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Autor: arzobispadoadmin

La Caridad del Santo Padre


 

El Santo Padre, como Pastor de toda la Iglesia, se preocupa también por las necesidades materiales de las diócesis más pobres, institutos religiosos y fieles en graves dificultades de pobreza: niños, adultos, ancianos, marginados, victimas de guerras y desastres naturales, educación cristiana etc.

 

¿Para qué sirve?

Para acompañar al Santo Padre en su misión como Pastor de toda la Iglesia y para ayudar concretamente a las innumerables obras de Caridad y Misericordia que el Papa mantiene en el mundo a favor de los más necesitados.

El valor eclesial de este gesto resulta evidente si tenemos en cuenta que las iniciativas caritativas son connaturales a la Iglesia, como ha indicado el Papa en su primera Encíclica Deus caritas est (25 de diciembre de 2005):

«La Iglesia nunca puede sentirse dispensada del ejercicio de la caridad como actividad organizada de los creyentes y, por otro lado, nunca habrá situaciones en las que no haga falta la caridad de cada cristiano individualmente, porque el hombre, más allá de la justicia, tiene y tendrá siempre necesidad de amor».

 

Nuestra comunión y participación de la Caridad del Papa

La Jornada de la Caridad del Papa es expresión de la participación de todos los fieles en las iniciativas del Obispo de Roma en beneficio de la Iglesia universal. Esto significa que lo recaudado en las colectas que se realizan en las misas celebradas el 2 y 3 de julio, serán destinadas a ayudar a personas y poblaciones en dificultad, siguiendo las intenciones y juicios del Papa.

 

¿Qué es la Jornada de la Caridad del Papa?

Es ante todo una invitación a dar gracias a Dios por el importante servicio que el Sucesor de Pedro cumple en la Iglesia, acompañándolo en su misión y rezando por él.

“Me consuela el hecho de que el Señor sabe trabajar y actuar con instrumentos insuficientes -dijo refi-riéndose a su elección como Papa- y sobre todo confío en vuestras oraciones” (primeras palabras al Pueblo de Dios a pocos segundos de ser elegido Papa).

“Aquí no se trata de honores -explicó al Colegio de los Cardenales en su primera audiencia del 22 de abril de 2005-, sino más bien de un servicio que hay que desempeñar con sencillez y disponibilidad, imitando a nuestro Maestro y Señor, que no vino a ser servido sino a servir, y que en la Última Cena lavó los pies de los apóstoles pidiéndoles que hicieran los mismo”.

 

Origen de la Jornada de la Caridad del Papa

En algunos lugares, todavía hoy, se conoce esta Jornada como “Jornada del Óbolo de San Pedro”: Es una práctica que tiene sus orígenes en el estilo de vida de las primeras comunidades cristianas.

Podemos leer un primer testimonio en el libro de los Hechos de los Apóstoles 2, 44 “Todos los creyentes se mantenían unidos y ponían lo suyo en común: vendían sus propiedades y sus bienes y distribuían el dinero entre ellos, según las necesidades de cada uno”. Con el cristianismo nace también la práctica de ayudar materialmente a quienes tienen la misión de anunciar el Evangelio, para que puedan entregarse enteramente a su ministerio, atendiendo también a los menesterosos (Hch 4,34; 11,29).

 

¿Cómo podemos participar de la Jornada?

  1. Con la oración personal y comunitaria rezando por las intenciones y misión del Papa.
  2. Con nuestra colaboración en las colectas que se realizan en las misas de los días 2 y 3 de julio de 2011.
  3. Puede hacer un depósito bancario a:
    Nombre: Nunciatura Apostólica
    Cuenta Corriente Nº 699132-001
    CBU: 02700106 10006991320014
    Banco SUPERVIELLE
    Sucursal: Av. Callao 1991
    CUIT de la Nunciatura: 30-52036684-5

    Invitamos a enviar el comprobante de la transacción con sus datos personales por mail al
    P. Robert Murphy
    Secretario Nunciatura Apostólica en Argentina
    ó por fax. al (+54-11) 4815.4097

 

Jornada Mundial de la Caridad del Papa

«La caridad es la fuerza que cambia al mundo»

 

En los días 2 y 3 de julio, celebraremos la “Jornada Mundial de la Caridad del Papa”.  Es una ocasión oportuna para manifestar nuestra adhesión filial a la figura del Papa, rezar especialmente por el Santo Padre Benedicto XVI y por su misión como Pastor de toda la Iglesia.

 

La Jornada Mundial es expresión de participación de todos los católicos en las iniciativas de caridad del Papa como Cabeza de la Iglesia y de nuestra adhesión como miembros de un mismo cuerpo a favor de aquellos hermanos nuestros que sufren distintos tipos de necesidades y que cuentan con la ayuda que podamos brindarles.

 

El lema para la Jornada de este año es “La Caridad es la fuerza que cambia el mundo”.  Dichas palabras son una invitación para todos los católicos, a salir al encuentro de nuestros hermanos más pobres con un gesto concreto que se realizará en todo el mundo.

 

El origen de esta colecta que se llevará a cabo en todas las misas del 2 y 3 de julio, tiene su origen en la vida de las primeras comunidades cristianas.

 

A través de ella el Papa atiende innumerables solicitudes de ayuda que, como Pastor de toda la Iglesia, recibe del mundo entero: necesidades de los más pobres, de los niños, ancianos, marginados, emigrantes, refugiados, víctimas de las guerras y desastres naturales. Acude además en ayuda de los misioneros, que promueven infinidad de iniciativas pastorales, evangelizadoras, humanitarias, educativas y de promoción social en los países más pobres de la tierra.

