Inscripción Abierta en el Fons Vitae

El Instituto Fons  Vitae,  Profesorado en Ciencias Sagradas -perteneciente al Arzobispado de Paraná-, informa que está abierta la inscripción para el ciclo 2021 para el profesorado. Se trata de una carrera de cuatro años que otorga un título con validez nacional.

Este profesorado tiene una amplia salida laboral como: Catequista, Profesor de Formación ética y Ciudadana, Profesor de Filosofía.

Informes:

Teléfono: (0343) / 154 – 723010
instfonsvitae@gmail.com
Buenos Aires 239.

 

Miércoles de Ceniza: Homilía del Papa Francisco

En sus palabras el Papa destacó que “la cuaresma es un viaje de regreso a Dios”. “Nuestro viaje de regreso a Dios es posible sólo porque antes se produjo su viaje de ida hacia nosotros. Al contrario no habría sido posible. Antes que nosotros fuéramos hacia Él, Él descendió hacia nosotros”.

 

A continuación, la homilía completa pronunciada por el Papa Francisco:

Iniciamos el camino de la cuaresma. Este se abre con las palabras del profeta Joel, que indican la dirección a seguir. Hay una invitación que nace del corazón de Dios, que con los brazos abiertos y los ojos llenos de nostalgia nos suplica: ‘Vuelvan a mí con todo corazón’ (Jl 2,12). Vuelvan a mí. La cuaresma es un viaje de regreso a Dios. Cuántas veces, ocupados o indiferentes, le hemos dicho: ‘Señor, volveré a Ti después… Espera. Hoy no puedo, pero mañana quizá empezaré a rezar y a hacer algo por los demás’. Y así un día tras otro ¿no? Ahora Dios llama a nuestro corazón. En la vida tendremos siempre cosas que hacer y excusas para dar, pero hermanos y hermanas, ahora es tiempo de regresar a Dios.

Vuelvan a mí, dice, con todo el corazón. La cuaresma es un viaje que implica toda nuestra vida, todo lo que somos. Es el tiempo para verificar las sendas que estamos recorriendo, para volver a encontrar el camino de regreso a casa, para redescubrir el vínculo fundamental con Dios, del que depende todo. La cuaresma no es una recolección de florecillas, es discernir hacia dónde está orientado el corazón. Este es el centro de la cuaresma: hacia dónde está orientado mi corazón.

Preguntémonos: ¿Hacia dónde me lleva el navegador de mi vida, hacia Dios o hacia mi yo? ¿Vivo para agradar al Señor, o para ser visto, alabado, preferido, al primer lugar? ¿Tengo un corazón ‘bailarín’, que da un paso hacia adelante y uno hacia atrás, ama un poco al Señor y un poco al mundo, o un corazón firme en Dios? ¿Me siento a gusto con mis hipocresías, o lucho por liberar el corazón del doblez y la falsedad que lo encadenan?

El viaje de la cuaresma es un éxodo, es un éxodo de la esclavitud a la libertad. Son cuarenta días que recuerdan los cuarenta años en los que el pueblo de Dios viajó en el desierto para regresar a su tierra de origen. Pero, ¡qué difícil es dejar Egipto! Fue más difícil dejar el Egipto en el corazón del pueblo de Dios, que dejar el Egipto cuando el pueblo huyó. Aquel Egipto que llevaban siempre dentro. Es muy difícil dejar el Egipto.

Siempre, durante el camino, estaba la tentación de añorar las cebollas, de volver atrás, de atarse a los recuerdos del pasado, a algún ídolo. También para nosotros es así: el viaje de regreso a Dios se dificulta por nuestros apegos malsanos, se frena por los lazos seductores de los vicios, de las falsas seguridades del dinero y del aparentar, del lamento victimista que paraliza. Para caminar es necesario desenmascarar estas ilusiones.

 

¿Cómo proceder entonces en el camino hacia Dios? Nos ayudan los viajes de regreso que nos relata la Palabra de Dios.

Miramos al hijo pródigo y comprendemos que también para nosotros es tiempo de volver al Padre. Como ese hijo, también nosotros hemos olvidado el perfume de casa, hemos despilfarrado bienes preciosos por cosas insignificantes y nos hemos quedado con las manos vacías y el corazón infeliz. Hemos caído: somos hijos que caen continuamente, somos como niños pequeños que intentan caminar y caen al suelo, y siempre necesitan que su papá los vuelva a levantar. Es el perdón del Padre que vuelve a ponernos en pie: el perdón de Dios, la confesión, es el primer paso de nuestro viaje de regreso.

He dicho la confesión, recomiendo a los confesores: sean como el Padre, no con el látigo, sino con el abrazo.

Después necesitamos volver a Jesús, hacer como aquel leproso sanado que volvió a agradecerle. Diez fueron curados, pero sólo él fue también salvado, porque volvió a Jesús (cf. Lc 17,12-19). Todos, todos tenemos enfermedades espirituales, solos no podemos curarlas; todos tenemos vicios arraigados, solos no podemos extirparlos; todos tenemos miedos que nos paralizan, solos no podemos vencerlos. Necesitamos imitar a aquel leproso, que volvió a Jesús y se postró a sus pies. Necesitamos la curación de Jesús, es necesario presentarle nuestras heridas y decirle: “Jesús, estoy aquí ante Ti, con mi pecado, con mis miserias. Tú eres el médico, Tú puedes liberarme. Sana mi corazón, sana mi lepra”.

La Palabra de Dios nos pide volver al Padre, volver a Jesús. Además, estamos llamados a volver al Espíritu Santo. La ceniza sobre la cabeza nos recuerda que somos polvo y al polvo volveremos. Pero sobre este polvo nuestro Dios ha infundido su Espíritu de vida. Entonces, no podemos vivir persiguiendo el polvo, detrás de cosas que hoy están y mañana desaparecen. Volvamos al Espíritu, Dador de vida, volvamos al Fuego que hace resurgir nuestras cenizas. Aquel fuego que nos enseña a amar, seremos siempre polvo, pero como dice el himno litúrgico, polvo enamorado. Volvamos a rezar al Espíritu Santo, redescubramos el fuego de la alabanza, que hace arder las cenizas del lamento y la resignación.

Hermanos y hermanas: Nuestro viaje de regreso a Dios es posible sólo porque antes se produjo su viaje de ida hacia nosotros. Al contrario no habría sido posible. Antes que nosotros fuéramos hacia Él, Él descendió hacia nosotros. Nos ha precedido, ha venido a nuestro encuentro. Por nosotros descendió más abajo de cuanto podíamos imaginar: se hizo pecado, se hizo muerte. Es cuanto nos ha recordado san Pablo: ‘A quien no cometió pecado, Dios lo asemejó al pecado por nosotros’ (2 Co 5,21). Para no dejarnos solos y acompañarnos en el camino descendió hasta nuestro pecado y nuestra muerte.

