Restauración del San Pedro de la explanada de la Catedral

Delegación para los Bienes Culturales de la Iglesia

 

La catedral de Paraná ha dado curso -con aprobación del Arzobispo, Mons. Juan Alberto Puiggari- a la iniciativa de proceder a la necesaria restauración de la estatua monumental del Apóstol San Pedro ubicada en la explanada del templo. La elaboración y acompañamiento del proyecto, se ha encomendado a la Delegación para los bienes culturales de la Iglesia de la Arquidiócesis, que ha convocado el equipo que durante la primera quincena de marzo, definirá el proyecto de intervención sobre la obra.

Se trata de una iniciativa esperada no sólo por la feligresía católica sino por todos los paranaenses, que comparten la preocupación por la conservación del patrimonio cultural y reconocen en la mencionada obra de Di Carli, uno de los símbolos de la ciudad.

 

Sobre la obra

Una de las obras escultóricas más representativas de la Catedral de Paraná, es sin duda la estatua monumental del Apóstol San Pedro que, desde su emplazamiento en 1897, ocupa la explanada de la escalinata principal del majestuoso edificio. El escultor Doménico Di Carli (1829- 1912) bajo encargo del donante Justo León Sola (1821- 1901) la realizó entre 1895 y 1896 en mármol de Carrara, para dejar un perenne manifiesto simbólico de la comunión de las iglesias con los sucesores del apóstol Pedro que son los obispos de la sede romana, es decir, los Papas.

La estatua, de notable calidad artística, evidencia los signos del paso del tiempo que, como suele suceder con las obras expuestas a la intemperie, sufren la acción continua de los agentes atmosféricos externos que aceleran su proceso natural de desgaste y deterioro.

Saludo de Monseñor Puiggari a las comunidades educativas

De cara al inicio de un nuevo ciclo lectivo, Monseñor Juan Alberto Puiggari se dirigió a las comunidades educativas a través de una carta.  “Este año presenta ciertamente nuevos desafíos, en un contexto de incertidumbre y temor también”, indicó el arzobispo de Paraná. “Conozco el gran esfuerzo que están haciendo poniendo todos los medios para cuidarse y los aliento a que lo sigan haciendo. Rezo por cada uno de ustedes y los encomiendo de manera especial a San José en este año dedicado a él”, agregó.

El texto completo puede leerse aquí.

Ordenación Sacerdotal

El miércoles 24 de marzo tendrá lugar la Ordenación Sacerdotal del diácono Hugo Darío Polverigiani. El lema elegido es “Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador” (Lc 1,47).

La ceremonia será a las 18:00 en la Parroquia de Santa Elena.

 

Próximas ordenaciones

Sábado 27,  a las 19:30 – Padre Leandro Maggioni – Párroco de la San Agustín.

Domingo 28 de febrero, a las 20:00 – Padre Sergio Hayy, Párroco de Santa Rafaela María

Taller sobre Objeción de Conciencia

Este viernes 26 de febrero se realizará un taller sobre Objeción de Conciencia a cargo del Dr. Penalista Damián Torres. La actividad comenzará a las 18:00 y está destinado a docentes.

En la ocasión se abordarán cuestiones acerca de cómo realizarlo y qué dice la nueva ley.

La actividad es de carácter gratuito y presencial con cupo limitado (inscripción previa) en calle Buenos Aires 377.

Inscripción

Asimismo, se transmitirá por los canales de Facebook de la Acción Católica Paraná y la Junta Arquidiocesana de Educación Católica.

Retiro para catequistas

Bajo el lema “José, enséñanos a ser custodios de toda vida” el 27 de febrero de 9:30 a 11:00 se realizará en la Catedral un Retiro para Catequistas. La meditación estará a cargo del Padre Mario Taborda y luego Adoración.

La Junta Arquidiocesana de Catequesis recordó que quienes asistan deberán hacerlo con tapabocas y respetando el distanciamiento social. Asimismo, recomiendan que quienes presenten síntomas compatibles con Covid-19 o pertenezcan a grupos de riesgos, preferentemente no participen de la actividad.

El evento se transmitirá por el canal de YouTube del Arzobispado de Paraná.