 

Nuestras comunidades están llamadas hoy a recordar esto y hacer viva la memoria en gestos concretos, a no quedar ajenas a esta invitación de ser solidarios.

Los invito a animar y promover una ayuda concreta y según las posibilidades de cada uno. Los invito a ser parte de la fuerza caritativa que transforma el mundo.

 

Que Dios bendiga la Jornada de la Caridad del Papa, a cada uno de nosotros y a nuestras comunidades de Argentina.

 

Pbro. Osvaldo Pablo Leone
Comisión Organizadora de la Jornada Mundial del Papa

 

MÁS INFORMACIÓN

Homilia del Santo Padre Entrega del Palio

SOLEMNIDAD DE LOS APÓSTOLES SAN PEDRO Y SAN PABLO

SANTA MISA E IMPOSICIÓN DEL PALIO
A LOS
NUEVOS METROPOLITANOS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Basílica Vaticana
Martes 29 de junio de 2011

 

Queridos hermanos y hermanas,

«Non iam dicam servos, sed amicos» – «Ya no os llamo siervos, sino amigos» (cf. Jn 15,15). Sesenta años después de mi Ordenación sacerdotal, siento todavía resonar en mi interior estas palabras de Jesús, que nuestro gran Arzobispo, el Cardenal Faulhaber, con la voz ya un poco débil pero firme, nos dirigió a los nuevos sacerdotes al final de la ceremonia de Ordenación. Según las normas litúrgicas de aquel tiempo, esta aclamación significaba entonces conferir explícitamente a los nuevos sacerdotes el mandato de perdonar los pecados. «Ya no siervos, sino amigos»: yo sabía y sentía que, en ese momento, esta no era sólo una palabra «ceremonial», y era también algo más que una cita de la Sagrada Escritura. Era bien consciente: en este momento, Él mismo, el Señor, me la dice a mí de manera totalmente personal. En el Bautismo y la Confirmación, Él ya nos había atraído hacia sí, nos había acogido en la familia de Dios. Pero lo que sucedía en aquel momento era todavía algo más. Él me llama amigo. Me acoge en el círculo de aquellos a los que se había dirigido en el Cenáculo. En el grupo de los que Él conoce de modo particular y que, así, llegan a conocerle de manera particular. Me otorga la facultad, que casi da miedo, de hacer aquello que sólo Él, el Hijo de Dios, puede decir y hacer legítimamente: Yo te perdono tus pecados. Él quiere que yo – por mandato suyo – pronuncie con su «Yo» unas palabras que no son únicamente palabras, sino acción que produce un cambio en lo más profundo del ser. Sé que tras estas palabras está su Pasión por nuestra causa y por nosotros. Sé que el perdón tiene su precio: en su Pasión, Él ha descendido hasta el fondo oscuro y sucio de nuestro pecado. Ha bajado hasta la noche de nuestra culpa que, sólo así, puede ser transformada. Y, mediante el mandato de perdonar, me permite asomarme al abismo del hombre y a la grandeza de su padecer por nosotros los hombres, que me deja intuir la magnitud de su amor. Él se fía de mí: «Ya no siervos, sino amigos». Me confía las palabras de la Consagración en la Eucaristía. Me considera capaz de anunciar su Palabra, de explicarla rectamente y de llevarla a los hombres de hoy. Él se abandona a mí. «Ya no sois siervos, sino amigos»: esta es una afirmación que produce una gran alegría interior y que, al mismo tiempo, por su grandeza, puede hacernos estremecer a través de las décadas, con tantas experiencias de nuestra propia debilidad y de su inagotable bondad.

«Ya no siervos, sino amigos»: en estas palabras se encierra el programa entero de una vida sacerdotal. ¿Qué es realmente la amistad? Ídem velle, ídem nollequerer y no querer lo mismo, decían los antiguos. La amistad es una comunión en el pensamiento y el deseo. El Señor nos dice lo mismo con gran insistencia: «Conozco a los míos y los míos me conocen» (cf. Jn 10,14). El Pastor llama a los suyos por su nombre (cf. Jn 10,3). Él me conoce por mi nombre. No soy un ser anónimo cualquiera en la inmensidad del universo. Me conoce de manera totalmente personal. Y yo, ¿le conozco a Él? La amistad que Él me ofrece sólo puede significar que también yo trate siempre de conocerle mejor; que yo, en la Escritura, en los Sacramentos, en el encuentro de la oración, en la comunión de los Santos, en las personas que se acercan a mí y que Él me envía, me esfuerce siempre en conocerle cada vez más. La amistad no es solamente conocimiento, es sobre todo comunión del deseo. Significa que mi voluntad crece hacia el «sí» de la adhesión a la suya. En efecto, su voluntad no es para mí una voluntad externa y extraña, a la que me doblego más o menos de buena gana. No, en la amistad mi voluntad se une a la suya a medida que va creciendo; su voluntad se convierte en la mía, y justo así llego a ser yo mismo. Además de la comunión de pensamiento y voluntad, el Señor menciona un tercer elemento nuevo: Él da su vida por nosotros (cf. Jn 15,13; 10,15). Señor, ayúdame siempre a conocerte mejor. Ayúdame a estar cada vez más unido a tu voluntad. Ayúdame a vivir mi vida, no para mí mismo, sino junto a Ti para los otros. Ayúdame a ser cada vez más tu amigo.