Nuestro viaje, entonces, consiste en dejarnos tomar de la mano. El Padre que nos llama a volver es Aquel que sale de casa para venir a buscarnos; el Señor que nos cura es Aquel que se dejó herir en la cruz; el Espíritu que nos hace cambiar de vida es Aquel que sopla con fuerza y con dulzura sobre nuestro barro.

He aquí, entonces, la súplica del Apóstol: ‘Déjense reconciliar con Dios’ (v. 20). Déjense reconciliar: el camino no se basa en nuestras fuerzas. Ninguno se puede reconciliar con Dios con sus propias fuerzas. La conversión del corazón, con los gestos y las obras que la expresan, sólo es posible si parte del primado de la acción de Dios. Lo que nos hace volver a Él no es presumir de nuestras capacidades y nuestros méritos, sino acoger su gracia. La salvación es solo gracia, solo gratuidad. Jesús nos lo ha dicho claramente en el Evangelio: lo que nos hace justos no es la justicia que practicamos ante los hombres, sino la relación sincera con el Padre. El comienzo del regreso a Dios es reconocernos necesitados de Él, necesitados de misericordia, necesitados de su gracia. Este es el camino justo, el camino de la humildad. ¿yo me siento necesitado o me siento suficiente?

Hoy bajamos la cabeza para recibir las cenizas. Cuando acabe la cuaresma nos inclinaremos aún más para lavar los pies de los hermanos. La cuaresma es un abajamiento humilde en nuestro interior y hacia los demás. Es entender que la salvación no es una escalada hacia la gloria, sino un abajamiento por amor. Es hacerse pequeños. En este camino, para no perder la dirección, pongámonos ante la cruz de Jesús: es la cátedra silenciosa de Dios. Miremos cada día sus llagas, llagas que ha llevado al cielo y las hace ver al Padre cada día en su oración de intercesión. Miremos sus llagas. En esos agujeros reconocemos nuestro vacío, nuestras faltas, las heridas del pecado, los golpes que nos han hecho daño. Sin embargo, precisamente allí vemos que Dios no nos señala con el dedo, sino que abre los brazos de par en par. Sus llagas están abiertas por nosotros y en esas heridas hemos sido sanados (cf. 1 P 2,24; Is 53,5). Besémoslas y entenderemos que justamente ahí, en los vacíos más dolorosos de la vida, Dios nos espera con su misericordia infinita. Porque allí, donde somos más vulnerables, donde más nos avergonzamos, Él viene a nuestro encuentro. Y ahora nos invita a regresar a Él, para volver a encontrar la alegría de ser amados”.

Toma de posesión de nuevos Párrocos y Administrador  

 

En los próximos días tendrán lugar en la Arquidiócesis las siguientes toma de posesión de los nuevos Párrocos y Administrador

Sábado 27 de febrero,  a las 19.30: Padre Leandro Maggioni – Párroco de la San Agustín.

Domingo 28 de febrero, a las 20: Padre Sergio Hayy, Parroco de Santa Rafaela María

Sábado 6 de marzo, a las 20: Padre Julio Cabrera Floreán, Administrador de la Parroquia San Roque.

Domingo 7 de marzo a las 20: Padre Jorge Fontana, Párroco de Nuestra Señora de Luján.

Mensaje del Papa para la Cuaresma de 2021

“Miren, estamos subiendo a Jerusalén… (Mt 20,18).  Cuaresma: un tiempo para renovar la fe, la esperanza y la caridad”.

 

A continuación compartimos el texto completo del mensaje de Francisco para esta Cuaresma. “En este tiempo de conversión renovemos nuestra fe, saciemos nuestra sed con el “agua viva” de la esperanza y recibamos con el corazón abierto el amor de Dios que nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo”, expresó el Santo Padre.

 

 

“Queridos hermanos y hermanas:

Cuando Jesús anuncia a sus discípulos su pasión, muerte y resurrección, para cumplir con la voluntad del Padre, les revela el sentido profundo de su misión y los exhorta a asociarse a ella, para la salvación del mundo.

Recorriendo el camino cuaresmal, que nos conducirá a las celebraciones pascuales, recordemos a Aquel que “se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2,8). En este tiempo de conversión renovemos nuestra fe, saciemos nuestra sed con el “agua viva” de la esperanza y recibamos con el corazón abierto el amor de Dios que nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo. En la noche de Pascua renovaremos las promesas de nuestro Bautismo, para renacer como hombres y mujeres nuevos, gracias a la obra del Espíritu Santo. Sin embargo, el itinerario de la Cuaresma, al igual que todo el camino cristiano, ya está bajo la luz de la Resurrección, que anima los sentimientos, las actitudes y las decisiones de quien desea seguir a Cristo.

El ayuno, la oración y la limosna, tal como los presenta Jesús en su predicación (cf. Mt 6,1-18), son las condiciones y la expresión de nuestra conversión. La vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una caridad operante.

 

  1. La fe nos llama a acoger la Verdad y a ser testigos, ante Dios y ante nuestros hermanos y hermanas.

En este tiempo de Cuaresma, acoger y vivir la Verdad que se manifestó en Cristo significa ante todo dejarse alcanzar por la Palabra de Dios, que la Iglesia nos transmite de generación en generación. Esta Verdad no es una construcción del intelecto, destinada a pocas mentes elegidas, superiores o ilustres, sino que es un mensaje que recibimos y podemos comprender gracias a la inteligencia del corazón, abierto a la grandeza de Dios que nos ama antes de que nosotros mismos seamos conscientes de ello. Esta Verdad es Cristo mismo que, asumiendo plenamente nuestra humanidad, se hizo Camino -exigente pero abierto a todos- que lleva a la plenitud de la Vida.

El ayuno vivido como experiencia de privación, para quienes lo viven con sencillez de corazón lleva a descubrir de nuevo el don de Dios y a comprender nuestra realidad de criaturas que, a su imagen y semejanza, encuentran en Él su cumplimiento. Haciendo la experiencia de una pobreza aceptada, quien ayuna se hace pobre con los pobres y “acumula” la riqueza del amor recibido y compartido. Así entendido y puesto en práctica, el ayuno contribuye a amar a Dios y al prójimo en cuanto, como nos enseña Santo Tomás de Aquino, el amor es un movimiento que centra la atención en el otro considerándolo como uno consigo mismo (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 93).

La Cuaresma es un tiempo para creer, es decir, para recibir a Dios en nuestra vida y permitirle “poner su morada” en nosotros (cf. Jn 14,23). Ayunar significa liberar nuestra existencia de todo lo que estorba, incluso de la saturación de informaciones -verdaderas o falsas- y productos de consumo, para abrir las puertas de nuestro corazón a Aquel que viene a nosotros pobre de todo, pero “lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14): el Hijo de Dios Salvador.

