Card. Karlic: 95 años de «pasión por la Verdad que es Jesucristo pascual»

En vísperas de su cumpleaños 95, el cardenal Karlic, el miembro de mayor edad del Episcopado argentino, dialogó con Aica y compartió sus recuerdos, los pilares de su ministerio y algunos consejos.

A punto de cumplir 95 años, el cardenal Estanislao Esteban Karlic, el obispo de mayor edad del Episcopado argentino, reside en el monasterio benedictino “Nuestra Señora del Paraná”, donde celebra la Eucaristía diaria para las religiosas del lugar.

Desde allí, y en diálogo con AICA, recordó la infancia en su pueblo natal (Oliva, en la provincia de Córdoba), el inicio de su vocación sacerdotal, fuertemente acompañado por la Acción Católica; y su camino en el Episcopado argentino, del que fue presidente durante dos períodos. El purpurado agradeció a los santos a cuya intercesión se encomendó en estos 95 años, y con la mirada en el camino recorrido, ofreció un consejo a los más jóvenes.

La infancia en Córdoba
El cardenal Karlic nació el 7 de febrero de 1926 en Oliva, provincia de Córdoba, “una población de inmigrantes trabajadores”, recordó. “Se vivía realmente del campo y con mucho entusiasmo por hacer bien las cosas. Nuestro nacimiento ahí nos marcaba con ese espíritu hermoso de la Argentina”, señaló.

“De mi infancia un recuerdo muy lindo es, no solamente de mi querida familia, sino también de la escuela primaria: el orden, la regularidad, la cercanía de las maestras, a quienes queríamos de verdad como madres nuestras (aunque eran muy jóvenes algunas). Yo recuerdo haber tenido una maestra recién recibida, era una jovencita, en ese tiempo se recibían con 17, 18 años. Eran excelentes maestras. Eso me marcó y me preparó para ingresar al secundario de Córdoba, el Colegio Nacional de Monserrat sin dificultades de ingreso. Teníamos examen de ingreso al secundario, y yo fui con la preparación hermosa de mi primaria, y no tuve ninguna dificultad”, valoró.

La importancia de la Acción Católica
Consultado sobre aquel primer llamado al sacerdocio, el padre Karlic no dudó en destacar “la gracia enorme que tuve de encontrarme en Córdoba con una Acción Católica excelente, con muy buenos asesores”.

“Me acuerdo muchísimo del asesor nuestro, el querido padre Reynoso, pero los otros también, de Buenos Aires, hacían que la Acción Católica fuera no solamente formadora de la vida espiritual, sino también animadora de nuestras vocaciones, para elegirlas realmente conforme a lo que Dios me iba pidiendo”.

“Y naturalmente que el testimonio que nos daban nuestros asesores, y el espíritu auténticamente cristiano que recibíamos en la Acción Católica, hacían que se despertaran las vocaciones, y ahí apareció la vocación mía, muy hermosamente acompañada por la Acción Católica, especialmente los asesores, pero también los compañeros, llevaba a una maduración muy profunda y muy gozosa”, sostuvo.

Los años en Roma
Su ordenación sacerdotal, recordó, fue a sus 28 años, en Roma. “Los obispos de entonces, querían que nosotros nos formáramos con un espíritu eclesial universal, y apenas podían, mandaban a estudiar a Roma a alguno de sus seminaristas”, relató. “Y como yo había terminado con esa edad, me mandaron a estudiar filosofía junto con monseñor Angelelli y el padre Bordagaray”.

“Ahí empezamos una formación estupenda, en una Roma muy activa, con la inspiración de Pio XII, en ese tiempo cuando llegamos nosotros. Fue muy hermoso ese tiempo, y eso nos llevó a ordenarnos”, continuó.

“Me ordené en el año 1954, allá en Roma, sin haber vuelto a la Argentina en siete años. Providencialmente estaba en Roma el entonces obispo de Paraná, monseñor Guillán, y él nos ordenó a nosotros. Fue delicada providencia de Dios, después hacerme obispo de Paraná”, reconoció.

La Eucaristía y la Verdad del Evangelio
Su vida y su ministerio estuvieron marcados por dos pilares fundamentales, que “realmente me llenan el alma”, aseguró: “La Eucaristía ha sido el centro y el principio de toda nuestra vida cristiana y pastoral. Y la Eucaristía diaria, que yo he querido celebrar permanentemente, también en este tiempo de dificultades”.

“El misterio de Cristo Pascual, muerte y resurrección, debe ser siempre -y lo quiero seguir teniendo-, fuente y culmen de toda nuestra vida cristiana y pastoral”, consideró.

Pero además de la Eucaristía, agradeció especialmente a Dios haber tenido la verdad del Evangelio, por haber enseñado Teología tantos años: en el seminario, en la Universidad Católica en Buenos aires, y siempre que ha podido. “La teología con su verdad me ha apasionado y sigue apasionándome para hacerme caminar día a día en la verdad de Dios y la verdad del hombre”, afirmó.

“La Eucaristía y la verdad de la Palabra de Dios estudiada, meditada, enseñada en las clases de teología, han sido ciertamente centro de mi vida cristiana”, sintetizó.

 

Los santos del camino
Un largo camino que no recorrió solo: El cardenal reconoce la presencia y la intercesión de los santos en su vida. En primer lugar, San Estanislao y San Esteban, los santos que le dieron su nombre. Pero además, mencionó a San Luis Gonzaga, que “en los tiempos de la Acción católica era un santo muy querido por toda la luz que su persona nos daba a los jóvenes”.

Últimamente, añadió, “por supuesto, por lo que es la teología para mi vida, Santo Tomás y San Agustín. Mire qué santos. Esa es la belleza de la Iglesia. La Iglesia habla con personas. Las palabras de la Iglesia son Jesucristo y los santos”.

Los grandes momentos
Consultado sobre un recuerdo, el más memorable, el padre Karlic admitió: “No me atrevería a sintetizarlo en uno solo. Para mí, los grandes momentos han sido los grandes momentos de la Iglesia, y mire qué lujo: El Concilio, Puebla, Medellín, Santo Domingo, los momentos nuestros del diálogo, en el año 2001, y el tiempo como presidente del Episcopado, nada menos”.

“Mire cómo el Señor me ha ido reclamando la vida entera. Y muy especialmente el llamado a la redacción del Catecismo, junto con una comisión estupenda”, enfatizó.

A quienes comienzan a andar: Pasión por la verdad
Finalmente, y apelando a su generosidad de padre, le pedimos un consejo para los jóvenes, en especial para quienes han respondido al llamado al sacerdocio.

“Siguiendo mucho lo que aprendí de esa persona extraordinaria que es el papa Benedicto XVI, que estaba al frente nuestro en la redacción del Catecismo, el consejo que le daría a los que quieren empezar: Por favor, tengan claridad en los principios de la vida espiritual, empezando por el misterio de Jesucristo”, recomendó.