Las palabras de Jesús sobre la amistad están en el contexto del discurso sobre la vid. El Señor enlaza la imagen de la vid con una tarea que encomienda a los discípulos: «Os he elegido y os he destinado para vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca» (Jn 15,16). El primer cometido que da a los discípulos, a los amigos, es el de  ponerse en camino –os he destinado para que vayáis-, de salir de sí mismos y de ir hacia los otros. Podemos oír juntos aquí también las palabras que el Resucitado dirige a los suyos, con las que san Mateo concluye su Evangelio: «Id y enseñad a todos los pueblos…» (cf. Mt 28,19s). El Señor nos exhorta a superar los confines del ambiente en que vivimos, a llevar el Evangelio al mundo de los otros, para que impregne todo y así el mundo se abra para el Reino de Dios. Esto puede recordarnos que el mismo Dios ha salido de si, ha abandonado su gloria, para buscarnos, para traernos su luz y su amor. Queremos seguir al Dios que se pone en camino, superando la pereza de quedarnos cómodos en nosotros mismos, para que Él mismo pueda entrar en el mundo.

Después de la palabra sobre el ponerse en camino, Jesús continúa: dad fruto, un fruto que permanezca. ¿Qué fruto espera Él de nosotros? ¿Cuál es el fruto que permanece? Pues bien, el fruto de la vid es la uva, del que luego se hace el vino. Detengámonos un momento en esta imagen. Para que una buena uva madure, se necesita sol, pero también lluvia, el día y la noche. Para que madure un vino de calidad, hay que prensar la uva, se requiere la paciencia de la fermentación, los atentos cuidados que sirven a los procesos de maduración. Un vino de clase no solamente se caracteriza por su dulzura, sino también por la riqueza de los matices, la variedad de aromas que se han desarrollado en los procesos de maduración y fermentación. ¿Acaso no es ésta una imagen de la vida humana, y particularmente de nuestra vida de sacerdotes? Necesitamos el sol y la lluvia, la serenidad y la dificultad, las fases de purificación y prueba, y también los tiempos de camino alegre con el Evangelio. Volviendo la mirada atrás, podemos dar gracias a Dios por ambas cosas: por las dificultades y por las alegrías, por las horas oscuras y por aquellas felices. En las dos reconocemos la constante presencia de su amor, que nos lleva y nos sostiene siempre de nuevo.

Ahora, sin embargo, debemos preguntarnos: ¿Qué clase de fruto es el que espera el Señor de nosotros? El vino es imagen del amor: éste es el verdadero fruto que permanece, el que Dios quiere de nosotros. Pero no olvidemos que, en el Antiguo Testamento, el vino que se espera de la uva selecta es sobre todo imagen de la justicia, que se desarrolla en una existencia vivida según la ley de Dios. Y no digamos que esta es una visión veterotestamentaria ya superada: no, ella sigue siendo siempre verdadera. El auténtico contenido de la Ley, su summa, es el amor a Dios y al prójimo. Este doble amor, sin embargo, no es simplemente algo dulce. Conlleva en sí la carga de la paciencia, de la humildad, de la maduración de nuestra voluntad en la formación e identificación con la voluntad de Dios, la voluntad de Jesucristo, el Amigo. Sólo así, en el hacerse todo nuestro ser verdadero y recto, también el amor es verdadero; sólo así es un fruto maduro. Su exigencia intrínseca, la fidelidad a Cristo y a su Iglesia, requiere que se cumpla siempre también en el sufrimiento. Precisamente de este modo, crece la verdadera alegría. En el fondo, la esencia del amor, del verdadero fruto, se corresponde con las palabras sobre el ponerse en camino, sobre el salir: amor significa abandonarse, entregarse; lleva en sí el signo de la cruz. En este contexto, Gregorio Magno decía una vez: Si tendéis hacia Dios, tened cuidado de no alcanzarlo solos (cf. H Ev 1,6,6: PL 76, 1097s); una palabra que nosotros, como sacerdotes, hemos de tener presente íntimamente cada día.

 

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Mons. Juan Alberto recibió el Palio Arzobispal

El Papa Benedicto XVI entregó hoy miércoles 29 de junio el palio al Arzobispo de Paraná, Monseñor Juan Alberto Puiggari,durante una celebración eucarística en la que también impuso la estola de lana blanca con cruces negras que simboliza la unión con el Pontífice y su autoridad Metropolitana a otros 39 Arzobispos nombrados el último año, entre ellos quince latinoamericanos.

En la homilía, en la que agradeció el don del sacerdocio al cumplir 60 años de su ordenación, el papa le expreso a los nuevos arzobispos: El Palio, nos puede recordar ante todo el suave yugo de Cristo que se nos pone sobre los hombros. … Es un yugo de amistad y, por tanto, un «yugo suave», pero precisamente por eso es también un yugo que exige y que plasma. Es el yugo de su voluntad, que es una voluntad de verdad y amor. Así, es también para nosotros sobre todo el yugo de introducir a otros en la amistad con Cristo y de estar a disposición de los demás, de cuidar de ellos como Pastores. Con esto hemos llegado a un nuevo significado del palio: está tejido con la lana de corderos que son bendecidos en la fiesta de santa Inés. Nos recuerda de este modo al Pastor que se ha convertido Él mismo en cordero por amor nuestro. Nos recuerda a Cristo que se ha encaminado por las montañas y los desiertos en los que su cordero, la humanidad, se había extraviado. Nos recuerda a Él, que ha tomado el cordero, la humanidad – a mí – sobre sus hombros, para llevarme de nuevo a casa.



