Día Patronal de Nuestra Señora del Rosario | Patrona de Nuestra Arquidiócesis

En ocasión de conmemorarse este martes 7 de octubre la fiesta en honor a la Virgen del Rosario, la arquidiócesis se congregó en el atrio de la Catedral para celebrar a su patrona.

El arzobispo de Paraná, Monseñor Raúl Martín presidió la celebración en la tarde de este martes 7, luego de una jornada en la que la Virgen recorrió desde la mañana la ciudad de Paraná visitando parroquias y capillas en una importante Caravana. Además se realizó la tradicional procesión.
“María, Señora del Rosario (..), ayúdanos para que no seamos indiferente ante nadie, que no pasemos de largo frente al dolor o necesidad ajena, sino que la hagamos nuestra, y que reconozcamos en cada uno de los más pequeños, el rostro de Jesús”, exhortó el arzobispo en su mensaje.


Aquí, compartimos el texto de la Homilía.

Hemos iniciado con solemnidad y enorme alegría, esta fiesta en honor de nuestra Madre, Señora del Rosario. Preparamos el corazón en la novena, y en este camino, como peregrinos de esperanza en medio de la ciudad, testimonio de fe y amor a la Madre de Jesús y Madre de su Pueblo, que hacemos nuestro.

El libro de los Hechos de los Apóstoles, nos lleva a la sala donde los discípulos con María, regresados del monte de los Olivos, se dedicaban a la oración. Todos ellos, íntimamente unidos, dice el texto.

La humildad y pequeñez de Su servidora, que cantando nos invita a reconocer la grandeza del Señor, que en Ella, ha hecho grandes cosas.

Lucas, nos acerca la imagen de la anunciación y la encarnación del Hijo del hombre, que se hará con el saludo del Ángel, «obsequio de rosas» y «breviario del Pueblo».

El Santo Padre Francisco, nos invitaba en su momento, a vivir la gracia de este Año Santo, afirmados en la Esperanza que no defrauda, que es el mismo Cristo.

Nos invitaba a vivirlo «caminando juntos», haciéndonos cargo de todos y siendo sujetos de esta, nuestra historia. Nos llamaba a participar, para enriquecernos desde la mirada diversa y enriquecedora de todos, y a todos también, nos animaba a la misión de anunciar el Evangelio de Jesús.

Experimentamos nuestra pequeñez y fragilidad, y la necesidad de ayudarnos. Somos una misma comunidad de hermanos en todo el mundo, que navega en la misma barca, sabiendo que nadie puede salvarse solo en medio de la tormenta, y que las alegrías se acrecientan cuando somos capaces de compartirlas.

Pero el Señor, no nos ha dejado solos. Asiste con su gracia y fuerza de su Espíritu, y desde aquel Viernes Santo, en medio de su dolor, nos hace hijos en su Madre, hermanos todos.

Así, María con estos discípulos de Jesús, ahora sus hijos, permanece en oración a la espera de las promesas de Dios.

María reza porque espera. Sabe bien en quién confía. Y se hace madre y maestra enseñando a sus hijos. La oración los une en la intimidad de la familia, los fortalece. «Padre, que sean uno, como vos y yo lo somos”, pedía el Señor antes de la pasión.

Y los Padrenuestros y Ave Marías, rezados con piedad, se hicieron también desde antiguos tiempos, oraciones del camino. Corona de rosas ofrecidos a María y al Padre Dios. Evangelio anunciado y meditado en cada rezo, que con sencillez, fue calando hondo en el corazón del Pueblo, que se pone en sus manos.

La Virgen misma, cuenta la leyenda, apareciéndose a Santo Domingo, le señaló el rosario como eficaz camino de oración y fortaleza.

Rezar unidos en cada Padrenuestro y en cada Ave María, nos hace tomar conciencia como lglesia de tantos dolores y falsas seguridades, indiferencias y faltas de fraternidad, llamándonos a asumir más plenamente la responsabilidad de hacernos cargo, sosteniéndonos en la esperanza de Dios, Padre de todos.

Una Iglesia capaz de comunión y fraternidad, de participación yen fidelidad a lo que anuncia el Evangelio, al lado de los más débiles y de todos, para que nadie se quede en el camino.

El Pueblo de Dios, unido por sus Pastores, se adhiere a su Palabra confiada a la lglesia, perseverando constantemente en la enseñanza de los Apóstoles, en la comunión fraterna, en la fracción del pan y en la oración, confiado a la maternal ternura de María.

Celebrar a María, Madre de Jesús y Madre nuestra, Señora del Rosario, es un regalo para cada uno de nosotros sabiéndonos sus hijos, y un fuerte signo para el Pueblo de Paraná.

Signo del camino que marca la oración donde somos sostenidos en una Esperanza, en un sendero que pasa por el corazón, y nos planta rumbo al cielo.

Esa dirección, esa Esperanza, quiere acercar los corazones para el camino. Unidos, haciéndonos más hermanos, más familia, encontrando una persona que nos une y nos reúne, que es María.

En ese rosario que María lleva en sus manos junto al Niño, nos prendemos todos. Allí, nuestra vida como Pueblo, nuestros rostros, nuestras alegrías y tristezas, nuestros dolores también, para que María, nos pueda cargar junto a su Hijo.

En ese rosario, para ser cuidados por su ternura, todos entramos, porque en el corazón de la Madre y en sus manos, podemos colgarnos, con la sencillez de una letanía. Saludo del Ángel Gabriel, en el lejano Nazaret.

El rosario, se hizo para nuestro Pueblo, signo de materna protección y escalera al cielo. Cadena de fraternidad y permanente memoria de un Dios cercano, que nos abraza en su Madre, nos junta a su corazón para que escuchemos los latidos de este Dios llamado «Misericordia».

María lo sostiene en su mano junto al Niño, haciéndose más madre todavía, como si sus ojos pudieran reflejar la alegría de esta fiesta, que prepararon también los lapachos que se van floreciendo y se vistieron de gala en el camino.

«Hagan lo que Él les diga», «dejen que Él les enseñe el camino al cielo»

«Busquen la oveja perdida, reciban a todos haciendo fiesta, buenos y malos, ricos y pobres sienten a sus mesas, laven los pies de cada uno, perdonen siempre y a todos buscando el Reino. Carguen con la cruz y sigan los pasos de mi Hijo, que siempre son vida».

Que tu rosario Madre, sostenga a todos. Nos una con toda la Iglesia que te fue confiada.

Nosotros como hijos comprometidos, abiertos a la novedad que Dios nos quiere indicar, invocando al Espíritu Santo con más fuerza, dispuestos a escucharlo con humildad, como Él desea, con docilidad y valentía, al estilo de Jesús con cercanía, compasión y ternura.

María, Señora del Rosario, una vez más acudimos a vos, tomados de tu mano, para que nos enseñes a ser más hermanos caminando juntos con tu Hijo Jesús.

Ayúdanos para que no seamos indiferente ante nadie, que no pasemos de largo frente al dolor o necesidad ajena, sino que la hagamos nuestra, y que reconozcamos en cada uno de los más pequeños, el rostro de Jesús.

María sabe, y nos conoce bien porque somos sus hijos, tantas veces cansados de arrinconar sueños o amontonar promesas que nunca llegan.

Ella sabe de estos tiempos, los suyos no fueron simples, y tampoco los mejores. Por eso, en este andar, nos invita a la confianza y al amor, muchas veces en silencio, a seguir tras estas huellas que el Señor, abrió con su madero. Nos invita a abrir los brazos para ofrecernos a todos, sabiendo que en este andar, se sigue sembrando el Reino.

María, Virgen y Madre Santa, Señora de nuestro Pueblo, que no bajemos los brazos, y que juntos caminemos. Nosotros también queremos, seguir tu huella María.

Vos sos, el paso de Dios por nuestra vida y Su Pueblo, haciéndonos también pasos, que muestren un poco de cielo. Agradecerte María, tu presencia siempre cerca, que alerta y con ternura, hace dulce, la Esperanza que tenemos.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Mons. Raúl Martin

Homilía de Mons. Raúl Martín en la Toma de Posesión como Arzobispo de Paraná

Catedral de Paraná

26 de Julio de 2025

¡¡¡GRACIAS SEÑOR!!!

Una pregunta de Jesús a Pedro, con eco en cada uno de nosotros en todo tiempo: “¿Me amas más que estos?”

Pregunta que, lejos de hacerse reproche, se hace camino de encuentro en nuestras vidas.

Jesús nos tiende una mano para acercarnos a su corazón. Nos hace experimentar su misericordia, y la alegría de ser llamados.

Una vez más, el Señor, “que es mi Pastor”, vuelve a invitarme, vuelve a llamarme y me anima a seguirlo.

Y esa pregunta se hace razón de cada SÍ. “SÍ, Señor, sabés que te quiero”.

Como lo hizo con los primeros discípulos, así en la historia. Como con Abraham, nuestro padre en la fe, “salí de tu tierra y vení a la tierra que yo te mostraré”. El Señor, vuelve a hacerse realidad y promesa.

Realidad de ese amor que quiere seguir contando conmigo, en el servicio a este Pueblo que me confía como padre.

Promesa, siempre renovada y fortalecida, de que Él, siempre está como Buen Pastor a nuestro lado, y que nunca nos abandona. Promesa que, en ellos, sus discípulos, nos hace “pescadores de hombres”.

Es Él el que llama, es Él el que envía. Y en esta fe le respondí.

Vengo a sumarme ahora, al caminar de esta iglesia de Paraná, a la historia tan rica de esta iglesia, y al servicio de ustedes como lo hicieron mis predecesores, especialmente el Cardenal Estanislao Karlic y Mons. Juan Alberto Puiggari.

Caminar con estos hijos hermanos, que Dios en su Providencia me confía para servirlos como pastor, compartiendo con ustedes la fe que el Señor nos regaló.

Esta fe que, con la gracia de Dios, va rumbeando nuestra vida, mirando a Jesús, reconociendo su rostro en los hermanos, sabiéndonos familia, necesitados todos de darnos una mano para seguir adelante. Como diría el Papa Francisco, “dejando que el Señor, nos escriba la vida”.

Aceptando como don la diversidad de cada uno de nosotros, enriqueciendo y construyendo la unidad, que es signo de que algo es de Dios, cuando es el bien de todos.

Ser testigos de este regalo del amor del Padre, que nos une y reúne, será el mejor mensaje que atraiga a los hombres, descubriendo en la iglesia una familia.

Con la riqueza y pobreza de la familia humana, siempre necesitada de conversión, pero con la certeza de la ayuda de la gracia de Dios, que en la cruz nos hizo hermanos, y manifiesta su poder en la misericordia y el perdón.

Somos «peregrinos de esperanza». Pero no sólo de caminar se trata. Ni sólo es expresión de la tarea, de la misión, poniendo a Jesús, nuestro tesoro, en el corazón de todos. No sólo ir juntos para ir lejos, tan sólo al cielo. Necesitados de la gracia de Dios para ser compartida, y del hombro del hermano para seguir andando.

Peregrinos de esperanza, invitados a dejar huella en esta tierra. A no ser indiferentes, ni hacernos los distraídos.