“Que busquen la claridad en los principios y sean fieles a ellos, porque son determinantes. Pasión por la verdad. Sólo en la pasión del amor y en el gozo de la pasión del amor, se puede fundar a fondo la vida cristiana. Pasión por la verdad que es Jesucristo. Jesucristo, que ama hasta la muerte, no menos”, profundizó.

Sobre todo pensando en los seminaristas, pero pensando también en todos los jóvenes que tienen que empezar su vida responsable: Pasión por la verdad que Jesucristo pascual”, insistió, con una bendición final y un pedido especial en este nuevo año de vida que comienza a transitar: «Recen por mí».

El cardenal Karlic
Nació el 7 de febrero de 1926 en Oliva, provincia de Córdoba. Sus padres fueron Juan y Emilia. Su padre era constructor, idóneo, un maestro mayor de obra hecho en el oficio.

Estudió en el Seminario Mayor de Córdoba, y en la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma, donde obtuvo una licenciatura en Teología. Después de su ordenación sacerdotal, se desempeñó como superior de la sección de filosofía del Seminario Mayor de Córdoba.

El 6 de junio de 1977, fue nombrado obispo titular de Castrum por el Papa Pablo VI. Más tarde fue nombrado arzobispo coadjutor y administrador apostólico de Paraná el 19 de enero de 1983, para finalmente suceder en el puesto a su arzobispo, el 1º de abril de 1986. De 1986 a 1992, fue miembro de la Comisión para la redacción del nuevo Catecismo de la Iglesia Católica. Se desempeñó como Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina durante dos períodos consecutivos (1996-1999 y 1999-2002) antes de dimitir como arzobispo de Paraná el 29 de abril de 2003, después de siete años de pleno y comprometido servicio.

El Papa Benedicto XVI lo creó cardenal sacerdote de la Beata María Virgen Dolorosa, una plaza de Buenos Aires en el consistorio del 24 de noviembre de 2007.

 

AICA, 5/02/21

Novena y Fiesta Patronal Nuestra Señora de Lourdes

Cada día las actividades serán las siguientes:

07.00: Santo rosario

19.30: Santo rosario

20.00: Santa misa

21.00: Adoración al santísimo sacramento y confesiones (hasta las 22.00).

Según se informó, las actividades específicas de cada jornada serán:

Martes 2: bendición de las velas en la antigua capilla (calle reconquista) – procesión hacia la actual iglesia rezando el rosario.

Miércoles 3 (bendición de las gargantas “in genere”).

Jueves 4: misa por las vocaciones

Viernes 5: sepultura de hasta 4 difuntos (pueden participar aproximadamente  8 personas por cada difunto)

Sábado 6:

  1. 18.00. Misa especial con ancianos para la administración de la unción (con inscripción previa).
  2. 20.00. Misa. Bendición de placas en el Cinerario.  Medida de las placas: 3 por 8. Las placas deben ser llevadas del 1 al 5 a la secretaría de la Sede parroquial (Italia 370) de 9.00 a 11.00.

Domingo 7: misa. Bendición de los hogares (llaves de las casas).

Lunes 8: misa. Bendición de instrumentos de trabajo.

Martes 9 de febrero

Miércoles 10 de febrero: misa por agentes sanitarios.

En tanto, el jueves 11 de febrero, Día Patronal, no habrá misa en la sede parroquial. Y el cronograma previsto contempla lo siguiente:

7.00: Misa en la gruta

10.00: Misa para los enfermos (con bendición “in genere”). Bendición del agua y objetos piadosos

18.00: Misa por los difuntos sepultados en el cinerario.

20.00: Misa “solemne”. Bendición del agua y objetos piadosos.

Caravana con la imagen de la virgen: desde la capilla hasta la antigua capilla – desde ahí hasta la parroquia del Carmen y desde allí visitando la jurisdicción parroquial y pasando por nuestra señora de la piedad y el pro-santuario de Jesús misericordioso.

Este martes 2 comienza la Novena de la Parroquia Nuestra Señora de Lourdes que se extenderá hasta el miércoles 10.

Mensaje del Santo Padre Francisco para la Jornada Mundial de las Misiones

«No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4,20)

 

Queridos hermanos y hermanas:

Cuando experimentamos la fuerza del amor de Dios, cuando reconocemos su presencia de Padre en nuestra vida personal y comunitaria, no podemos dejar de anunciar y compartir lo que hemos visto y oído. La relación de Jesús con sus discípulos, su humanidad que se nos revela en el misterio de la encarnación, en su Evangelio y en su Pascua nos hacen ver hasta qué punto Dios ama nuestra humanidad y hace suyos nuestros gozos y sufrimientos, nuestros deseos y nuestras angustias (cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 22). Todo en Cristo nos recuerda que el mundo en el que vivimos y su necesidad de redención no le es ajena y nos convoca también a sentirnos parte activa de esta misión: «Salgan al cruce de los caminos e inviten a todos los que encuentren» (Mt 22,9). Nadie es ajeno, nadie puede sentirse extraño o lejano a este amor de compasión.

 

La experiencia de los apóstoles

La historia de la evangelización comienza con una búsqueda apasionada del Señor que llama y quiere entablar con cada persona, allí donde se encuentra, un diálogo de amistad (cf. Jn 15,12-17). Los apóstoles son los primeros en dar cuenta de eso, hasta recuerdan el día y la hora en que fueron encontrados: «Era alrededor de las cuatro de la tarde» (Jn 1,39). La amistad con el Señor, verlo curar a los enfermos, comer con los pecadores, alimentar a los hambrientos, acercarse a los excluidos, tocar a los impuros, identificarse con los necesitados, invitar a las bienaventuranzas, enseñar de una manera nueva y llena de autoridad, deja una huella imborrable, capaz de suscitar el asombro, y una alegría expansiva y gratuita que no se puede contener. Como decía el profeta Jeremías, esta experiencia es el fuego ardiente de su presencia activa en nuestro corazón que nos impulsa a la misión, aunque a veces comporte sacrificios e incomprensiones (cf. 20,7-9). El amor siempre está en movimiento y nos pone en movimiento para compartir el anuncio más hermoso y esperanzador: «Hemos encontrado al Mesías» (Jn 1,41).

Con Jesús hemos visto, oído y palpado que las cosas pueden ser diferentes. Él inauguró, ya para hoy, los tiempos por venir recordándonos una característica esencial de nuestro ser humanos, tantas veces olvidada: «Hemos sido hechos para la plenitud que sólo se alcanza en el amor» (Carta enc. Fratelli tutti, 68). Tiempos nuevos que suscitan una fe capaz de impulsar iniciativas y forjar comunidades a partir de hombres y mujeres que aprenden a hacerse cargo de la fragilidad propia y la de los demás, promoviendo la fraternidad y la amistad social (cf. ibíd., 67). La comunidad eclesial muestra su belleza cada vez que recuerda con gratitud que el Señor nos amó primero (cf. 1 Jn 4,19). Esa «predilección amorosa del Señor nos sorprende, y el asombro —por su propia naturaleza— no podemos poseerlo por nosotros mismos ni imponerlo. […] Sólo así puede florecer el milagro de la gratuidad, el don gratuito de sí. Tampoco el fervor misionero puede obtenerse como consecuencia de un razonamiento o de un cálculo. Ponerse en “estado de misión” es un efecto del agradecimiento» (Mensaje a las Obras Misionales Pontificias, 21 mayo 2020).