CORPUS CHRISTI 2011 – Homilía

 

Queridos hermanos:

Estamos celebrando la Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo.  Unidos a toda la Iglesia, esta ciudad de Paraná, como parte de nuestra Iglesia Arquidiocesana, quiere una vez más,  rendir público homenaje de adoración al Misterio de Jesús presente en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía.

La solemnidad del «Corpus Christi» nació precisamente para ayudar a los cristianos a tomar conciencia de esta presencia de Cristo entre nosotros, para mantener despierto lo que el beato Juan Pablo II llamaba el «estupor eucarístico», es decir, la capacidad de asombrarnos cada vez más  ante esta “enormidad”  que es la Eucaristía.

Y si bien para nosotros la Eucaristía no es algo nuevo a descubrir, sino algo familiar,  quizá haya necesidad  de que la  rescatemos de la costumbre, o mejor dicho, del acostumbramiento. La rutina de las celebraciones hace que se pierda ese estupor, ese asombro por el mayor don que Dios nos ha hecho luego de su Encarnación y consecuentemente con ella y con su sacrificio redentor.

La primera lectura que hemos escuchado del libro del Deuteronomio nos recuerda el largo camino que hizo el pueblo elegido por el desierto rumbo a la tierra prometida.  Camino arduo y dificultoso, lleno de peligros y donde constantemente era probado en la fidelidad al Dios de la Alianza.   En ese camino experimentaron la espantosa y asoladora aspereza del desierto del Sinaí: el hambre atroz, la sed aterradora, la piedra desnuda, los riesgos mortales, los estragos del camino, las alimañas, serpientes venenosas y alacranes terribles.  En una palabra, un entorno de muerte donde el hombre no puede sobrevivir con sus solas fuerzas.  De hecho, nadie, sólo y por su cuenta, lo intentaría.  La única confianza posible  la hallarían solamente en Dios.

En ese Dios que era el conductor de su Pueblo, al que se mantenía enormemente fiel y por quien realizaría toda clase de prodigios y signos de su Amor y fidelidad.  Uno de estos signos fue el maná, alimento que no habían conocido ni ellos ni sus padres, figura del verdadero Pan que sustenta nuestra vida, el Pan de la Eucaristía.

En la segunda lectura, San Pablo nos ayuda a comprender que el hombre necesitado de pan y agua para subsistir, sólo puede vivir plenamente si se realiza en la relación con Dios y con los hermanos.  Para expresar este concepto, Pablo se vale de la experiencia eucarística que se vive en la comunidad de Corinto.  La participación y la comunión del pan eucarístico, a través del cáliz y el pan del altar, ayudan a entrar en una relación personal, profunda e íntima con el Cuerpo de Cristo, es decir, con su vida y con su amor.  Comiendo el Cuerpo de Cristo nos convertimos en Cuerpo de Cristo.  O dicho de otra forma, formamos entre nosotros, que nos comunicamos con Cristo, un solo cuerpo, el Cuerpo de Cristo.-

El texto del Evangelio que hemos escuchado debemos leerlo a la luz de la primera lectura, es decir, de la dramática situación del pueblo de Dios en el desierto.

En este capítulo, San Juan nos presenta a Jesús que está en la sinagoga de Cafarnaúm.  Después de la multiplicación de los panes, Jesús había cruzado el lago de Galilea y se reunió en la sinagoga con los judíos que se juntan para leer y explicar las escrituras y para rezar.  Es de suponer que se ha leído un pasaje de la Sagrada Escritura donde se relata el milagro del maná que Dios proporcionó a los israelitas en el desierto.  Los judíos preguntan a Jesús sobre un Salmo de la Escritura donde se refiere este hecho diciendo:”Les dio a comer el pan del cielo”.

 

Tomando este texto como punto de partida, Jesús los instruye explicándoles que aquel pan que habían recibido en el desierto no era el verdadero pan del cielo, ya que es un hecho conocido por todos ellos,  que los que estuvieron con Moisés en el desierto murieron después de algún tiempo.  Si el maná hubiera sido el verdadero pan del cielo, les habría comunicado la vida eterna.  Con estas explicaciones, Jesús provoca el interrogante:

¿Entonces, cuál es el verdadero pan del cielo del que hablan las Escrituras?

El texto que hemos leído nos ofrece la última  parte de la respuesta de Jesús.  Son palabras que sorprenden y escandalizan a los oyentes:

Quien distribuye el verdadero pan del cielo no es Moisés sino Dios, y el pan no es el maná sino el mismo Jesús.

Jesús es el verdadero maná.  Este alimento es superior al que comieron los antepasados en el desierto que, después de comerlo y de quedar saciados, “murieron”.

El Señor prepara a sus discípulos para que por la fe acepten comer este pan que ahora ofrece y que es Él mismo.  Por esto dice “mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”. De no comerlo “no tendrán vida en ustedes”. Es la carne y la sangre del sacrificio de la cruz, entregada para que nosotros vivamos para siempre con Él.  Jesús nos da a comer su carne inmolada en la cruz para que “vivamos para siempre”.

La carne de Jesús inmolada en la cruz se convierte en la comunión eucarística en la unión profunda de vida con él.  Uniéndose a nosotros,  a nuestra debilidad, Jesús se transforma en nuestro pan.  Jesús quiere que, al participar en la Eucaristía, experimentemos que en el desierto de nuestra vida también podemos lanzarnos como hambrientos y sedientos en los brazos de Dios.

