Ante miles en la plaza de San Pedro el Papa enseña a reconocer los frutos eucarísticos

 

Ante miles en la plaza de San Pedro el Papa enseña a reconocer los frutos eucarí¬sticos

Segunda catequesis de Francisco sobre el sacramento de la Eucaristía. «Vamos a misa porque nos sentimos pecadores»

 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la última catequesis he puesto de relieve como la Eucaristía nos introduce en la comunión real con Jesús y su misterio. Ahora podemos hacernos algunas preguntas sobre la relación entre la Eucaristía que celebramos y nuestra vida, como Iglesia y como cristianos a nivel individual. Nos preguntamos: ¿cómo vivimos la Eucaristía? ¿Cómo vivimos la Misa, cuando vamos a Misa el domingo? ¿Es sólo un momento de fiesta, una tradición consolidada, una ocasión para encontrarse o para sentirse bien, o es algo más?

Hay señales muy concretas para comprender cómo vivimos todo esto. Cómo vivimos la Eucaristía. Señales que nos dicen si vivimos bien la Eucaristía o si no la vivimos tan bien. La primera pista es nuestra manera de ver y considerar a los otros. En la Eucaristía, Cristo siempre lleva a cabo nuevamente el don de sí mismo que ha realizado en la Cruz. Toda su vida es un acto de total entrega de sí mismo por amor; por eso Él amaba estar con sus discípulos y con las personas que tenía ocasión de conocer. Esto significaba para Él compartir sus deseos, sus problemas, lo que agitaba sus almas y sus vidas. Ahora, cuando participamos en la Santa Misa, nos encontramos con hombres y mujeres de todas las clases: jóvenes, ancianos, niños; pobres y acomodados; originarios del lugar y forasteros; acompañados por sus familiares y solos… Pero la Eucaristía que celebro, ¿me lleva a sentirlos a todos, realmente, como hermanos y hermanas? ¿Hace crecer en mí la capacidad de alegrarme con el que se alegra y de llorar con el que llora? ¿Me empuja a ir hacia los pobres, los enfermos, los marginados? ¿Me ayuda a reconocer en ellos el rostro de Jesús? Todos vamos a Misa porque amamos a Jesús y queremos compartir su pasión y su resurrección en la Eucaristía. Pero, ¿amamos como Jesús quiere que amemos a aquellos hermanos y hermanas más necesitados? Por ejemplo, en Roma, estos días hemos visto tantos problemas sociales: la lluvia que ha provocado tantos daños a barrios enteros; la falta de trabajo, provocada por esta crisis social en todo el mundo… Me pregunto y cada uno de nosotros preguntémonos: yo que voy a Misa, ¿cómo vivo esto? ¿Me preocupa ayudar? ¿Me acerco? ¿Rezo por ellos que tienen este problema? O soy un poco indiferente… O quizá me preocupo de charlar: ‘¿Pero has visto cómo estaba vestida aquella o cómo estaba vestido aquel?’ A veces se hace esto, ¿no? Después de Misa, ¿o no? ¡Se hace! ¿Eh? ¡Y eso no se tiene que hacer! Tenemos que preocuparnos por nuestros hermanos y hermanas que tienen una necesidad, una enfermedad, un problema… Pensemos, nos hará bien hoy, pensemos en estos hermanos y hermanas que tienen hoy problemas aquí en Roma. Problemas por culpa de la lluvia, por esta tragedia de la lluvia, y problemas sociales de trabajo. Pidamos a Jesús, a este Jesús que recibimos en la Eucaristía, que nos ayude a ayudarles.

