser: su Hijo, que concibió por el Espíritu y gestó con toda su dedicación y su empeñoso cuidado. Desde María, desde su embarazo y su maternidad, (éste es el camino que Dios eligió para mostrar mejor y con mayor claridad la intimidad de su ser divino y su deseo de salvarnos) desde entonces, la maternidad tiene un nuevo valor. No es sólo el camino para el comienzo de la vida de nuevas personas. Es mucho más: es el camino que Dios mismo recorrió

Toda maternidad refleja, de un modo nuevo, el rostro de Dios y su interés por la vida. Sea cual fuere el modo cómo se da la concepción (buscada o no, legítima, honesta o descontrolada, correctamente santa o no), toda maternidad que deriva de ella es siempre sagrada. Destruir la maternidad, impedirla, bloquearla es un crimen. Es el crimen más cruel y más despiadado porque su víctima, indefensa, silenciosa e inerme sólo puede recibir la agresión injusta y indebida, y esto es lo mas terrible, de quienes más espera y necesita protección de su madre y de quienes la acompañan. Cualquier desviación de la conciencia, de la educación, de la opinión pública que busque justificar el aborto es un abuso de poder y una cruel manera de mentir para encubrir el abominable acto de matar inocentes.

Por eso la fiesta de la Anunciación de la Encarnación del Hijo de Dios es también un severo reclamo del Señor a favor de toda vida. En especial de la vida por nacer. Es muy cierto que debemos velar por todos los niños nacidos. Ellos esperan y necesitan más que una simple atención. Requieren la dedicación de padres, docentes, dirigentes, adultos, entidades, de toda la sociedad para que su vida sea fuerte y realmente humana y humanizadora. Centrar la atención en el niño nacido requiere igualmente una mayor protección, defensa y cuidado al niño por nacer. Alabo y los invito a alabar al Señor por todo el esfuerzo y la dedicación de quiénes trabajan por los niños nacidos y de quienes lo hacen por los niños por nacer. Todos los niños son reflejos tanto del Niño por nacer que está en el seno de María como del Niño Nacido de Ella.

El Dios viviente comienza a vivir como ser humano. En el santuario de la Madre, comienza ese camino de llegar a ser hombre pleno: desde su concepción hasta su Muerte Salvadora, Muerte que será derrotada por su Resurrección.

La Palabra de Dios nos indica que la misteriosa concepción de Jesús ocurrió por obra y gracia del Espíritu Santo. Dos voluntades decidieron el estar disponibles al Padre Celestial. La Carta a los Hebreos muestra que en el hoy eterno de Dios, el Hijo le dice al Padre: “Aquí estoy para hacer tu voluntad”. Y en un momento de la historia humana, una joven nazarena, María, dice palabras parecidas al Enviado de Dios: Aquí está la servidora de Dios, que se cumpla en mí lo que has hecho. Esas dos decisiones hacen que el Espíritu Santo fecunde a María. Por esas dos decisiones, el Hijo del Padre Eterno comienza a ser el Hijo de María.

Y la historia de ambos, Madre e Hijo, será una historia de fidelidad a Dios, una historia de alegría y cruz, de esfuerzo y de persecución. La Vida Eterna, espléndida, será de distintos modos amenazada, bloqueada, perseguida, atormentada y destruida: «una espada atravesará tu corazón». La Vida, por instigación del Maligno, por envidia, perversión, ignorancia o estupidez de los hombres, será atacada o destruida.

Los hombres inclinados a vivir y a amar, misteriosamente, nos podemos transformar en agentes de muerte de diversas maneras y con variadas seudo justificaciones. Y cuando el hombre decide matar, abre para sí y para otros una espiral de violencia que sólo se termina cuando se decide al arrepentimiento e implora el perdón.

La muerte provocada injustamente requiere justicia. Pero la justicia no basta si no se deja impregnar de misericordia. Juan Pablo lo dijo «sin justicia no hay paz y sin reconciliación no hay justicia».

Hoy queremos rezar por los derechos humanos de las personas humanas más frágiles: el niño por nacer; que sean cuidados y encaminados a gozar de este  bien que es la fiesta de la vida.

Queremos rezar por las Madres: que sientan la fuerza y la dicha de vivir el espléndido misterio de su maternidad.

Queremos pedir por las autoridades y los dirigentes sociales para que promuevan la vida, toda vida humana y que no sucumban  a la tentación del aborto por razones económicas, políticas o por ideologías de muerte, de mentira, de destrucción.