En tanto, por la tarde tendrá lugar el Encuentro Regional de Coordinadores de Catequesis. Será de 17:00 a 18:30 bajo el lema “En tu nombre echaremos las redes” por la plataforma zoom.

Inscripción Abierta en el Fons Vitae

El Instituto Fons  Vitae,  Profesorado en Ciencias Sagradas -perteneciente al Arzobispado de Paraná-, informa que está abierta la inscripción para el ciclo 2021 para el profesorado. Se trata de una carrera de cuatro años que otorga un título con validez nacional.

Este profesorado tiene una amplia salida laboral como: Catequista, Profesor de Formación ética y Ciudadana, Profesor de Filosofía.

Informes:

Teléfono: (0343) / 154 – 723010
instfonsvitae@gmail.com
Buenos Aires 239.

 

Miércoles de Ceniza: Homilía del Papa Francisco

En sus palabras el Papa destacó que “la cuaresma es un viaje de regreso a Dios”. “Nuestro viaje de regreso a Dios es posible sólo porque antes se produjo su viaje de ida hacia nosotros. Al contrario no habría sido posible. Antes que nosotros fuéramos hacia Él, Él descendió hacia nosotros”.

 

A continuación, la homilía completa pronunciada por el Papa Francisco:

Iniciamos el camino de la cuaresma. Este se abre con las palabras del profeta Joel, que indican la dirección a seguir. Hay una invitación que nace del corazón de Dios, que con los brazos abiertos y los ojos llenos de nostalgia nos suplica: ‘Vuelvan a mí con todo corazón’ (Jl 2,12). Vuelvan a mí. La cuaresma es un viaje de regreso a Dios. Cuántas veces, ocupados o indiferentes, le hemos dicho: ‘Señor, volveré a Ti después… Espera. Hoy no puedo, pero mañana quizá empezaré a rezar y a hacer algo por los demás’. Y así un día tras otro ¿no? Ahora Dios llama a nuestro corazón. En la vida tendremos siempre cosas que hacer y excusas para dar, pero hermanos y hermanas, ahora es tiempo de regresar a Dios.

Vuelvan a mí, dice, con todo el corazón. La cuaresma es un viaje que implica toda nuestra vida, todo lo que somos. Es el tiempo para verificar las sendas que estamos recorriendo, para volver a encontrar el camino de regreso a casa, para redescubrir el vínculo fundamental con Dios, del que depende todo. La cuaresma no es una recolección de florecillas, es discernir hacia dónde está orientado el corazón. Este es el centro de la cuaresma: hacia dónde está orientado mi corazón.

Preguntémonos: ¿Hacia dónde me lleva el navegador de mi vida, hacia Dios o hacia mi yo? ¿Vivo para agradar al Señor, o para ser visto, alabado, preferido, al primer lugar? ¿Tengo un corazón ‘bailarín’, que da un paso hacia adelante y uno hacia atrás, ama un poco al Señor y un poco al mundo, o un corazón firme en Dios? ¿Me siento a gusto con mis hipocresías, o lucho por liberar el corazón del doblez y la falsedad que lo encadenan?

El viaje de la cuaresma es un éxodo, es un éxodo de la esclavitud a la libertad. Son cuarenta días que recuerdan los cuarenta años en los que el pueblo de Dios viajó en el desierto para regresar a su tierra de origen. Pero, ¡qué difícil es dejar Egipto! Fue más difícil dejar el Egipto en el corazón del pueblo de Dios, que dejar el Egipto cuando el pueblo huyó. Aquel Egipto que llevaban siempre dentro. Es muy difícil dejar el Egipto.

Siempre, durante el camino, estaba la tentación de añorar las cebollas, de volver atrás, de atarse a los recuerdos del pasado, a algún ídolo. También para nosotros es así: el viaje de regreso a Dios se dificulta por nuestros apegos malsanos, se frena por los lazos seductores de los vicios, de las falsas seguridades del dinero y del aparentar, del lamento victimista que paraliza. Para caminar es necesario desenmascarar estas ilusiones.

 

¿Cómo proceder entonces en el camino hacia Dios? Nos ayudan los viajes de regreso que nos relata la Palabra de Dios.