Sin embargo, los tiempos no eran fáciles; los primeros cristianos comenzaron su vida de fe en un ambiente hostil y complicado. Historias de postergaciones y encierros se cruzaban con resistencias internas y externas que parecían contradecir y hasta negar lo que habían visto y oído; pero eso, lejos de ser una dificultad u obstáculo que los llevara a replegarse o ensimismarse, los impulsó a transformar todos los inconvenientes, contradicciones y dificultades en una oportunidad para la misión. Los límites e impedimentos se volvieron también un lugar privilegiado para ungir todo y a todos con el Espíritu del Señor. Nada ni nadie podía quedar ajeno a ese anuncio liberador.

Tenemos el testimonio vivo de todo esto en los Hechos de los Apóstoles, libro de cabecera de los discípulos misioneros. Es el libro que recoge cómo el perfume del Evangelio fue calando a su paso y suscitando la alegría que sólo el Espíritu nos puede regalar. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos enseña a vivir las pruebas abrazándonos a Cristo, para madurar la «convicción de que Dios puede actuar en cualquier circunstancia, también en medio de aparentes fracasos» y la certeza de que «quien se ofrece y entrega a Dios por amor seguramente será fecundo» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 279).

Así también nosotros: tampoco es fácil el momento actual de nuestra historia. La situación de la pandemia evidenció y amplificó el dolor, la soledad, la pobreza y las injusticias que ya tantos padecían y puso al descubierto nuestras falsas seguridades y las fragmentaciones y polarizaciones que silenciosamente nos laceran. Los más frágiles y vulnerables experimentaron aún más su vulnerabilidad y fragilidad. Hemos experimentado el desánimo, el desencanto, el cansancio, y hasta la amargura conformista y desesperanzadora pudo apoderarse de nuestras miradas. Pero nosotros «no nos anunciamos a nosotros mismos, sino a Jesús como Cristo y Señor, pues no somos más que servidores de ustedes por causa de Jesús» (2 Co 4,5). Por eso sentimos resonar en nuestras comunidades y hogares la Palabra de vida que se hace eco en nuestros corazones y nos dice: «No está aquí: ¡ha resucitado!» (Lc 24,6); Palabra de esperanza que rompe todo determinismo y, para aquellos que se dejan tocar, regala la libertad y la audacia necesarias para ponerse de pie y buscar creativamente todas las maneras posibles de vivir la compasión, ese “sacramental” de la cercanía de Dios con nosotros que no abandona a nadie al borde del camino. En este tiempo de pandemia, ante la tentación de enmascarar y justificar la indiferencia y la apatía en nombre del sano distanciamiento social, urge la misión de la compasión capaz de hacer de la necesaria distancia un lugar de encuentro, de cuidado y de promoción. «Lo que hemos visto y oído» (Hch 4,20), la misericordia con la que hemos sido tratados, se transforma en el punto de referencia y de credibilidad que nos permite recuperar la pasión compartida por crear «una comunidad de pertenencia y solidaridad, a la cual destinar tiempo, esfuerzo y bienes» (Carta enc. Fratelli tutti, 36). Es su Palabra la que cotidianamente nos redime y nos salva de las excusas que llevan a encerrarnos en el más vil de los escepticismos: “todo da igual, nada va a cambiar”. Y frente a la pregunta: “¿para qué me voy a privar de mis seguridades, comodidades y placeres si no voy a ver ningún resultado importante?”, la respuesta permanece siempre la misma: «Jesucristo ha triunfado sobre el pecado y la muerte y está lleno de poder. Jesucristo verdaderamente vive» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 275) y nos quiere también vivos, fraternos y capaces de hospedar y compartir esta esperanza. En el contexto actual urgen misioneros de esperanza que, ungidos por el Señor, sean capaces de recordar proféticamente que nadie se salva por sí solo.

Al igual que los apóstoles y los primeros cristianos, también nosotros decimos con todas nuestras fuerzas: «No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4,20). Todo lo que hemos recibido, todo lo que el Señor nos ha ido concediendo, nos lo ha regalado para que lo pongamos en juego y se lo regalemos gratuitamente a los demás. Como los apóstoles que han visto, oído y tocado la salvación de Jesús (cf. 1 Jn 1,1-4), así nosotros hoy podemos palpar la carne sufriente y gloriosa de Cristo en la historia de cada día y animarnos a compartir con todos un destino de esperanza, esa nota indiscutible que nace de sabernos acompañados por el Señor. Los cristianos no podemos reservar al Señor para nosotros mismos: la misión evangelizadora de la Iglesia expresa su implicación total y pública en la transformación del mundo y en la custodia de la creación.

 

Una invitación a cada uno de nosotros

El lema de la Jornada Mundial de las Misiones de este año, «No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4,20), es una invitación a cada uno de nosotros a “hacernos cargo” y dar a conocer aquello que tenemos en el corazón. Esta misión es y ha sido siempre la identidad de la Iglesia: «Ella existe para evangelizar» (S. Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 14). Nuestra vida de fe se debilita, pierde profecía y capacidad de asombro y gratitud en el aislamiento personal o encerrándose en pequeños grupos; por su propia dinámica exige una creciente apertura capaz de llegar y abrazar a todos. Los primeros cristianos, lejos de ser seducidos para recluirse en una élite, fueron atraídos por el Señor y por la vida nueva que ofrecía para ir entre las gentes y testimoniar lo que habían visto y oído: el Reino de Dios está cerca. Lo hicieron con la generosidad, la gratitud y la nobleza propias de aquellos que siembran sabiendo que otros comerán el fruto de su entrega y sacrificio. Por eso me gusta pensar que «aún los más débiles, limitados y heridos pueden ser misioneros a su manera, porque siempre hay que permitir que el bien se comunique, aunque conviva con muchas fragilidades» (Exhort. ap. postsin. Christus vivit, 239).

En la Jornada Mundial de las Misiones, que se celebra cada año el penúltimo domingo de octubre, recordamos agradecidamente a todas esas personas que, con su testimonio de vida, nos ayudan a renovar nuestro compromiso bautismal de ser apóstoles generosos y alegres del Evangelio. Recordamos especialmente a quienes fueron capaces de ponerse en camino, dejar su tierra y sus hogares para que el Evangelio pueda alcanzar sin demoras y sin miedos esos rincones de pueblos y ciudades donde tantas vidas se encuentran sedientas de bendición.