Queremos pedir por quienes sucumbieron a la tentación del aborto: que sus hijos rueguen por ellos para que se les cure esa profunda herida de haber matado y que vuelvan sus corazones al perdón del Señor de la Vida.

Que defendamos y promovamos la cultura de la Vida porque toda vida es sagrada.

Mons. Mario Maulión, arzobispo de Paraná

Homilía Tedeum 2004

25 DE MAYO DE 2004

Homilía de monseñor Mario Luis Bautista Maulión, arzobispo de Paraná en el tedéum del 25 de Mayo celebrado en la parroquia San Juan Bosco

1. El 194 Aniversario del 25 de Mayo de 1810, es ocasión oportuna para que la Nacían Argentina quiera celebrar su historia, atender el presente y proyectarse hacia el futuro.

La memoria en el hombre está llamada “poner en el corazón” (es decir, recordar) la mirada a nuestros orígenes y a nuestras raíces.  Es un modo precioso de responder al “¿quiénes somos?”  “¿qué queremos ser?”.

El futuro no es ni puede ser la repetición mecánica ni puede ser una novedad tan total como si la Nación actual hubiese surgido de la nada.

La Nación, como el hombre individual es hija que no puede desconocer sus padres ni tampoco ser la simple reiteración de ellos: su desarrollo y su progreso se logran en ese delicado punto que es su decisión libre: asumiendo el pasado, desde el presente, se proyecta creativamente hacia el futuro marcando y realizando, así, su historia.

2. Ese futuro será fecundo cuando esté marcado y enmarcado en el horizonte de un claro proyecto: “¿qué queremos ser? ¿cómo lo vamos a hacer?

Los grandes ideales en los que presumimos coincidir todos (así surge de nuestra expresiones corrientes y comunes) como justicia, honestidad, trabajo, familia unida, educación para todos, seguridad, solidaridad, etc. pueden ser a menudo aspiraciones genéricas y abstractas. La concreción de dichos ideales en hechos más concretos y palpables, logrados a través del diálogo de propuestas, formuladas con respeto y con audaz sinceridad, es un camino que diariamente es preciso recorrer.

Los desencuentros que personal y socialmente se han producido provocaron y provocan heridas y exclusiones.

El camino para un lograr coincidir en un proyecto común, que incluya a todos, requiere siempre un valiente, completo y delicado examen de conciencia. “¿qué hice?”, “¿qué no hice?”, “¿cómo lo hice?”; y hacerlo no sólo en singular sino en el plural.

Detectar lo negativo y reconocerlo con sinceridad supone valentía: es el camino de la verdad y de la humildad para alcanzar un proyecto que sea integral.

3. El arrepentimiento, el pedido de perdón, la disposición a reparar los daños ocasionados son el camino que desde pequeños fuimos enseñados a recorrer en la familia, en la escuela, en la sociedad, en la Iglesia. No es fácil recorrerlo.

Sólo desde esta perspectiva se entiende el perdón que los creyentes confiamos obtener de Dios padre cuando reconocemos el mal que hicimos. Perdón que el mismo Jesús nos pide brindar hasta los enemigos. Con generosidad. Este camino siempre se orienta hacia una laboriosa y generosa reconciliación.

Tanto en el orden personal como en el ámbito social, la reconciliación requiere el respeto a la justicia. Sólo en la verdad, en la justicia y la libertad se edifica la reconciliación que siempre tenderá a impregnarse en la misericordia.

La reconciliación no es impunidad. Pero ha de superar el horizonte de la revancha y el desquite, abriéndose a una generosa actitud de incluir a todos.

4. La Palabra que Dios nos da, abre el corazón a actitudes que son también  un programa social, un proyecto de Nación.

l Somos hijos de Dios: es el camino más válido para vernos y considerarnos como hermanos.

l Compartir (la “com-pasión”) es estar activa y generosamente junto al hombre, en particular al que sufre.

l Querer bien (“benevolencia” = “bene-volencia”), con humildad, con delicada paciencia para comprender y con la generosa actitud de saber que, siendo diferentes, no necesariamente estamos divididos y, menos, enfrentado.

La Palabra de Dios nos lleva a dejar que el Señor reine con su Paz en nuestros corazones: esa Paz, que sólo Él puede dar, es la que ha de iluminar y juzgar nuestras conductas.