Una imagen de la Virgen María, muy querida por mí, en la advocación de nuestra Señora de La Pampa, lleva los pies descalzos. Es una invitación a descalzarnos, tocar con humildad la tierra y hacernos cercanos a todos, para sentir con ellos, especialmente con los más necesitados y pobres, los que están tristes, desamparados y más, reconociendo que la mayor pobreza es no amar, es no conocer a Jesús. Si nos animamos a descalzar, seguramente nos duela, sintamos más de cerca los dolores del otro, perderemos seguridades al andar, tal vez nos embarremos para sacar al otro del barro. Pero valdría la pena.

Llamados a dejar huellas en esta tierra nuestra y en el corazón de los hermanos. Pero huellas de vida, sembradas, para que Dios dé el crecimiento. Huellas de cercanía y esperanza. Huellas que hablen de compasión, de misericordia, de alegría, de lucha buena. Huellas que otros puedan seguir para llegar a Dios.

«No la tenemos tan clara». Necesitamos aprender a mirar, a sentir, a escuchar. Por eso queremos mirar los pies de María, que va apurada detrás de cada hijo, como aquel día a visitar a Isabel, o atenta a la necesidad de los esposos en Caná, para sostenerlo, para levantarlo, para llevarlo hasta la cruz, para que también la cruz, diría Santa Rosa, se haga escalera al cielo como aquel Viernes Santo a la espera del Domingo.

Quiero yo también, detenerme con los pies descalzos, ahora y siempre, como quien quiere aprender a caminar abarcando la vida, cada vida y toda vida, de hoy y de esta historia que hasta aquí nos trajo, y mirar con enorme esperanza el mañana.

«Descalzate, estás pisando tierra santa», «les he lavado los pies para que hagan ustedes lo mismo también», «el que quiera ser el primero que se haga servidor de todos, que se haga el último».

«Sólo te falta una cosa, dijo Jesús al hombre que presuroso corría a su encuentro para ganarse la vida eterna, andá, despójate de todo, que nada te ate».

El ciego tiró su poncho y lo siguió por el camino. El leproso agradecido volvió sobre sus pasos. El paralítico dejó sus muletas y no pudo dejar de gritar quién lo curó. Y así, cada encuentro de Jesús con sus hermanos.

Dejaron las redes, tiraron el poncho, las muletas. La pobre viuda ofrecía sus dos moneditas de cobre, y aquella otra mujer derramaba el perfume de nardo sobre los pies de Jesús, secándolos con sus cabellos.

«Quemaron sus naves», decimos a veces. Se dejaron lavar los pies de maneras diferente, aprendiendo a hacerlo a los demás.

Encontrarnos con Jesús, es perder otras seguridades, pero es tenerlas todas. Nos hace capaces de mucho más. Nos desinstala, nos moviliza. «Yo los envío, no lleven más que unas sandalias, el bastón y poco más».

«Señor, en esta tarde, vuelvo a decirte una vez más, sabés que te quiero», y como aquellos, tus amigos, «volveré una y mil veces a tirar las redes en tu nombre», confiado en tu amor de Padre, que no nos deja solos.»

Doy gracias a Dios en primer lugar, y al Papa León, que en su nombre me confió este servicio en la iglesia.

Agradezco al Sr. Nuncio, llegado para acompañarme en el inicio de mi ministerio aquí en Paraná, sus llamadas, sus atenciones.

Quiero agradecer particularmente a Mons. Juan Alberto Puiggari, por sus delicadezas y preocupaciones en este tiempo de transición preparando mi llegada.

Gracias a mis hermanos obispos, venidos de distintos pueblos, a los sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas y laicos, que se hicieron compañeros de camino y con quienes ahora, lo continuamos en esperanza.

Agradecer a las autoridades presentes, civiles y militares, (Sr. gobernador y Sra. intendenta, el Sr. ministro de culto) y a todos los que fueron preparando este día, y esta Eucaristía.

Gracias a mi familia y amigos, presentes y ausentes que desde su oración hoy me acompañan, también a la distancia, pero en la fecunda calidez del corazón.

A vos, Madre del Rosario, encomiendo mi vida y la del Pueblo que tu Hijo me confía, Pueblo de Dios, peregrino de esperanza, en esta tierra entrerriana. En el silencio de la oración, alcanzanos de Jesús, Madre querida, un corazón atento y sabio, que sepa escuchar, compadecerse y comprometerse en esta historia, sabiendo que la vida sólo se gana, si se entrega.

Y que Santa Ana y San Joaquín, en su día, nos enseñen a gustar los sueños de Dios.

Palabras de despedida y homilía de Mons. Puiggari durante Corpus

Este sábado 21, la celebración de Corpus Christi, fue el escenario para la despedida de monseñor Juan Alberto Puiggari como arzobispo de Paraná.
Puiggari, actual administrador apostólico de la Arquidiocesis, expresó que se despedía “con el corazón lleno de gratitud y también con una emoción profunda, propia de quien ha caminado largo tiempo entre ustedes y ahora da un paso al costado para que Monseñor Raúl Martín continúe la misión en nombre de Jesús”.

“Agradezco a Dios por haberme llamado a servirlos, y a  Jesucristo por haberme elegido para pastorear a Su pueblo que peregrina en Paraná. Gracias a mis hermanos sacerdotes, diáconos, consagrados y consagradas, a los seminaristas, y a tantos laicos comprometidos que hacen viva y fecunda esta Iglesia”, agregó.

Asimismo, durante la homilía, Monseñor Puiggari se refirió a Corpus de la siguiente manera: “Esta fiesta nos ofrece la ocasión para profesar  nuestra fe,  manifestar nuestra adoración y  amor por la Eucaristía. Es la fiesta del grandísimo  don que nos hace Jesús antes de su pasión.

HOMILIA DE CORPUS CHRISTI 2025

Paraná, 21 de junio de 2025

Queridos hermanos:

Queremos  hoy elevar un himno de alabanza, adoración y acción de gracias por la más sorprendente invención divina. Es una obra en la que se manifiesta la genialidad y el poder de una sabiduría que es simultáneamente “locura de amor”, como lo decía Santa teresita del Niño Jesús.

“La fiesta del Corpus Christi, que estamos celebrando, nos ofrece la ocasión para profesar  nuestra fe,  manifestar nuestra adoración y  amor por la Eucaristía. Es la fiesta del grandísimo  don que nos hace Jesús antes de su pasión.

Este es el día que recordamos y celebramos el milagro de la presencia Divina bajo las especies del pan y del vino.  Es el mismo misterio que conmemoramos el Jueves Santo, pero ahora sin el telón de fondo de la Pasión. La Iglesia, hoy cubre con el velo de su piedad la traición de Judas, para que resalte con todo su resplandor la entrega de Cristo para la vida de todos los hombres. “Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Esa es nuestra esperanza:  no estamos solos,  Dios ha querido quedarse con nosotros en la fragilidad del pan, para ser nuestro alimento en el camino y nuestra fuerza en la debilidad.

En este año Jubilar ¿qué mejor lugar para renovar nuestra esperanza, que al pie del sagrario, ? No es una esperanza vacía o ilusoria, sino la esperanza cierta, fundada en la promesa del Señor, que no defrauda.

.En la Eucaristía está Cristo entero: su Pasión, su Resurrección, su Amor hasta el extremo. Quien se nutre de Él, vive ya anticipadamente la vida del cielo. Que el Pan de  Vida despierte en nosotros la sed de lo eterno, la sed de misericordia,, la sed de comunión y de misión. Que la Eucaristía nos convierta en profetas de esperanza.  

En el Evangelio que acabamos de escuchar podemos apreciar una vez más el amor misericordioso de Jesús. Él no se desentiende de la muchedumbre que lo sigue para escucharlo. Los discípulos le proponen una solución realista y de sentido común, como probablemente lo hubiéramos hecho nosotros, sin embargo Jesús les propone una solución completamente distinta: “Denle ustedes de comer”.

Este milagro tan conocido de la multiplicación de los panes pone en evidencia el poder de Jesús, y al mismo tiempo su misericordia. Eleva los ojos al cielo y pronuncia la bendición, porque todo don baja del cielo. Jesús está siempre unido al Padre con un amor agradecido y filial.

Pero este episodio, en realidad, es profético que anuncia otra multiplicación: la del pan eucarístico, que manifiesta mucho más  el amor del corazón de Jesús. Al decir a sus apóstoles: Hagan esto en memoria mía” abrió el camino para la multiplicación del pan eucarístico para todos los tiempos y lugares, en donde un sacerdote pronuncie estas palabras sublimes.

El «pan eucarístico» se trata de una comida que nos hace entrar en comunión con el misterio de Dios, más aún, con el misterio pascual de Jesús. Recibimos, al participar en este banquete sagrado, al mismo Jesús y a los frutos de su obra redentora.    «En la Eucaristía, Jesús no nos  da “algo”, sino a sí mismo; ofrece su cuerpo y derrama su sangre”

Esto es lo principal del misterio Eucarístico: la comunión vital con Jesús. Es su entrega personal, su amor hasta el extremo de dar la vida por nosotros. Nos salva su amor. Recibirlo a Él que se nos entrega con infinito Amor. Y al recibirlo, al comerlo, nos transforma en Él, nos cristifica; como decía San León Magno: «Nuestra participación en el cuerpo y la sangre de Cristo no tiende a otra cosa que a convertirnos en aquello que comemos». Y San Agustín puso en boca de Cristo “No eres tú el que me convertirás en ti, sino que soy yo el que te convertiré en mí”. El Señor se hace carne de nuestra carne, la vida de nuestra vida, hace correr su sangre por nuestras venas para hacernos concorpóreos y consanguíneos suyos.

Hay muchos hambrientos  en el mundo, y como nos decía el Papa Francisco en la Misa del Corpus Christi del año pasado en Roma: “hay tantos alimento que no vienen del Señor y que aparentemente satisfacen más. Algunos se nutren con el dinero, otros con el éxito y la vanidad; otros con el poder y el orgullo… ¡Pero el alimento que nos nutre realmente y que sacia es solamente el que nos da el Señor! El alimento que nos ofrece el Señor es diferente de los otros, y quizás no parece así tan gustoso como ciertas comidas que nos ofrece el mundo”.

¿Cómo no ser sorprendidos por las palabras “Esto es mi cuerpo” “Esta es Mi Sangre derramada?” (Mc,14),  ¿Cómo no admirar el camino elegido por una sabiduría soberana para ofrecer una presencia de carne y de sangre como alimento y bebida para hacernos libres y participes de la vida divina. ?

Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía memorial de la Pascua del Señor , como lo estamos haciendo hay acá, “ se hace realmente presente este acontecimiento central de salvación y se realiza la obra de nuestra redención” .En cada Eucaristía, en la de hoy, se perpetúa por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz, es el memorial de su Pascua, sacramento de piedad, signo de unidad, vinculo de amor, en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura, como nos enseña el Concilio.

Ser Eucaristía!  Que éste sea, precisamente, nuestro constante anhelo y compromiso, para que al ofrecimiento del cuerpo y de la sangre del Señor, se acompañe el sacrificio de nuestra existencia para la gloria de Dios y el servicio a nuestros hermanos..