Contemplar su testimonio misionero nos anima a ser valientes y a pedir con insistencia «al dueño que envíe trabajadores para su cosecha» (Lc 10,2), porque somos conscientes de que la vocación a la misión no es algo del pasado o un recuerdo romántico de otros tiempos. Hoy, Jesús necesita corazones que sean capaces de vivir su vocación como una verdadera historia de amor, que les haga salir a las periferias del mundo y convertirse en mensajeros e instrumentos de compasión. Y es un llamado que Él nos hace a todos, aunque no de la misma manera. Recordemos que hay periferias que están cerca de nosotros, en el centro de una ciudad, o en la propia familia. También hay un aspecto de la apertura universal del amor que no es geográfico sino existencial. Siempre, pero especialmente en estos tiempos de pandemia es importante ampliar la capacidad cotidiana de ensanchar nuestros círculos, de llegar a aquellos que espontáneamente no los sentiríamos parte de “mi mundo de intereses”, aunque estén cerca nuestro (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 97). Vivir la misión es aventurarse a desarrollar los mismos sentimientos de Cristo Jesús y creer con Él que quien está a mi lado es también mi hermano y mi hermana. Que su amor de compasión despierte también nuestro corazón y nos vuelva a todos discípulos misioneros.

Que María, la primera discípula misionera, haga crecer en todos los bautizados el deseo de ser sal y luz en nuestras tierras (cf. Mt 5,13-14).

Roma, San Juan de Letrán, 6 de enero de 2021, Solemnidad de la Epifanía del Señor.

 

FRANCISCO

 

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Enlace directo:

(http://www.vatican.va/content/francesco/es/messages/missions/documents/papa-francesco_20210106_giornata-missionaria2021.html)

Postergan la Ceremonia de Beatificación de Esquiú

 

ANTE LA SITUACIÓN SANITARIA POR EL COVID-19

 

El Obispo Diocesano de Catamarca, Mons. Luis Urbanč, y la Comisión Central organizadora de la Ceremonia de Beatificación de Fray Mamerto Esquiú comunican que dicho evento eclesial, previsto para el 13 de marzo de este año, fue postergado para fecha a definir, atendiendo a la situación sanitaria por el Covid-19.

Tal decisión fue tomada en diálogo y comunión con la Congregación para las Causas de los Santos en Roma; el Nuncio Apostólico en Argentina, Mons. Miroslaw Adamczyk; el Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA), Mons. Oscar Ojea; el Obispo Metropolitano, Mons. Mario Cargnello; y el Ministro de la Provincia Franciscana de la Asunción de la Santísima Virgen del Río de la Plata -Orden de los Frailes Menores-, Fray Emilio Luis Andrada.

Las autoridades eclesiásticas estimaron conveniente esperar un momento más propicio para que el Pueblo de Dios pueda participar de manera presencial -además de la modalidad virtual- de este acontecimiento histórico para nuestra Comunidad Diocesana, en unidad con la Iglesia que peregrina en Argentina y el mundo.

Asimismo, invitan a que elevemos juntos la Oración:

Padre bueno, de cuyo amor

procede toda gracia, que diste a

nuestro hermano franciscano

Mamerto Esquiú, tantos dones

especiales y lo hiciste pastor de tu

pueblo; por su vida de entrega en la

predicación, doctrina, ejemplo y

servicio a los más necesitados, te

suplicamos que completes tu obra,

glorificándolo con la corona de los

Santos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

#EsquiúBeato

#FrayMamertoEsquiú

#BeatificaciónEsquiú

Mensaje del Santo Padre Francisco para la xxix jornada mundial del enfermo

Uno solo es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos (Mt 23,8). La relación de confianza, fundamento del cuidado del enfermo.

Queridos hermanos y hermanas:

La celebración de la 29.a Jornada Mundial del Enfermo, que tendrá lugar el 11 de febrero de 2021, memoria de la Bienaventurada Virgen María de Lourdes, es un momento propicio para brindar una atención especial a las personas enfermas y a quienes cuidan de ellas, tanto en los lugares destinados a su asistencia como en el seno de las familias y las comunidades. Pienso, en particular, en quienes sufren en todo el mundo los efectos de la pandemia del coronavirus. A todos, especialmente a los más pobres y marginados, les expreso mi cercanía espiritual, al mismo tiempo que les aseguro la solicitud y el afecto de la Iglesia.

1. El tema de esta Jornada se inspira en el pasaje evangélico en el que Jesús critica la hipocresía de quienes dicen, pero no hacen (cf. Mt 23,1-12). Cuando la fe se limita a ejercicios verbales estériles, sin involucrarse en la historia y las necesidades del prójimo, la coherencia entre el credo profesado y la vida real se debilita. El riesgo es grave; por este motivo, Jesús usa expresiones fuertes, para advertirnos del peligro de caer en la idolatría de nosotros mismos, y afirma: «Uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos» (v. 8).

La crítica que Jesús dirige a quienes «dicen, pero no hacen» (v. 3) es beneficiosa, siempre y para todos, porque nadie es inmune al mal de la hipocresía, un mal muy grave, cuyo efecto es impedirnos florecer como hijos del único Padre, llamados a vivir una fraternidad universal. Ante la condición de necesidad de un hermano o una hermana, Jesús nos muestra un modelo de comportamiento totalmente opuesto a la hipocresía. Propone detenerse, escuchar, establecer una relación directa y personal con el otro, sentir empatía y conmoción por él o por ella, dejarse involucrar en su sufrimiento hasta llegar a hacerse cargo de él por medio del servicio (cf. Lc 10,30-35).

2. La experiencia de la enfermedad hace que sintamos nuestra propia vulnerabilidad y, al mismo tiempo, la necesidad innata del otro. Nuestra condición de criaturas se vuelve aún más nítida y experimentamos de modo evidente nuestra dependencia de Dios. Efectivamente, cuando estamos enfermos, la incertidumbre, el temor y a veces la consternación, se apoderan de la mente y del corazón; nos encontramos en una situación de impotencia, porque nuestra salud no depende de nuestras capacidades o de que nos “angustiemos” (cf. Mt 6,27).

La enfermedad impone una pregunta por el sentido, que en la fe se dirige a Dios; una pregunta que busca un nuevo significado y una nueva dirección para la existencia, y que a veces puede ser que no encuentre una respuesta inmediata. Nuestros mismos amigos y familiares no siempre pueden ayudarnos en esta búsqueda trabajosa. A este respecto, la figura bíblica de Job es emblemática. Su mujer y sus amigos no son capaces de acompañarlo en su desventura, es más, lo acusan aumentando en él la soledad y el desconcierto. Job cae en un estado de abandono e incomprensión. Pero precisamente por medio de esta extrema fragilidad, rechazando toda hipocresía y eligiendo el camino de la sinceridad con Dios y con los demás, hace llegar su grito insistente a Dios, que al final responde, abriéndole un nuevo horizonte. Le confirma que su sufrimiento no es una condena o un castigo, tampoco es un estado de lejanía de Dios o un signo de su indiferencia. Así, del corazón herido y sanado de Job, brota esa conmovida declaración al Señor, que resuena con energía: «Te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos» (42,5).