5. Desde nuestra condición de hijos de Dios, a Quien reconocemos y adoramos como Fuente de toda Razón y Justicia, queremos y necesitamos hacer un Proyecto de Nación, que incluya a todos, que priorice a los más necesitados, que promueva los valores morales que son los que fundamentan y cohesionan una sociedad: cuando se los vivieron y se los viven, hicieron y hacen sólida la soberanía de una Nación. Y, cuando se los descuidan o degradan, entra en esa sociedad el virus de la disgregación.

La recuperación de nuestra Nación, ante Dios y ante los hombres, comienza en el corazón de cada uno de sus miembros, de cada uno de nosotros. Desde este corazón es preciso vernos como responsables gestores del bien común, como laboriosos actores de una cultura sólida, de brindar con valentía y generosidad el aporte para el bien de todos.

6. La Virgen María, en las diversas advocaciones que marcan la geografía de nuestra Nación Argentina (Lujan, Itatí, del Valle, del Rosario, del Carmen, de la Merced, etc. es venerada por gran parte de los argentinos como Madre y Protectora de nuestra Patria. A Ella la invocamos. A Ella queremos mirarla como Modelo también para construir la Nación.

Mons. Mario Maulión, arzobispo de Paraná

Homilía Misa Exequial Papa Juan Pablo II

JUAN PABLO II – MISA EXEQUIAL

Homilía de monseñor Mario Maulión, arzobispo de Paraná en la misa exequial de Juan Pablo II (Catedral de Paraná, 7 de abril de 2005)

Queridos hermanos:

En esta jornada todo el mundo es como un gran templo en el que nos unimos a Jesús en la fe celebrando la Eucaristía para acompañar (nosotros a la distancia) el doloroso y piadoso momento de la sepultura de nuestro querido Papa Juan Pablo II.

1. “Se mantuvo firme como si viera al Invisible…” (de la carta a los Hebreos). La descripción que la Carta a los Hebreos da de Moisés tiene una aplicación exacta a Juan Pablo II.

Moisés fue el conductor de un pueblo en camino hacia la libertad, de un pueblo por momentos rebelde a Dios, reacio a la libertad, hostigado por culturas diversas y por poderes colaterales. Un pueblo proclive a mimetizarse con ídolos atractivos.

Moisés fue el pastor que lo condujo, lo corrigió, lo reprendió, lo consoló, le alentó la esperanza y la cultivó. Fue la esperanza de ese pueblo, en el Señor.

“Como si viera al Invisible…” marca las dos facetas de Moisés: la constante mirada al Señor, siempre invisible a sus ojos, y la firme y serena conducción de un pueblo cuyo recorrido señaló, recorriéndolo él mismo, al frente de su pueblo, como guía, como modelo. Siempre avanzando “como si viera al Invisible…”

2. Juan Pablo II así vivió su pontificado. Con fuerza intensa, con incuestionable vigor, con dedicación constante e infatigable, cumplió la consigna de los Papas: siervo de los siervos de Dios.

Su servicio fue su oración, su magisterio, su conducción pastoral su incansable y agotadora misión de ir, literalmente, a todos los confines de la tierra.

Su servicio fue igualmente su cercanía a cada hombre. Cumpliendo como Papa la consigna dada por él mismo, Juan Pablo, a la Iglesia: “el camino de la Iglesia es el hombre”. El término concreto y singular (el hombre) tiene mayor fuerza y riqueza que “la humanidad” o “los hombres”. En estas últimas palabras pueden resonar algo impersonal o masivo. Por el contrario,  Juan Pablo buscó a cada hombre, como pudo y cuanto pudo. Así lo hizo. Así lo enseñó a obispos, a sacerdotes, a religiosos, consagrados, laicos.

3. “Tú, Pedro, una vez convertido a mí confirma en la fe a tus hermanos”. Jesús lo había pedido para Pedro.

También lo pidió y lo realizó con su sucesor Juan Pablo II. Como Papa confirmó en la fe a los hermanos: a sus hermanos obispos, a los presbíteros, a los consagrados, a los laicos.

Confirmó en la fe que es la seguridad de lo que no se ve, es la vida escondida en Dios y la visión de la realidad en Dios, para ser manifestada a el mundo, en la plaza y en la calle.

Escondida en Dios, manifestada al mundo.

Es la visión en Dios, en el misterio del Señor Jesús, a Quién él abrió su corazón e invitó a todos los hombres a hacer lo mismo: “Abran el corazón a Jesucristo”.