Este gran misterio supera cualquier esfuerzo humano por comprender su sentido insondable.  Sólo se comprende si concebimos que Dios es Amor.  Llamados a la vida eterna, a la vida de Dios, nuestra vida se encuentra en el amor de Dios con un amor tan grande que vence todas nuestras debilidades.

En este sentido, hablando del culto eucarístico nos decía el beato Juan Pablo II: “El culto a la Eucaristía es de inestimable valor en la vida de la Iglesia…Es bello quedarse con Él e inclinados sobre su pecho, como el discípulo predilecto, ser tocados por el amor infinito de su corazón… Hay una necesidad renovada de permanecer largo tiempo, en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento”. Y agregaba: “¡Cuántas veces, mis queridos hermanos y hermanas, he hecho esta experiencia y de ella he sacado fuerzas, consuelo, sostén!” (Juan Pablo II,  Ecclesia de Eucharistía n. 25).

El Señor, “pan vivo”, continuamente está a nuestra disposición.  El nos ayuda a vivir en la fe, esperanza y caridad y a gustar desde ahora, incluso sufriendo la soledad del desierto en esta vida, la verdad de la resurrección.-

Ahora bien: todos los que comulgamos nos unimos en un solo cuerpo con Jesús,  para poder vivir y amar como El vive y ama.  Lejos de encerrarnos en nosotros mismos, la comunión tiene que abrirnos para amar la vida y amar cada vez más a Dios y a nuestros hermanos.

Amar la vida es descubrirla como un don precioso de Dios, que quiere compartir con nosotros su dichosa existencia.  Aunque el instinto natural nos mueve a acoger la vida, respetarla y cuidarla, sin embargo, esta percepción se oscurece muchas veces en la cultura y en nosotros mismos.  Frente a una cultura de la muerte que nos amenaza de tantas formas, hace falta que los cristianos seamos capaces de vivir y transmitir a Jesús que ha venido para que tengamos Vida y la tengamos en abundancia.

Por eso los Obispos hemos querido llamar a este año 2011 “Año de la vida”, fortaleciendo la conciencia del respeto y el cuidado de la vida, de toda vida:

“… cuando hablamos del don de la vida, regalo sagrado de Dios a los hombres, ‘nos referimos a la vida de cada persona en todas sus etapas, desde la concepción hasta la muerte natural’ y en todas sus dimensiones: física, espiritual, familiar, social, política, religiosa, etc. La persona humana, portadora de vida, es ‘necesariamente fundamento, causa y fin de todas las instituciones sociales’ y es en este sentido que la Iglesia ha buscado siempre, en su accionar, la promoción de la dignidad de la persona y la protección de los derechos humanos como sustento imprescindible y constitutivo de todo orden social. Por eso, como pastores y ciudadanos, queremos reafirmar, en este camino del Bicentenario y de modo especial durante el 2011, la necesidad imperiosa de priorizar en nuestra patria el derecho a la vida en todas sus manifestaciones, poniendo especial atención en los niños por nacer, como en nuestros hermanos que crecen en la pobreza y marginalidad.

Estamos convencidos de que no podremos construir una Nación que nos incluya a todos si no prevalece en nuestro proyecto de país el derecho primario de toda persona sin excepción: el derecho a la vida desde la concepción, protegiendo la vida de la madre embarazada, y, potenciando el vínculo madre-hijo a fin de cuidar su calidad de vida hasta la muerte natural. Debemos encontrar caminos para cuidar la vida de la madre y del hijo por nacer, y así, salvar a los dos” (Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina, 14 de octubre de 2010).

El Cristo que reconocemos presente y adoramos en la Eucaristía es el mismo Cristo que hoy reclama nuestro amor en nuestros hermanos que sufren.  Los Obispos han dicho en Aparecida (393): “Los cristianos como discípulos y misioneros estamos llamados a contemplar en los rostros sufrientes de nuestros hermanos, el rostro de Cristo que nos llama a servirlo en ellos: “Los rostros sufrientes de los pobres son rostros sufrientes de Cristo”.

Ellos interpelan el núcleo del obrar de la Iglesia, de la pastoral y de nuestras actitudes cristianas. Todo lo que tenga que ver con Cristo, tiene que ver con los pobres y todo lo relacionado con los pobres reclama a Jesucristo: “Cuanto lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron” (Mt 25, 40).

En el contexto del año de la vida y también al celebrar mañana, 26 de junio, el día Internacional de la lucha contra el uso indebido y el
tráfico ilícito de drogas, no podemos dejar de pensar que entre los pobres más pobres están los niños, adolescentes y jóvenes que hipotecaron su vida por las adicciones, que viven esclavizados por la droga habiendo perdido su dignidad, que mueren todos los días como consecuencia de este flagelo.

Sin lugar a dudas, en estas últimas décadas, en nuestro país y en el mundo, el drama de la droga se ha presentado como una mancha que lo invade todo y que termina destruyendo familias y generaciones enteras. (Cfr. Aparecida, 422).

Juan Pablo II nos decía: “No se puede  menos que constatar con tristeza que la cultura de la muerte amenaza con superar el amor a la vida (…) , la muerte provocada por la violencia y con la droga”.  “Nos enfrentamos a un fenómeno de dimensiones aterradoras, no sólo por el elevadísimo número de vidas truncadas, sino también por la preocupante difusión del contagio moral que, desde hace tiempo, está alcanzando incluso a los más jóvenes, como en el caso – no infrecuente, por desgracia – de niños obligados a hacerse vendedores y, con sus compañeros, también consumidores” (JP.II:  L’Oss. Romano, Ed. En lengua española, 29 – 11 – 91, p. 10).

