Después de larga espera, las promesas de Dios toman un rostro en este carpintero, hijo de María y de José.
Resuena en aquella sinagoga, un “hoy se ha cumplido”, palabras que golpean sin dudar el corazón de los presentes, testigos inocentes de una gran revelación.
La mirada del Pueblo que busca a Dios, se posa ahora sobre el Señor, sin poder ver, sin descubrir, sin entender.
Aquel Anunciado y Esperado de los tiempos, hoy está presente, y ellos no lo descubren, como ocurría unos años antes en la gruta de Belén: “encontrarán un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre”.
Jesús se revela a sí mismo.
Es Él, en quien se da cumplimiento al sueño salvador del Padre Dios.
Es Él, el Ungido y el Enviado.
Es Él, la Palabra encarnada y cumplida, hasta la obediencia en la cruz.
Como aquel día, también nuestra mirada se vuelve a Jesús, sabiendo que Él es el Camino.
Mirar a Jesús, experimentar la misericordia para reconocer su rostro en la persona de los hombres, especialmente en los más pequeños, y reconocer su misericordia, que cubre nuestras miserias y perdona nuestros pecados.
Hoy, la mirada de los hombres, como aquel Sábado de Nazaret, sigue buscando dónde descansar al encontrar, y sigue buscando caminos que lleven al cielo. Sigue esa mirada y cada mirada, también las nuestras, buscando al Dios de la vida. Ese Dios, Padre de todos, y a su Hijo Jesucristo, nuestro hermano.
Ese Jesucristo, que nos invita a seguirlo y que nos dice que todo es poco a cambio del cielo, a cambio de la Vida que Él ofrece, y que llamándonos nos colma.
Es Jesucristo, que en cada Misa, vuelve a ofrecerse por amor a vos, a mí, a todos, a cada hombre.
Que vuelve a recordarnos que sigue en medio nuestro, haciéndose cargo de todos, queriendo necesitar de nosotros, y que su Espíritu sigue guiando a la Iglesia, buscando corazones que quieran ser consagrados por la unción para llevar la Buena Noticia a los pobres, liberar a los cautivos, para dar la vista a los ciegos y proclamar un año de gracia.
Nos recuerda el Papa León, en su exhortación (Dilexit te n.21), sobre el amor hacia los pobres, “Jesús, se presenta como Aquel que viene a manifestar en el hoy de la historia la cercanía amorosa de Dios, que es ante todo, obra de liberación para quienes son prisioneros del mal, para los débiles y los pobres. Los signos que acompañan la predicación de Jesús son manifestación del amor y de la compasión con la que Dios mira a los enfermos, a los pobres y a los pecadores que, en virtud de su condición, eran marginados por la sociedad, pero también por la religión. En efecto, Dios muestra predilección hacia los pobres, a ellos se dirige la palabra de esperanza y de liberación del Señor y, por eso, aún en la condición de pobreza o debilidad, ya ninguno debe sentirse abandonado.
Y la Iglesia, si quiere ser de Cristo, debe ser la Iglesia de las Bienaventuranzas, una Iglesia que hace espacio a los pequeños y camina pobre con los pobres, un lugar donde los pobres tienen un sitio privilegiado.”
Llegamos a la Misa Crismal, signos de comunión en la Iglesia, a pocos días de la Pascua, para renovar nuestra vida consagrada, escuchar el mandato y el envío del Señor.
Queridos hermanos, somos pastores de su Pueblo. Por vocación, tenemos que hacer presente a Jesús sacerdote, asemejándonos al Buen Pastor que da la vida por sus ovejas.
Hoy, renovamos aquel SI, con que respondimos al primer llamado de nuestra historia ministerial, para hacernos servidores del Pueblo, que es Pueblo de Dios.
Jesús “nos toma consigo”, como lo hizo con sus discípulos, Pedro, Santiago, Juan el día de la Transfiguración, o en cada llamada a seguirlo. Es Él, quien nos ha amado, nos ha elegido, nos ha llamado.
En el origen, está el misterio de su elección. Ante todo, no hemos sido nosotros quienes tomamos una decisión, sino que fue Él quien nos llamó, sin ningún mérito de nuestra parte.