 

  1. La esperanza como “agua viva” que nos permite continuar nuestro camino.

La samaritana, a quien Jesús pide que le dé de beber junto al pozo, no comprende cuando Él le dice que podría ofrecerle un “agua viva” (Jn 4,10). Al principio, naturalmente, ella piensa en el agua material, mientras que Jesús se refiere al Espíritu Santo, aquel que Él dará en abundancia en el Misterio pascual y que infunde en nosotros la esperanza que no defrauda. Al anunciar su pasión y muerte Jesús ya anuncia la esperanza, cuando dice: “Y al tercer día resucitará” (Mt 20,19). Jesús nos habla del futuro que la misericordia del Padre ha abierto de par en par. Esperar con Él y gracias a Él quiere decir creer que la historia no termina con nuestros errores, nuestras violencias e injusticias, ni con el pecado que crucifica al Amor. Significa saciarnos del perdón del Padre en su Corazón abierto.

En el actual contexto de preocupación en el que vivimos y en el que todo parece frágil e incierto, hablar de esperanza podría parecer una provocación. El tiempo de Cuaresma está hecho para esperar, para volver a dirigir la mirada a la paciencia de Dios, que sigue cuidando de su Creación, mientras que nosotros a menudo la maltratamos (cf. Carta enc. Laudato si’, 32-33;43-44). Es esperanza en la reconciliación, a la que san Pablo nos exhorta con pasión: “Les pedimos que se reconcilien con Dios” (2 Co 5,20). Al recibir el perdón, en el Sacramento que está en el corazón de nuestro proceso de conversión, también nosotros nos convertimos en difusores del perdón: al haberlo acogido nosotros, podemos ofrecerlo, siendo capaces de vivir un diálogo atento y adoptando un comportamiento que conforte a quien se encuentra herido. El perdón de Dios, también mediante nuestras palabras y gestos, permite vivir una Pascua de fraternidad.

En la Cuaresma, estemos más atentos a “decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan”, en lugar de “palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian” (Carta enc. Fratelli tutti [FT], 223). A veces, para dar esperanza, es suficiente con ser “una persona amable, que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en medio de tanta indiferencia” (ibíd., 224).

En el recogimiento y el silencio de la oración, se nos da la esperanza como inspiración y luz interior, que ilumina los desafíos y las decisiones de nuestra misión: por esto es fundamental recogerse en oración (cf. Mt 6,6) y encontrar, en la intimidad, al Padre de la ternura.

Vivir una Cuaresma con esperanza significa sentir que, en Jesucristo, somos testigos del tiempo nuevo, en el que Dios “hace nuevas todas las cosas” (cf. Ap 21,1- 6). Significa recibir la esperanza de Cristo que entrega su vida en la cruz y que Dios resucita al tercer día, “dispuestos siempre para dar explicación a todo el que nos pida una razón de nuestra esperanza” (cf. 1 P 3,15).

 

  1. La caridad, vivida tras las huellas de Cristo, mostrando atención y compasión por cada persona, es la expresión más alta de nuestra fe y nuestra esperanza.

La caridad se alegra de ver que el otro crece. Por este motivo, sufre cuando el otro está angustiado: solo, enfermo, sin hogar, despreciado, en situación de necesidad… La caridad es el impulso del corazón que nos hace salir de nosotros mismos y que suscita el vínculo de la cooperación y de la comunión.

“A partir del ‘amor social’ es posible avanzar hacia una civilización del amor a la que todos podamos sentirnos convocados. La caridad, con su dinamismo universal, puede construir un mundo nuevo, porque no es un sentimiento estéril, sino la mejor manera de lograr caminos eficaces de desarrollo para todos” (FT, 183).

La caridad es don que da sentido a nuestra vida y gracias a este consideramos a quien se ve privado de lo necesario como un miembro de nuestra familia, amigo, hermano. Lo poco que tenemos, si lo compartimos con amor, no se acaba nunca, sino que se transforma en una reserva de vida y de felicidad. Así sucedió con la harina y el aceite de la viuda de Sarepta, que dio el pan al profeta Elías (cf. 1 R 17,7-16); y con los panes que Jesús bendijo, partió y dio a los discípulos para que los distribuyeran entre la gente (cf. Mc 6,30-44). Así sucede con nuestra limosna, ya sea grande o pequeña, si la damos con gozo y sencillez.

Vivir una Cuaresma de caridad quiere decir cuidar a quienes se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia a causa de la pandemia de COVID- 19. En un contexto tan incierto sobre el futuro, recordemos la palabra que Dios dirige a su Siervo: “No temas, que te he redimido” (Is 43,1), ofrezcamos con nuestra caridad una palabra de confianza, para que el otro sienta que Dios lo ama como a un hijo.

“Solo con una mirada cuyo horizonte esté transformado por la caridad, que le lleva a percibir la dignidad del otro, los pobres son descubiertos y valorados en su inmensa dignidad, respetados en su estilo propio y en su cultura y, por lo tanto, verdaderamente integrados en la sociedad” (FT, 187).

Queridos hermanos y hermanas: Cada etapa de la vida es un tiempo para creer, esperar y amar. Este llamado a vivir la Cuaresma como camino de conversión y oración, y para compartir nuestros bienes, nos ayuda a reconsiderar, en nuestra memoria comunitaria y personal, la fe que viene de Cristo vivo, la esperanza animada por el soplo del Espíritu y el amor, cuya fuente inagotable es el corazón misericordioso del Padre.

Que María, Madre del Salvador, fiel al pie de la cruz y en el corazón de la Iglesia, nos sostenga con su presencia solícita, y la bendición de Cristo resucitado nos acompañe en el camino hacia la luz pascual”.

 

Roma, San Juan de Letrán, 11 de noviembre de 2020, memoria de San Martín de Tours.

 

Francisco

Convivencia Anual de los Seminaristas

Del 9 al 20 de febrero se está desarrollando la Convivencia Anual de los Seminaristas de nuestra arquidiócesis.

La actividad –que tiene lugar en Calamuchita, Córdoba- está acompañada por nuestro arzobispo, Monseñor Juan Alberto Puiggari  y cuenta con la presencia de los formadores del Seminario.

Según se indicó los días miércoles 10 jueves 11 y viernes 12 fueron días de formación sobre en los que se trabajó sobre la Carta Encíclica Fratelli Tutti del Papa Francisco y con textos de la Catequesis del Santo Padre del año 2020 acerca del Cuidado de la Casa Común. En este sentido se trabajó desde una mirada sobre qué pueden hacer los seminaristas, como futuros sacerdotes. También hubo espacios para pensar sobre el 2020, sobre cómo se vivió un año tan particular.