Por ello, en esta solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo, no podemos dejar de relacionar ambas realidades: el cuerpo de nuestros hermanos más pobres adictos que encontramos en la esquina, en la plaza, y el Cuerpo del Señor que hoy solemnemente llevamos en procesión por las calles de nuestros barrios y ciudades.

No podemos pasar de largo ante este desafío.  Cuando la vida es amenazada desde su inicio, cuando la vida pierde sentido, creándose ese vacío existencial que empuja a muchos a la evasión de la droga, hacia un mundo de ilusiones, la Iglesia quiere presentar a Jesucristo, Señor  de la Vida,  y así, promover la vida, una vida sana vivida en libertad y alejada de toda esclavitud.

A veces es muy fuerte el agobio que produce constatar cada día esta realidad tan dura, que parece una tarea casi imposible, pero creemos que, más allá de su complejidad, el fenómeno de la droga no es un interrogante sin respuesta.

Frente a todo lo que nos deshumaniza y opaca el sentido de la vida; frente a la tentación de achicar la Mesa del banquete de la vida; frente a la pretensión de construir un mundo sin Dios, o incluso contra Dios, los cristianos creemos que ese proyecto indefectiblemente se vuelve contra el mismo ser humano y contra el bien de nuestro pueblo.   Por eso queremos proponer caminos de vida verdadera y plena para todos, caminos de vida eterna.  Caminos que nos conducen por la fe a gustar la plenitud de Vida que Cristo nos ha traído.  Con esta vida divina se desarrolla también en plenitud la existencia humana, en su dimensión personal, familiar, social y cultural.

Esta propuesta la queremos proponer con humildad, pero con la convicción con que Jesús se presentaba a sí mismo diciendo: Yo soy el camino, la verdad y la Vida.  Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.  Yo soy el Pan de vida.

Queremos anunciar “el amor de Dios que no quiere la muerte, sino la conversión y la vida” (Ez. 18,23).  En el marco de la misión continental queremos acercar a todos a Jesucristo, Señor de la Vida, recordando las hermosas palabras que nos decía el Papa Benedicto XVI al comienzo de su pontificado, haciéndose eco de su predecesor, el Beato Juan Pablo II:

“¡No teman! ¡Abran, más todavía, abran de par en par las puertas a Cristo!… Quien deja entrar a Cristo no pierde nada, absolutamente nada, de lo que hace la vida libre, bella y grande.  ¡No! Sólo con esa amistad se abren las puertas de la vida.  Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana.  Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera… ¡No tengan miedo de Cristo! Él no quita nada y lo da todo.  Quien se da a El recibe el ciento por uno.  Sí, abran, abran de par en par las puertas a Cristo y encontrarán la verdadera vida” (Benedicto XVI, 24-4-2005).  

Danos, Señor,  con tu Pan de Vida la fuerza que necesitamos para ello.  Que tu Cuerpo y tu Sangre entregados por Amor a nosotros nos hagan alegres mensajeros de la buena noticia del Evangelio de la Vida para todos nuestros hermanos.  Y que así como te reconocemos realmente presente en este santo Sacramento, así te reconozcamos también en nuestros hermanos que sufren todo tipo de pobreza y marginación.    Así sea.

 

 

Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo

El sábado 25 de junio en una tarde nublada y fría, el Obispo Auxiliar de Paraná, monseñor Daniel Fernández presidió la misa de la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, ante una masiva concurrencia de fieles, que tubo lugar en la catedral metropolitana Ntra. Sra. del Rosario, y la posterior procesión con el Santísimo Sacramento hacia la Parroquia San Miguel Arcángel, templo en el que permanece expuesto para la adoración de los fieles las 24 horas durante todo el año. De la celebración participaron el cardenal Estanislao Esteban Karlic, numerosos sacerdotes, religiosos, laicos y autoridades. Al iniciar la celebración el Obispo Auxiliar transmitió a los fieles el saludo del Arzobispo, quien se encuentra en la ciudad de Roma para recibir el próximo 29 de junio, el Palio Arzobispal.

 

Ver Homilía

Declaración Comisión Pastoral de Drogadependencia

 

Desde múltiples sectores de la sociedad, y en particular de la Iglesia, se busca responder a la problemática del consumo de drogas que tanto dolor trae a las vidas de quienes consumen, y las de sus familias y amigos.

Este fin de semana se realizó en Luján el 3º Encuentro Nacional de Responsables Diocesanos de Pastoral de Drogadependencia.

En este marco y con este espíritu les enviamos la declaración ELEGIR LA VIDA ES MEJOR, Ante el creciente flagelo de la droga.

 

ELEGIR LA VIDA ES MEJOR

Ante el creciente flagelo de la droga

ELEGIR LA VIDA ES MEJOR

Ante el creciente flagelo de la droga

El flagelo del consumo de drogas se va expandiendo como una mancha de aceite que busca cubrirlo todo. Así lo muestran estadísticas propias y ajenas, nacionales y extranjeras. No hace falta ir tanto a los libros o a Internet. Alcanza con mirar nuestros barrios, escuchar a los docentes, a las familias.

¿Las causas? Varias y diversas.

Por un lado, hay mayor disponibilidad de sustancias. Se pueden conseguir con facilidad. Desde hace ya varios años los niños y adolescentes en general saben de lugares en el barrio en los cuales se vende; algunos de éstos también cerca de las escuelas… Si hay más disponibilidad —más drogas— es que ha crecido el narcotráfico. Es el resultado de menos control, más sobornos, más amenazas, más traslado de soberanía a bandas mafiosas que se adueñan de barrios enteros.