Miramos al hijo pródigo y comprendemos que también para nosotros es tiempo de volver al Padre. Como ese hijo, también nosotros hemos olvidado el perfume de casa, hemos despilfarrado bienes preciosos por cosas insignificantes y nos hemos quedado con las manos vacías y el corazón infeliz. Hemos caído: somos hijos que caen continuamente, somos como niños pequeños que intentan caminar y caen al suelo, y siempre necesitan que su papá los vuelva a levantar. Es el perdón del Padre que vuelve a ponernos en pie: el perdón de Dios, la confesión, es el primer paso de nuestro viaje de regreso.

He dicho la confesión, recomiendo a los confesores: sean como el Padre, no con el látigo, sino con el abrazo.

Después necesitamos volver a Jesús, hacer como aquel leproso sanado que volvió a agradecerle. Diez fueron curados, pero sólo él fue también salvado, porque volvió a Jesús (cf. Lc 17,12-19). Todos, todos tenemos enfermedades espirituales, solos no podemos curarlas; todos tenemos vicios arraigados, solos no podemos extirparlos; todos tenemos miedos que nos paralizan, solos no podemos vencerlos. Necesitamos imitar a aquel leproso, que volvió a Jesús y se postró a sus pies. Necesitamos la curación de Jesús, es necesario presentarle nuestras heridas y decirle: “Jesús, estoy aquí ante Ti, con mi pecado, con mis miserias. Tú eres el médico, Tú puedes liberarme. Sana mi corazón, sana mi lepra”.

La Palabra de Dios nos pide volver al Padre, volver a Jesús. Además, estamos llamados a volver al Espíritu Santo. La ceniza sobre la cabeza nos recuerda que somos polvo y al polvo volveremos. Pero sobre este polvo nuestro Dios ha infundido su Espíritu de vida. Entonces, no podemos vivir persiguiendo el polvo, detrás de cosas que hoy están y mañana desaparecen. Volvamos al Espíritu, Dador de vida, volvamos al Fuego que hace resurgir nuestras cenizas. Aquel fuego que nos enseña a amar, seremos siempre polvo, pero como dice el himno litúrgico, polvo enamorado. Volvamos a rezar al Espíritu Santo, redescubramos el fuego de la alabanza, que hace arder las cenizas del lamento y la resignación.

Hermanos y hermanas: Nuestro viaje de regreso a Dios es posible sólo porque antes se produjo su viaje de ida hacia nosotros. Al contrario no habría sido posible. Antes que nosotros fuéramos hacia Él, Él descendió hacia nosotros. Nos ha precedido, ha venido a nuestro encuentro. Por nosotros descendió más abajo de cuanto podíamos imaginar: se hizo pecado, se hizo muerte. Es cuanto nos ha recordado san Pablo: ‘A quien no cometió pecado, Dios lo asemejó al pecado por nosotros’ (2 Co 5,21). Para no dejarnos solos y acompañarnos en el camino descendió hasta nuestro pecado y nuestra muerte.

Nuestro viaje, entonces, consiste en dejarnos tomar de la mano. El Padre que nos llama a volver es Aquel que sale de casa para venir a buscarnos; el Señor que nos cura es Aquel que se dejó herir en la cruz; el Espíritu que nos hace cambiar de vida es Aquel que sopla con fuerza y con dulzura sobre nuestro barro.

He aquí, entonces, la súplica del Apóstol: ‘Déjense reconciliar con Dios’ (v. 20). Déjense reconciliar: el camino no se basa en nuestras fuerzas. Ninguno se puede reconciliar con Dios con sus propias fuerzas. La conversión del corazón, con los gestos y las obras que la expresan, sólo es posible si parte del primado de la acción de Dios. Lo que nos hace volver a Él no es presumir de nuestras capacidades y nuestros méritos, sino acoger su gracia. La salvación es solo gracia, solo gratuidad. Jesús nos lo ha dicho claramente en el Evangelio: lo que nos hace justos no es la justicia que practicamos ante los hombres, sino la relación sincera con el Padre. El comienzo del regreso a Dios es reconocernos necesitados de Él, necesitados de misericordia, necesitados de su gracia. Este es el camino justo, el camino de la humildad. ¿yo me siento necesitado o me siento suficiente?