Como tal la convivencia es un momento de la instancia formativa del candidato al sacerdocio, cuya finalidad es el fortalecimiento de los lazos humanos y fraternos con sus compañeros. Así como también, poder hacer una experiencia de fraternidad y comunidad.

Card. Karlic: 95 años de «pasión por la Verdad que es Jesucristo pascual»

En vísperas de su cumpleaños 95, el cardenal Karlic, el miembro de mayor edad del Episcopado argentino, dialogó con Aica y compartió sus recuerdos, los pilares de su ministerio y algunos consejos.

A punto de cumplir 95 años, el cardenal Estanislao Esteban Karlic, el obispo de mayor edad del Episcopado argentino, reside en el monasterio benedictino “Nuestra Señora del Paraná”, donde celebra la Eucaristía diaria para las religiosas del lugar.

Desde allí, y en diálogo con AICA, recordó la infancia en su pueblo natal (Oliva, en la provincia de Córdoba), el inicio de su vocación sacerdotal, fuertemente acompañado por la Acción Católica; y su camino en el Episcopado argentino, del que fue presidente durante dos períodos. El purpurado agradeció a los santos a cuya intercesión se encomendó en estos 95 años, y con la mirada en el camino recorrido, ofreció un consejo a los más jóvenes.

La infancia en Córdoba
El cardenal Karlic nació el 7 de febrero de 1926 en Oliva, provincia de Córdoba, “una población de inmigrantes trabajadores”, recordó. “Se vivía realmente del campo y con mucho entusiasmo por hacer bien las cosas. Nuestro nacimiento ahí nos marcaba con ese espíritu hermoso de la Argentina”, señaló.

“De mi infancia un recuerdo muy lindo es, no solamente de mi querida familia, sino también de la escuela primaria: el orden, la regularidad, la cercanía de las maestras, a quienes queríamos de verdad como madres nuestras (aunque eran muy jóvenes algunas). Yo recuerdo haber tenido una maestra recién recibida, era una jovencita, en ese tiempo se recibían con 17, 18 años. Eran excelentes maestras. Eso me marcó y me preparó para ingresar al secundario de Córdoba, el Colegio Nacional de Monserrat sin dificultades de ingreso. Teníamos examen de ingreso al secundario, y yo fui con la preparación hermosa de mi primaria, y no tuve ninguna dificultad”, valoró.

La importancia de la Acción Católica
Consultado sobre aquel primer llamado al sacerdocio, el padre Karlic no dudó en destacar “la gracia enorme que tuve de encontrarme en Córdoba con una Acción Católica excelente, con muy buenos asesores”.

“Me acuerdo muchísimo del asesor nuestro, el querido padre Reynoso, pero los otros también, de Buenos Aires, hacían que la Acción Católica fuera no solamente formadora de la vida espiritual, sino también animadora de nuestras vocaciones, para elegirlas realmente conforme a lo que Dios me iba pidiendo”.

“Y naturalmente que el testimonio que nos daban nuestros asesores, y el espíritu auténticamente cristiano que recibíamos en la Acción Católica, hacían que se despertaran las vocaciones, y ahí apareció la vocación mía, muy hermosamente acompañada por la Acción Católica, especialmente los asesores, pero también los compañeros, llevaba a una maduración muy profunda y muy gozosa”, sostuvo.

Los años en Roma
Su ordenación sacerdotal, recordó, fue a sus 28 años, en Roma. “Los obispos de entonces, querían que nosotros nos formáramos con un espíritu eclesial universal, y apenas podían, mandaban a estudiar a Roma a alguno de sus seminaristas”, relató. “Y como yo había terminado con esa edad, me mandaron a estudiar filosofía junto con monseñor Angelelli y el padre Bordagaray”.

“Ahí empezamos una formación estupenda, en una Roma muy activa, con la inspiración de Pio XII, en ese tiempo cuando llegamos nosotros. Fue muy hermoso ese tiempo, y eso nos llevó a ordenarnos”, continuó.

“Me ordené en el año 1954, allá en Roma, sin haber vuelto a la Argentina en siete años. Providencialmente estaba en Roma el entonces obispo de Paraná, monseñor Guillán, y él nos ordenó a nosotros. Fue delicada providencia de Dios, después hacerme obispo de Paraná”, reconoció.

La Eucaristía y la Verdad del Evangelio
Su vida y su ministerio estuvieron marcados por dos pilares fundamentales, que “realmente me llenan el alma”, aseguró: “La Eucaristía ha sido el centro y el principio de toda nuestra vida cristiana y pastoral. Y la Eucaristía diaria, que yo he querido celebrar permanentemente, también en este tiempo de dificultades”.

“El misterio de Cristo Pascual, muerte y resurrección, debe ser siempre -y lo quiero seguir teniendo-, fuente y culmen de toda nuestra vida cristiana y pastoral”, consideró.

Pero además de la Eucaristía, agradeció especialmente a Dios haber tenido la verdad del Evangelio, por haber enseñado Teología tantos años: en el seminario, en la Universidad Católica en Buenos aires, y siempre que ha podido. “La teología con su verdad me ha apasionado y sigue apasionándome para hacerme caminar día a día en la verdad de Dios y la verdad del hombre”, afirmó.

“La Eucaristía y la verdad de la Palabra de Dios estudiada, meditada, enseñada en las clases de teología, han sido ciertamente centro de mi vida cristiana”, sintetizó.

 

Los santos del camino
Un largo camino que no recorrió solo: El cardenal reconoce la presencia y la intercesión de los santos en su vida. En primer lugar, San Estanislao y San Esteban, los santos que le dieron su nombre. Pero además, mencionó a San Luis Gonzaga, que “en los tiempos de la Acción católica era un santo muy querido por toda la luz que su persona nos daba a los jóvenes”.

Últimamente, añadió, “por supuesto, por lo que es la teología para mi vida, Santo Tomás y San Agustín. Mire qué santos. Esa es la belleza de la Iglesia. La Iglesia habla con personas. Las palabras de la Iglesia son Jesucristo y los santos”.

Los grandes momentos
Consultado sobre un recuerdo, el más memorable, el padre Karlic admitió: “No me atrevería a sintetizarlo en uno solo. Para mí, los grandes momentos han sido los grandes momentos de la Iglesia, y mire qué lujo: El Concilio, Puebla, Medellín, Santo Domingo, los momentos nuestros del diálogo, en el año 2001, y el tiempo como presidente del Episcopado, nada menos”.

“Mire cómo el Señor me ha ido reclamando la vida entera. Y muy especialmente el llamado a la redacción del Catecismo, junto con una comisión estupenda”, enfatizó.