Por otro lado, esto se debe al crecimiento nefasto de cuatro elementos íntimamente vinculados: delito – corrupción – impunidad – tolerancia social; esta última favorece el aumento de la demanda.

Debemos aceptar la realidad que nos desafía y preocupa: el tema es conocido pero no está asumido por la sociedad en su conjunto.

La persona que se droga es víctima de un malestar que tiene que ver con el sentido mismo de su propia existencia, con el sentido de la vida. La sociedad tiene un doble discurso: por un lado promueve la búsqueda de placeres fáciles, de “pasarla bien”, de consumismo, confundiendo a nuestros niños y adolescentes con mensajes equívocos; y por otro, no brinda igualdad de oportunidades para acceder al ejercicio de los derechos elementales a la educación, al trabajo, a la salud… Muchos hermanos nuestros no alcanzan a gozar de la belleza de la existencia, y sienten que la vida vale poco, casi nada.

La mayor tolerancia social se debe, entre otras cosas, a una disminución en la percepción del riesgo que provoca el consumo de sustancias. Esto es el resultado de mensajes poco claros —cuando no mentirosos— que afectan en particular a nuestros adolescentes y jóvenes, pero que inciden en la sociedad en su conjunto. Seamos concretos: algunos dicen “un porro no hace nada” y no es cierto. Éste es un mensaje mentiroso. Si no somos claros, la tolerancia social termina haciéndose cultura y naturalizándose el consumo. Muchos se inician en este camino con la idea falsa de tener control sobre la droga, adentrándose en un laberinto al cual es fácil entrar pero muy difícil salir.

Otro ejemplo: se dice que la persona puede tener una conducta de uso, abuso o dependencia, y que sólo este último es un “consumo problemático”. Éste es un mensaje ambiguo porque, de una distinción cierta al clasificar el consumo (uso, abuso, dependencia) se saca como consecuencia que sólo uno es “problemático”; en realidad quienes hoy son dependientes pasaron por las otras etapas sin poder detenerse a tiempo y liberarse del uso y abuso; muchos de los que protagonizan peleas callejeras o dentro de los boliches y otros hechos de violencia, son quienes han usado o abusado. En las guardias de los hospitales durante los fines de semana es donde se ve si el consumo fue o no fue problemático.

Otra cuestión que cada tanto se plantea está vinculada a la despenalización. Tenemos que tener claras las ideas y las señales que se dan a la sociedad. Hablar de despenalizar así, sin más, redunda en facilitar el consumo dando un mensaje confuso, que favorece la tolerancia social y disminuye la percepción del riesgo. Pero simultáneamente hemos de afirmar que al adicto no hay que criminalizarlo, sino ayudarlo. Para nosotros ellos son los débiles del Evangelio y, como hacía Jesús en su tiempo, los acogemos, los abrazamos, los acompañamos, les damos cobijo.

Pero con la droga no hay que dar pasos que faciliten su acceso y la hagan aparecer como algo “natural”, porque no es natural que una persona deba drogarse para vivir.

La legislación actual lo que pena es la “tenencia para el consumo” y establece una serie de medidas para orientar el tratamiento de las personas afectadas. No se busca meterlo preso: se trata de curarlo.

Todo camino que oriente a la legalización de las drogas no es bueno. En los informes mundiales sobre drogas de las Naciones Unidas se rechaza sistemáticamente esta postura y dicen textualmente que sería un error colosal terminar con la fiscalización de las drogas.

Sostenemos de igual manera que la droga no se combate solo con intervenciones de índole sanitaria y judicial, es necesario crear relaciones humanas ricas en valores espirituales y afectivos, y hacia allí orientamos nuestros esfuerzos.

La lucha contra la drogadependencia se gana con la educación y la prevención, y hacia allí debemos direccionar nuestra energía.

La Iglesia, profundamente preocupada por esta grave situación, hace sus esfuerzos dentro de su propia realidad para contribuir a promover la vida en una sociedad libre del flagelo de las drogas. Se tejen redes, se informa, se invita a grupos de ayuda y recuperación, se habla del dolor y se lo transforma.

El sistema escolar —la escuelaconstituye un ámbito particularmente apropiado para difundir los valores de una vida sana y digna, vivida en libertad y alejada de la esclavitud de la droga.

Con la ley que promueve un Programa para la Prevención de las Adicciones en todo el sistema escolar —sancionada en diciembre de 2009— se ha dado un paso importante hacia la formulación de una política que permita preparar a nuestros chicos para vivir una vida libre de drogas. Es ahora de vital importancia que la implementación de la ley respete acabadamente el espíritu que llevó a formularla.

¿Quién necesita ayuda? Sin dudas el que está preso o sometido a la adicción. Pero también las familias muchas veces desorientadas y sin contención; en este mismo sentido la sociedad ve que le están robando la vida de sus adolescentes y jóvenes, y queda paralizada. Notamos una actitud seriamente contradictoria: crece la tolerancia social al consumo, pero a los adictos se les tiene miedo cayendo incluso en una actitud expulsiva. La drogadependencia es una enfermedad, un padecimiento que expresa un gran malestar interior psíquico y espiritual, y que en lugar de generar compasión, muchas veces provoca rechazo, expresado habitualmente de modo hiriente y etiquetando: “son ladrones, vagos, violentos, mataron a tal o cual…”. A ninguno de nosotros nos gustaría que hablaran así de un hermano, un hijo, un amigo, cuando sabemos la tragedia que significa para una familia tener un miembro que se droga.