“Hagan esto en memoria mía”. Estas palabras de Jesús resuenan en este día con una fuerza especial, son ellas las que nos convocan a celebrar este día .En  este día quisiera invitarles a rezar especialmente por aquellos que han recibido especialmente este mandato del Señor: los sacerdotes.

Para revalorizar y destacar el sacerdocio no tenemos que realizar falsas alabanzas, rendir reverencias, ni nada que tenga que ver con glorias humanas. Sólo por la fe tenemos que descubrir, que gracias a su ministerio Jesucristo está en la Eucaristía desde donde sigue ofreciéndose por el mundo entero. ¿Cuánta hambre habría en el mundo sin el Pan Eucarístico, acaso habría vida? “Yo soy el Pan para la Vida del mundo”
Pidamos hoy y cada día por nuestros sacerdotes, por su santidad, por la fidelidad de los seminarista, por el aumento de las vocaciones, para que en todos los rincones de la Arquidiócesis  y en el mundo entero pueda celebrarse este gran Misterio.

Que María, mujer Eucarística, nos ayude a descubrir este gran tesoro, Y  a María, Mujer eucarística, que guardaba todo en su corazón, pidámosle que nos enseñe a vivir de Cristo, con Cristo y para Cristo, hasta que llegue el día sin ocaso y la esperanza se vuelva plenitud.

Señor Jesús,
Pan vivo bajado del cielo,
te adoramos,
agradecidos por tu amor que no se cansa,
por tu cercanía silenciosa que consuela,
por tu presencia fiel que nos sostiene.

Tú eres nuestra esperanza,
en medio de nuestras luchas y cansancios,.

Haznos peregrinos de la esperanza,
que caminamos contigo,
que nos dejamos partir como el pan
para ser alimento en medio del mundo,
testigos de tu Reino que ya está entre nosotros.

Que tu Eucaristía transforme nuestra mirada,
nuestras palabras y nuestras obras.
Haznos custodios del amor, sembradores de unidad,
compañeros de los pobres,
artesanos de una esperanza concreta y activa.

¡Señor Jesús:

¡Haznos comprender que sólo mediante la participación en tu Pasión y Resurrección, el «sí» a la cruz, a la renuncia, y a la donación de nuestra vida, al servicio de nuestros hermanos  nuestra vida se convierte en Ti en una verdadera Eucaristía.
 ¡Une a tu Iglesia, une a todos los argentinos!  ¡Danos tu paz!

+ Juan Alberto Puiggari

Homilía del Tedeum del 25 de Mayo

El Arzobispo de Paraná, Mons. Juan Alberto Puiggari, en la celebración del Tedeum y ante la presencia de Gobernador de la provincia Rogelio Frigerio, la Presidenta Municipal de Paraná, Rosario Romero y demás funcionarios provinciales, municipales, Jefes de Fuerzas Armadas, Militares y de Seguridad, agradeció por la historia argentina y la gesta de 1810. Destacó la diversidad cultural de Entre Ríos. Recordó las enseñanzas del Papa Francisco sobre la cultura del encuentro, la unidad y la fraternidad, invitando a superar la polarización y reconstruir los lazos sociales con solidaridad y reconciliación. Instó a los ciudadanos a comprometerse con el bien común y a «ponerse la Patria al hombro», superando el individualismo y trabajando por una Argentina justa y sin excluidos, bajo la protección de la Virgen de Luján, Patrona de la Argentina.

Compartimos el texto completo.

HOMILÍA TEDEUM 25 DE MAYO DE 2025

Catedral de Paraná

Queridos hermanos:

Hoy, en esta celebración del Tedeum, nos reunimos como Pueblo de Dios para dar gracias al Señor por el don de la  historia que compartimos y por la esperanza que nos anima. En este 25 de mayo, recordamos la gesta de 1810 cuando nuestros próceres dieron un paso decisivo hacia la independencia y la construcción de una nación libre y soberana.

Nuestra provincia, Entre Ríos, es un territorio bendecido por la abundancia de ríos, arroyos y lagunas que nutren nuestra tierra y nuestra vida. Somos una provincia marcada por la diversidad cultural, donde conviven las huellas de los pueblos originarios, con las tradiciones de los inmigrantes europeos que llegaron en el siglo XIX, aportando su fe, trabajo y alegría.

 Así se formó la compleja cultura que nos caracteriza. Es necesario respetar y honrar esos orígenes, no para quedarnos anclados en el pasado, sino para valorar el presente y construir el futuro. No se puede mirar hacia adelante sin tener en cuenta el camino recorrido y honrar lo bueno de la propia historia. “Hacemos memoria del camino andado para abrir espacios al futuro” (Cardenal Jorge Bergoglio).

Toda celebración patria presenta una mirada al pasado en el que reconocemos nuestras raíces; una vivencia del presente que nos compromete y nos lleva a examinar nuestros logros, pero también nuestros límites y carencias; y una mirada hacia el futuro que nos llama al compromiso de todos para construir una Argentina mucho mejor para las futuras generaciones.

En esta oportunidad, permítanme recordar otro hecho histórico, la figura de nuestro querido Papa Francisco, recientemente fallecido. Como homenaje a quien todos coinciden en considerar como el argentino más importante de la historia, quisiera recordar algunos de sus pensamientos que nos comprometen en el “hoy” de nuestra Patria.

El Papa Francisco nos invitaba a reconocer la riqueza de nuestra diversidad y a vivirla como una oportunidad para el encuentro y la fraternidad. En su encíclica Fratelli Tutti, nos recordó que «la unidad es superior al conflicto» y que «la fraternidad es el camino para la paz» (FT 228).

Vivimos tiempos de polarización y división, donde a menudo prevalecen la indiferencia y el descarte. El Papa Francisco nos llamó a construir una «cultura del encuentro», donde se valore a cada persona, especialmente a los pobres, los migrantes y los excluidos. En Fratelli Tutti, nos exhortó a «reconocer que todos somos hermanos» y a «trabajar juntos por un mundo más justo y fraterno» (FT 8).

Estamos llamados a salir de toda lógica de enfrentamiento estéril. Francisco insistió en que “la unidad es superior al conflicto” (Evangelii Gaudium, 228). La Argentina necesita de dirigentes con grandeza de espíritu, capaces de tender puentes, escuchar otras voces y buscar consensos duraderos.

Para refundar los vínculos sociales, tan debilitados en nuestra Patria, debemos apelar a la ética de la solidaridad. El punto de vista ordenador de esta cultura debe centrarse en el hombre, principio, sujeto y fin de toda actividad humana.

Urge recrear los lazos de la amistad social entre los argentinos para pacificar los corazones tan heridos y enfrentados. Es imprescindible la reconciliación para poder aspirar a una Nación que tenga pasión por la verdad y compromiso por el bien común.

Para quienes creemos en Cristo, la paz es fruto de la justicia, y esos valores sólo se logran con respeto y diálogo, con altura en la mirada, dejando de lado actitudes mezquinas, y sobre todo con humildad.

Necesitamos que todos los ciudadanos nos comprometamos en el bien común de la Patria; tenemos que  ponernos la Patria al hombro, como le gustaba decir a Francisco, cuando estaba en Argentina. Sin excepción, no tenemos derecho a la indiferencia, al individualismo, al desinterés o a mirar hacia otro lado. Nos necesita humildes, sencillos, disponibles, dispuestos a dar lo mejor de nosotros para que la Patria se levante.

 Hay dificultades, no las negamos. 

 Y frente a ellas tenemos que superar la parálisis frente al mal, vencer la tentación de la queja inútil, de la protesta por la protesta. Debemos reaccionar como Jesús, amando a la Patria, como exigencia del mandamiento que nos pide honrar al padre y a la madre, porque la Patria es el conjunto de bienes que hemos recibido como herencia de nuestros antepasados, es un bien común de todos los ciudadanos, y como tal, también es un gran deber.

Recibimos la Patria como un legado maravilloso y una tarea inacabada. Todos somos constructores y responsables de su futuro. No esperemos a ver qué hacen los otros; no miremos con indiferencia lo que no nos toca; despertemos de la inmadurez de pretender un estado paternalista. La Argentina es una obra de todos, que se hace con el deber de cada día, hecho con esfuerzo, con honestidad, pensando más en los otros que en el propio interés. Actitud que supone heroísmo para no cansarse, para no claudicar, para comenzar cada mañana en nuestro lugar, para creer y esperar que, con la Gracia de Dios, otra Argentina es posible legar a nuestros hijos.

Para poder realizar esta noble tarea, todos debemos superar los individualismos, los partidismos, los intereses egoístas y trabajar decididamente  por el bien común. Todos tenemos que sentirnos patriotas, como nuestros próceres de mayo.

En este día, en que se mezcla la preocupación y la esperanza, venimos aquí a implorar al Señor, que ilumine nuestro camino y fortalezca nuestros espíritus, especialmente que dé sabiduría y prudencia a nuestros gobernantes para que sean instrumentos de justicia, paz y solidaridad, en favor de los más necesitados particularmente.

Todo líder (político, social, empresarial, social, religioso) para ser un verdadero dirigente, ha de ser ante todo testigo. Es la ejemplaridad de la vida personal y el testimonio de la coherencia existencial…, es la aptitud de ir progresivamente interpretando al pueblo,…de expresar sus anhelos, sus dolores, su vitalidad, su identidad”.

Rezamos especialmente por tantos hermanos que están pasando un mal momento, para que no se cansen y tengan esperanza que, entre todos, con la Gracia de Dios, podemos colaborar para que tengan una vida digna.

La Argentina grande, sin excluidos, que anhelamos  todos, no se impone por un decreto ni por un arreglo de unos pocos.

No habrá cambios profundos si no renace, en todos los ambientes y sectores, una intensa mística del servicio, que ayude a despertar nuevas vocaciones de compromiso social y político.

Demos gracias a Dios e invoquemos la protección de Nuestra Señora de Luján, Patrona de la Argentina, para que nos dé el gusto por lo grande y noble; que nos preserve de la tentación de lo pequeño e inmediato; que no nos asuste el cansancio o las dificultades;  pero que sí nos asuste la falta de ideales que no nos permitan soñar con una Argentina en donde reine la paz, la justicia y el amor, que es la cumbre de aquel camino social que nos ha enseñado su Hijo Jesucristo Nuestro Señor.

Amén.

+ Monseñor Juan Alberto Puiggari

Arzobispo de Paraná

Homilía en la Apertura del Año Santo de 2025

En la tarde del domingo 29, se realizó en la arquidiócesis de Paraná la Apertura del Año Santo, con una procesión que partió desde la parroquia San Miguel Arcángel y finalizó en la Catedral Nuestra Señora del Rosario, donde se celebró la Santa Misa, presidida por Monseñor Juan Alberto Puiggari. El Jubileo 2025, inaugurado por el Papa Francisco la noche del 24 de diciembre en la Basílica de San Pedro, tiene como lema “Peregrinos de la Esperanza”.

Compartimos el texto de la homilía.

CATEDRAL MUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO

Paraná, 29 de diciembre de 2024

Queridos hermanos:

En el marco de la Navidad y en este día que recordamos con admiración la Sagrada Familia de Nazaret damos comienzo en nuestra Arquidiócesis el Año Jubilar.