4 La enseñanza de Juan Pablo II nos llevó, paseando y recorriendo como las avenidas del Misterio, a Jesucristo, Salvador, Señor de la Historia. A Jesucristo que a los hombres frecuentemente huérfanos nos anuncia al Padre, rico en misericordia. Y a los hombres desorientados el Papa nos llevó a poner la segura mirada en el Espíritu, que es el Señor y que es el que hace vivir. Nos llevó a la profunda dignidad del trabajo en “Laborem Exercens”. Su gloria, sus riesgos. Nos llevó a considerar La indispensable vinculación entre Evangelio y cultura. Nos impulsó a poner filialmente la mirada en María, sostén y modelo de fe del creyente. Nos alentó a la misión, como una dimensión esencial de la vida de la Iglesia.

5. Y desde este recorrido por el Misterio escondido en Dios, nos llevó a la presencia activa en el mundo, anunciando y enseñando a anunciar su Evangelio, que es siempre una buena noticia para el hombre que la espera y para el que no la espera. Por eso tuvo y nos enseñó a tener una mirada profunda en lo social en esas dos magníficas encíclicas: “Solicitudo rei socialis” y “Centesimus anus”.

Caminó y nos enseñó a recorrer el camino que penetra hasta descubrir el “Esplendor de la verdad”, de la verdad que libera al hombre, para sumergirnos con emoción, con contemplación, con cuidado y también con preocupación y sufrimiento, en el maravilloso misterio que es la vida que es realmente la Buena noticia, “Evangelio de la vida”: la familia, la vida, toda vida en particular la más frágil, la más expuesta, la más castigada.

6. La verdad, la vida, la solidaridad, el dolor, son los distintos recorridos que el creyente tiene que realizar y manifestar en su vida. Desde el Misterio de su vida escondida en Dios hacia la manifestación al mundo, a hombre de buena voluntad.

La vida, la verdad, la solidaridad, el dolor son, y han de ser, el camino de la Iglesia. Para vivirlo, para recorrerlo, para anunciar y realizar en ellos la misión dada por Jesús. No son, como puede parecer a veces, enunciados abstractos. Por el contrario, o alcanzan a hombres concretos o se reducen a palabras y abstracciones.

El Papa nos recordó vigorosamente la dignidad de cada persona: de los que viven, los que están buscan la verdad, lo que la ocultan o tergiversan, de los que están sometidos, de los que sufren de los que viven y quieren vivir y de los que sufren la agresión contra la vida. Siempre son seres concretos, de nombre y apellido singulares, con historias distintas e irrepetibles: son personas. No son ni números, ni estadísticas que pueden ser importantes y necesarias hasta para actuar, pero que no agota la realidad de cada ser que vive, sufre, espera, ansía, busca. Son amores personales, ilusiones, dolores, tragedias, expectativas siempre personales, siempre únicas, nunca repetidas.  Para todos y cada uno de estos hombres concretos es la persona de Jesús y su  Evangelio. Cada uno de estos hombres es el camino de la Iglesia. El que Juan Pablo II, siguiendo a Jesús, recorrió y enseñó a recorrer.

En su Carta Al acercarse el tercer milenio nos recordó el valor del tiempo y la eternidad y, sobre todo, nos impulsó al examen de conciencia, tanto en forma personal como Iglesia, a la búsqueda de reconciliación, al humilde y sincero pedido de perdón, como lo hizo en distintas oportunidades y con distintos destinatarios. Y nos enseñó que la paz es el resultado de la reconciliación. Perdón por las faltas contra las personas, contra la unidad, contra la dignidad del hombre y reconciliación. Búsqueda constante de reconciliación. Los conflictos nos separan. El perdón y la misericordia reúnen. “La expresión más honda de la justicia es llegar a la caridad que se hace perdón”. Son palabras de él.

Y al comenzar el nuevo milenio nos impulsó nuevamente hacia el hombre en esa síntesis de trayectoria pastoral para toda la Iglesia que es su carta “Tertio Millennio Ineunte”.

7. Escuchamos en la primera lectura bíblica: “la riqueza del hombre es su prudencia”.

La lectura del Apocalipsis nos mostraba el Cielo Nuevo en el cual ya está entrando Juan Pablo II.

El Evangelio nos traía el diálogo de Jesús Resucitado con Pedro,  en el que se ratifica el encargo que le hace. Esto nos lleva a mirar a Juan Pablo y su vida como Papa, preparada por su vida anterior y desarrollada como Sumo Pontífice en un dialogo como el de Jesús con Pedro, que podemos señalar como el examen de amor y la prueba de amor:

“¿Me quieres?