No parece que quienes debieran dar ejemplos claros estén liderando la situación. Esto se percibe en la escasa formulación de políticas públicas para asistir a los que padecen la adicción. Se genera angustia y desamparo ante la falta de servicios en hospitales públicos. El reclamo de una mayor eficacia en la persecución del delito y la existencia de deficientes controles fronterizos hace que se escuchen frecuentemente sospechas sobre la vinculación de los dineros del narcotráfico con varias actividades de la vida nacional. A veces pareciera que hay gente a la que no le interesa frenar el daño que se provoca, sino todo lo contrario.

Se promueve una exaltación de supuestas libertades individuales “sin hacer daño a terceros” que revela, por lo menos, una falta de cercanía con la realidad que padecen las personas que se drogan, en especial los más chicos y los más pobres.

En síntesis, faltan mensajes que expresen con claridad y absoluta contundencia: “no es bueno que te drogues, vos podés vivir una vida libre y digna, alejada de la esclavitud de la droga”.

Es de fundamental importancia que los organismos del Estado en todos sus niveles —municipal, provincial y nacional— desarrollen acciones concretas para promover los beneficios de una sociedad libre de drogas y que al mismo tiempo ofrezcan espacios para la recuperación de quienes han caído en la adicción.

Este domingo celebramos en toda la Iglesia la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo. A Él lo adoramos en la Eucaristía, y a Él mismo le servimos presente en nuestros hermanos que sufren.

Nuestra dedicación a esta tarea pastoral está vinculada estrechamente a la opción preferencial por los pobres. El mismo Jesús quiso juzgar la autenticidad de nuestra fe en el amor que tenemos a los hermanos.

El 26 de Junio ha sido instituido por Naciones Unidas como “Día Internacional de la Lucha contra el Uso Indebido y el Tráfico Ilícito de Drogas”. Reunidos en Luján con delegados diocesanos de Pastoral de adicciones de todas las Regiones del País, renovamos nuestro compromiso en el servicio a la vida. La vida es un regalo de Dios para la felicidad. Todo lo que nos esclaviza y oprime es contrario al Plan de Dios, que nos ama de verdad.

Al Santuario de la Virgen de Luján peregrinan multitudes de jóvenes y familias cada año. A su cariño de Madre, a su corazón que comprende todos los dolores, confiamos sus hijos más pobres y afligidos.

Comisión Nacional de Pastoral de Drogadependencia

Comisión Episcopal de Pastoral Social

Luján, 26 de junio de 2011

Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo

Día Internacional de la Lucha contra el Uso Indebido y el Tráfico Ilícito de Drogas

Monseñor Puiggari recibirá el palio Arzobispal de manos del Santo Padre

 

El miercoles 29 de junio a las 9.30hs., en la Basílica Vaticana, el Santo Padre Benedicto XVI presidirá la celebración Eucarística de la Solemnidad de San Pedro y San Pablo y en accion  de gracias por los 60 años de su ordenacion presbiteral.

En el transcurso de la celebración, el Santo Padre, impondrá el sagrado Palio a los nuevos Arzobispos Metropolitanos. Entre ellos se encuentra Mons. Juan Alberto Puiggari; quien desde el pasado 7 de marzo ha asumido el gobierno pastoral de la Arquidiocesis de Paraná.

El palio es un paramento litúrgico reservado al Sumo Pontífice y a los obispos que presiden una arquidiócesis metropolitana y simboliza la comunión entre ellos. Es un manto en forma de letra «Y», de lana blanca, oriunda de los corderos bendecidos por el Papa el día 21 de enero en la fiesta de Santa Inés. Es impuesto sobre los hombros y sus extremidades sobre el pecho y el dorso.

Paraná de Celeste y Blanco

 

Este lunes 20 de junio a las 10 de la mañana, con un simple gesto, Paraná le dirá nuevamente un gran TE AMO a nuestra Patria y a los que gastaron su vida por ella.

Este lunes 20 de junio, día de la Bandera, y como gesto por los festejos del Bicentenario que se arrancaron en el 2010 y se extienden hasta el 2016, se invita a todo el que quiera acercarse a las 10 de la mañana al atrio de la Catedral, con buzo o remera celeste, blanca, guardapolvo, o la remera de Argentina.

El evento se llama “Paraná de Celeste y Blanco”, y al igual que el año pasado, el gesto consistirá en formar la figura de argentina con chicos y chicas, que estará rodeada por toda la multitud, y se tomará una gran foto desde lo alto que será enviada a todos los medios provinciales y nacionales, y difundida por todo el país a través de facebook, como gesto de amor a nuestra Patria, y a todos los que dieron su vida, su tiempo, su trabajo y sus dones para construir Nuestra Nación.

Para finalizar, se escucharán frases de nuestros próceres que hablan del Amor a la Patria y se cantará el Himno Nacional Argentino. El gesto, se estima, durará unos veinte minutos, terminando con el himno.

Recordamos, este lunes 20 de junio, día de la Bandera, a las 10 de la mañana, en el atrio de la Catedral. Están todos invitados!

Organiza la Acción Católica Argentina, con la colaboración de los Bomberos Voluntarios de Paraná, e invitan Pastoral de Juventud de la Arquidiócesis de Paraná, Junta de Laicos de la Arquidiócesis de Paraná, y la Dirección de Cultos y Colectividades de la Municipalidad de Paraná.

Para más información y consultas, escribir a: aca.parana@hotmail.com o llamar al teléfono 154 161 757