El jubileo es una institución que, hundiendo sus raíces en el Antiguo Testamento, florece en el Nuevo y ha dado sus frutos a lo largo de la historia de la Iglesia. Recordamos a Jesús que según el Evangelista Lucas, también él declara un jubileo que consiste en el ofrecimiento del perdón de Dios a los pecadores; y que el motivo de este perdón no se encuentra en los méritos de las personas sino en la entrañable misericordia del Padre. Y justamente porque la fuente y origen de la misión de Jesús es el corazón de Dios Padre, no rige ya la distinción entre judíos y no judíos. La salvación, entendida primariamente como perdón de los pecados (cf. Lc 1,77), es ofrecida por Jesús a todos los hombres (cf. Lc 3,6). Este ofrecimiento gratuito del perdón de Dios no supone que el hombre queda totalmente pasivo ante el mismo contrario, se le pide al hombre reconocer a Dios y cambiar de vida, se le pide su conversión.

La característica propia de este año, es la esperanza, que constituye el mensaje central del próximo Jubileo, que según una antigua tradición el Papa convoca cada veinticinco años. Recordemos que el lema propuesto por el Papa Francisco para este año jubilar es: “Peregrinos de esperanza”. Luego, al inicio mismo de la Bula puso que su intención al escribirla es que “a cuantos lean esta carta la esperanza les colme el corazón” y su deseo es “que el Jubileo sea para todos ocasión de reavivar la esperanza”.

La esperanza nace del amor y se funda en el amor que brota del Corazón de Jesús traspasado en la cruz: «Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más ahora que estamos reconciliados, seremos salvados por su vida» (Rm 5,10):  «En un mundo en el cual progreso y retroceso se cruzan, la Cruz de Cristo sigue siendo el ancla de salvación: signo de la esperanza que no decepciona porque está fundada en el amor de Dios, misericordioso y fiel» (Papa Francisco, Audiencia general, Plaza de San Pedro – 21 de septiembre de 2022). Es el camino de la Sagrada Familia de Dios que, en la Iglesia de hoy, avanza hacia la Jerusalén celestial.

La esperanza cristiana, de hecho, no engaña ni defrauda, porque está fundada en la certeza de que nada ni nadie podrá separarnos nunca del amor divino: «¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? […] Pero en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a aquel que nos amó. Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» ( Rm 8,35.37-39).

Por eso la esperanza no cede ante las dificultades: porque se fundamenta en la fe y se nutre de la caridad, y de este modo hace posible que sigamos adelante en la vida. Uno de los frutos o manifestaciones de la Esperanza es la paciencia, que nos invita esperar los tiempos de Dios y no las urgencias de los hombres.

Pero no olvidemos que la esperanza, es la virtud teologal por la que aspiramos a la vida eterna como felicidad nuestra». […] Nosotros, en virtud de la esperanza en la que hemos sido salvados, mirando al tiempo que pasa, tenemos la certeza de que la historia de la humanidad y la de cada uno de nosotros no se dirigen hacia un punto ciego o un abismo oscuro, sino que se orientan al encuentro con el Señor de la gloria. Vivamos por tanto en la espera de su venida y en esperanza de vivir para siempre en Él. Es con este espíritu que hacemos nuestra la ardiente invocación de los primeros cristianos, con la que termina la Sagrada Escritura: «¡Ven, Señor Jesús!» (Ap. 22,20).

Queridos hermanos: La no esperanza y la desesperanza se ha convertido para muchos de nuestros hermanos en motivo de angustia y sin sentido de la vida. Es la consecuencia de un mundo vacío de eternidad y en mundo futuro que no cuenta. Por amor a ellos tenemos que ser testigos y peregrinos de la esperanza.

“La esperanza no es anuncio superficial de tiempos fáciles, al contrario, es descubrir al Señor en los momentos difíciles: No es evadirse por comodidad o por miedo, de las responsabilidades presentes; es asumir con responsabilidad la misión… es confianza, camino, compromiso, coraje… es corajes de superar las dificultades… no nos cansemos, sigamos anunciando la esperanza” (Cardenal Eduardo Pironio).

Una novedad de este jubileo ordinario 2005 es que “además de alcanzar la esperanza que nos da la gracia de Dios, también estamos llamados a redescubrirla en los signos de los tiempos que el Señor nos ofrece […] Por ello, es necesario poner atención a todo lo bueno que hay en el mundo para no caer en la tentación de considerarnos superados por el mal y la violencia. En este sentido, los signos de los tiempos, que contienen el anhelo del corazón humano, necesitado de la presencia salvífica de Dios, requieren ser transformados en signos de esperanza”.

El Papa Francisco enumera algunos signos de los tiempos que deben ser transformados en signos de esperanza:

1. Ante la realidad de un mundo que vuelve a encontrarse sumergido en la tragedia de la guerra, “que el primer signo de esperanza se traduzca en paz para el mundo” (8).

2. Los ritmos frenéticos de la vida, los temores ante el futuro, la falta de garantías laborales y tutelas sociales adecuadas, los modelos sociales cuya agenda está dictada por la búsqueda de beneficios más que por el cuidado de las relaciones tienen como consecuencia la pérdida del deseo de transmitir la vida que conlleva una preocupante disminución de la natalidad. Ante esta realidad, “el deseo de los jóvenes de engendrar nuevos hijos e hijas”, como fruto de la fecundidad de su amor, da una perspectiva de futuro a toda sociedad y es un motivo de esperanza: porque depende de la esperanza y produce esperanza”

El Papa nos invita a ser signos de esperanza para grupos de personas que viven situaciones de abandono y desesperanza. Y enumera los siguientes: 1. Los presos (10). 2. Los enfermos que están en sus casas o en los hospitales (11). 3. Los jóvenes (12). 4. Los migrantes (13). 5. Los ancianos (14) 6. Los millares de pobres, que carecen con frecuencia de lo necesario para vivir (15).

Le pedimos a la Virgen, Mujer de la Esperanza, que nos ayude a sacar muchos frutos de conversión y santidad en este año Jubilar que estamos empezando y que le pida su Hijo para toda la Iglesia un aumento de la fe, la esperanza y la caridad y un alegre y confiado gozo. Que así sea.

Monseñor Juan Alberto Puiggari
Arzobispo de Paraná

Ordenación Diaconal del Seminarista José  Javier Krenz

Parroquia “San José” de Hasemkamp

6 de noviembre de 2024

Queridos hermanos:

En este tiempo de Adviento, en donde todo nos habla de esperanza, vamos a ser testigos de un motivo más para acrecentarla, ya que Dios regala a nuestra Iglesia, a un hermano nuestro, el Orden del Diaconado, como paso previo al Sacerdocio, configurándose por la acción del Espíritu Santo, a Cristo servidor.

Va a ser ordenado Diácono, a ejemplo de Cristo, «que se hizo «diácono», el servidor de todos»,  Servidor gozoso del Padre celestial.  Servidor de todos y servidor en todo, porque su  existencia quedará marcada por el carácter del diaconado.

El Documento final del Sínodo dice – refiriéndose a los diáconos: “son ordenados “no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio” (LG 29). Lo ejercen en el servicio de la caridad, en el anuncio y en la liturgia, mostrando en cada contexto social y eclesial en el que están presentes la relación entre el Evangelio anunciado y la vida vivida en el amor, y promoviendo en toda la Iglesia una conciencia y un estilo de servicio hacia todos, especialmente hacia los más pobres. Las funciones de los diáconos son múltiples, como muestran la Tradición, la oración litúrgica y la práctica pastoral…”

 “Pero servir, -nos dice Francisco-, es un verbo que rechaza toda abstracción: servir quiere decir estar disponibles, renunciar a vivir según la propia agenda, estar preparados para las sorpresas de Dios que se manifiestan a través de las personas, los imprevistos, los cambios de programa, las situaciones que no entran en nuestros esquemas y en la “justeza” de lo que se ha estudiado. La vida pastoral no es un manual, sino una ofrenda diaria; no es un trabajo preparado en la mesa, sino “una aventura eucarística”.

El Diácono, para poder vivir en actitud de servicio, tiene que configurarse con Cristo. No basta una asimilación meramente sacramental o funcional, deberá serlo con toda su vida y en su modo de ser,  teniendo sus  mismos sentimientos, para lo cual deberá encontrarse personalmente con Cristo vivo y real,  desde la experiencia de la fe, que se  acerca a través del Evangelio, se le hace presente en la Eucaristía y se comunica en la oración.

Querido Javier,

vas  a ser propiedad exclusiva de Dios y de la Iglesia. Tendrás que salir de la propia voluntad cerrada en sí misma, de la idea de autorrealización, para sumergirte en otra voluntad, la de Dios, y dejarte guiar por ella.

¿Pero es posible una entrega así? ¿No es pedir mucho al joven del siglo XXI? ¿Vale la pena? ¿Serás feliz?

El diácono, no deja de ser hombre, su vocación no cambia las leyes de su naturaleza. Como todo hombre desea ser feliz, por lo tanto necesita amar, sólo en el amor y en la fidelidad, el hombre se plenifica. Este es el drama de nuestro tiempo que no cree en el amor,  lo vacía de contenido – en el mejor de los casos-, o  lo caricaturiza de una manera trágica.

El diácono,  es  llamado al amor, su vocación es  amar más, es el sentido profundo del celibato que hoy, con libertad y clara conciencia, abraza Javier. Está llamado a ensanchar su corazón para ser capaz de amar a todos, sin excluir a nadie, para ser verdadero discípulo de Aquel que en la Cruz nos enseñó el verdadero amor.

No es posible vivir el diaconado, si no hay un amor capaz de  unificar  y dar sentido a su vida, sólo  Jesucristo es la respuesta. En el fondo, esa es la esencia de la vocación diaconal: su identificación amorosa y vital con Cristo Servidor, que lo ha llamado por amor, para pedirle su amor total y exclusivo: porque Él mismo nos dice con claridad que quien no sea capaz de darse a Él por encima de padre y madre… y hasta de su propia vida, no puede ser su discípulo.

Sólo este amor a Jesucristo, y por Él al hombre, da sentido pleno y  gozoso  a la vida del Diácono y así con su vida será para sus hermanos una señal que le recuerde que “Dios debe ser amado sobre todas las cosas y que debe ser servido en todo y antes que todo” (Ritual).

Querido Javier,

dentro de instantes descenderá el Espíritu Santo  para que, fortalecido con la Gracia y el carácter  sacramental, puedas desempeñar el ministerio que la Iglesia te confiere.

El secreto de tu vocación “es la amistad con Cristo y la adhesión fiel a su Voluntad. Cristo es todo, decía San Ambrosio; y San Benito exhortaba a no anteponer nada al amor de Cristo. Que Cristo sea todo para vos. Ofrecele a Él lo más precioso que tienes, como recordaba San Juan  Pablo II: el oro de tu libertad, el incienso de tu oración fervorosa, la mirra del  afecto más profundo.

Imita su humildad y mansedumbre, virtudes imprescindibles de los verdaderos seguidores del Maestro, que confirma el compromiso de quien, en verdad, se sabe instrumento de Dios, dándole un arrojo pastoral impensable porque no mide los peligros según las propias fuerzas ni se atribuye los éxitos, ni se acobarda ante los fracasos, sino que refiere todo a Dios.