3. La enfermedad siempre tiene un rostro, incluso más de uno: tiene el rostro de cada enfermo y enferma, también de quienes se sienten ignorados, excluidos, víctimas de injusticias sociales que niegan sus derechos fundamentales (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 22). La pandemia actual ha sacado a la luz numerosas insuficiencias de los sistemas sanitarios y carencias en la atención de las personas enfermas. Los ancianos, los más débiles y vulnerables no siempre tienen garantizado el acceso a los tratamientos, y no siempre es de manera equitativa. Esto depende de las decisiones políticas, del modo de administrar los recursos y del compromiso de quienes ocupan cargos de responsabilidad. Invertir recursos en el cuidado y la atención a las personas enfermas es una prioridad vinculada a un principio: la salud es un bien común primario. Al mismo tiempo, la pandemia ha puesto también de relieve la entrega y la generosidad de agentes sanitarios, voluntarios, trabajadores y trabajadoras, sacerdotes, religiosos y religiosas que, con profesionalidad, abnegación, sentido de responsabilidad y amor al prójimo han ayudado, cuidado, consolado y servido a tantos enfermos y a sus familiares. Una multitud silenciosa de hombres y mujeres que han decidido mirar esos rostros, haciéndose cargo de las heridas de los pacientes, que sentían prójimos por el hecho de pertenecer a la misma familia humana. La cercanía, de hecho, es un bálsamo muy valioso, que brinda apoyo y consuelo a quien sufre en la enfermedad. Como cristianos, vivimos la projimidad como expresión del amor de Jesucristo, el buen Samaritano, que con compasión se ha hecho cercano a todo ser humano, herido por el pecado. Unidos a Él por la acción del Espíritu Santo, estamos llamados a ser misericordiosos como el Padre y a amar, en particular, a los hermanos enfermos, débiles y que sufren (cf. Jn 13,34-35).

Y vivimos esta cercanía, no sólo de manera personal, sino también de forma comunitaria: en efecto, el amor fraterno en Cristo genera una comunidad capaz de sanar, que no abandona a nadie, que incluye y acoge sobre todo a los más frágiles. A este respecto, deseo recordar la importancia de la solidaridad fraterna, que se expresa de modo concreto en el servicio y que puede asumir formas muy diferentes, todas orientadas a sostener al prójimo. «Servir significa cuidar a los frágiles de nuestras familias, de nuestra sociedad, de nuestro pueblo» (Homilía en La Habana, 20 septiembre 2015). En este compromiso cada uno es capaz de «dejar de lado sus búsquedas, afanes, deseos de omnipotencia ante la mirada concreta de los más frágiles. […] El servicio siempre mira el rostro del hermano, toca su carne, siente su projimidad y hasta en algunos casos la “padece” y busca la promoción del hermano. Por eso nunca el servicio es ideológico, ya que no se sirve a ideas, sino que se sirve a personas» (ibíd.).

4. Para que haya una buena terapia, es decisivo el aspecto relacional, mediante el que se puede adoptar un enfoque holístico hacia la persona enferma. Dar valor a este aspecto también ayuda a los médicos, los enfermeros, los profesionales y los voluntarios a hacerse cargo de aquellos que sufren para acompañarles en un camino de curación, gracias a una relación interpersonal de confianza (cf. Nueva Carta de los agentes sanitarios [2016], 4). Se trata, por lo tanto, de establecer un pacto entre los necesitados de cuidados y quienes los cuidan; un pacto basado en la confianza y el respeto mutuos, en la sinceridad, en la disponibilidad, para superar toda barrera defensiva, poner en el centro la dignidad del enfermo, tutelar la profesionalidad de los agentes sanitarios y mantener una buena relación con las familias de los pacientes.

Precisamente esta relación con la persona enferma encuentra una fuente inagotable de motivación y de fuerza en la caridad de Cristo, como demuestra el testimonio milenario de hombres y mujeres que se han santificado sirviendo a los enfermos. En efecto, del misterio de la muerte y resurrección de Cristo brota el amor que puede dar un sentido pleno tanto a la condición del paciente como a la de quien cuida de él. El Evangelio lo testimonia muchas veces, mostrando que las curaciones que hacía Jesús nunca son gestos mágicos, sino que siempre son fruto de un encuentro, de una relación interpersonal, en la que al don de Dios que ofrece Jesús le corresponde la fe de quien lo acoge, como resume la palabra que Jesús repite a menudo: “Tu fe te ha salvado”.

5. Queridos hermanos y hermanas: El mandamiento del amor, que Jesús dejó a sus discípulos, también encuentra una realización concreta en la relación con los enfermos. Una sociedad es tanto más humana cuanto más sabe cuidar a sus miembros frágiles y que más sufren, y sabe hacerlo con eficiencia animada por el amor fraterno. Caminemos hacia esta meta, procurando que nadie se quede solo, que nadie se sienta excluido ni abandonado. Le encomiendo a María, Madre de misericordia y Salud de los enfermos, todas las personas enfermas, los agentes sanitarios y quienes se prodigan al lado de los que sufren. Que Ella, desde la Gruta de Lourdes y desde los innumerables santuarios que se le han dedicado en todo el mundo, sostenga nuestra fe y nuestra esperanza, y nos ayude a cuidarnos unos a otros con amor fraterno. A todos y cada uno les imparto de corazón mi bendición.

Roma, San Juan de Letrán, 20 de diciembre de 2020, cuarto domingo de Adviento.

Francisco

© Copyright – Libreria Editrice Vaticana

Enlace directo: (http://www.vatican.va/content/francesco/es/messages/sick/documents/papa-francesco_20201220_giornata-malato.html)

Gentileza de la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

Oficina de Comunicación y Prensa de la Conferencia Episcopal Argentina

Entrevista al Padre Gabriel Viola

“El vínculo espiritual y afectivo que no se puede cancelar ni con el paso del tiempo ni con los kilómetros de distancia”

Desde Filipinas, donde ejerce hasta el momento su servicio en la representación pontificia, el Padre Gabriel Viola compartió sus primeras impresiones al conocerse la noticia de que ha recibido una nueva misión pastoral.  Viola – quién también desempeñó funciones en la Nunciatura de El salvador y Belice- servirá  en la Primera Sección de la Secretaría de Estado de la Santa Sede y como Ecónomo-Prefecto de Estudios de la Pontificia Academia Eclesiástica.

