Encuentro Católico de Jóvenes

Con el objetivo de convocar a jóvenes y adultos de instituciones educativas, grupos parroquiales, de las comunidades religiosas, o pertenecientes a movimientos sociales y/o eclesiales, se realizará este miércoles 7 el Encuentro Católico de Jóvenes.

Será en la localidad de Santa Elena desde las 9:00 hasta las 22:00, bajo el lema  “Todo lo puedo en Cristo que me llama”. Además a las 19:00 tendrá lugar el recital del cantautor internacional “Martín Valverde”.

Desde el Equipo Coordinador del Encuentro se indicó que el costo de participación será una contribución personal y voluntaria, y a quien lo desee también podemos ofrecerle un número de cuenta bancaria. Habrá cantina, servicios médicos y sanitarios. Además de la presencia de sacerdotes para atender confesiones o charlar.

En la Jornada se realizarán distintas actividades para y con los jóvenes que asistan. Los interesados en obtener mayor información podrán contactarse a encuentrocatolicodejovenes@gmail.com o en Facebook: “Elena Santa”.  Además,  está disponible el 343 4 058973 para consultas por whatsapp.

 

 

Escuchar nota al P. Leonardo Jacob

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Homilía de Mons. Ojea en la Asamblea Plenaria

Compartimos el texto completo de la Homilía  de Mons. Oscar V. Ojea pronunciada este lunes 5 en el marco de la Asamblea

 

116° Asamblea Plenaria (Pilar): Homilía de Mons. Oscar V. Ojea 05/11/2018

Queridos hermanos:

Estamos terminando un año sumamente difícil. Muchos acontecimientos que hemos vivido en los últimos meses nos han provocado perplejidad, y al mismo tiempo nos plantean grandes desafíos pastorales para ser iluminados a la luz del Evangelio. Son situaciones complejas y conflictivas, que esconden un mensaje que tenemos que descubrir. Repasando el año transcurrido, recuerdo y enumero algunas:

 

  1. a) La habilitación del debate sobre el aborto y su repercusión en muchos de nuestros jóvenes, incluso de nuestros colegios y comunidades a quienes hemos visto tomando partido con su pañuelo verde.
  2. b) El fenómeno de las apostasías que apareció posteriormente.
  3. c) Las denuncias de abusos que aumentan el dolor en lo más profundo del corazón de la Iglesia.
  4. d) Hemos sido testigos también de ataques a la persona del Santo Padre desde dentro y desde fuera de la Iglesia de un modo que no tiene precedentes, lo que genera la escasa difusión de su pensamiento y de su prédica. Esto se extiende a la Iglesia toda ya que parecería que decir algo bueno sobre ella no es políticamente correcto.

Todo esto lo hemos vivido en medio de una crisis social y económica que golpea a todo el pueblo argentino, y que va resintiendo la confianza en la dirigencia política aumentando el mal humor social, el enojo y la intolerancia que hace muy crispada la convivencia.

Frente a todo esto podemos reaccionar de varias maneras, dos que aparecen con fuerza podrían ser:

1) La ira, el enojo, la victimización:

Podemos sentirnos rechazados y pensar que a Jesús le pasó lo mismo. Un pensamiento parecido a: “nosotros estamos bien, los equivocados son los demás”. Esto no es justo, ni totalmente honesto. En  muchas de estas situaciones hemos tenido nuestra parte de responsabilidad. Esto nos debe hacer pensar en nuestra propia conversión personal y pastoral. Y hacer un profundo examen de conciencia.

2) Otra posible reacción es la parálisis y la inmovilidad.

Nunca nos habíamos imaginado que íbamos a estar delante de estos problemas, cuyas raíces y motivos a veces nos cuesta entender. No sabemos adónde nos van a conducir. Entonces nos quedamos inmóviles, como quien espera que pase la tormenta.