A quienes comienzan a andar: Pasión por la verdad
Finalmente, y apelando a su generosidad de padre, le pedimos un consejo para los jóvenes, en especial para quienes han respondido al llamado al sacerdocio.

“Siguiendo mucho lo que aprendí de esa persona extraordinaria que es el papa Benedicto XVI, que estaba al frente nuestro en la redacción del Catecismo, el consejo que le daría a los que quieren empezar: Por favor, tengan claridad en los principios de la vida espiritual, empezando por el misterio de Jesucristo”, recomendó.

“Que busquen la claridad en los principios y sean fieles a ellos, porque son determinantes. Pasión por la verdad. Sólo en la pasión del amor y en el gozo de la pasión del amor, se puede fundar a fondo la vida cristiana. Pasión por la verdad que es Jesucristo. Jesucristo, que ama hasta la muerte, no menos”, profundizó.

Sobre todo pensando en los seminaristas, pero pensando también en todos los jóvenes que tienen que empezar su vida responsable: Pasión por la verdad que Jesucristo pascual”, insistió, con una bendición final y un pedido especial en este nuevo año de vida que comienza a transitar: «Recen por mí».

El cardenal Karlic
Nació el 7 de febrero de 1926 en Oliva, provincia de Córdoba. Sus padres fueron Juan y Emilia. Su padre era constructor, idóneo, un maestro mayor de obra hecho en el oficio.

Estudió en el Seminario Mayor de Córdoba, y en la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma, donde obtuvo una licenciatura en Teología. Después de su ordenación sacerdotal, se desempeñó como superior de la sección de filosofía del Seminario Mayor de Córdoba.

El 6 de junio de 1977, fue nombrado obispo titular de Castrum por el Papa Pablo VI. Más tarde fue nombrado arzobispo coadjutor y administrador apostólico de Paraná el 19 de enero de 1983, para finalmente suceder en el puesto a su arzobispo, el 1º de abril de 1986. De 1986 a 1992, fue miembro de la Comisión para la redacción del nuevo Catecismo de la Iglesia Católica. Se desempeñó como Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina durante dos períodos consecutivos (1996-1999 y 1999-2002) antes de dimitir como arzobispo de Paraná el 29 de abril de 2003, después de siete años de pleno y comprometido servicio.

El Papa Benedicto XVI lo creó cardenal sacerdote de la Beata María Virgen Dolorosa, una plaza de Buenos Aires en el consistorio del 24 de noviembre de 2007.

 

AICA, 5/02/21

Novena y Fiesta Patronal Nuestra Señora de Lourdes

Cada día las actividades serán las siguientes:

07.00: Santo rosario

19.30: Santo rosario

20.00: Santa misa

21.00: Adoración al santísimo sacramento y confesiones (hasta las 22.00).

Según se informó, las actividades específicas de cada jornada serán:

Martes 2: bendición de las velas en la antigua capilla (calle reconquista) – procesión hacia la actual iglesia rezando el rosario.

Miércoles 3 (bendición de las gargantas “in genere”).

Jueves 4: misa por las vocaciones

Viernes 5: sepultura de hasta 4 difuntos (pueden participar aproximadamente  8 personas por cada difunto)

Sábado 6:

  1. 18.00. Misa especial con ancianos para la administración de la unción (con inscripción previa).
  2. 20.00. Misa. Bendición de placas en el Cinerario.  Medida de las placas: 3 por 8. Las placas deben ser llevadas del 1 al 5 a la secretaría de la Sede parroquial (Italia 370) de 9.00 a 11.00.

Domingo 7: misa. Bendición de los hogares (llaves de las casas).

Lunes 8: misa. Bendición de instrumentos de trabajo.

Martes 9 de febrero

Miércoles 10 de febrero: misa por agentes sanitarios.

En tanto, el jueves 11 de febrero, Día Patronal, no habrá misa en la sede parroquial. Y el cronograma previsto contempla lo siguiente:

7.00: Misa en la gruta

10.00: Misa para los enfermos (con bendición “in genere”). Bendición del agua y objetos piadosos

18.00: Misa por los difuntos sepultados en el cinerario.

20.00: Misa “solemne”. Bendición del agua y objetos piadosos.

Caravana con la imagen de la virgen: desde la capilla hasta la antigua capilla – desde ahí hasta la parroquia del Carmen y desde allí visitando la jurisdicción parroquial y pasando por nuestra señora de la piedad y el pro-santuario de Jesús misericordioso.

Este martes 2 comienza la Novena de la Parroquia Nuestra Señora de Lourdes que se extenderá hasta el miércoles 10.

Mensaje del Santo Padre Francisco para la Jornada Mundial de las Misiones

«No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4,20)

 

Queridos hermanos y hermanas:

Cuando experimentamos la fuerza del amor de Dios, cuando reconocemos su presencia de Padre en nuestra vida personal y comunitaria, no podemos dejar de anunciar y compartir lo que hemos visto y oído. La relación de Jesús con sus discípulos, su humanidad que se nos revela en el misterio de la encarnación, en su Evangelio y en su Pascua nos hacen ver hasta qué punto Dios ama nuestra humanidad y hace suyos nuestros gozos y sufrimientos, nuestros deseos y nuestras angustias (cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 22). Todo en Cristo nos recuerda que el mundo en el que vivimos y su necesidad de redención no le es ajena y nos convoca también a sentirnos parte activa de esta misión: «Salgan al cruce de los caminos e inviten a todos los que encuentren» (Mt 22,9). Nadie es ajeno, nadie puede sentirse extraño o lejano a este amor de compasión.

 

La experiencia de los apóstoles

La historia de la evangelización comienza con una búsqueda apasionada del Señor que llama y quiere entablar con cada persona, allí donde se encuentra, un diálogo de amistad (cf. Jn 15,12-17). Los apóstoles son los primeros en dar cuenta de eso, hasta recuerdan el día y la hora en que fueron encontrados: «Era alrededor de las cuatro de la tarde» (Jn 1,39). La amistad con el Señor, verlo curar a los enfermos, comer con los pecadores, alimentar a los hambrientos, acercarse a los excluidos, tocar a los impuros, identificarse con los necesitados, invitar a las bienaventuranzas, enseñar de una manera nueva y llena de autoridad, deja una huella imborrable, capaz de suscitar el asombro, y una alegría expansiva y gratuita que no se puede contener. Como decía el profeta Jeremías, esta experiencia es el fuego ardiente de su presencia activa en nuestro corazón que nos impulsa a la misión, aunque a veces comporte sacrificios e incomprensiones (cf. 20,7-9). El amor siempre está en movimiento y nos pone en movimiento para compartir el anuncio más hermoso y esperanzador: «Hemos encontrado al Mesías» (Jn 1,41).