Desde allí se mostró agradecido ante las expresiones de afecto y oración que recibió en estos días desde la Arquidiócesis: “En especial a su Eminencia Mons. Karlic y a Mons. Juan Alberto Puiggari, por sus palabras tan sabias y alentadoras. A los sacerdotes y religiosas y a todas las comunidades parroquiales y amigos que me han prometido redoblar las oraciones para esta nueva misión, a todos ustedes: gracias. Les prometo recordarme de sus intenciones ante el altar del Señor.”

 

– ¿Dónde va a trabajar y qué tipo de labor desempeñará?

Gracias por la pregunta, porque al escuchar el termino Secretaria de Estado o Pontificia Academia Eclesiástica, pueden sonar a nuestros oídos como lejanos o desconocidos y esta es una buena ocasión para poder acercar esas realidades a nuestra vida arquidiocesana.

Puede ayudarnos a introducir el tema un poco de historia.

La Secretaria de Estado es el dicasterio de la Curia Romana que ayuda más de cerca al Papa Francisco en el ejercicio de su misión universal (Pastor Bonus, Art. 39).

El inicio de la Secretaria de Estado, resale al siglo XV. Con la Constitución Apostólica Non debet reprehensibile, del 31 diciembre 1487, fue instituida la Secretaria Apostólica compuesta por 24 secretarios.

El Papa León X estableció otra oficina para ayudar al cardenal que asumía la dirección de los asuntos de estado y para responder a la correspondencia en lengua vernácula, principalmente con los nuncios apostólicos.

Fue durante el período del Concilio de Trento que la Secretaria de Estado tubo un amplio crecimiento y paulatinamente con otros Papas fue adquiriendo la forma con la que la conocemos hoy día.

El Papa Pablo VI, con la Constitución Apostólica Regimini Ecclesiae Universae del 15 de agosto de 1967, en cumplimiento de la voluntad expresada por los Obispos en el Concilio Vaticano II, reformó la Curia Romana y dio un nuevo rostro a la Secretaría de Estado suprimiendo y transformando algunos organismos.

Juan Pablo II, el 28 de junio de 1988, promulgó la Constitución Apostólica Pastor Bonus con la que, reformando la Curia romana, dividió la Secretaría de Estado en dos Secciones: la Sección de Asuntos Generales y la Sección de Relaciones con los Estados y Su Santidad Francisco creo recientemente la tercera Sección para el Personal Diplomático.

Dicho esto, yo tendré que colaborar en la oficina de legua española de la Sección de Asuntos Generales o Sección Primera que es la encargada de tratar los asuntos relacionados con las actividades diarias del Sumo Pontífice, tanto en la preocupación por la Iglesia Universal como en las relaciones con los Dicasterios de la Curia Romana. Esta primera Sección supervisa la redacción de los documentos que el Santo Padre le confía. Cumple los actos relativos a los nombramientos de la Curia Romana y mantiene el sello de plomo y el anillo del Pescador. Realiza todo lo relativo a las Embajadas ante la Santa Sede. Supervisa los órganos oficiales de comunicación de la Santa Sede y se ocupa de la publicación del «Acta Apostolicae Sedis» y del «Annuario Pontificio«.

 

¿Escuchamos que también trabajará en la Pontificia Academia Eclesiástica. Puede contarnos que es eso?

Esta es una institución que tiene vital importancia por muchos aspectos pero de la cual poco se conoce.

En ella se forman los nuevos diplomáticos de la Santa Sede, los cuales luego de finalizar su preparación son enviados a las diferentes naciones como representantes de la Santa Sede para colaborar ya sea con la iglesia local que con las autoridades civiles.

La gran mayoría de los Nuncios Apostólicos se formaron en la Pontificia Academia Eclesiástica.

Como poco conocemos de ella, si tú me permites, te cuento algo de su historia.

Fue fundada en Roma en 1701 por el Abad Pietro Garagni, con el consejo prudente del Beato Sebastiano Valfré.

En el año 1703 el Papa Clemente XI decidió poner la Academia bajo el cuidado directo del Sumo Pontífice.

Desde el 2 de junio de 1706 esta institución reside el Palacio Severoli, en la Plaza de la Minerva, famosa por tener un obelisco egipcio sobre las espaldas de un elefante justo en la esquina del Panteón y de frente al Hotel Minerva donde se alojó el General San Martin.

Durante la revolución francesa fue obligada a cerrar sus puertas y al reabrirse en 1803 por decisión del Papa Pio VII, se convirtió en un instituto eclesiástico con cursos regulares de teología y de derecho canónico.

Según el Reglamento emanado por el Papa Pio IX, la Academia asumió la tarea de formar los nuevos diplomáticos de la Santa Sede.

En este lugar es donde tendré que servir en el ámbito académico y en el economato.

 

.- ¿Hay otros argentinos trabajando en la Curia Romana o en el Servicio Diplomático?

Esta es una pregunta muy interesante, porque la Iglesia Católica, como su nombre lo dice, desarrolla su tarea evangelizadora en todos los continentes.

Para ayudar al Sumo Pontífice en una labor tan compleja vienen llamados sacerdotes, religiosas y laicos de diversas partes del mundo, a ofrecer su servicio en Roma por un periodo relativamente breve de tiempo.

 

-¿ Se imaginaba este nuevo destino?

Los Secretarios de Nunciatura, comúnmente servimos en una nación por aproximadamente tres años y luego venimos transferidos para poder continuar el servicio en otro lugar.

Yo estoy en mi cuarto año en Filipinas, por tanto sí me imaginaba que en breve podían mis superiores pedirme cambiar de destino.

En cuanto al lugar, yo le dejo las cosas en manos de Dios, porque soy malísimo para las “adivinanzas”.

 

– Como seguirá su vínculo con la Arquidiócesis?

Yo soy sacerdote de Paraná, jurídicamente mi vínculo es fuertísimo porque me lo da la incardinación, pero muy por encima de esto está el vínculo espiritual y afectivo que no se puede cancelar ni con el paso del tiempo ni con la distancia medida en miles de kilómetros.

Para mí como hijo de la Virgen del Rosario, cuando llega el día de su fiesta patronal y estando tan lejos, me palpita el corazón acelerado al participar en las celebraciones por Facebook y ver salir nuestra Madre de su Catedral, tan humilde, tan linda y mezclarse en la calle con ese remolino de hijos e hijas que la miran con ternura y le confían sus corazones.

Yo viajo con mi alma esos días hasta el atrio de la Catedral y aunque parezca una “locura”, desde mi habitación le grito, ¡Viva la Virgen!, ¡Guapa! !que hoy estas más guapa que nunca!.

La Misa Crismal es otro de esos momentos en los que espiritualmente y afectivamente estoy siempre en Paraná. Regularmente llamo a Mons. Juan Alberto Puiggari para decirle en manos de que Obispo hare mis juramentos durante la celebración.