Esta reacción es comprensible pero poco apropiada, ya que el Papa  nos llama a ser una Iglesia en salida misionera (EG 27), prefiriendo una Iglesia que se accidenta y toma riesgos en lugar de una Iglesia que se encierra en sí misma. (Vigilia de Pentecostés 2013).

El pasaje de la carta a los Filipenses que hemos leído (2, 1-4) nos exhorta a la unidad y a la empatía: “tengan un mismo sentir”. Nos invita a la humildad y a velar por los intereses de los demás.

En sintonía con esto, el Evangelio de Lucas nos presenta a Jesús optando por la lógica del amor, del servicio y de la humildad. No por la lógica del reconocimiento y la honra humana.

Jesús manda romper el círculo cerrado de la comodidad e invertir en relaciones que puedan dar fruto y pide que invitemos a los excluidos: a los pobres, a los lisiados, a los ciegos. No era esta la costumbre de entonces y nadie hace esto ni siquiera hoy. Pero Jesús insiste: “¡Inviten a esas personas!”. En la  invitación desinteresada, dirigida a los marginados, existe una fuente de felicidad: “y serás dichoso, porque no te pueden corresponder”. Descubrimos así una felicidad nueva y diferente. Es la que nace de haber hecho un gesto de total gratuidad. Un gesto de amor que busca el bien del otro sin esperar nada a cambio. Jesús nos enseña que esta felicidad es semilla de la que Dios dará en la resurrección y ya empezamos a experimentarla ahora. Es corresponder a la generosidad del amor de Dios que nos ama gratuitamente.

Podemos preguntarnos entonces: ¿dónde buscamos el reconocimiento?, ¿en los ojos de quiénes? Como discípulos de Jesús tenemos que esperar este reconocimiento sólo de Él, sirviendo a aquellos con quienes Él se ha identificado.

¿Qué  actitudes encontramos sugeridas en la Palabra que hemos recibido hoy para poner en práctica en este momento crítico que estamos viviendo?

La primera actitud es la humildad que nos permite mirar de frente nuestra propia fragilidad.

La humildad nos permite escuchar de un modo nuevo el corazón de aquel que está enojado con la Iglesia, que ha sentido la ausencia de alguien que le mostrara el verdadero rostro de Jesús.

El texto de hoy nos mueve a renunciar al reconocimiento y a concentrarnos en nuestra tarea evangelizadora esencial, que es trabajar para que todos tengan un lugar en la mesa del Reino.

Mirando nuestros pecados y los escándalos que se han dado en algunas de nuestras comunidades, tenemos que ahondar el camino de nuestra conversión personal y eclesial. Un serio compromiso en este sentido visibiliza el hecho de que estamos asumiendo nuestra responsabilidad como pastores.

Tenemos que aprender a desprendernos de un reconocimiento social que los Obispos teníamos en otro tiempo y que vamos dejando de tener.

Cuando se vive un tiempo de intensa purificación y muy alejado de una Iglesia triunfalista, es hora de renunciar a los primeros puestos en el banquete, sirviendo con humildad a los hermanos más pobres. Y vivirlo como una oportunidad de crecer en el amor a Jesús y a los hermano. Esta Iglesia humilde, es un modo muy concreto y providencial de ser “Iglesia pobre para los pobres”, como nos pide el Papa.

La segunda virtud que aparece como necesaria en este momento es la paciencia, que es parte de la virtud de la fortaleza. No es inmovilidad, ni blandura, ni resignación, es la paciencia del que resiste con firmeza. La paciencia de quien persevera en el bien que nadie ve, siempre abierta a la esperanza. La esforzada paciencia de los mártires.

Sembramos el Evangelio sin saber cuándo florecerá, cuándo será la cosecha. A nosotros sólo nos toca hacer nuestra parte: “esperar lo que no vemos es esperar con paciencia” (Rm. 8, 25).

La paciencia es un tema recurrente en las homilías del Papa Francisco que nos dice: “no sólo nosotros debemos tener paciencia, el Señor también la tiene con nosotros. Él nos espera y nos espera hasta el final de la vida. Pensemos en el buen ladrón que justo al final lo reconoció.