Hoy bajamos la cabeza para recibir las cenizas. Cuando acabe la cuaresma nos inclinaremos aún más para lavar los pies de los hermanos. La cuaresma es un abajamiento humilde en nuestro interior y hacia los demás. Es entender que la salvación no es una escalada hacia la gloria, sino un abajamiento por amor. Es hacerse pequeños. En este camino, para no perder la dirección, pongámonos ante la cruz de Jesús: es la cátedra silenciosa de Dios. Miremos cada día sus llagas, llagas que ha llevado al cielo y las hace ver al Padre cada día en su oración de intercesión. Miremos sus llagas. En esos agujeros reconocemos nuestro vacío, nuestras faltas, las heridas del pecado, los golpes que nos han hecho daño. Sin embargo, precisamente allí vemos que Dios no nos señala con el dedo, sino que abre los brazos de par en par. Sus llagas están abiertas por nosotros y en esas heridas hemos sido sanados (cf. 1 P 2,24; Is 53,5). Besémoslas y entenderemos que justamente ahí, en los vacíos más dolorosos de la vida, Dios nos espera con su misericordia infinita. Porque allí, donde somos más vulnerables, donde más nos avergonzamos, Él viene a nuestro encuentro. Y ahora nos invita a regresar a Él, para volver a encontrar la alegría de ser amados”.

Toma de posesión de nuevos Párrocos y Administrador  

 

En los próximos días tendrán lugar en la Arquidiócesis las siguientes toma de posesión de los nuevos Párrocos y Administrador

Sábado 27 de febrero,  a las 19.30: Padre Leandro Maggioni – Párroco de la San Agustín.

Domingo 28 de febrero, a las 20: Padre Sergio Hayy, Parroco de Santa Rafaela María

Sábado 6 de marzo, a las 20: Padre Julio Cabrera Floreán, Administrador de la Parroquia San Roque.

Domingo 7 de marzo a las 20: Padre Jorge Fontana, Párroco de Nuestra Señora de Luján.

Mensaje del Papa para la Cuaresma de 2021

“Miren, estamos subiendo a Jerusalén… (Mt 20,18).  Cuaresma: un tiempo para renovar la fe, la esperanza y la caridad”.

 

A continuación compartimos el texto completo del mensaje de Francisco para esta Cuaresma. “En este tiempo de conversión renovemos nuestra fe, saciemos nuestra sed con el “agua viva” de la esperanza y recibamos con el corazón abierto el amor de Dios que nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo”, expresó el Santo Padre.

 

 

“Queridos hermanos y hermanas:

Cuando Jesús anuncia a sus discípulos su pasión, muerte y resurrección, para cumplir con la voluntad del Padre, les revela el sentido profundo de su misión y los exhorta a asociarse a ella, para la salvación del mundo.

Recorriendo el camino cuaresmal, que nos conducirá a las celebraciones pascuales, recordemos a Aquel que “se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2,8). En este tiempo de conversión renovemos nuestra fe, saciemos nuestra sed con el “agua viva” de la esperanza y recibamos con el corazón abierto el amor de Dios que nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo. En la noche de Pascua renovaremos las promesas de nuestro Bautismo, para renacer como hombres y mujeres nuevos, gracias a la obra del Espíritu Santo. Sin embargo, el itinerario de la Cuaresma, al igual que todo el camino cristiano, ya está bajo la luz de la Resurrección, que anima los sentimientos, las actitudes y las decisiones de quien desea seguir a Cristo.

El ayuno, la oración y la limosna, tal como los presenta Jesús en su predicación (cf. Mt 6,1-18), son las condiciones y la expresión de nuestra conversión. La vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una caridad operante.

 

  1. La fe nos llama a acoger la Verdad y a ser testigos, ante Dios y ante nuestros hermanos y hermanas.

En este tiempo de Cuaresma, acoger y vivir la Verdad que se manifestó en Cristo significa ante todo dejarse alcanzar por la Palabra de Dios, que la Iglesia nos transmite de generación en generación. Esta Verdad no es una construcción del intelecto, destinada a pocas mentes elegidas, superiores o ilustres, sino que es un mensaje que recibimos y podemos comprender gracias a la inteligencia del corazón, abierto a la grandeza de Dios que nos ama antes de que nosotros mismos seamos conscientes de ello. Esta Verdad es Cristo mismo que, asumiendo plenamente nuestra humanidad, se hizo Camino -exigente pero abierto a todos- que lleva a la plenitud de la Vida.