Un segundo indicio, muy importante, es la gracia de sentirnos perdonados y dispuestos a perdonar. A veces alguno pregunta: ‘¿Para qué se debería ir a la iglesia, dado que el que participa habitualmente en la Santa Misa es pecador como los demás?’ ¿Cuántas veces hemos escuchado esto? En realidad, quien celebra la Eucaristía no lo hace porque se considera o quiere parecer mejor que los demás, sino precisamente porque se reconoce siempre necesitado de ser acogido y regenerado por la misericordia de Dios, hecha carne en Jesucristo. Si cada uno de nosotros no se siente necesitado de la misericordia de Dios, no se siente pecador, es mejor que no vaya a Misa, ¿eh? ¿Por qué? Nosotros vamos a Misa, porque somos pecadores y queremos recibir el perdón de Jesús. Participar de su redención, de su perdón. Ese ‘Yo confieso’ que decimos al principio no es un pro forma, ¡es un verdadero acto de penitencia! Soy pecador, me confieso. ¡Así empieza la Misa! No debemos nunca olvidar que la Ultima Cena de Jesús ha tenido lugar “en la noche en que iba a ser entregado” (1 Cor 11, 23). En ese pan y en ese vino que ofrecemos y en torno al cual nos reunimos se renueva cada vez el don del cuerpo y de la sangre de Cristo para la remisión de nuestros pecados. ¿Eh? Tenemos que ir a Misa humildemente, como pecadores. Y el Señor nos reconcilia.

Un último indicio precioso nos lo ofrece la relación entre la celebración eucarística y la vida de nuestras comunidades cristianas. Es necesario tener siempre presente que la Eucaristía no es algo que hacemos nosotros; no es una conmemoración nuestra de aquello que Jesús ha dicho e hecho. No. ¡Es precisamente una acción de Cristo! Es Cristo que actúa ahí, que está sobre el altar. Y Cristo es el Señor. Es un don de Cristo, el cual se hace presente y nos reúne en torno a sí, para nutrirnos de su Palabra y de su vida. Esto significa que la misión y la identidad misma de la Iglesia surgen de allí, de la Eucaristía, y allí toman siempre forma. Una celebración puede resultar también impecable desde el punto de vista exterior. ¡Bellísima! Pero si no nos conduce al encuentro con Jesucristo, corre el riesgo de no traer ningún alimento a nuestro corazón y a nuestra vida. A través de la Eucaristía, en cambio, Cristo quiere entrar en nuestra existencia y permearla de su gracia, para que en cada comunidad cristiana haya coherencia entre liturgia y vita. El corazón se llena de confianza y de esperanza pensando en las palabras de Jesús recogidas en el evangelio: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6, 54). Vivamos la Eucaristía con espíritu de fe, de oración, de perdón, de penitencia, de alegría comunitaria, de preocupación por los necesitados, y por las necesidades de tantos hermanos y hermanas, en la certeza de que el Señor realizará aquello que nos ha prometido: la vida eterna. ¡Así sea!

 

CONVIVENCIA DE LOS SEMINARISTAS DE LA ARQUIDÓCESIS

 

Desde el pasado viernes 7 de febrero, y por el transcurso de una semana, los seminaristas de la arquidócesis que se están formando para el ministerio presbiteral en el Seminario “Nuestra Señora del Cenáculo” están realizando su convivencia en San Esteban, Córdoba. Durante ese tiempo están siendo acompañando por el Arzobispo, monseñor Juan Alberto Puiggari.

Durante estas jornadas, que es un espacio de encuentro personal y comunitario, los seminaristas compartirán momentos de oración, de formación, y recreación; para luego dar inicio al tiempo fuerte de vida en el seminario.

Durante estas jornadas, que es un espacio de encuentro personal y comunitario, los seminaristas compartirán momentos de oración, de formación, y recreación; para luego dar inicio al tiempo fuerte de vida en el Seminario.

ORDENACIONES EN PARANÁ

 

El arzobispo anunció dos ordenaciones para el próximo 15 de marzo.

El Arzobispo presidirá la eucaristía el próximo 15 de marzo en la cual ordenará un diácono y un sacerdote para nuestra Iglesia arquidiocesana.

Recibirá el orden del presbiterado el diacono Emmanuel Tropini, quien hoy se encuentra ejerciendo el ministerio diaconal en la parroquia Inmaculada Concepción de Villaguay y el seminarista Julio Faes, quien hoy se encuentra ejerciendo tareas pastorales en la comunidad de nuestra Señora del Rosario en crespo, recibirá el orden del diaconado.

La celebración tendrá lugar en la Catedral Metropolitana, a las 10hs.