El Señor camina con nosotros pero muchas veces no se deja ver como en el caso de los discípulos de Emaús. El Señor se implica en nuestra vida, pero muchas veces no lo vemos.”

En tercer lugar necesitamos el coraje, la valentía de Jesús. Valentía para encarar los cambios. La parresía es un don del Espíritu. Es la disposición espiritual para hablar libremente y con verdad incluso en situaciones adversas. El Apóstol Pedro nos advierte: “Queridos míos no se extrañen de la violencia que se ha desatado contra ustedes para ponerlos a prueba como si les sucediera algo extraordinario”. Para resistir estos ataques se requiere un espíritu libre y también sabio, para discernir y elegir cuando hablar y cuando callar. Es un momento para ser especialmente “sencillos como palomas pero astutos como serpientes” (Mt 10, 16). En esto tenemos que cuidarnos y sostenernos mutuamente no por nuestra honra, sino por el santo pueblo fiel de Dios que se puede ver confundido y desmoralizado por los mensajes que recibe.

Finalmente tomando el texto de la Carta a los Filipenses recibimos este conjuro,  afectuoso y apremiante del Apóstol, como si nos dijera: – por lo que más quieran “les ruego que hagan perfecta mi alegría permaneciendo bien unidos. Tengan un mismo amor, un mismo corazón, un mismo pensamiento. No hagan nada por espíritu de discordia o de vanidad”.

Hoy más que nunca debemos cuidar y defender la unidad de nuestro Episcopado, buscando plantear de frente nuestros acuerdos y desacuerdos, no permitiendo que el espíritu del mal logre dividirnos. Es tiempo de diálogo sincero, profundo y valiente entre nosotros. Un diálogo así nos enriquece y favorece nuestra unidad.

Que el Señor de la paciencia, venerado en tantos lugares de nuestra América Latina, nos regale su paciencia fuerte y valiente. Y que la Virgen de Luján, Patrona del Pueblo Argentino, nos ayude a dejarnos iluminar por el Espíritu para que nos muestre  sus caminos en esta hora difícil de la Iglesia y de la Patria.

 

 

Catequesis del Papa 30-10-18

En la Audiencia General de este miércoles 31 de octubre, el Papa Francisco reflexionó sobre el valor de la fidelidad en el matrimonio.

 

“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

“Hoy me gustaría completar la catequesis sobre la Sexta Palabra del Decálogo – «No cometerás adulterio»- destacando que el amor fiel de Cristo es la luz para vivir la belleza de la afectividad humana. Efectivamente, nuestra dimensión emocional es una llamada al amor, que se manifiesta con la fidelidad, la acogida y la misericordia. Esto es muy importante. ¿Cómo se manifiesta el amor? Con la fidelidad, la acogida y la misericordia.

Sin embargo, no se debe olvidar que este mandamiento se refiere explícitamente a la fidelidad matrimonial y, por lo tanto, es bueno reflexionar más profundamente sobre su significado conyugal. ¡Este pasaje de las Escrituras, este pasaje de la Carta de San Pablo, es revolucionario! Pensar, con la antropología de ese tiempo, y decir que el esposo debe amar a su esposa como Cristo ama a la Iglesia: ¡pero es una revolución! Quizás, en aquel tiempo, es lo más revolucionario que se ha dicho sobre el matrimonio. Siempre en el camino del amor. Podemos preguntarnos: este mandato de fidelidad, ¿a quién está destinado? ¿Solo a los esposos? En realidad, este mandato es para todos, es una paterna Palabra de Dios dirigida a cada hombre y mujer.

Recordemos que el camino de la madurez humana es el camino mismo del amor que va del recibir cuidados a la capacidad de prestarlos, desde recibir la vida hasta la capacidad de dar vida.