‘Sí!

¡Apacienta a mis ovejas!”.

Su vida fue el cumplimiento de una misión realizada como expresión de obediencia y de opción amorosa por su Señor: “¿Me quieres? ¡Sí! ¡Apacienta…!” Irás, a dónde no esperas ir, y siempre atado al Señor.

8. Lloramos a este Papa formidable porque se nos fue un padre. Como Jesús lloró a su amigo Lázaro. Y le agradecemos al Señor por el Papa que nos dio a nosotros, a la Iglesia y al mundo.

Al sepultar sus restos mortales recordamos las palabras del Apocalipsis: “…sus obras lo acompañarán para siempre…”Esas obras son su vida y su enseñanza. De esas obras brota también el compromiso que el Señor nos está pidiendo. Lo que el Papa hizo y enseñó es un camino y un estilo de acción eclesial que estamos estimulados a adoptar. Un compromiso personal, diario, intenso, en el encuentro personal con Jesús. Y un compromiso diario, intenso y fuerte de presencia activa, servicial en el mundo.

Como argentinos, agradecemos al Señor todo lo que el Papa hizo por nosotros. Por su intervención nos libró de una guerra con Chile que hubiera sido  atroz. Nos acompañó en los difíciles momentos de  la guerra en Malvinas. Y recorrió nuestro país, también aquí en Paraná, dejándonos no solamente un recuerdo simpático, sino una invitación a recorrer. Por eso, como creyentes y argentinos, sentimos su partida pero agradecemos al Señor por el regalo que, con Juan Pablo, nos ha hecho a todos.

Juan Pablo, pastor de la Iglesia.

Totalmente de Cristo para hacer a la Iglesia totalmente para el hombre.

Juan Pablo, totalmente de María, Estrella de la Evangelización, Madre de la Iglesia.

Totalmente de María, por eso, totalmente de Jesús. Totalmente para el hombre. Totalmente misionero.

Con María, mujer siempre orante, encomendamos al Padre Dios a nuestro querido Papa Juan Pablo II para que lo ponga junto a su Hijo Jesús que, seguramente, le está diciendo en la eternidad a la que ha entrado, las mismas palabras que dijo en el Evangelio: “Siervo bueno y fiel, entra al descanso de tu Señor… porque distribuiste a tus hermanos la ración necesaria en el momento oportuno”.

¡Amén!

Mons. Mario Maulión, arzobispo de Paraná

Homilía Iniciación del Pontificado de Benedicto XVI

INICIACIÓN DEL PONTIFICADO DE BENEDICTO XVI

Homilía de monseñor Mario Maulión, Arzobispo de Paraná en la Misa por la iniciación del Pontificado de Benedicto XVI (Iglesia catedral, 24 de abril de 2005)

1. Hace tres semanas, la Iglesia extendida por todas partes, unida a innumerables hombres de buena voluntad de todo el mundo, se sintió y se vivió unida, acompañando la enfermedad, la agonía, la muerte y la sepultura del querido Juan Pablo II. Hasta el último instante de su vida terrena, hasta la culminación de su existencia humana, él fue testigo de Jesús, maestro por su palabra y, sobre todo, por su vida, fue un hermano cercano a todos, un hombre entre los hombres, y para el creyente, un abnegado padre y propulsor de la fe. Vivimos esos momentos y esa experiencia de dolor por la partida de alguien a quien, con muchísimos  hombres, lo sentíamos parte de nuestra vida.

Fueron momentos, también, de una serena esperanza, porque el clamor con que él inició su pontificado (“Abran el corazón al Redentor”) fue la expresión de su propia vida: abrió su corazón al Redentor y, así, entró en el misterio de Dios en el momento de su muerte. Fueron momentos de esperanza de toda la Iglesia y la serena esperanza es fruto del Espíritu que anima a la Iglesia.

Hoy continuamos unidos en sentimientos de esperanza y de gratitud al Señor porque también, con la elección de Benedicto XVI, sigue cumpliendo su promesa: “Yo estaré con Ustedes, siempre.”.

Al iniciar su tarea de “servidos de los servidores de Dios”, vemos también, cómo en Benedicto XVI, se cumple y se cumplirá la relación que tuvo y mantuvo Jesús con Pedro, el pescador galileo.