Con Jesús hemos visto, oído y palpado que las cosas pueden ser diferentes. Él inauguró, ya para hoy, los tiempos por venir recordándonos una característica esencial de nuestro ser humanos, tantas veces olvidada: «Hemos sido hechos para la plenitud que sólo se alcanza en el amor» (Carta enc. Fratelli tutti, 68). Tiempos nuevos que suscitan una fe capaz de impulsar iniciativas y forjar comunidades a partir de hombres y mujeres que aprenden a hacerse cargo de la fragilidad propia y la de los demás, promoviendo la fraternidad y la amistad social (cf. ibíd., 67). La comunidad eclesial muestra su belleza cada vez que recuerda con gratitud que el Señor nos amó primero (cf. 1 Jn 4,19). Esa «predilección amorosa del Señor nos sorprende, y el asombro —por su propia naturaleza— no podemos poseerlo por nosotros mismos ni imponerlo. […] Sólo así puede florecer el milagro de la gratuidad, el don gratuito de sí. Tampoco el fervor misionero puede obtenerse como consecuencia de un razonamiento o de un cálculo. Ponerse en “estado de misión” es un efecto del agradecimiento» (Mensaje a las Obras Misionales Pontificias, 21 mayo 2020).

Sin embargo, los tiempos no eran fáciles; los primeros cristianos comenzaron su vida de fe en un ambiente hostil y complicado. Historias de postergaciones y encierros se cruzaban con resistencias internas y externas que parecían contradecir y hasta negar lo que habían visto y oído; pero eso, lejos de ser una dificultad u obstáculo que los llevara a replegarse o ensimismarse, los impulsó a transformar todos los inconvenientes, contradicciones y dificultades en una oportunidad para la misión. Los límites e impedimentos se volvieron también un lugar privilegiado para ungir todo y a todos con el Espíritu del Señor. Nada ni nadie podía quedar ajeno a ese anuncio liberador.

Tenemos el testimonio vivo de todo esto en los Hechos de los Apóstoles, libro de cabecera de los discípulos misioneros. Es el libro que recoge cómo el perfume del Evangelio fue calando a su paso y suscitando la alegría que sólo el Espíritu nos puede regalar. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos enseña a vivir las pruebas abrazándonos a Cristo, para madurar la «convicción de que Dios puede actuar en cualquier circunstancia, también en medio de aparentes fracasos» y la certeza de que «quien se ofrece y entrega a Dios por amor seguramente será fecundo» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 279).

Así también nosotros: tampoco es fácil el momento actual de nuestra historia. La situación de la pandemia evidenció y amplificó el dolor, la soledad, la pobreza y las injusticias que ya tantos padecían y puso al descubierto nuestras falsas seguridades y las fragmentaciones y polarizaciones que silenciosamente nos laceran. Los más frágiles y vulnerables experimentaron aún más su vulnerabilidad y fragilidad. Hemos experimentado el desánimo, el desencanto, el cansancio, y hasta la amargura conformista y desesperanzadora pudo apoderarse de nuestras miradas. Pero nosotros «no nos anunciamos a nosotros mismos, sino a Jesús como Cristo y Señor, pues no somos más que servidores de ustedes por causa de Jesús» (2 Co 4,5). Por eso sentimos resonar en nuestras comunidades y hogares la Palabra de vida que se hace eco en nuestros corazones y nos dice: «No está aquí: ¡ha resucitado!» (Lc 24,6); Palabra de esperanza que rompe todo determinismo y, para aquellos que se dejan tocar, regala la libertad y la audacia necesarias para ponerse de pie y buscar creativamente todas las maneras posibles de vivir la compasión, ese “sacramental” de la cercanía de Dios con nosotros que no abandona a nadie al borde del camino. En este tiempo de pandemia, ante la tentación de enmascarar y justificar la indiferencia y la apatía en nombre del sano distanciamiento social, urge la misión de la compasión capaz de hacer de la necesaria distancia un lugar de encuentro, de cuidado y de promoción. «Lo que hemos visto y oído» (Hch 4,20), la misericordia con la que hemos sido tratados, se transforma en el punto de referencia y de credibilidad que nos permite recuperar la pasión compartida por crear «una comunidad de pertenencia y solidaridad, a la cual destinar tiempo, esfuerzo y bienes» (Carta enc. Fratelli tutti, 36). Es su Palabra la que cotidianamente nos redime y nos salva de las excusas que llevan a encerrarnos en el más vil de los escepticismos: “todo da igual, nada va a cambiar”. Y frente a la pregunta: “¿para qué me voy a privar de mis seguridades, comodidades y placeres si no voy a ver ningún resultado importante?”, la respuesta permanece siempre la misma: «Jesucristo ha triunfado sobre el pecado y la muerte y está lleno de poder. Jesucristo verdaderamente vive» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 275) y nos quiere también vivos, fraternos y capaces de hospedar y compartir esta esperanza. En el contexto actual urgen misioneros de esperanza que, ungidos por el Señor, sean capaces de recordar proféticamente que nadie se salva por sí solo.

Al igual que los apóstoles y los primeros cristianos, también nosotros decimos con todas nuestras fuerzas: «No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4,20). Todo lo que hemos recibido, todo lo que el Señor nos ha ido concediendo, nos lo ha regalado para que lo pongamos en juego y se lo regalemos gratuitamente a los demás. Como los apóstoles que han visto, oído y tocado la salvación de Jesús (cf. 1 Jn 1,1-4), así nosotros hoy podemos palpar la carne sufriente y gloriosa de Cristo en la historia de cada día y animarnos a compartir con todos un destino de esperanza, esa nota indiscutible que nace de sabernos acompañados por el Señor. Los cristianos no podemos reservar al Señor para nosotros mismos: la misión evangelizadora de la Iglesia expresa su implicación total y pública en la transformación del mundo y en la custodia de la creación.

 

Una invitación a cada uno de nosotros

El lema de la Jornada Mundial de las Misiones de este año, «No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4,20), es una invitación a cada uno de nosotros a “hacernos cargo” y dar a conocer aquello que tenemos en el corazón. Esta misión es y ha sido siempre la identidad de la Iglesia: «Ella existe para evangelizar» (S. Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 14). Nuestra vida de fe se debilita, pierde profecía y capacidad de asombro y gratitud en el aislamiento personal o encerrándose en pequeños grupos; por su propia dinámica exige una creciente apertura capaz de llegar y abrazar a todos. Los primeros cristianos, lejos de ser seducidos para recluirse en una élite, fueron atraídos por el Señor y por la vida nueva que ofrecía para ir entre las gentes y testimoniar lo que habían visto y oído: el Reino de Dios está cerca. Lo hicieron con la generosidad, la gratitud y la nobleza propias de aquellos que siembran sabiendo que otros comerán el fruto de su entrega y sacrificio. Por eso me gusta pensar que «aún los más débiles, limitados y heridos pueden ser misioneros a su manera, porque siempre hay que permitir que el bien se comunique, aunque conviva con muchas fragilidades» (Exhort. ap. postsin. Christus vivit, 239).