Imita la pobreza del Señor, fomentando una confianza filial y plena en la Providencia de Dios; toda avaricia es una esclavitud, nos dice el Ritual. Sé pobre de espíritu, desapegando tu corazón de lo material, evitando toda ostentación y viviendo como peregrino en camino hacia la posesión eterna de Dios. La pobreza evangélica nos hace libres y mantiene el alma abierta a Dios y a los hombres. Pobreza que no es tanto la ausencia de bienes sino el desapego, la lucha contra el consumismo y el uso instrumental al servicio pastoral. Como insiste el Papa Francisco , evita la mundanidad.

Imita a Jesús que se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Esta es la ofrenda amorosa del don más grande de Dios al hombre: la libertad. Obediencia que no es la del esclavo, sino la que nace de la gloriosa libertad de los hijos de Dios: “porque no busco mi voluntad, sino la del que me ha enviado.

Imita el corazón casto y puro del Maestro, con un amor magnánimo, que te mantendrá en una disponibilidad total, al servicio del Reino. Ensancha el corazón, nada de lo humano te debe ser indiferente. Ama a todos y que tengan un lugar preferencial en tu corazón  los pobres, los enfermos, los más necesitados  de Dios.

Seguramente te habrás preguntado en estos días: ¿seré fiel a mi consagración?  Dios es fiel y no abandona su obra.

La fidelidad es posible cuando uno se mantiene firme en las pequeñas pero insustituibles fidelidades cotidianas: sobre todo fidelidad a la oración y a la escucha de la Palabra de Dios; fidelidad al servicio de los hombres de nuestro tiempo, fidelidad a la enseñanza de la Iglesia; fidelidad a los sacramentos de la Reconciliación y especialmente de la Eucaristía, fuente de la Gracia, que nos sostienen en las situaciones difíciles de la vida; fidelidad con un amor tierno y viril a la Santísima Virgen, la Servidora del Señor, nuestra Madre, que nos acompaña siempre en nuestro caminar.

                    Querido Javier: también hoy, el seguimiento de Cristo es arduo; por eso te pido con todo afecto, no apartes la mirada de Jesús, contempla su Rostro, conócelo íntimamente,  amalo con pasión, para que nada pueda separarte de Él.

En la oración consagratoria que vamos  a hacer dentro de unos momentos la Iglesia va a pedir: “disponibilidad para la acción, humildad en el servicio y perseverancia en la oración”. Esto es lo que la Iglesia quiere de vos: disponibilidad, humildad y perseverancia.

Una disponibilidad que,  a impulso de la caridad pastoral,  te haga estar siempre muyatento a las necesidades de los hombres y a las orientaciones magisteriales dela Iglesia; una actitud humilde, que te haga reconocer con gratitud que todo lo que tienes lo has recibido de Dios; y perseverancia, siendo constante en la oración y paciente en el trabajo, soportando las debilidades humanas, propias y ajenas, y buscando siempre, no el propio provecho, sino el bien de aquellos que la Iglesia te ha confiado.

Con la confianza puesta en Dios, prepárate al momento tan esperado,  dispuesto a ser asumido por el Espíritu Santo, dejándote santificar para santificar y animándote  a navegar mar adentro y, en  nombre  del Señor, echar las redes.

No quiero terminar sin agradecer a todos los que te han apoyado  para que puedas dar este paso. A tu familia, a los sacerdotes y comunidades de tus Parroquias, especialmente a la Basílica del Carmen, Parroquia de origen, y San José de Hasenkamp, que te acompañó en este año pastoral,  y muy especialmente  a los formadores del Seminario.

                    Queridos hermanos:

                     que Dios nos conceda:

– muchas y santas vocaciones; 

-fidelidad a los seminaristas,

– y fortaleza a nuestros sacerdotes.

Por estas intenciones, les pido la oración perseverante y confiada.

                                  Que Dios nos bendiga a todos y que Nuestra Madre, la Servidora del Señor, por excelencia, le enseñe al nuevo diácono el modo de vivir en actitud de permanente “diaconía”.

Santa Madre de Dios,

Modelo de entrega y servicio,

Acoge bajo tu manto a Javier.

Tú que fuiste la primera en decir ¨Sí” al plan de Dios,

Inspíralo para que sea fiel a su vocación,

Siempre dispuesto a servir con humildad y alegría.

Enséñale a amar como tú,

Con un corazón lleno de compasión y ternura,

Y a llevar a  Cristo a los demás,

Especialmente a los pobres y necesitados.

Protégelo de todo mal,

Sostén sus pasos  en los

Momentos de dificultad

Y guíalo siempre hacia Tu Hijo,

Fuente de amor y misericordia.

Que sea peregrino de la esperanza que no defrauda,

Que cada día repita con Tu Hijo:

 “Yo estoy en medio de ustedes como el que sirve”.

Que, siguiendo tu ejemplo,

Sea un verdadero servidor de la Iglesia,

Y un signo vivo del amor de Dios en el mundo de hoy.

Que así sea.

                                                      + Juan Alberto Puiggari

                                                         Arzobispo de Paraná

Homilía del 9 de Julio de 2024

Homilía Te Deum del 9 de Julio

Monseñor Juan Alberto Puiggari presidió el martes 9 la ceremonia del Tedeum que tuvo lugar en la Parroquia San José Obrero de Paraná. Aquí, el texto de la Homilía.

En ocasión de conmemorarse un nuevo aniversario de la Declaración de la Independencia, el arzobispo de Paraná, Monseñor Juan Alberto Puiggari presidió en la mañana del martes 9 la ceremonia del Tedeum que tuvo lugar en la Parroquia San José Obrero de Paraná.

La celebración contó con la presencia autoridades civiles,  y de diferentes fuerzas junto a vecinos que se sumaron a la Acción de Gracias.

Aquí, compartimos el texto de la Homilía.

Como nuestros representantes, reunidos en la histórica Casa de Tucumán, el 9 de julio de 1916, hoy también nosotros queremos invocar al Eterno reconociéndolo como fuente y origen de toda razón y justicia como lo invoca nuestra Constitución Nacional.

Y lo hacemos con el convencimiento más firme que como dice el Salmo “en vano trabaja el obrero, si el Señor no construye la casa y que en vano vigila el centinela, si el Señor no cuida la Ciudad”.

Creemos que nuestra Patria es un don de Dios confiado a nuestra libertad, un regalo de amor que debemos cuidad y mejorar. “

Esto mismo nos exige superar progresivamente las tensiones históricas de nuestro ser como país. En tiempos marcados por la globalización y de tantas dificultades, no debe debilitarse la voluntad de ser nación, una familia fiel a su historia, a su identidad y a sus valores humanos y cristianos.

La patria es nuestra madre. Nos engendró ella, somos pedazos de sus entrañas,  nos abriga bajo su bandera celeste y blanca, nos da su nombre, el de argentinos, nos hace participes de sus triunfos y fracasos; sus alegrías y sus sufrimientos,  sus sueños y esperanzas.

El amor a la patria es virtud, es deber imperioso para todos.  San Agustín con sus frases vigorosas nos decía “ama a tus padres, pero más que a ellos ama a tu Patria, y más que a tu patria ama a Dios”.

Por eso mis hermanos todos  somos necesarios, protagonistas de ese continuo renacimiento de la Patria, que renace cada día en la mente de nuestros científicos y gobernantes, en la solicitud de los servidores de la salud, de la educación, de las fuerzas armadas y  de seguridad,  entre las manos endurecidas de nuestros trabajadores y los sufridos y curtidos hombres del río y del campo,  en los ideales  de nuestros jóvenes y, particularmente, en la fortaleza y generosidad de nuestras familias.

Tenemos que pedir la gracia para renovar nuestro entusiasmo por construirla juntos y curar cuidadosamente sus heridas”, Este es un momento de  magnanimidad  y de renuncia, que distinguieron a nuestros héroes como San Martín y Belgrano, para que todos, sin excepción, nos  sintamos pequeños obreros en la construcción de la misma. Como decía el entonces Cardenal Bergoglio, hoy Francisco, “hay que ponernos la Patria al hombro”.

 El sufrimiento de nuestro pueblo nos está exigiendo   a dejar de lado toda mezquindad  para enfocarnos en los graves problemas que afectan a nuestros ancianos, a los hombres y mujeres que ven un horizonte oscuro, a los jóvenes y niños sin futuro por la falta de educación y de trabajo, a tantos hermanos nuestros que le falta lo más  elemental para una vida digna.

Mirando nuestra historia nacional nos damos cuenta, que más allá  de las limitaciones que tenemos, de los errores que hemos cometido o de las situaciones difíciles que estamos viviendo, Dios  ha dotado a la Argentina de grandes riquezas, en su gente y en sus recursos.

Hoy  queremos sentirnos herederos  de la historia que comenzó en Tucumán. Es  hora de soñar con un país  que potencialicé todo lo mucho que Dios nos ha dado, para lo cual necesitamos la purificación de los egoísmos personales o sectoriales, la búsqueda desinteresada de la verdad, el diálogo, el consenso, la capacidad de ser adversarios sin convertirnos en enemigos, la aceptación de una pluralidad que, sin perder sus matices que enriquecen, converja en una unidad en los grandes objetivos nacionales. Pero, para ello, es indispensable que, cada uno, cada ciudadano de esta bendita nación, pueblo y dirigentes, gobernantes y gobernados,  todos, tomemos la decisión de estar a la altura de los fundadores de la Patria que pusieron en juego sus vidas, dinero  y fama.

También la Iglesia católica tiene que estar a la altura de las circunstancias y ser cada día más misionera, más comprometida, más coherente, más audaz y más libre para proclamar su fe en Jesucristo, Señor de la historia, y anunciarla con sencillez, no imponiéndola sino haciéndola creíble por la coherencia entre lo que se predica y lo que se hace»..

Por eso ofrecemos con humildad a quienes deseen acogerlas las orientaciones de su Doctrina Social con la convicción que son útiles para guiar la vida de la nación por caminos de paz, justicia y progreso.

¿Cuáles son las certezas y valores que de ella quiere compartir?

En primer lugar: .- Dios Uno y Trino debe ser el fundamento r de nuestra vida y proyectos. El Preámbulo de Nuestra Constitución así lo reconoce: “invocando la protección de Dios, fuente de toda razón y justicia”:

Queremos proclamar la dignidad incuestionable de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios. Todo proyecto humano, el político, el económico, debe estar al servicio del ser humano, que es el centro de la historia pensada y querida por el Creador. Por esto en esta perspectiva no hay lugar para el odio, la venganza, la violación de los derechos humanos, la discriminación social, racial o religiosa, o la manipulación o explotación de cualquier clase.

La sociedad del mañana que queremos, debe tener a la persona humana como medida, teniendo en cuenta la vocación que Dios le dio de amar y ser amada, responsable de su propia vida, y de servir a los demás. Desde esta realidad hay que entender y valorar la familia, fundada sobre el matrimonio, como célula básica de la sociedad y de la Iglesia.