2. Cuando Jesús preguntó cómo la gente lo veía a Él, los Apóstoles recogieron algunas opiniones favorables. Pero cuando les preguntó directamente a ellos qué pensaban ellos Sobre Él, fue Pedro quien hizo la solemne profesión de fe: “Tú eres el Hijo de Dios”.

Pedro vio a Jesús como los hombres no llegaban a verlo. Lo vio como “Enviado de Dios”, como “Salvador” del hombre. Vio a Jesús más allá de las opiniones humanas. Y llegó a verlo así porque el Padre Dios se lo revelaba. La mirada de Pedro con la acción del Padre Dios, con su poder, se vuelve más penetrante: llega a ver lo que los hombres, por nosotros mismos, no alcanzamos a ver. En esa oportunidad los hombres veían en Jesús a un gran hombre. Pedro vio al Hijo de Dios. Y Jesús le hace una solemne promesa que ha cumplido y seguirá cumpliendo: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. No le dice: Tú harás una gran Iglesia, sino Yo edificaré mi Iglesia.

3. Sobre  Benedicto XVI, como en tantos otros Papas, convergen muchas miradas y se dan diferentes apreciaciones. Los hombres, al verlo, lo ven y lo aprecian de distintas maneras. Somos testigos por lo que hemos pido y leído de cuántas maneras conservador para unos (como si fuera un delito) y lúcido para otros, rígido para unos y firme para otros, distanciado de los hombres para unos y cercano a la problemática actual para otros. Un gran investigador de la fe con una lúcida visión de la cultura actual. Son distintas visiones que los hombres tenemos hoy del Papa como en aquel tiempo los hombres tenían de Jesús. Opiniones favorables o descalificadoras Pero el creyente llega a ver que sobre Benedicto XVI, ahora, hoy, en este tiempo, Jesús construye su Iglesia.

La fuerza, el vigor, la solidez del Papa, Padre y Pastor de la Iglesia Católica, no le vienen de sus condiciones humanas, que son ricas y muy apreciadas: le vienen de Jesús.

Esta misteriosa relación entre la condición humana y su responsabilidad que tiene como Papa, Benedicto XVI la experimentó desde el momento de su elección: testimonió su limitación cuando se presentó como “humilde trabajador de la viña del Señor. Lo acaba de ratificar al iniciar su ministerio como Vicario de Cristo. Confiando y pidiendo la oración de todos, el acompañamiento de todos: con esto testimonia que es Jesús quien hace la Iglesia sobre él.

Como Papa preside a la Iglesia porque Cristo así lo quiere. Lo que a él se le pide es la fe. Porque cree en Jesús, está llamado a presidir la fe de los hermanos.

4. Poco antes de morir, Jesús le dice a Pedro: “Yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca y tú,  vuelto hacía Mí,  confirmes en la fe a tus hermanos”. El servicio de Pedro, de los Papas, será suscitar, alimentar, alentar, acrecentar la fe en Jesús. Para eso: enseñará, acompañará, consolará, exhortará, corregirá… Porque es un servicio a la fe, su tarea no es otra que la de oír al Señor Jesús y hacer lo que Él quiere, como lo acaba de decir en la Plaza San Pedro, lo que el Espíritu le dice hoy a las Iglesias como decía el Ángel en el Apocalipsis.

Confirmar en la fe es otra manera de decir que su tarea supone en él la fe y confianza en Jesús  y que, a su vez, lo ha de llevar a acrecentar dicha fe en los hermanos.

5. Esta tarea requiere, en palabras de Jesús, una sola condición, la única que Jesús le pidió a Pedro cuando le iba a encomendar a los hermanos. No le preguntó qué pensaba hacer en la Iglesia, qué planes tenía, cómo iba a enseñar, cómo iba a gobernar, cómo iba a acompañar. No le preguntó nada de eso. Le hizo una sola pregunta. “¿Me amas?” Pedro le dijo que sí. Y Jesús le dice: “Apacienta a mis ovejas”.Cuidalas, acompáñalas. Son las ovejas de Jesús que sólo se pueden acompañar, guiar, apacentar cuando uno ama a Jesús.  El amor a Él define la figura del Papa. Porque en esto, él es Papa, Maestro, Pastor: en enseñar a amar a Jesús.