“Descalzate Moisés, porque estás pisando tierra santa”, le dirá Dios a ese titubeante y frágil hombre, salvado de las aguas, cuidador de rebaños ajenos, que se dejaba sorprender por una zarza que no se apaga. Quiero contar con vos. Quiero necesitarte.
Y desde esa realidad y de la nuestra, vuelve a llamar una y mil veces. Nos enseña a escuchar el dolor de nuestra gente, nos enseña a descalzarnos, nos enseña a confiar, no en nuestras fuerzas, no en sueños propios, sino en su mandato y en la fuerza de su gracia.
¡Cuánto dolor en este tiempo, cuánto dolor en este mundo, cuántos Egiptos, cuánta desilusión, cuánta desilusión en tantas vidas. Desconciertos, enfermedades, guerras, violencias, indiferencias y tantas pobrezas!
La cruz, enseñaba san Juan Pablo II, “es la inclinación más profunda de Dios en Cristo hacia el hombre. Un toque divino de amor eterno sobre las heridas más dolorosas de la existencia humana”. ¡Cuántas cruces Señor, en estos días y en cada día!!!
Y Dios se abaja a cada uno de nosotros, vuelve a regalarnos su gracia salvadora, su ternura de Padre, su fuerza para no claudicar en el camino al cielo.
Y en medio de tanto, es Dios quien en su querer salvador, quiere contar con nosotros, con todos sus hijos. Con todos.
Quiere hacer de nosotros, como aquel samaritano bueno, que se apiadó del golpeado y acercándose, lo vendó con ternura.
Hacer de nosotros, un padre misericordioso, que lejos de enojarse, espera a la puerta y corre al abrazo de su hijo amado, porque es su hijo. Y hace fiesta.
Hacer de nosotros, hombres capaces de detenernos frente al hermano necesitado, sin pedir o tener más razones que el amor.
Antes de ser aquellos, que han hecho de su vida una ofrenda, somos quienes hemos recibido un regalo, el regalo de la gratuidad de Dios en su llamado. Nos llamó por nuestro nombre, y nos tomó con Él.
Ahí, a su monte santo, nos lleva su gracia primera. Por eso, cuando experimentemos amargura, nos decía el Papa Francisco, cuando experimentemos decepción o nos sintamos menospreciados o incomprendidos, no caigamos en quejas ni nostalgias. Son tentaciones que paralizan el camino, senderos que no llevan a ninguna parte.
En cambio, a partir de la gracia de la llamada, tomemos nuestra vida en nuestras manos, acogiendo el regalo de vivir cada día, como un tramo del camino hacia la meta.
No nos cansemos de pedir fuerzas para construir y conservar la comunión, y ser fermento de fidelidad en la Iglesia.
Invitados así, a alegrarnos y renovar cada día, con mayor conciencia, el inmenso don de su llamada, la gracia enorme de sabernos “tomados por Jesús” y hechos capaces de lavar los pies de los hermanos, ungir sus corazones, sostenernos en el camino al cielo.
¡Qué gracia enorme, inmerecida, transformadora hemos recibido que nos hace servidores en su nombre, instrumentos de su gracia para todos!
Hacer de cada uno de nosotros, “otro Jesús”, que en medio de dolores y cruces, se deja robar el cielo por un ladrón arrepentido.”
En medio de nuestra fragilidad, limitación y pecado también, la gracia de Dios nos hace familia en esta iglesia de Paraná, de enorme grandeza, trabajo, entrega generosa.
Demos gracias a Dios por tanto, y renovemos el compromiso de la propia conversión, y de una mayor entrega cada día, con alegría y entusiasmo con que queremos gastar la vida, amando.
Le pido a Dios, que no nos guardemos nada de esa misericordia, con la que Él quiere llegar al corazón de todos.
Que no nos cansemos de hacer el bien. Que no nos cansemos de llevar el amor, el perdón y la gracia de Dios, acompañando las alegrías de los hombres, pero también de llegar a los dolores más profundos, para alcanzar Su ternura y compasión.
Que no nos cansemos de rezar y cuidar, ahora y siempre a los hijos que nos puso en el camino y nos confía.
María, Señora del Rosario, madre de Jesús y madre nuestra, sostenenos junto a tu corazón, aprendiendo a escuchar las riquezas que nos hablan de Dios.
+ Raúl Martín