Desde el valor inalienable de cada persona se debe afirmar el valor sagrado de la vida humana, desde su concepción hasta la muerte natural. La vida es el gran don de Dios, por esto no hay progreso verdadero si la vida peligra. No hay futuro para la humanidad si el ser humano si sitúa por encima de la vida.

Pero si cada vida es sagrada, lo es más delante de Dios la vida de los más débiles, los que están indefensos en el seno de la madre, los pequeños, enfermos, los pobres. Hacer una opción preferencial por ellos, traducida en hechos concretos, ennoblecerá a nuestro país, y a nuestra ciudad siempre que se les trate como protagonistas de su propio desarrollo. Esto nos obliga a cultivar el sentido de la equidad y la justicia, del bien común y del servicio público

La Iglesia está convencida que las enseñanzas de su Doctrina Social es uno de sus mayores aportes para el bien de nuestro País, porque creemos en lo que nos dijo Jesús “busquen el REINO DE Dios todo lo demás se les dará por añadidura”.

Quiero elevar mi oración al Dios fuente de la Sabiduría, para que asista a todas las autoridades del país, de nuestra provincia y de nuestra ciudad. Que el Señor los  ilumine y le dé la fortaleza necesaria para las grandes responsabilidades que  tienen entre manos y dé fecundidad a sus esfuerzos  en búsqueda del bien común.

Porque somos conscientes de nuestra necesidades una vez más con confianza quiero terminar invocando María, la madre de Jesús, mujer creyente y humilde, a quien bajo la advocación de Ntra. Señora de Luján, reconocemos como Madre y Reina de nuestra Patria, que nos alcance del Espíritu de Dios, fortaleza para el alma de Argentina. Así, los hombres y mujeres nacidos en nuestra querida patria,  podremos caminar, con paso seguro y fraterno, hacia una vida con la dignidad, el gozo y el verdadero progreso que Dios quiere para todos, como anticipo de la vida definitiva.

¡A CRISTO EL SEÑOR SEA TODO EL HONOR Y LA GLORIA
AHORA Y PARA SIEMPRE! AMÉN.

Mons. Juan Alberto Puiggari

Homilía de la Ordenación Presbiteral de Juan Cruz Hernández y Diaconal de Enzo Giménez

Catedral “Nuestra Señora del Rosario”

Paraná, 25 de noviembre de 2023

Queridos hermanos:

La Eucaristía es el lugar adecuado para agradecer  los regalos que Dios nos hace. No tenemos que cansarnos de dar gracias por todos sus dones. Hoy, queremos de una manera especial expresar gozosamente nuestro agradecimiento porque regala a nuestra Iglesia arquidiocesana un nuevo sacerdote en la persona de Juan Cruz y un nuevo diácono en Enzo Manuel.

Ellos han escuchado la voz del Maestro: “Ustedes no me eligieron a Mí, sino Yo soy el que los elegí…y los destiné para que vayan y den fruto” (Jn 15,16). Y como respuesta a este llamado han dicho “Aquí estoy”,  respuesta noble y generosa, porque han madurado las palabras de Jesús: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15,13).

Juan Cruz  va a ser ordenado sacerdote. Es un elegido, como acabamos de escuchar. Su identidad y misión nacen de un llamado. Renuncia a tener un fin propio, ni actuar en virtud de sus propias fuerzas, sino con los poderes de Jesucristo. No busca en consecuencia su propio mérito, su propia recompensa.  Quiere ser lápiz de Dios, como decía la Madre Teresa de Calcuta, para que Él escriba lo que quiera, como quiera y cuando quiera para la Gloria de Dios y la salvación de todos los hombres.

      Es llamado para ser puesto en favor de los hombres, en lo que se refiere a Dios. Un puente entre Dios y los hombres, a través de la palabra,  de los sacramentos y de la caridad.

Es llamado; no en una elección fría y funcional. Es una declaración de amor que requiere una respuesta de amor: como a  Pedro, hoy Jesús le dice a Juan Cruz “¿Me amas?»,  y  a su respuesta: «Señor, tú sabes que te amo»,  él va a escuchar la dulce pala­bra del Maestro: «Apacienta mis ovejas». Siguiendo el mandato tendrá que ser Pastor, para lo cual debe ser primero un discípulo enamorado del Señor y un ardoroso misionero que viva con pasión buscar a todos para que conozcan a Jesús..

Como Jesús, su misión será la de ser Profeta, Sacerdote  y  Rey. Tres misiones distintas, pero que están íntimamente relacionadas entre sí, se condicionan y se iluminan recíproca­mente.          

                     Tres misiones que exigen corazón de pastor, que como Jesús no vino a ser servido, sino a servir y esto sólo es posible por la caridad pastoral. Nunca podrá separar de su misión: el amor a Dios y a los hermanos.

Como nos enseña Francisco en Evangelii gaudium que «para ser evangelizadores de alma también hace falta desarrollar el gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de un gozo superior. La misión es una pasión por Jesús pero, al mismo tiempo, una pasión por su pueblo. Cuando nos detenemos ante Jesús crucificado, reconocemos todo su amor que nos dignifica y nos sostiene, pero allí mismo, si no somos ciegos, empezamos a percibir que esa mirada de Jesús se amplía y se dirige llena de cariño y de ardor hacia todo su pueblo fiel. Así redescubrimos que Él nos quiere tomar como instrumentos para llegar cada vez más cerca de su pueblo amado. Jesús quiere servirse de los sacerdotes para estar más cerca del santo Pueblo fiel de Dios. Nos toma de en medio del pueblo y nos envía al pueblo, de tal modo que nuestra identidad no se entiende sin esta pertenencia» (n. 268).

   Enzo,  va a ser ordenado diácono, a ejemplo de Cristo, «que se hizo «diácono», el servidor de todos».  Servidor gozoso del Padre celestial.  Servidor de todos y servidor en todo, porque su existencia quedará marcada por el carácter del diaconado.

        A partir de hoy, con la ayuda de Dios, deberá obrar de tal manera que el Pueblo fiel lo reconozca como discípulo de Aquel que no vino a ser servido sino a servir.  La gracia y el carácter del sacramento del Orden, en el diaconado, tiene el matiz de servicio al Padre y a los hombres.  

       Según el Concilio Vaticano II, retomando la más antigua tradición Patrística, su  ministerio se especifica dentro del triple campo de la Liturgia, la Palabra y la Caridad.

      El diácono, es  llamado para amar con un corazón indiviso;  es el sentido profundo del celibato al que hoy, con libertad y clara conciencia, Enzo abraza. Está llamado a ensanchar su corazón para ser capaz de amar a todos, sin excluir a nadie, para ser verdadero discípulo de Aquel que en la Cruz nos enseñó el verdadero amor.

 No es posible vivir el diaconado, si no hay un amor capaz de polarizar, unificar  y dar sentido a la vida; sólo  Jesucristo, el Señor, es la respuesta. En el fondo, esa es la esencia de la vocación diaconal: su identificación amorosa y vital con Cristo Servidor, que lo ha llamado por amor, para pedirle su amor total y exclusivo porque Él mismo nos dice con claridad que quien no sea capaz de darse a Él por encima de padre y madre… y hasta de su propia vida, no puede ser su discípulo.

   Queridos Juan Cruz y Enzo: imiten la humildad y mansedumbre, virtudes imprescindibles de los verdaderos seguidores del Maestro, y propias del servidor, que confirma el compromiso de quien, en verdad, se sabe instrumento de Dios, dándoles un arrojo pastoral impensable porque no mide los peligros según las propias fuerzas ni se atribuye los éxitos, ni se acobarda ante los fracasos, sino que refiere todo a Dios.

    Imiten la pobreza del Señor, fomentando una confianza filial y plena en la Providencia de Dios; toda avaricia es una esclavitud. Sean pobres de espíritu, desapegando el corazón de lo material, evitando toda ostentación y viviendo como peregrinos en camino hacia la posesión eterna de Dios. La pobreza evangélica nos hace libres y mantiene el alma abierta a Dios y a los hombres.

  Imiten a Jesús que se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Esta es la ofrenda amorosa del don más grande que Dios ha dado al hombre: la libertad. Obediencia que no es la del esclavo, sino la que nace de la  libertad de los hijos de Dios: “porque no busco mi voluntad, sino la del que me ha enviado”

(Jn 6,38).

  Imiten el corazón casto y puro del Maestro, con un amor totalizante y exclusivo que los mantendrá con una disponibilidad absoluta al servicio de la Misión.  Ensanchen el corazón. Amen a todos y que tenga un lugar preferencial en el corazón de ustedes los que sufren, los pobres, los más necesitados de la gracia de Dios.

La fidelidad es posible cuando uno se mantiene firme en las pequeñas pero insustituibles fidelidades cotidianas: sobre todo fidelidad a la oración y a la escucha de la Palabra de Dios; fidelidad al servicio de los hombres de nuestro tiempo, fidelidad a la enseñanza de la Iglesia; fidelidad a los sacramentos que nos sostienen; fidelidad al amor tierno y viril a la Santísima Virgen, la Servidora del Señor.

Cuando hablamos de fidelidad hablamos ante todo de amor. Es el amor que dura en el tiempo. Con san Pablo graben en el corazón: “El permanece fiel” 2Fil.

Recordemos el episodio del Lavatorio de los pies: el sentido de este gesto y enseñanza de Jesús, actitud que desconcertó a Pedro es Jesús servidor de Dios y de los hombres. El servicio es una expresión neutra. Hay un servicio al pecado (Rom. 6,16), a los ídolos  (1 Cor. 6, 9). Hay un servicio forzado, que es esclavitud o buscando reconocimiento (vanagloria). Hay servicios solidarios, y tantos otros que muchas veces son loables…

Pero el servicio del creyente es muy distinto: es la expresión mayor del mandamiento nuevo. El lavado de los pies es el sacramento de la autoridad cristiana. Caridad y humildad, juntas forman parte  del servicio evangélico.

Hoy nuestro servicio se siente tentado por el peligro de la secularización, nos advierte el Cardenal Cantalamesa; Se da muy fácilmente por descontado que todo servicio a los hombres es servicio a Dios: san pablo habla de un servicio del Espíritu, y los ministros ordenados estamos destinados  a este servicio. Hoy con más claridad nos enseña la Iglesia que demos lugar a los laicos en lo que ellos pueden hacer y que nos dediquemos a las cosas que se refieren a DIOS, y que nuestros hermanos tienen derecho y esperan de nosotros. Somos ante todo servidores de Dios y servidores de los hombres, pero como nos recuerda la Carta a los Hebreos, en las cosas que se refieren a Dios.

            Queridos hijos, ustedes son conscientes de la grandeza del don y al mismo tiempo de su debilidad y por eso recuerden las palabras del Apóstol que les recuerda que llevan un tesoro en vasos de barro. Por eso con mi afecto de Padre quiero decirles con toda mi convicción: hoy y siempre, hay algo que es fundamental para la vida y misión del sacerdote y del diácono: la oración. Ella es el factor decisivo, es de lo que tiene más necesidad la Iglesia y el mundo de hoy. Tengan necesidad de ella como del pan, más que el pan. Porque rezar es confiar la Iglesia a Dios, con la conciencia de que la Iglesia no es nuestra, sino Suya .Orar es confiar la Iglesia y la humanidad a Dios. Sin la oración no sólo perdemos la orientación de nuestra vida, del mundo, sino la auténtica fuente de vida. Vale para todos, pero es absolutamente imprescindible para el sacerdote. Sin oración somos como satélites que han perdido su órbita y caemos como enloquecidos en el vacío. Sean hombres de oración, hombres de la Eucaristía, hijos de María.