En realidad son tantas las ocasiones en las que nos unimos a través de la distancia, las ordenaciones, la Peregrinación de los Pueblos, los funerales de los sacerdotes y religiosas, las fiestas del Seminario, (bueno a decir la verdad me la paso de viaje, porque con el corazón estoy muy seguido allá, tanto cuanto acá).

Por gracia de Dios sigue muy vivo el vínculo de oración y afecto con los sacerdotes, religiosas, con las comunidades en las que Dios me permitió servir, mi parroquia, mi escuela, la curia, es tan fuerte que en días difíciles hace mis tristezas ligeras y en tiempos de consolación mis alegrías más profundas.

 

 

 

Pbro. Gabriel Viola: Nueva misión pastoral

El Padre Gabriel Viola ha recibido una nueva misión pastoral, servirá  en la 1ra. Sección de la Secretaría de Estado de la Santa Sede y como Ecónomo-Prefecto de Estudios de la Pontificia Academia Eclesiástica.

 

 

Entrevista al Padre Gabriel Viola

“El vínculo espiritual y afectivo que no se puede cancelar ni con el paso del tiempo ni con los kilómetros de distancia”

 

Homilía del Santo Padre en la Solemnidad de la Epifanía del Señor

SANTA MISA EN LA SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

Basílica de San Pedro
Miércoledì, 6 de enero de 2021

 

El evangelista Mateo subraya que los magos, cuando llegaron a Belén, «vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron» (Mt 2,11). Adorar al Señor no es fácil, no es un hecho inmediato: exige una cierta madurez espiritual, y es el punto de llegada de un camino interior, a veces largo. La actitud de adorar a Dios no es espontánea en nosotros. Sí, el ser humano necesita adorar, pero corre el riesgo de equivocar el objetivo. En efecto, si no adora a Dios adorará a los ídolos ―no existe un punto intermedio, o Dios o los ídolos; o diciéndolo con una frase de un escritor francés: “Quien no adora a Dios, adora al diablo” (Léon Bloy) ―, y en vez de creyente se volverá idólatra. Y es asís, aut aut.

En nuestra época es particularmente necesario que, tanto individual como comunitariamente, dediquemos más tiempo a la adoración, aprendiendo a contemplar al Señor cada vez mejor. Se ha perdido un poco el sentido de la oración de adoración, debemos recuperarlo, ya sea comunitariamente como también en la propia vida espiritual. Hoy, por lo tanto, pongámonos en la escuela de los magos, para aprender de ellos algunas enseñanzas útiles: como ellos, queremos ponernos de rodillas y adorar al Señor. Adorarlo en serio, no como dijo Herodes: “Avísenme dónde se encuentra para que vaya a adorarlo”. No, este tipo de adoración no funciona. De verdad.

De la liturgia de la Palabra de hoy entresacamos tres expresiones, que pueden ayudarnos a comprender mejor lo que significa ser adoradores del Señor. Estas expresiones son: “levantar la vista”, “ponerse en camino” y “ver”. Estas tres expresiones nos ayudarán a entender qué significa ser adoradores del Señor.

La primera expresión, levantar la vista, nos la ofrece el profeta Isaías. A la comunidad de Jerusalén, que acababa de volver del exilio y estaba abatida a causa de tantas dificultades, el profeta les dirige este fuerte llamado: «Levanta la vista en torno, mira» (60,4). Es una invitación a dejar de lado el cansancio y las quejas, a salir de las limitaciones de una perspectiva estrecha, a liberarse de la dictadura del propio yo, siempre inclinado a replegarse sobre sí mismo y sus propias preocupaciones. Para adorar al Señor es necesario ante todo “levantar la vista”, es decir, no dejarse atrapar por los fantasmas interiores que apagan la esperanza, y no hacer de los problemas y las dificultades el centro de nuestra existencia. Eso no significa que neguemos la realidad, fingiendo o creyendo que todo está bien. No. Se trata más bien de mirar de un modo nuevo los problemas y las angustias, sabiendo que el Señor conoce nuestras situaciones difíciles, escucha atentamente nuestras súplicas y no es indiferente a las lágrimas que derramamos.

Esta mirada que, a pesar de las vicisitudes de la vida, permanece confiada en el Señor, genera la gratitud filial. Cuando esto sucede, el corazón se abre a la adoración. Por el contrario, cuando fijamos la atención exclusivamente en los problemas, rechazando alzar los ojos a Dios, el miedo invade el corazón y lo desorienta, dando lugar a la rabia, al desconcierto, a la angustia y a la depresión. En estas condiciones es difícil adorar al Señor. Si esto ocurre, es necesario tener la valentía de romper el círculo de nuestras conclusiones obvias, con la conciencia de que la realidad es más grande que nuestros pensamientos. Levanta la vista en torno, mira: el Señor nos invita sobre todo a confiar en Él, porque cuida realmente de todos. Por tanto, si Dios viste tan bien la hierba, que hoy está en el campo y mañana es arrojada al horno, ¿cuánto más hará por nosotros? (cf. Lc 12,28). Si alzamos la mirada hacia el Señor, y contemplamos la realidad a su luz, descubriremos que Él no nos abandona jamás: «el Verbo se hizo carne» (Jn 1,14) y permanece siempre con nosotros, todos los días (cf. Mt 28,20). Siempre.

Cuando elevamos los ojos a Dios, los problemas de la vida no desaparecen, no, pero sentimos que el Señor nos da la fuerza necesaria para afrontarlos. “Levantar la vista”, entonces, es el primer paso que nos dispone a la adoración. Se trata de la adoración del discípulo que ha descubierto en Dios una alegría nueva, una alegría distinta. La del mundo se basa en la posesión de bienes, en el éxito y en otras cosas por el estilo, siempre con el “yo” al centro.  La alegría del discípulo de Cristo, en cambio, tiene su fundamento en la fidelidad de Dios, cuyas promesas nunca fallan, a pesar de las situaciones de crisis en las que podamos encontrarnos. Y es ahí, entonces, que la gratitud filial y la alegría suscitan el anhelo de adorar al Señor, que es fiel y nunca nos deja solos.

La segunda expresión que nos puede ayudar es ponerse en camino. Levantar la vista [la primera]; la segunda: ponerse en camino. Antes de poder adorar al Niño nacido en Belén, los magos tuvieron que hacer un largo viaje. Escribe Mateo: «Unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo”» (Mt 2,1-2). El viaje implica siempre una trasformación, un cambio. Después del viaje ya no somos como antes. En el que ha realizado un camino siempre hay algo nuevo: sus conocimientos se han ampliado, ha visto personas y cosas nuevas, ha experimentado el fortalecimiento de su voluntad al enfrentar las dificultades y los riesgos del trayecto. No se llega a adorar al Señor sin pasar antes a través de la maduración interior que nos da el ponernos en camino.