Convertirse en hombres y mujeres adultos significa llegar a vivir la actitud conyugal y paternal, que se manifiesta en las diversas situaciones de la vida como la capacidad de asumir el peso de otra persona y amarla sin ambigüedad. Por lo tanto, es una actitud global de la persona que sabe asumir la realidad y entablar una relación profunda con los demás.

¿Quién es entonces el adúltero, el lujurioso, el infiel? Es una persona inmadura, que se guarda su propia vida e interpreta las situaciones según su propio bienestar y satisfacción. Así, para casarse, ¡no es suficiente celebrar la boda! Necesitamos hacer un camino del «yo» al «nosotros», del pensar solo a pensar en dos, de vivir solos a vivir en dos: es un camino hermoso, es un camino hermoso. Cuando llegamos a descentralizarnos, entonces todo acto es conyugal: trabajamos, hablamos, decidimos, encontramos a otros con una actitud acogedora y oblativa.

Toda vocación cristiana, en este sentido, -ahora podemos ampliar un poco la perspectiva y decir que toda vocación cristiana, en este sentido-, es conyugal. El sacerdocio lo es porque es la llamada, en Cristo y en la Iglesia, a servir a la comunidad con todo el afecto, el cuidado concreto y la sabiduría que el Señor da. La Iglesia no necesita aspirantes al papel de sacerdotes, – no, no sirven, mejor que se queden en casa- sino que le sirven a hombres a quienes el Espíritu Santo toca el corazón con un amor incondicional por la Esposa de Cristo. En el sacerdocio se ama al pueblo de Dios con toda la paternidad, la ternura y la fuerza de un esposo y de un padre. Así también, la virginidad consagrada en Cristo se vive con fidelidad y alegría como una relación conyugal y fecunda de maternidad y la paternidad.

Repito: toda vocación cristiana es conyugal, porque es fruto del vínculo de amor en el que todos somos regenerados, el vínculo de amor con Cristo, como nos ha recordado el pasaje de san Pablo leído al principio. Partiendo de su fidelidad, de su ternura, de su generosidad, miramos con fe al matrimonio y a cada vocación, y entendemos el significado completo de la sexualidad.

La criatura humana, en su inseparable unidad de espíritu y cuerpo, y en su polaridad masculina y femenina, es una realidad muy buena, destinada a amar y ser amada. El cuerpo humano no es un instrumento de placer, sino el lugar de nuestra llamada al amor, y en el amor auténtico no hay espacio para la lujuria y para su superficialidad. ¡Los hombres y las mujeres merecen más que esto!

Por lo tanto, la Palabra «No cometerás adulterio», aunque sea en forma negativa, nos orienta a nuestra llamada original, es decir, al amor conyugal pleno y fiel, que Jesucristo nos ha revelado y nos ha dado (cf. Rom 12: 1).”

Misa en conmemoración de los fieles difuntos

La Iglesia instituyó el 2 de noviembre para la oración por aquellas almas que han dejado la tierra y aún no llegan al cielo. Esta fecha responde a una larga tradición de fe en la Iglesia: orar por aquellos fieles que han acabado su vida terrena.

Cada 2 de noviembre, día que se conmemora a los Fieles Difuntos, miles de personas en todo el mundo visitan las tumbas de sus seres queridos y la Iglesia eleva oraciones y ofrece sacrificios por su eterno descanso.

La peregrinación Brocheriana pasó por Paraná

La octava Peregrinación misionera Brocheriana –que comenzó en el mes de octubre en la provincia de Córdoba- pasó por Paraná. Se trata de un grupo de laicos, que junto al sacerdote Jorge Rearte recorren varias provincias en mula para “anunciar la alegría del Evangelio”.

El miércoles 31, se concentraron al mediodía en la Plaza 1 de mayo. Entrevistado por Radio Corazón el Padre Jorge Rearte, ideador y precursor de la manifestación, aseguró fueron “muy bien recibidos por la ciudad de Paraná”.