         Francisco les decía a seminaristas  “Ustedes,… no se están preparando para realizar una profesión, para convertirse en funcionarios de una empresa o de un organismo burocrático. Tenemos tantos, tantos sacerdotes a mitad del camino…. Les pido, ¡estén atentos a no caer en eso! Ustedes se están convirtiendo en pastores a imagen de Jesús, el Buen Pastor, para ser como Él y en persona de Él en medio de su rebaño, para apacentar a sus ovejas”.

Recuerden que estamos en el tiempo del Sínodo sobre la Sinodalidad que nos exige un modo de ser Iglesia, sintiéndonos todos corresponsables, en comunión para la misión.

            Nunca, pero más en este tiempo del mundo y de la Iglesia, no hay lugar para la mediocridad. El mundo necesita santos. “La única tristeza es no ser santos” (Paul Claudel)

           Tengan grandeza de corazón, sean magnánimos, naveguen mar adentro, dispuestos a dejarse asumir por el Espíritu Santo, dejándose santificar para santificar.

Agradezco a sus familias, que Dios las recompense abundantemente, a los formadores del Seminario y a todos los que los ayudaron en el  proceso de formación. A las comunidades parroquiales de origen y a las que los han acompañaron en este período pastoral.

           Queridos hijos: para terminar les pido que amen entrañablemente a Nuestra Madre Santísima. Que no se aparte nunca de su boca, ni de su corazón. Sean siempre niños ante Ella y al mismo tiempo sus apóstoles para extender el reino de su Hijo por todo el mundo.

          Madre Nuestra, Nuestra Señora del Rosario, te pido acompañes siempre a Juan Cruz y Enzo con la misma entrega maternal que hiciste con  Tu Hijo para que se sientan siempre muy acompañados, amados y protegidos por ti que eres la gran intercesora.

 María,  ayúdalos a ser fuertes ante las dificultades, a caminar siempre con la fortaleza del que se sabe acompañado de tu amor…

 María, danos sacerdotes santos y danos familias santas para que haya muchas vocaciones de sacerdotes santos.

 Madre del Rosario: Únenos a ti en la tierra, y llévanos contigo al cielo

Homilía en la Solemnidad de Corpus Christi

Catedral Nuestra Señora del Rosario
Paraná, 10 de junio de 2023

Queridos hermanos:

Hoy, solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, pedimos la gracia de abrir el corazón y la inteligencia para acercarnos con humildad y temblor  a este gran Misterio..

Creo que lo más necesario que hay que hacer en esta fiesta del Corpus Christi no es tanto explicar tal o cual aspecto de la Eucaristía, sino reavivar cada año nuestro estupor y maravilla ante el misterio Eucaristico.

Es  la primera fiesta cuyo objeto no es un misterio de la vida de Cristo, sino una verdad de fe: la presencia real de Él en la Eucaristía. Responde a una necesidad: la de proclamar solemne y públicamente nuestra  fe: “La presencia del verdadero Cuerpo de Cristo y de la verdadera Sangre de Cristo en este sacramento, «no se conoce por los sentidos, dice santo Tomás, sino sólo por la fe, la cual se apoya en la autoridad de Dios». San Cirilo declara: «No te preguntes si esto es verdad, sino acoge más bien con fe las palabras del Salvador, porque Él, que es la Verdad, no miente»»  (Te adoro devotamente, oculta Deidad, que bajo estas sagradas especies te ocultas verdaderamente: A ti mi corazón totalmente se somete, pues al contemplarte, se siente desfallecer por completo. La vista, el tacto, el gusto, son aquí falaces; sólo con el oído se llega a tener fe segura. Creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios, nada más verdadero que esta palabra de Verdad.)

Necesitamos, proclamar nuestra fe, para evitar un peligro: el de acostumbrarse a tal presencia y  merecer  el reproche que Juan Bautista dirigía a sus contemporáneos: « ¡En medio de ustedes hay uno a quien no conocen!».

Lo necesitamos para no banalizarla y acercarnos a ella sin la preparación interior, por  acostumbramiento,   por  frivolidad y por la rutina.

Sí, hay alguien que no se acostumbró  a la Eucaristía y habla de Ella siempre con admiración y veneración era San Francisco de Asís. «Que tema la humanidad, que tiemble el universo entero, y el cielo exulte, cuando en el altar, en las manos del sacerdote, está el Cristo Hijo de Dios vivo… ¡Oh admirable elevación y designación asombrosa! ¡Oh humildad sublime! ¡Oh sublimidad humilde, que el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, tanto se humille como para esconderse bajo poca apariencia de pan!».

Pero en realidad lo que nos causa estupor ante el misterio eucarístico, no es  tanto la grandeza y la majestad de Dios, sino más bien su  amor, el  que se pone a nuestro servicio, no sólo lavando los pies de los apóstoles, sino dándose a nosotros como alimento y bebida. La Eucaristía es sobre todo esto: memorial del amor del que no existe mayor: dar la vida por los propios amigos.

En las lecturas de hoy, vemos como el amor de Dios, acudió en ayuda de su pueblo, con el maná, en el antiguo testamento; en el evangelio de hoy, Jesús nos dice “Este es el pan bajado del cielo, no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente”.  Él no, nos da “algo”, sino a sí mismo; ofrece su cuerpo entregado y su sangre derrama.  Entrega toda su vida, por amor al Padre y a cada uno de nosotros.

“Yo soy el pan Vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente”.  Necesitamos este pan para afrontar la fatiga y el cansancio del largo viaje hacia la tierra prometida del cielo.

Para descubrir el verdadero  significado de la celebración eucarística . Jesús nos invita a comer y beber su cuerpo y sangre. Comer, es entrar en comunión con la persona del Señor vivo. Esta comunión, este acto de «comer», es realmente un encuentro entre dos personas, es un dejarse penetrar por la vida de Aquel que es el Señor; de Aquel que es mi Creador y Redentor. El objetivo de esta comunión es la asimilación de mi vida con la suya, mi transformación y configuración con quien es Amor vivo. Por ello, esta comunión implica la adoración, la acción de gracias, pero fundamentalmente implica la voluntad de seguir a Cristo, dejándome transformar por Él. Misterio maravilloso de cristificación de nuestras vidas, de vaciamiento y plenitud de Vida Plena.

 Esto es lo principal del misterio Eucarístico: la comunión vital con Jesús. Cuerpo y la sangre de Cristo no tiende a otra cosa que a convertirnos en aquello que comemos».

Y el segundo aspecto fundamental, también lo señala claramente el Apóstol: “ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque participamos de ese único pan”.

Sacramento de la unidad con Dios y entre nosotros, por eso es tan imperioso para el cristiano trabajar por la unidad para no ultrajar el Cuerpo de Cristo.

No podemos comulgar con el Señor, si no comulgamos entre nosotros. Si queremos encontramos con Él, también debemos ponernos en camino para ir al encuentro unos de otros hasta el punto de convertirse en un solo cuerpo. Somos comunidad, alimentados por el cuerpo y la sangre de Cristo.

Este doble fruto de la Eucaristía: unión y comunión nos impela a la misión:

Gracias a la Eucaristía, al Pan que nos convierte en alimento a nosotros, podremos cumplir el mandato del Señor: “denles de comer ustedes mismos”. Hay muchos hambrientos que pasan por nuestra vida. A ellos el Maestro nos pide hoy que les demos de comer: que le demos el alimento, la fe, el tiempo, el amor… Los hambrientos de hoy nos están esperando…

El que comulga tiene que salir de la Misa queriendo ser pan comido por el hermano. Hoy se está realizando la colecta de Caritas, bajo el lema: “Mirarnos, Encontrarnos, Ayudarnos”.

Al unirnos a Cristo Eucaristía lejos de replegarnos sobre nosotros mismos nos abre al amor de lo demás, una Iglesia que vive de la Eucaristía, necesariamente se vuelve misionera, en salida, misericordiosa y solidaria. :

 Un buen programa Eucarístico: celebrar,  adorar y compartir.

Después de la celebración llevaremos a Jesucristo en procesión por nuestras calles. Quiere ser una gran bendición pública  para nuestra ciudad. Cristo, es la gran bendición que necesita nuestra Patria.

Señor este es tu pueblo, lo fundó tu Madre, bajo la advocación tan querida de Nuestra Señora del Rosario.  Lo fundó para Ti, Señor. Una vez más te reconocemos como Señor de nuestra historia.

Te encomendamos a todo nuestro pueblo que peregrina en nuestra Arquidiócesis;

Ponemos ante sus ojos los sufrimientos de los enfermos, la soledad de los jóvenes, de los niños, de los niños por nacer; y  los ancianos.

¡Muestra a la Iglesia y a sus pastores, consagrados y laicos lo que Tú quieres en este tiempo sinodal!

¡Fortalece a nuestras familias, que se descubra nuevamente el tesoro y la belleza de la misma! Iglesia doméstica, santuario de vida y de amor.

¡Alienta a los que están sufriendo estrecheces económicas, incertidumbre en su trabajo y futuro!

Muestra tu amor hacia los pobres y enfermos, cuida a los jóvenes víctimas de las adicciones. Descúbreles el sentido maravilloso de la vida

¡Concédenos muchas y santas vocaciones, que hagan esto en memoria tuya! ¡Mira a la humanidad que sufre, que se siente insegura entre tantos interrogantes; mira el hambre físico y psíquico que la atormenta pero sobre todo el hambre de Dios. ¡Da a los hombres pan para el cuerpo y para el alma! ¡Dales trabajo, dales luz, dales Tú mismo! ¡Une a tu Iglesia, une a la humanidad sufriente!  ¡Danos tu paz!

¡Señor guía los caminos de nuestra historia!

Nadie como María, Mujer Eucarística puede educarnos en la fe, para vivir este Gran Misterios. Que nos ayude a acoger siempre con asombro y gratitud el gran regalo que nos ha hecho su Hijo.

Gracias Señor Jesús. Quédate con nosotros porque anochece.

Monseñor Puiggari celebra sus 25 años de ordenación episcopal en la Catedral de Paraná

El lunes 8 de Mayo se celebró en la Catedral Metropolitana la Santa Misa en Acción de Gracias por los 25 años de Consagración Episcopal de Monseñor Juan Alberto Puiggari, con la presencia Mons. Eduardo Martin, Arzobispo de Rosario; Mons. Sergio Fenoi, Arzobispo de Santa Fe; Mons. Luis Collazuol, Obispo de Concordia; Héctor Zordán, Obispo de Gualeguaychú; Pedro Torres, Obispo de Rafaela, Mons. Gustavo Help, Obispo emérito de Venado Tuerto, como así también autoridades civiles, militares, fuerzas vivas, vecinos.

En su homilía, Monseñor Juan Alberto Puiggari destacó la figura de la Virgen de Luján, Patrona de Argentina, y su vocación de Madre.