El ayuno vivido como experiencia de privación, para quienes lo viven con sencillez de corazón lleva a descubrir de nuevo el don de Dios y a comprender nuestra realidad de criaturas que, a su imagen y semejanza, encuentran en Él su cumplimiento. Haciendo la experiencia de una pobreza aceptada, quien ayuna se hace pobre con los pobres y “acumula” la riqueza del amor recibido y compartido. Así entendido y puesto en práctica, el ayuno contribuye a amar a Dios y al prójimo en cuanto, como nos enseña Santo Tomás de Aquino, el amor es un movimiento que centra la atención en el otro considerándolo como uno consigo mismo (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 93).

La Cuaresma es un tiempo para creer, es decir, para recibir a Dios en nuestra vida y permitirle “poner su morada” en nosotros (cf. Jn 14,23). Ayunar significa liberar nuestra existencia de todo lo que estorba, incluso de la saturación de informaciones -verdaderas o falsas- y productos de consumo, para abrir las puertas de nuestro corazón a Aquel que viene a nosotros pobre de todo, pero “lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14): el Hijo de Dios Salvador.

 

  1. La esperanza como “agua viva” que nos permite continuar nuestro camino.

La samaritana, a quien Jesús pide que le dé de beber junto al pozo, no comprende cuando Él le dice que podría ofrecerle un “agua viva” (Jn 4,10). Al principio, naturalmente, ella piensa en el agua material, mientras que Jesús se refiere al Espíritu Santo, aquel que Él dará en abundancia en el Misterio pascual y que infunde en nosotros la esperanza que no defrauda. Al anunciar su pasión y muerte Jesús ya anuncia la esperanza, cuando dice: “Y al tercer día resucitará” (Mt 20,19). Jesús nos habla del futuro que la misericordia del Padre ha abierto de par en par. Esperar con Él y gracias a Él quiere decir creer que la historia no termina con nuestros errores, nuestras violencias e injusticias, ni con el pecado que crucifica al Amor. Significa saciarnos del perdón del Padre en su Corazón abierto.

En el actual contexto de preocupación en el que vivimos y en el que todo parece frágil e incierto, hablar de esperanza podría parecer una provocación. El tiempo de Cuaresma está hecho para esperar, para volver a dirigir la mirada a la paciencia de Dios, que sigue cuidando de su Creación, mientras que nosotros a menudo la maltratamos (cf. Carta enc. Laudato si’, 32-33;43-44). Es esperanza en la reconciliación, a la que san Pablo nos exhorta con pasión: “Les pedimos que se reconcilien con Dios” (2 Co 5,20). Al recibir el perdón, en el Sacramento que está en el corazón de nuestro proceso de conversión, también nosotros nos convertimos en difusores del perdón: al haberlo acogido nosotros, podemos ofrecerlo, siendo capaces de vivir un diálogo atento y adoptando un comportamiento que conforte a quien se encuentra herido. El perdón de Dios, también mediante nuestras palabras y gestos, permite vivir una Pascua de fraternidad.

En la Cuaresma, estemos más atentos a “decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan”, en lugar de “palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian” (Carta enc. Fratelli tutti [FT], 223). A veces, para dar esperanza, es suficiente con ser “una persona amable, que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en medio de tanta indiferencia” (ibíd., 224).

En el recogimiento y el silencio de la oración, se nos da la esperanza como inspiración y luz interior, que ilumina los desafíos y las decisiones de nuestra misión: por esto es fundamental recogerse en oración (cf. Mt 6,6) y encontrar, en la intimidad, al Padre de la ternura.

Vivir una Cuaresma con esperanza significa sentir que, en Jesucristo, somos testigos del tiempo nuevo, en el que Dios “hace nuevas todas las cosas” (cf. Ap 21,1- 6). Significa recibir la esperanza de Cristo que entrega su vida en la cruz y que Dios resucita al tercer día, “dispuestos siempre para dar explicación a todo el que nos pida una razón de nuestra esperanza” (cf. 1 P 3,15).