En la Jornada Mundial de las Misiones, que se celebra cada año el penúltimo domingo de octubre, recordamos agradecidamente a todas esas personas que, con su testimonio de vida, nos ayudan a renovar nuestro compromiso bautismal de ser apóstoles generosos y alegres del Evangelio. Recordamos especialmente a quienes fueron capaces de ponerse en camino, dejar su tierra y sus hogares para que el Evangelio pueda alcanzar sin demoras y sin miedos esos rincones de pueblos y ciudades donde tantas vidas se encuentran sedientas de bendición.

Contemplar su testimonio misionero nos anima a ser valientes y a pedir con insistencia «al dueño que envíe trabajadores para su cosecha» (Lc 10,2), porque somos conscientes de que la vocación a la misión no es algo del pasado o un recuerdo romántico de otros tiempos. Hoy, Jesús necesita corazones que sean capaces de vivir su vocación como una verdadera historia de amor, que les haga salir a las periferias del mundo y convertirse en mensajeros e instrumentos de compasión. Y es un llamado que Él nos hace a todos, aunque no de la misma manera. Recordemos que hay periferias que están cerca de nosotros, en el centro de una ciudad, o en la propia familia. También hay un aspecto de la apertura universal del amor que no es geográfico sino existencial. Siempre, pero especialmente en estos tiempos de pandemia es importante ampliar la capacidad cotidiana de ensanchar nuestros círculos, de llegar a aquellos que espontáneamente no los sentiríamos parte de “mi mundo de intereses”, aunque estén cerca nuestro (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 97). Vivir la misión es aventurarse a desarrollar los mismos sentimientos de Cristo Jesús y creer con Él que quien está a mi lado es también mi hermano y mi hermana. Que su amor de compasión despierte también nuestro corazón y nos vuelva a todos discípulos misioneros.

Que María, la primera discípula misionera, haga crecer en todos los bautizados el deseo de ser sal y luz en nuestras tierras (cf. Mt 5,13-14).

Roma, San Juan de Letrán, 6 de enero de 2021, Solemnidad de la Epifanía del Señor.

 

FRANCISCO

 

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Enlace directo:

(http://www.vatican.va/content/francesco/es/messages/missions/documents/papa-francesco_20210106_giornata-missionaria2021.html)

Postergan la Ceremonia de Beatificación de Esquiú

 

ANTE LA SITUACIÓN SANITARIA POR EL COVID-19

 

El Obispo Diocesano de Catamarca, Mons. Luis Urbanč, y la Comisión Central organizadora de la Ceremonia de Beatificación de Fray Mamerto Esquiú comunican que dicho evento eclesial, previsto para el 13 de marzo de este año, fue postergado para fecha a definir, atendiendo a la situación sanitaria por el Covid-19.

Tal decisión fue tomada en diálogo y comunión con la Congregación para las Causas de los Santos en Roma; el Nuncio Apostólico en Argentina, Mons. Miroslaw Adamczyk; el Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA), Mons. Oscar Ojea; el Obispo Metropolitano, Mons. Mario Cargnello; y el Ministro de la Provincia Franciscana de la Asunción de la Santísima Virgen del Río de la Plata -Orden de los Frailes Menores-, Fray Emilio Luis Andrada.

Las autoridades eclesiásticas estimaron conveniente esperar un momento más propicio para que el Pueblo de Dios pueda participar de manera presencial -además de la modalidad virtual- de este acontecimiento histórico para nuestra Comunidad Diocesana, en unidad con la Iglesia que peregrina en Argentina y el mundo.

Asimismo, invitan a que elevemos juntos la Oración:

Padre bueno, de cuyo amor

procede toda gracia, que diste a

nuestro hermano franciscano

Mamerto Esquiú, tantos dones

especiales y lo hiciste pastor de tu

pueblo; por su vida de entrega en la

predicación, doctrina, ejemplo y

servicio a los más necesitados, te

suplicamos que completes tu obra,

glorificándolo con la corona de los

Santos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

#EsquiúBeato

#FrayMamertoEsquiú

#BeatificaciónEsquiú

Mensaje del Santo Padre Francisco para la xxix jornada mundial del enfermo

Uno solo es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos (Mt 23,8). La relación de confianza, fundamento del cuidado del enfermo.

Queridos hermanos y hermanas:

La celebración de la 29.a Jornada Mundial del Enfermo, que tendrá lugar el 11 de febrero de 2021, memoria de la Bienaventurada Virgen María de Lourdes, es un momento propicio para brindar una atención especial a las personas enfermas y a quienes cuidan de ellas, tanto en los lugares destinados a su asistencia como en el seno de las familias y las comunidades. Pienso, en particular, en quienes sufren en todo el mundo los efectos de la pandemia del coronavirus. A todos, especialmente a los más pobres y marginados, les expreso mi cercanía espiritual, al mismo tiempo que les aseguro la solicitud y el afecto de la Iglesia.

1. El tema de esta Jornada se inspira en el pasaje evangélico en el que Jesús critica la hipocresía de quienes dicen, pero no hacen (cf. Mt 23,1-12). Cuando la fe se limita a ejercicios verbales estériles, sin involucrarse en la historia y las necesidades del prójimo, la coherencia entre el credo profesado y la vida real se debilita. El riesgo es grave; por este motivo, Jesús usa expresiones fuertes, para advertirnos del peligro de caer en la idolatría de nosotros mismos, y afirma: «Uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos» (v. 8).

La crítica que Jesús dirige a quienes «dicen, pero no hacen» (v. 3) es beneficiosa, siempre y para todos, porque nadie es inmune al mal de la hipocresía, un mal muy grave, cuyo efecto es impedirnos florecer como hijos del único Padre, llamados a vivir una fraternidad universal. Ante la condición de necesidad de un hermano o una hermana, Jesús nos muestra un modelo de comportamiento totalmente opuesto a la hipocresía. Propone detenerse, escuchar, establecer una relación directa y personal con el otro, sentir empatía y conmoción por él o por ella, dejarse involucrar en su sufrimiento hasta llegar a hacerse cargo de él por medio del servicio (cf. Lc 10,30-35).

2. La experiencia de la enfermedad hace que sintamos nuestra propia vulnerabilidad y, al mismo tiempo, la necesidad innata del otro. Nuestra condición de criaturas se vuelve aún más nítida y experimentamos de modo evidente nuestra dependencia de Dios. Efectivamente, cuando estamos enfermos, la incertidumbre, el temor y a veces la consternación, se apoderan de la mente y del corazón; nos encontramos en una situación de impotencia, porque nuestra salud no depende de nuestras capacidades o de que nos “angustiemos” (cf. Mt 6,27).