6. La Palabra de Dios en este día nos muestra cómo ya en la primera Iglesia había ya situaciones de conflicto y cómo los Apóstoles  superaron las quejas y acusaciones: descentralizando, encomendando a los miembros de la Iglesia distintas tareas. Es una enseñanza que ya desde el comienzo Dios hace a la Iglesia. Todos en la Iglesia somos responsables del seguimiento de Jesús. No todos tenemos que hacer lo mismo. Sí, todos tenemos que tener la fe en Jesús, el amor a Jesús, cumpliendo distintas responsabilidades dentro de la Iglesia.

7. El Evangelio nos mostraba que el camino de la Iglesia es seguir al Señor porque siguiéndolo a Él que busca al hombre, la Iglesia va a encontrar el mismo destinatario que tuvo el camino de Jesús: el Padre y los hermanos.

Con Benedicto XVI, en un acto de confianza en la Virgen, Madre de la Iglesia, reafirmemos nuestra fe en Jesús, el Pastor de todos, el que hace la Iglesia sobre Pedro, hoy sobre Benedicto XVI, el que nos empuja a una tarea de reconciliación, tan necesaria entre los cristianos y entre los hombres, a una tarea de servicio a todos, en especial a los mas necesitados, a una tarea de esperanza porque ¡el Señor está con nosotros!

Construyendo la Iglesia sobre Benedicto XVI Jesús quiere hacerla casa y escuela de comunión, hacer que el mundo sea casa de familia en la que los hombres trabajemos y seamos verdaderamente hermanos porque queremos vivir como hijos del Padre Dios.

¡Ave María Purísima!

Mons. Mario Maulión, arzobispo de Paraná

JORNADA DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES (2005)

MISA PARA LA JORNADA DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES
 
Homilía de monseñor Mario Luis Bautista Maulión, presidente de la Comisión Episcopal de Comunicación Social y arzobispo de Paraná, en la parroquia Nuestra Señora de la Piedad (Buenos Aires, 6 de mayo de 2005)

 

Queridos Hermanos:

1. El hombre está con otros. Nace de otros. Vive y convive con otros. La vinculación con otros es esencial. Somos fundamentalmente sociales.

La vinculación y la pertenencia al grupo, a un grupo, es característica de los vivientes. Lo propio del hombre es la comunicación interpersonal: trasmitir la propia interioridad, lo que pienso, lo que quiero, lo que busco para encontrar una respuesta. La comunicación abre nuestro intimidad mas honda al ofrecer a otros lo mas propio de cada uno, el conocimiento y la libertad. Es mucho más que vivenciar sensaciones y emociones. Es llegar a compartir conocimientos que interpretan la realidad y decisiones libres con los que vamos tejiendo una historia en común.

La comunicación humana la hacemos con muchos modos y lenguajes, siendo la palabra una de las más ricas por la innumerable cantidad de matices. Desde el infante al sabio, la palabra es un formidable puente para unir lo más íntimo de las personas.

La gloria del hombre, su palabra, es también su riesgo y puede ser su destrucción: la mentira y el engaño se hacen con palabras.

2. Juan Pablo II nos recordaba que por la comunicación (principalmente,  las palabras) se difunde el bien, la armonía, la verdad, la reconciliación. Y, también la incomprensión, los prejuicios, los conflictos.

Un ámbito fuerte de la comunicación es la educación, el maravilloso y riesgoso proceso de introducir en la vida, enseñando todo, desde el comer hasta el pensar y el saber elegir. Se hace en el hogar y, luego, en la sociedad, en la escuela. En cierto modo todos somos educados y educadores. Pero fundamentalmente educan los adultos, los adultos. Esta educación está llamada a brindar comprensión y erradicar los prejuicios. Por la comunicación que es educación vemos a los otros como distintos. También pueden ser presentados hasta como hostiles. Y la comunicación llega a recorrer el camino del miedo, de la descalificación gratuita e injusta, del odio en el círculo y la espiral fatal de la violencia. La historia nos muestra cómo los hombres nos unimos y nos disgregamos hasta destruirnos.

La Palabra de Dios, su comunicación, nos recuerda nos señala que la Verdad nos hará libres y que la mentira es asesina. Jesús es la Verdad. El Diablo es padre de la mentira.

Mirando al Señor nos convencemos cada vez más que la comunicación está llamada a ser la constructora de puentes porque la Comunicación es lo que vive Dios y lo que Dios quiere hacer con nosotros y lo que quiere que hagamos.