 

  1. La caridad, vivida tras las huellas de Cristo, mostrando atención y compasión por cada persona, es la expresión más alta de nuestra fe y nuestra esperanza.

La caridad se alegra de ver que el otro crece. Por este motivo, sufre cuando el otro está angustiado: solo, enfermo, sin hogar, despreciado, en situación de necesidad… La caridad es el impulso del corazón que nos hace salir de nosotros mismos y que suscita el vínculo de la cooperación y de la comunión.

“A partir del ‘amor social’ es posible avanzar hacia una civilización del amor a la que todos podamos sentirnos convocados. La caridad, con su dinamismo universal, puede construir un mundo nuevo, porque no es un sentimiento estéril, sino la mejor manera de lograr caminos eficaces de desarrollo para todos” (FT, 183).

La caridad es don que da sentido a nuestra vida y gracias a este consideramos a quien se ve privado de lo necesario como un miembro de nuestra familia, amigo, hermano. Lo poco que tenemos, si lo compartimos con amor, no se acaba nunca, sino que se transforma en una reserva de vida y de felicidad. Así sucedió con la harina y el aceite de la viuda de Sarepta, que dio el pan al profeta Elías (cf. 1 R 17,7-16); y con los panes que Jesús bendijo, partió y dio a los discípulos para que los distribuyeran entre la gente (cf. Mc 6,30-44). Así sucede con nuestra limosna, ya sea grande o pequeña, si la damos con gozo y sencillez.

Vivir una Cuaresma de caridad quiere decir cuidar a quienes se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia a causa de la pandemia de COVID- 19. En un contexto tan incierto sobre el futuro, recordemos la palabra que Dios dirige a su Siervo: “No temas, que te he redimido” (Is 43,1), ofrezcamos con nuestra caridad una palabra de confianza, para que el otro sienta que Dios lo ama como a un hijo.

“Solo con una mirada cuyo horizonte esté transformado por la caridad, que le lleva a percibir la dignidad del otro, los pobres son descubiertos y valorados en su inmensa dignidad, respetados en su estilo propio y en su cultura y, por lo tanto, verdaderamente integrados en la sociedad” (FT, 187).

Queridos hermanos y hermanas: Cada etapa de la vida es un tiempo para creer, esperar y amar. Este llamado a vivir la Cuaresma como camino de conversión y oración, y para compartir nuestros bienes, nos ayuda a reconsiderar, en nuestra memoria comunitaria y personal, la fe que viene de Cristo vivo, la esperanza animada por el soplo del Espíritu y el amor, cuya fuente inagotable es el corazón misericordioso del Padre.

Que María, Madre del Salvador, fiel al pie de la cruz y en el corazón de la Iglesia, nos sostenga con su presencia solícita, y la bendición de Cristo resucitado nos acompañe en el camino hacia la luz pascual”.

 

Roma, San Juan de Letrán, 11 de noviembre de 2020, memoria de San Martín de Tours.

 

Francisco

Convivencia Anual de los Seminaristas

Del 9 al 20 de febrero se está desarrollando la Convivencia Anual de los Seminaristas de nuestra arquidiócesis.

La actividad –que tiene lugar en Calamuchita, Córdoba- está acompañada por nuestro arzobispo, Monseñor Juan Alberto Puiggari  y cuenta con la presencia de los formadores del Seminario.

Según se indicó los días miércoles 10 jueves 11 y viernes 12 fueron días de formación sobre en los que se trabajó sobre la Carta Encíclica Fratelli Tutti del Papa Francisco y con textos de la Catequesis del Santo Padre del año 2020 acerca del Cuidado de la Casa Común. En este sentido se trabajó desde una mirada sobre qué pueden hacer los seminaristas, como futuros sacerdotes. También hubo espacios para pensar sobre el 2020, sobre cómo se vivió un año tan particular.

Como tal la convivencia es un momento de la instancia formativa del candidato al sacerdocio, cuya finalidad es el fortalecimiento de los lazos humanos y fraternos con sus compañeros. Así como también, poder hacer una experiencia de fraternidad y comunidad.