Llegamos a ser adoradores del Señor mediante un camino gradual. La experiencia nos enseña, por ejemplo, que una persona con cincuenta años vive la adoración con un espíritu distinto respecto a cuando tenía treinta. Quien se deja modelar por la gracia, normalmente, con el pasar del tiempo, mejora. El hombre exterior se va desmoronando —dice san Pablo—, mientras el hombre interior se renueva día a día (cf. 2 Co 4,16), preparándose para adorar al Señor cada vez mejor. Desde este punto de vista, los fracasos, las crisis y los errores pueden ser experiencias instructivas, no es raro que sirvan para hacernos caer en la cuenta de que sólo el Señor es digno de ser adorado, porque solamente Él satisface el deseo de vida y eternidad presente en lo íntimo de cada persona. Además, con el paso del tiempo, las pruebas y las fatigas de la vida —vividas en la fe— contribuyen a purificar el corazón, a hacerlo más humilde y por tanto más dispuesto a abrirse a Dios. También los pecados, también la conciencia de ser pecadores, de descubrir cosas muy feas. “Sí, pero yo hice esto… cometí…” Si aceptas esto con fe y con arrepentimiento, con contrición, te ayudará a crecer. Dice Pablo que todo, todo, ayuda al crecimiento espiritual, al encuentro con Jesús; también los pecados, también. Y añade santo Tomás “Etiam mortalia”, aún los pecados más feos, los peores. Si tú lo afrontas con arrepentimiento, te ayudará en este viaje hacia el encuentro con el Señor y a adorarlo mejor.

Como los magos, también nosotros debemos dejarnos instruir por el camino de la vida, marcado por las inevitables dificultades del viaje. No permitamos que los cansancios, las caídas y los fracasos nos empujen hacia el desaliento. Por el contrario, reconociéndolos con humildad, nos deben servir para avanzar hacia el Señor Jesús. La vida no es una demostración de habilidades, sino un viaje hacia Aquel que nos ama. No tenemos que andar enseñando en cada momento de la vida nuestra credencial de virtudes. Con humildad, debemos dirigirnos hacia el Señor. Mirando al Señor, encontraremos la fuerza para seguir adelante con alegría renovada.

Y llegamos a la tercera expresión: ver. Levantar la vista, ponerse en camino, ver. El evangelista escribe: «Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron» (Mt 2,11). La adoración era el homenaje reservado a los soberanos, a los grandes dignatarios. Los magos, en efecto, adoraron a Aquel que sabían que era el rey de los judíos (cf. Mt 2,2). Pero, de hecho, ¿qué fue lo que vieron? Vieron a un niño pobre con su madre. Y sin embargo estos sabios, llegados desde países lejanos, supieron trascender aquella escena tan humilde y corriente, reconociendo en aquel Niño la presencia de un soberano. Es decir, fueron capaces de “ver” más allá de la apariencia. Arrodillándose ante el Niño nacido en Belén, expresaron una adoración que era sobre todo interior: abrir los cofres que llevaban como regalo fue signo del ofrecimiento de sus corazones.

Para adorar al Señor es necesario “ver” más allá del velo de lo visible, que frecuentemente se revela engañoso. Herodes y los notables de Jerusalén representan la mundanidad, perennemente esclava de la apariencia. Ven pero no saben mirar ―no digo que no crean, sería demasiado― pero no saben mirar porque su capacidad es esclava de la apariencia y en busca de entretenimiento. La mundanidad sólo da valor a las cosas sensacionales, a las cosas que llaman la atención de la masa. En cambio, en los magos vemos una actitud distinta, que podríamos definir como realismo teologal ―una palabra demasiado “alta”, pero podemos decir así, un realismo teologal―Este percibe con objetividad la realidad de las cosas, llegando finalmente a la comprensión de que Dios se aparta de cualquier ostentación. El Señor está en la humildad, el Señor es como aquel niño humilde, que huye de la ostentación, que es el resultado de la mundanidad. Este modo de “ver” que trasciende lo visible, hace que nosotros adoremos al Señor, a menudo escondido en las situaciones sencillas, en las personas humildes y marginales. Se trata pues de una mirada que, sin dejarse deslumbrar por los fuegos artificiales del exhibicionismo, busca en cada ocasión lo que no es fugaz, busca al Señor. Nosotros, por eso, como escribe el apóstol Pablo, «no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve; en efecto, lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno» (2 Co 4,18).

Que el Señor Jesús nos haga verdaderos adoradores suyos, capaces de manifestar con la vida su designio de amor, que abraza a toda la humanidad. Pidamos para cada uno de nosotros y para toda la Iglesia la gracia de aprender a adorar, de continuar adorando, de practicar mucho esta oración de adoración, porque sólo Dios debe ser adorado.

Cambios en destinos pastorales

El Arzobispo a designado como:
– Vicario Parroquial de San Agustín al Pbro. Ariel Folonier
– Vicario Parroquial de San Francisco de Borja al Pbro. Dario González.
– Vicario Parroquial de Nuestra Señora de La Paz al Pbro. Cristian Scarpone
– Vicario parroquial de San Cipriano y San Francisco Javier al Pbro. Marcelo Rueda.
–  Adscripto al Diácono Agustín Suárez a la parroquia San Miguel de Bovril

Comunicado de prensa ante la legalización de la interrupción del embarazo en la República Argentina

Ante la votación de ley de interrupción del embarazo, la Oficina de Comunicación y Prensa de la Conferencia Episcopal Argentina expresa que:

“La Iglesia en la Argentina quiere ratificar junto a hermanos y hermanas de distintos credos y también a muchos no creyentes, que continuará trabajando con firmeza y pasión en el cuidado y el servicio a la vida. Esta ley que ha sido votada ahondará aún más las divisiones en nuestro país. Lamentamos profundamente la lejanía de parte de la dirigencia del sentir del pueblo, el cual se ha expresado de diversas maneras a favor de la vida a lo largo y a lo ancho de nuestra Patria.

Tenemos la certeza de que nuestro pueblo seguirá eligiendo siempre toda la vida y todas las vidas. Y junto a él seguiremos trabajando por las auténticas prioridades que requieren urgente atención en nuestro país: Los niños y niñas que viven en la pobreza en cantidad cada vez más alarmante, el abandono de la escolaridad por parte de muchos de ellos, la apremiante pandemia del hambre y la desocupación que afecta a numerosas familias, así como la dramática situación de los jubilados, que se ven vulnerados en sus derechos una vez más.

Abrazamos a cada argentina y a cada argentino; también a los diputados y senadores que valientemente se han manifestado a favor del cuidado de toda la vida. Defenderla siempre, sin claudicaciones, nos hará capaces de construir una Nación justa y solidaria, donde nadie sea descartado y en la que se pueda vivir una verdadera cultura del encuentro”.

Buenos Aires, miércoles 30 de diciembre de 2020

Pbro. Máximo Jurcinovic

Director de la Oficina de Comunicación y Prensa
Conferencia Episcopal Argentina