La enfermedad impone una pregunta por el sentido, que en la fe se dirige a Dios; una pregunta que busca un nuevo significado y una nueva dirección para la existencia, y que a veces puede ser que no encuentre una respuesta inmediata. Nuestros mismos amigos y familiares no siempre pueden ayudarnos en esta búsqueda trabajosa. A este respecto, la figura bíblica de Job es emblemática. Su mujer y sus amigos no son capaces de acompañarlo en su desventura, es más, lo acusan aumentando en él la soledad y el desconcierto. Job cae en un estado de abandono e incomprensión. Pero precisamente por medio de esta extrema fragilidad, rechazando toda hipocresía y eligiendo el camino de la sinceridad con Dios y con los demás, hace llegar su grito insistente a Dios, que al final responde, abriéndole un nuevo horizonte. Le confirma que su sufrimiento no es una condena o un castigo, tampoco es un estado de lejanía de Dios o un signo de su indiferencia. Así, del corazón herido y sanado de Job, brota esa conmovida declaración al Señor, que resuena con energía: «Te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos» (42,5).

3. La enfermedad siempre tiene un rostro, incluso más de uno: tiene el rostro de cada enfermo y enferma, también de quienes se sienten ignorados, excluidos, víctimas de injusticias sociales que niegan sus derechos fundamentales (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 22). La pandemia actual ha sacado a la luz numerosas insuficiencias de los sistemas sanitarios y carencias en la atención de las personas enfermas. Los ancianos, los más débiles y vulnerables no siempre tienen garantizado el acceso a los tratamientos, y no siempre es de manera equitativa. Esto depende de las decisiones políticas, del modo de administrar los recursos y del compromiso de quienes ocupan cargos de responsabilidad. Invertir recursos en el cuidado y la atención a las personas enfermas es una prioridad vinculada a un principio: la salud es un bien común primario. Al mismo tiempo, la pandemia ha puesto también de relieve la entrega y la generosidad de agentes sanitarios, voluntarios, trabajadores y trabajadoras, sacerdotes, religiosos y religiosas que, con profesionalidad, abnegación, sentido de responsabilidad y amor al prójimo han ayudado, cuidado, consolado y servido a tantos enfermos y a sus familiares. Una multitud silenciosa de hombres y mujeres que han decidido mirar esos rostros, haciéndose cargo de las heridas de los pacientes, que sentían prójimos por el hecho de pertenecer a la misma familia humana. La cercanía, de hecho, es un bálsamo muy valioso, que brinda apoyo y consuelo a quien sufre en la enfermedad. Como cristianos, vivimos la projimidad como expresión del amor de Jesucristo, el buen Samaritano, que con compasión se ha hecho cercano a todo ser humano, herido por el pecado. Unidos a Él por la acción del Espíritu Santo, estamos llamados a ser misericordiosos como el Padre y a amar, en particular, a los hermanos enfermos, débiles y que sufren (cf. Jn 13,34-35).

Y vivimos esta cercanía, no sólo de manera personal, sino también de forma comunitaria: en efecto, el amor fraterno en Cristo genera una comunidad capaz de sanar, que no abandona a nadie, que incluye y acoge sobre todo a los más frágiles. A este respecto, deseo recordar la importancia de la solidaridad fraterna, que se expresa de modo concreto en el servicio y que puede asumir formas muy diferentes, todas orientadas a sostener al prójimo. «Servir significa cuidar a los frágiles de nuestras familias, de nuestra sociedad, de nuestro pueblo» (Homilía en La Habana, 20 septiembre 2015). En este compromiso cada uno es capaz de «dejar de lado sus búsquedas, afanes, deseos de omnipotencia ante la mirada concreta de los más frágiles. […] El servicio siempre mira el rostro del hermano, toca su carne, siente su projimidad y hasta en algunos casos la “padece” y busca la promoción del hermano. Por eso nunca el servicio es ideológico, ya que no se sirve a ideas, sino que se sirve a personas» (ibíd.).

4. Para que haya una buena terapia, es decisivo el aspecto relacional, mediante el que se puede adoptar un enfoque holístico hacia la persona enferma. Dar valor a este aspecto también ayuda a los médicos, los enfermeros, los profesionales y los voluntarios a hacerse cargo de aquellos que sufren para acompañarles en un camino de curación, gracias a una relación interpersonal de confianza (cf. Nueva Carta de los agentes sanitarios [2016], 4). Se trata, por lo tanto, de establecer un pacto entre los necesitados de cuidados y quienes los cuidan; un pacto basado en la confianza y el respeto mutuos, en la sinceridad, en la disponibilidad, para superar toda barrera defensiva, poner en el centro la dignidad del enfermo, tutelar la profesionalidad de los agentes sanitarios y mantener una buena relación con las familias de los pacientes.

Precisamente esta relación con la persona enferma encuentra una fuente inagotable de motivación y de fuerza en la caridad de Cristo, como demuestra el testimonio milenario de hombres y mujeres que se han santificado sirviendo a los enfermos. En efecto, del misterio de la muerte y resurrección de Cristo brota el amor que puede dar un sentido pleno tanto a la condición del paciente como a la de quien cuida de él. El Evangelio lo testimonia muchas veces, mostrando que las curaciones que hacía Jesús nunca son gestos mágicos, sino que siempre son fruto de un encuentro, de una relación interpersonal, en la que al don de Dios que ofrece Jesús le corresponde la fe de quien lo acoge, como resume la palabra que Jesús repite a menudo: “Tu fe te ha salvado”.

5. Queridos hermanos y hermanas: El mandamiento del amor, que Jesús dejó a sus discípulos, también encuentra una realización concreta en la relación con los enfermos. Una sociedad es tanto más humana cuanto más sabe cuidar a sus miembros frágiles y que más sufren, y sabe hacerlo con eficiencia animada por el amor fraterno. Caminemos hacia esta meta, procurando que nadie se quede solo, que nadie se sienta excluido ni abandonado. Le encomiendo a María, Madre de misericordia y Salud de los enfermos, todas las personas enfermas, los agentes sanitarios y quienes se prodigan al lado de los que sufren. Que Ella, desde la Gruta de Lourdes y desde los innumerables santuarios que se le han dedicado en todo el mundo, sostenga nuestra fe y nuestra esperanza, y nos ayude a cuidarnos unos a otros con amor fraterno. A todos y cada uno les imparto de corazón mi bendición.

Roma, San Juan de Letrán, 20 de diciembre de 2020, cuarto domingo de Adviento.

Francisco

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