3. La comunicación usa medios porque los necesita. Los hay de distintos niveles y calibres. Desde los muy simples y directos hasta los muy sofisticados. A algunos hasta los expresamos con mayúscula por el formidable poder que tienen. Pero todos valen sólo en la medida en que sirven a la persona humana concreta. Juan Pablo II nos recordaba poco antes de morir que el fin y la medida de los medios de comunicación social es la persona humana. Cuando la promueven son valiosos. Cuando la distorsionan o desorientan son altamente peligrosos.

El  medio en lo técnico sigue siendo medio. Lo importante es el hombre que lo dispone y lo usa, el comunicador. Y al  comunicador, por ser hombre, lo define su calidad moral. Como hombre, lo valioso de él son los valores que vive. Comunicador: te lo digo y me lo digo ¿buscas inculcar valores?  Vívelos! ¿buscas afianzar el valor y la dignidad de la persona humana? Testimónialos en la verdad, en la verdad sobre la dignidad de la persona humana. No en la mentira. En la verdad plena, no en verdades a medias o a gusto del interlocutor. En el humilde y audaz servicio a cada hombre ayudándolo al descubrimiento de su verdad plena.

4. En este camino hacia la verdad cada comunicador tiene función, su gloria, su responsabilidad. Pero fundamentalmente, su alegría.

La Palabra de Dios que acabamos y de la de proclamar nos habla de la Alegría y de la Paz.

Con las palabras de Isaías, pronunciadas hace más de 26 siglos, con una vigencia muy actual se nos anuncia que la Alegría verdadera llega porque Tu Dios reina, regresa, consuela a su pueblo, lo rescata. El texto dice que Dios desnuda su brazo que es como decir se arremanga, gráfica expresión de quien se mete con todo, manos a la obra.  Es lo que viene haciendo Dios. Desde siempre. Por muchas razones el hombre no siempre llega a verlo El comunicador está llamado a anunciarlo, con su palabra, con su conducta. Es su tarea, a veces su dolor, pero siempre su alegría. Es llamado a la esperanza contra toda desesperanza y desilusión. El Señor está y actúa. Así la comunicación se hace vehículo de la Paz.

5. El texto de Pablo nos habla de lo que es tan profundo y siempre actual entre los hombres. La división y el enfrentamiento. Pablo lo refería a una difícil situación vivida por los primeros cristianos. La división entre los cristianos por su distinto origen de judíos y paganos. Pablo señala el camino de la fe que el cristiano ha recibido y profesa. Jesús, enviado del Padre, en Él mismo, derriba el muro que separa haciendo de los dos pueblo un Hombre nuevo. A Jesús, el creyente cristiano lo ve cómo Paz y reconciliación.  Y al verlo así, ve el camino que está llamado él mismo a recorrer: unir, reconciliar, pacificar, derribando los siempre frecuentes muros de división. Y esto es la Paz. Es, la honda alegría de seguir creando puentes de acercamiento.

7. Jesús en el Evangelio nos recuerda que por sobre las profundas y serias divisiones de los hombres (buenos y malos) está el Padre que hace salir el sol y hace llover sobre todos De Dios salió todo, menos el pecado. Y Él quiere que todo a Él vuelva. Es su constante tarea desde el comienzo del mundo, y que tiene su punto culminante en Jesús Muerto y Resucitado para la vida de los hombres.

Su amor es universal, total.

Por eso al creyente, Jesús le señala un camino sobre humano. Es preciso amar al amigo. Incluso hasta dar la vida por él. Es la formidable prueba del amor. Pero  no basta. Es preciso amar como ama el Padre.  A todos. Incluso al enemigo. Es lo que hizo Jesús. María. Los Santos, los reconocidos y los ignorados. Con un amor sin límites ni fronteras. Hasta llegar a hacer salir el sol sobre buenos y malos. Tarea ardua y maravillosa. Tarea costosa. A Jesús y a muchos les llevó la vida. Gracias a Él vivimos. Por él nos sentimos impulsados a trabajar por la paz, por la reconciliación, por la unión. Entre todos. Para todos. Hacia todos.

8. Como comunicadores, trabajando en los Medios fuertes o en los que aparecen modestos, el camino es anunciar la activa presencia del Señor que derriba los muros de división, que es reconciliación, que trae la Paz.

Así haremos que “los medios de comunicación estén al servicio del entendimiento de los pueblos”.

El Señor de la Paz haga nos fuerte para la comunicación que lleva a la vida plena.

María, Madre de Paz, Causa de nuestra Alegría interceda por nosotros

Mons. Mario B. Maulión, arzobispo de Paraná y presidente de la Comisión Episcopal de Comunicación Social