Aldo, uno de los peregrinos contó que el esfuerzo es por “las intenciones que recogemos en cada lugar, en cada pueblo que visitamos. Hace 14 años que se hace esta peregrinación, esta es la octava, y acá estamos. La meta es poder llegar a todos lugares para llevar la fe. Dejar un mensaje en cada pueblo, en cada lugar. Que no sea sólo un paso, sino una intención de unidad”.

La octava peregrinación Brocheriana misionera ya pasó por Santa Fe, recorrerá Entre Ríos y luego cruzaran la frontera y visitaran el país vecino Uruguay. Finalmente el último destino, será Buenos Aires.

Parroquia San Cayetano

Colaboración de la Prof. Celia Godoy, Responsable del Archivo Arquidiocesano 

Al Este de la Ciudad de Paraná, construido sobre una antigua Cantera, nos encontramos con el barrio de una importante parroquia. El paisaje se caracteriza por un constante declive hacia el arroyo, hasta conformar un borde barrancoso de diferentes niveles  a lo largo de la zona, alternando con hondonadas y allí esta querida parroquia que hoy festeja sus 25 años.

Pero antes de esta fecha ya tenía  su historia. Dentro de los límites de las parroquias San Miguel y Catedral, la zona era  atendida desde 1965 por los servidores de don Bosco, los padres Salesianos.

En 1935, llegaron los primeros sacerdotes: el P. Luis Ramasso y el P. José M. Brasesco, quienes iniciaron inmediatamente sus actividades apostólicas.

Va a ser recién en 1965 que se harán cargo de esta nueva parroquia de Don Bosco por un pedido del Obispo de Paraná al padre Inspector Juan Bautista Brisio.

En el pedido dice que la salud espiritual de las almas le exige aumentar el número de parroquias y los pocos sacerdotes y templos existentes, aconsejan solicitar la ayuda a los religiosos.

Como los padres salesianos tienen residencia, convenientemente distante de sedes parroquiales, esta residencia podría ser una nueva parroquia. Y que la población que rodea esa sede justifica la erección.

La nueva parroquia será de Santo Domingo Savio. Más conocida como Don Bosco; será deslindada de las de San Miguel, Catedral y Santa Teresita, con una población de 20.000 almas y alejadas de las sedes parroquiales.

Quedarán bajo la administración parroquial pero no serán propiedad de la congregación, la capilla de San Roque (en el Barrio Consejo) y que la otra puede ser sede parroquial más adelante, pero esta aun sin techar. (Esta obra queda sin efecto, ya que esta dentro del Barrio Maccarone y tiene problemas de escrituras)

El 24 de abril de 1965 se firma el convenio de entrega de la Parroquia de María Auxiliadora y Santo Domingo Savio. La capilla de María Auxiliadora queda para la Congregación, las otras dos solo para la administración.

En la planificación de las actividades parroquiales de abril de 1981 encontramos ya en Barrio consejo la capilla San Roque, en Barrio Belgrano la de San Cayetano, en Mariano Moreno, la de Nuestra Señora de la Esperanza, María Auxiliadora en el barrio Cantera Yatay a cargo de la hermana Catalina.

En San Cayetano, se da catequesis en sus 3 niveles y se cultiva un grupo juvenil y pre juvenil.

En junio de 1984 habiendo asumido como párroco de Don Bosco el Padre Ramón Yañuk, pide autorización para bautizar y casar en sus capillas, dada las distancias que la separan de la parroquia, ellas son San Roque, María Auxiliadora, San Cayetano y Nuestra Señora de la Esperanza

En julio de 1984 hay un pedido al Arzobispo Coadjutor Mons. Karlic de un sacerdote permanente para la capilla, seguida de las firmas de los solicitantes y en ella dice que en el año 1983 Año santo de la Redención había llegado la consigna “Abrid las puertas al Redentor” y ellos abrieron las puertas de sus corazones y las de la capilla también y esperaban ese sacerdote.