“En la Virgen de Luján vemos claramente su vocación de Madre, la que Jesús le dio en la Cruz, cuando una humilde imagen de la Virgen quiso quedarse en nuestra pampa, para decirnos a los argentinos: ‘Aquí estoy, soy su Madre’”, afirmó monseñor Puiggari.

En este sentido, el arzobispo remarcó que, frente a la imagen de la Virgen de Luján, se congregan miles de argentinos llevando sus tristezas, alegrías, proyectos e ilusiones, y sobre todo el agradecimiento tan propio de nuestro pueblo noble.

Asimismo, monseñor Puiggari agradeció y alabó a la Trinidad Santísima por su obra creadora, redentora, santificadora y de prenda de Vida eterna, y celebró la fidelidad del Señor que lo ha cuidado y sostenido durante estos años.

“Por gracia de Dios, soy lo que soy. No elegí el camino, Dios me llamó, me eligió sin ningún mérito de mi parte, por puro amor de predilección, me eligió débil para confundir a los fuertes, para que en todo se manifieste su poder. Me tomó de entre los hombres, para entregarme al servicio de mis hermanos, me hizo experimentar mis debilidades, para que fuera capaz de comparecerme de las debilidades de los hombres”, expresó el arzobispo.

En este sentido, monseñor Puiggari recordó que el episcopado es oficio de amor, como lo enseña San Agustín, y que fue llamado para colaborar en la glorificación del Padre y en la salvación de los hombres. “Este servicio no es fácil, como recordaba el profeta Jeremías: ‘Antes de haberte formado en el seno materno te conocía, y antes que nacieses te tenía consagrado, Yo, Profeta de las naciones te constituí’. Por eso, me siento necesitado de exclamar con San Pablo: ‘Por gracia de Dios, soy lo que soy’”, afirmó el arzobispo.

Finalmente, monseñor Puiggari destacó que el mundo actual espera de los sacerdotes y obispos que les muestren y entreguen al Dios que necesitan, al Cristo que salva, al Espíritu de Amor que da Vida. “Y este tiempo secularizado y desesperanzado, nos exige que seamos hombres de lo Absoluto, profetas de esperanza y signos del Reino escatológico”, concluyó el arzobispo.

Compartimos el texto completo de la homilía.

HOMILIA CON MOTIVO DE LAS BODAS DE PLATA EPISCOPALES

Solemnidad de Nuestra Señora de Luján

Catedral de Paraná, 8 de mayo de 2023

Queridos hermanos:

Estamos celebrando la Solemnidad de Nuestra Señora de Luján, Patrona de nuestra Patria, la Virgen gaucha, la del manto humedecido por el rocío de nuestra pampa y cubierto de abrojos, como señal de su caminar en medio de nuestro Pueblo peregrino.

En la Virgen de Luján vemos claramente su vocación de Madre,  la que Jesús le dio en la Cruz, cuando una humilde imagen de la Virgen quiso quedarse en nuestra pampa, para decirnos a los argentinos: “Aquí estoy, soy su Madre”. Frente a su imagen humilde y silenciosa, se congregan miles y miles de argentinos llevando sus tristezas y alegrías, proyectos e ilusiones, y sobre todo el agradecimiento tan propio de nuestro pueblo noble.

Frente a su imagen, hoy, tengo la necesidad  de alabar y agradecer a la Trinidad Santísima por su obra creadora,  redentora, santificadora y de prenda de  Vida eterna.

Doy gracias y alabo al Padre que tanto amó a los hombres que envió a su propio Hijo para la salvación del mundo.

 Y  de una manera especial, quiero agradecer y alabar  por los veinticinco años  de vida episcopal que me ha concedido. Celebro y quiero cantar la fidelidad del Señor que me ha cuidado y sostenido durante estos años. Elevo mi mirada agradecida y emocionada  a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Sólo desde Él comprendo algo del gran misterio del sacerdocio y del episcopado. 

El profeta Jeremías me recuerda: “Antes de haberte formado en el seno materno te conocía, y antes que nacieses te tenía consagrado, Yo, Profeta de las naciones te constituí”. (Jr. 1,15). Por eso en esta noche me siento necesitado de exclamar con San Pablo: “Por gracia de Dios, soy lo que soy”. No elegí el camino, Dios me llamó, me eligió sin ningún mérito de mi parte, por puro amor de predilección, me eligió débil para confundir a los fuertes, para que en todo se manifieste su poder. Me tomó de entre los hombres, para entregarme al servicio de mis hermanos, me hizo experimentar mis debilidades, para que fuera capaz de comparecerme de las debilidades de los hombres.

Me eligió por amor; me exigió una respuesta de amor. “Pedro me amas”…“apacienta mis ovejas”. Una vez más quiero recordar que no me es lícito apacentar el rebaño del Señor, si no lo hago por amor, como el de Jesús, hasta la entrega total, hasta dar la vida por las ovejas. El episcopado es oficio de amor como lo enseña San Agustín.

Y me llamó, para que configurado con Él,  fuera instrumento suyo, para colaborar en  la glorificación del Padre y en la salvación de los hombres. Como Él tengo que ser Maestro, Sacerdote y Pastor. Por Él, con Él y en Él tengo que actualizar cada día para los hombres de hoy, su Sacrificio de la Cruz.

Y nuestro mundo hambriento y sediento espera de nosotros, los sacerdotes, los obispos, que le mostremos y entreguemos al Dios que necesitan, al Cristo que salva, al Espíritu de Amor que da Vida. Y este tiempo secularizado y desesperanzado, nos exige que seamos hombres de lo Absoluto, profetas de esperanza y signos del Reino escatológico.  Esperanza que toma su fuerza en la certeza de la voluntad salvadora universal de Dios y de la presencia constante del Señor Jesús, el Emmanuel, siempre con nosotros hasta el fin del mundo.

Servidor de Cristo, servidor de los hombres, para eso he sido elegido. Este servicio no es fácil, (como recordaba el Venerable Cardenal Pironio), exige una permanente disponibilidad para contemplar, convertirnos y morir. Servir a los hombres es entenderlos, asumirlos, salvarlos, multiplicarles el pan, abrirles los misterios de la Palabra, comunicarles la Vida de Dios, que es  don del Espíritu.

Recordando todo esto, la acción de gracias se transforma también en un sincero pedido de perdón, a Dios, a la Iglesia, y a ustedes mis hermanos, porque no he sido  epifanía del rostro del Buen Pastor que ustedes se merecen; por mis debilidades y pecados, he obstaculizado la obra que Dios ha querido hacer, por mi intermedio, a favor de su Pueblo.

También necesito pedir a Dios y a ustedes para que me ayuden a vivir más a fondo la oblación eucarística que es lo central del obispo: donación total que se manifiesta y toma su fuerza de la Eucaristía. En el corazón sacerdotal tienen que resonar muy hondo las palabras de Jesús “Éste es mi Cuerpo entregado…ésta es mi Sangre derramada”. Que Dios me ayude para que éste sea mi programa hasta el final de mi vida.

Adoración, acción de gracias, pedido de perdón, súplicas son los sentimientos que hoy quiero tener en lo más profundo de mi corazón. Les pido que me acompañen a elevarlos a Dios…

Pero esta acción de gracias, no sería completa, si no lo hiciera, con los instrumentos que Dios ha puesto en mi camino.

Sería ciertamente muy largo hacerlo, porque me siento especialmente bendecido por Él, y peligroso de ser injusto por olvido, pero permítanme mencionar en pocas personas las grandes etapas de mi vida.        

A la Iglesia,  mi Madre, a ella le debo todo, a Ella quiero servir con fidelidad hasta mi último aliento.

A mis padres, les debo el don de la vida, el don de la fe, el apoyo permanente en mi vocación, y las grandes enseñanzas que se descubren con el tiempo y que fueron grabadas en mi alma con el cincel del ejemplo silencioso y testimonial. Me dieron  una familia en donde fue fácil vivir el Bautismo, fuente de todas las gracias.

Al siervo de Dios Padre Etcheverry Boneo, instrumento para escuchar el llamado de Dios, modelo ejemplar que me entusiasmó con metas grandes, me transmitió ese fuego irresistible del amor a Jesucristo, del celo por la Gloria del Padre y la entrega sin reservas por mis hermanos. También me dio una familia espiritual.           

A muchos sacerdotes, consagrados y laicos que Dios puso a lo largo de mi vida que han sido un ejemplo apoyo y estímulo. Sería muy largo enumerar.

Al Cardenal Karlic, que junto con Mons. Eichor y Mons. Cargnello por la imposición de sus manos me introdujeron en el Colegio Episcopal. En los primeros años como Obispo Auxiliar, cuánto agradecer, aprendiendo a serlo con la sabiduría del Cardenal.

Luego, mi primera experiencia de Pastor en la querida Diócesis de Mar del Plata. Llegaba a un lugar desconocido y en pocos días me hicieron sentir el calor, afecto y  entusiasmo para trabajar en comunión para el anuncio del Evangelio.

Luego el Señor me llamó para venir desde el “mar” hasta el “hermano de mar”, nuevamente a Paraná.

Gracias a todos los sacerdotes por su cooperación, por su trabajo y disponibilidad;  gracias a los diáconos, a los consagrados, a los seminaristas. A los agentes pastorales, a las instituciones y movimientos, a los colaboradores de la  Curia y a los laicos en general.  Una  vez más los invito a escuchar la suave y vigorosa voz del Maestro “duc in altum” y renovar nuestro compromiso para caminar juntos,  como comunidad evangelizadora, eucarística y misericordiosa, comprometidamente misionera y en salida hacia las periferias espirituales y existenciales, que ame con predilección a los pobres, a los que más sufren. Agradezco también a los sacerdotes de otras Diócesis que han querido acompañarme en este día.

Gracias,  por la mucha oración con la que me han acompañado y fortalecido en momentos difíciles y también por mi salud. No tengo duda que soy un milagro de la oración de ustedes.

Y por último, y no porque sea la menos importante, quiero contemplar con agradecimiento filial a Nuestra Madre Santísima, bajo la advocación de Nuestra Señora de Luján. Siempre he sentido fuertemente su protección; Ella es apoyo eficaz en mi camino personal, energía poderosa en el apostolado, consuelo en las dificultades, fortaleza en las pruebas. Hoy quiero renovarle mi pedido filial: “Haz que mi paso por esta Arquidiócesis sea nada más que para sembrar el amor a Dios y a Ti,  en todos aquellos con los que me encuentre”.

Quiero recordar con gratitud el pasado, vivir con pasión el presente para evangelizar, y abrirme con confianza al futuro, a Él le pertenece, es el Señor de la historia.

Como San Pablo quiero, fortalecido por esta acción de gracias y las oraciones de ustedes, “lanzarme hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios me llama desde lo alto, en Cristo Jesús”.

Que en esta Eucaristía suba hasta el Padre por Cristo en el Espíritu Santo, mi  agradecimiento por estos  veinticinco años de obispo, y mi súplica confiada por todas las necesidades de la iglesia, de nuestra Arquidiócesis  y de cada uno de ustedes.

                                                                                         + Mons. Juan Alberto Puiggari

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