El 13 de octubre de 1984 la comisión pro templo le escribe al Arzobispo, Mons. Karlic preocupados por la demora de aprobación de los planos de la parroquia  y la devaluación del dinero que ellos tenían. Esta comisión tiene por objeto dice el pedido edificar un templo en honor de San Cayetano, para cubrir una urgente necesidad pastoral. La comunidad está ubicada en la periferia de la ciudad y el barrio cuenta con 2000 habitantes y donde hay numerosa cantidad de jóvenes y niños que no tienen la suficiente atención pastoral.

En la actualidad dice el pedido se cuenta con una capilla que contiene las mínimas necesidades, la que al finalizar la primera parte de la obra será demolida.

El 30 de octubre de 1993 se crea la parroquia desmembrándola de la parroquia Don Bosco. Se agradece a los Padres Salesianos su fecunda acción evangelizadora y se dispone que se siga venerando a la Virgen de María Auxiliadora.

A partir de ahí y durante 10 años va ser su primer párroco el padre Blas Corbalán. Cuando él llegó, la iglesia  era una estructura de ladrillo sin revocar, sin piso, sin un altar, sin el espacio para la adoración al Santísimo y mucho menos lugar para bautizar.

Hoy el Santo está en su lugar definitivo junto a la Virgen María Auxiliadora. Y su fiesta patronal es una de las más numerosas.

Escuchar nota al Padre Silvio Fariña

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XX Campamento Arquidiocesano

Se realizó el fin de semana, la vigésima edición del Campamento Arquidiocesano de la Infancia y Adolescencia Misionera.

El Seminario Arquidiocesano fue el espacio donde se congregaron casi 500 personas durante todo el sábado y gran parte del domingo. Desde la organización destacaron el agradecimiento con todos los participantes, tanto niños, adolescentes, animadores y acompañantes, como los servidores. Monseñor Juan Alberto Puiggari presidió la Misa de Clausura. En ese marco, se festejó además el aniversario 175 de la IAM.

Jornada Nacional del Enfermo 2018

El segundo domingo del mes de noviembre (en este año, el domingo 11) la Iglesia en Argentina celebra la Jornada Nacional del Enfermo. Es un día para tener presentes y acompañar especialmente a nuestros hermanos que están atravesando un problema de salud.

Es también una jornada en la cual se sensibiliza al Pueblo de Dios para acompañar, en el nombre de Jesús, el Buen Pastor,  a quienes están enfermos y a sus seres queridos.

Desde el equipo de la Comisión Episcopal de la Pastoral de la Salud  –cuyo secretario es P. Tomás Barbero- se propuso, en la medida de las posibilidades de cada uno, tener algún gesto significativo  con los enfermos en ese día (una misa en la que se rece de un modo especial por los enfermos y si resultara conveniente, se administre el sacramento de la unción a quienes lo requieran; visitas a los hospitales y hogares de ancianos; bendiciones a los enfermos; distintos modos de oración por ellos, etc.) La idea es,  acercar consuelo, fortaleza y paz que vienen de Dios.

Aquí compartimos el mensaje del papa Francisco con ocasión de la Jornada Mundial del Enfermo de este año.
Mater Ecclesiae: «Ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre.

Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa» (Jn 19,26-27)
Queridos hermanos y hermanas:
La Iglesia debe servir siempre a los enfermos y a los que cuidan de ellos con renovado vigor, en fidelidad al mandato del Señor (cf. Lc 9,2-6; Mt 10,1-8; Mc 6,7-13), siguiendo el ejemplo muy elocuente de su Fundador y Maestro.
Este año, el tema de la Jornada del Enfermo se inspira en las palabras que Jesús, desde la cruz, dirige a su madre María y a Juan: «Ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa» (Jn 19,26-27).
1. Estas palabras del Señor iluminan profundamente el misterio de la Cruz. Esta no representa una tragedia sin esperanza, sino que es el lugar donde Jesús muestra su gloria y deja sus últimas voluntades de amor, que se convierten en las reglas constitutivas de la comunidad cristiana y de la vida de todo discípulo.
En primer lugar, las palabras de Jesús son el origen de la vocación materna de María hacia la humanidad entera. Ella será la madre de los discípulos de su Hijo y cuidará de ellos y de su camino. Y sabemos que el cuidado materno de un hijo o de una hija incluye todos los aspectos de su educación, tanto los materiales como los espirituales.
El dolor indescriptible de la cruz traspasa el alma de María (cf. Lc 2,35), pero no la paraliza. Al contrario, como Madre del Señor comienza para ella un nuevo camino de entrega. En la cruz, Jesús se preocupa por la Iglesia y por la humanidad entera, y María está llamada a compartir esa misma preocupación. Los Hechos de los Apóstoles, al describir la gran efusión del Espíritu Santo en Pentecostés, nos muestran que María comenzó su misión en la primera comunidad de la Iglesia. Una tarea que no se acaba nunca.
2. El discípulo Juan, el discípulo amado, representa a la Iglesia, pueblo mesiánico. Él debe reconocer a María como su propia madre. Y al reconocerla, está llamado a acogerla, a contemplar en ella el modelo del discipulado y también la vocación materna que Jesús le ha confiado, con las inquietudes y los planes que conlleva: la Madre que ama y genera a hijos capaces de amar según el mandato de Jesús. Por lo tanto, la vocación materna de María, la vocación de cuidar a sus hijos, se transmite a Juan y a toda la Iglesia. Toda la comunidad de los discípulos está involucrada en la vocación materna de María.
3. Juan, como discípulo que lo compartió todo con Jesús, sabe que el Maestro quiere conducir a todos los hombres al encuentro con el Padre. Nos enseña cómo Jesús encontró a muchas personas enfermas en el espíritu, porque estaban llenas de orgullo (cf. Jn8,31-39) y enfermas en el cuerpo (cf. Jn 5,6). A todas les dio misericordia y perdón, y a los enfermos también curación física, un signo de la vida abundante del Reino, donde se enjuga cada lágrima. Al igual que María, los discípulos están llamados a cuidar unos de otros, pero no exclusivamente. Saben que el corazón de Jesús está abierto a todos, sin excepción. Hay que proclamar el Evangelio del Reino a todos, y la caridad de los cristianos se ha de dirigir a todos los necesitados, simplemente porque son personas, hijos de Dios.
4. Esta vocación materna de la Iglesia hacia los necesitados y los enfermos se ha concretado, en su historia bimilenaria, en una rica serie de iniciativas en favor de los enfermos. Esta historia de dedicación no se debe olvidar. Continúa hoy en todo el mundo. En los países donde existen sistemas sanitarios públicos y adecuados, el trabajo de las congregaciones católicas, de las diócesis y de sus hospitales, además de proporcionar una atención médica de calidad, trata de poner a la persona humana en el centro del proceso terapéutico y de realizar la investigación científica en el respeto de la vida y de los valores morales cristianos. En los países donde los sistemas sanitarios son inadecuados o inexistentes, la Iglesia trabaja para ofrecer a la gente la mejor atención sanitaria posible, para eliminar la mortalidad infantil y erradicar algunas enfermedades generalizadas. En todas partes trata de cuidar, incluso cuando no puede sanar. La imagen de la Iglesia como un «hospital de campaña», que acoge a todos los heridos por la vida, es una realidad muy concreta, porque en algunas partes del mundo, sólo los hospitales de los misioneros y las diócesis brindan la atención necesaria a la población.
5. La memoria de la larga historia de servicio a los enfermos es motivo de alegría para la comunidad cristiana y especialmente para aquellos que realizan ese servicio en la actualidad. Sin embargo, hace falta mirar al pasado sobre todo para dejarse enriquecer por el mismo. De él debemos aprender: la generosidad hasta el sacrificio total de muchos fundadores de institutos al servicio de los enfermos; la creatividad, impulsada por la caridad, de muchas iniciativas emprendidas a lo largo de los siglos; el compromiso en la investigación científica, para proporcionar a los enfermos una atención innovadora y fiable. Este legado del pasado ayuda a proyectar bien el futuro. Por ejemplo, ayuda a preservar los hospitales católicos del riesgo del «empresarialismo», que en todo el mundo intenta que la atención médica caiga en el ámbito del mercado y termine descartando a los pobres.
La inteligencia organizacional y la caridad requieren más bien que se respete a la persona enferma en su dignidad y se la ponga siempre en el centro del proceso de la curación. Estas deben ser las orientaciones también de los cristianos que trabajan en las estructuras públicas y que, por su servicio, están llamados a dar un buen testimonio del Evangelio.
6. Jesús entregó a la Iglesia su poder de curar: «A los que crean, les acompañarán estos signos: […] impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos» (Mc 16,17-18). En los Hechos de los Apóstoles, leemos la descripción de las curaciones realizadas por Pedro (cf. Hch 3,4-8)y Pablo (cf. Hch 14,8-11). La tarea de la Iglesia, que sabe que debe mirar a los enfermos con la misma mirada llena de ternura y compasión que su Señor, responde a este don de Jesús. La pastoral de la salud sigue siendo, y siempre será, una misión necesaria y esencial que hay que vivir con renovado ímpetu tanto en las comunidades parroquiales como en los centros de atención más excelentes. No podemos olvidar la ternura y la perseverancia con las que muchas familias acompañan a sus hijos, padres y familiares, enfermos crónicos o discapacitados graves. La atención brindada en la familia es un testimonio extraordinario de amor por la persona humana que hay que respaldar con un reconocimiento adecuado y con unas políticas apropiadas. Por lo tanto, médicos y enfermeros, sacerdotes, consagrados y voluntarios, familiares y todos aquellos que se comprometen en el cuidado de los enfermos, participan en esta misión eclesial. Se trata de una responsabilidad compartida que enriquece el valor del servicio diario de cada uno.
7. A María, Madre de la ternura, queremos confiarle todos los enfermos en el cuerpo y en el espíritu, para que los sostenga en la esperanza. Le pedimos también que nos ayude a acoger a nuestros hermanos enfermos. La Iglesia sabe que necesita una gracia especial para estar a la altura de su servicio evangélico de atención a los enfermos. Por lo tanto, la oración a la Madre del Señor nos ve unidos en una súplica insistente, para que cada miembro de la Iglesia viva con amor la vocación al servicio de la vida y de la salud. La Virgen María interceda por esta XXVI Jornada Mundial del Enfermo, ayude a las personas enfermas a vivir su sufrimiento en comunión con el Señor Jesús y apoye a quienes cuidan de ellas. A todos, enfermos, agentes sanitarios y voluntarios, imparto de corazón la Bendición Apostólica.
Vaticano, 26 de noviembre de 2017.
Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo.
Francisco

Convocan a unirse a la jornada de oración por la santificación del pueblo argentino

El delegado episcopal para las Causas de los Santos, monseñor Santiago Olivera, invitó a unirse “fervientemente” en oración el próximo 1° de noviembre en ocasión de la 22a Jornada Nacional de Oración por la santificación del pueblo argentino y la glorificación de sus siervos de Dios”.

Asimismo el obispo convocó a participar del Encuentro de la Delegación para las Causas de los Santos, previsto para el 27 de noviembre, de 9.30 a 17, en la sede de las Hermanas Esclavas del Sagrado Corazón (Montevideo 1372, Buenos Aires).

Indicó que están especialmente invitados los que de “alguna forma u otra manera tienen responsabilidad en los procesos iniciados o en estudio”.

“Espero poder saludar a cada uno en dicha jornada, confiando en que este nuevo encuentro sea una provechosa ocasión para dialogar y aprender juntos en esta hermosa tarea que nos encomienda la Iglesia”, concluyó.

Con datos de AICA