 

 

 

MENSAJE DEL SANTO PADRE PARA LA XXII JORNADA MUNDIAL DE LOS ENFERMOS

 

Con ocasión de la XXII Jornada Mundial de los Enfermos el Papa Francisco en su mensaje, cuyo lema es Fe y Caridad: También nosotros debemos dar la vida por los hermanos”, pide a Dios para que ayude a las personas enfermas a vivir su propio sufrimiento en comunión con Jesucristo, y sostenga a los que los cuidan. En Argentina esta jornada tiene lugar el 2º domingo de noviembre.

 

Compartimos el mensaje:

 

Queridos hermanos y hermanas:

1. Con ocasión de la XXII Jornada Mundial del Enfermo, que este año tiene como tema Fe y caridad: «También nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1 Jn 3,16), me dirijo particularmente a las personas enfermas y a todos los que les prestan asistencia y cuidado. Queridos enfermos, la Iglesia reconoce en vosotros una presencia especial de Cristo que sufre. En efecto, junto, o mejor aún, dentro de nuestro sufrimiento está el de Jesús, que lleva a nuestro lado el peso y revela su sentido. Cuando el Hijo de Dios fue crucificado, destruyó la soledad del sufrimiento e iluminó su oscuridad. De este modo, estamos frente al misterio del amor de Dios por nosotros, que nos infunde esperanza y valor: esperanza, porque en el plan de amor de Dios también la noche del dolor se abre a la luz pascual; y valor para hacer frente a toda adversidad en su compañía, unidos a él.

 

2. El Hijo de Dios hecho hombre no ha eliminado de la experiencia humana la enfermedad y el sufrimiento sino que, tomándolos sobre sí, los ha transformado y delimitado. Delimitado, porque ya no tienen la última palabra que, por el contrario, es la vida nueva en plenitud; transformado, porque en unión con Cristo, de experiencias negativas, pueden llegar a ser positivas. Jesús es el camino, y con su Espíritu podemos seguirle. Como el Padre ha entregado al Hijo por amor, y el Hijo se entregó por el mismo amor, también nosotros podemos amar a los demás como Dios nos ha amado, dando la vida por nuestros hermanos. La fe en el Dios bueno se convierte en bondad, la fe en Cristo Crucificado se convierte en fuerza para amar hasta el final y hasta a los enemigos. La prueba de la fe auténtica en Cristo es el don de sí, el difundirse del amor por el prójimo, especialmente por el que no lo merece, por el que sufre, por el que está marginado.

 

3. En virtud del Bautismo y de la Confirmación estamos llamados a configurarnos con Cristo, el Buen Samaritano de todos los que sufren. «En esto hemos conocido lo que es el amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1 Jn 3,16). Cuando nos acercamos con ternura a los que necesitan atención, llevamos la esperanza y la sonrisa de Dios en medio de las contradicciones del mundo. Cuando la entrega generosa hacia los demás se vuelve el estilo de nuestras acciones, damos espacio al Corazón de Cristo y el nuestro se inflama, ofreciendo así nuestra aportación a la llegada del Reino de Dios.

 

4. Para crecer en la ternura, en la caridad respetuosa y delicada, nosotros tenemos un modelo cristiano a quien dirigir con seguridad nuestra mirada. Es la Madre de Jesús y Madre nuestra, atenta a la voz de Dios y a las necesidades y dificultades de sus hijos. María, animada por la divina misericordia, que en ella se hace carne, se olvida de sí misma y se encamina rápidamente de Galilea a Judá para encontrar y ayudar a su prima Isabel; intercede ante su Hijo en las bodas de Caná cuando ve que falta el vino para la fiesta; a lo largo de su vida, lleva en su corazón las palabras del anciano Simeón anunciando que una espada atravesará su alma, y permanece con fortaleza a los pies de la cruz de Jesús. Ella sabe muy bien cómo se sigue este camino y por eso es la Madre de todos los enfermos y de todos los que sufren. Podemos recurrir confiados a ella con filial devoción, seguros de que nos asistirá, nos sostendrá y no nos abandonará. Es la Madre del crucificado resucitado: permanece al lado de nuestras cruces y nos acompaña en el camino hacia la resurrección y la vida plena.

 

5. San Juan, el discípulo que estaba con María a los pies de la Cruz, hace que nos remontemos a las fuentes de la fe y de la caridad, al corazón de Dios que «es amor» (1 Jn 4,8.16), y nos recuerda que no podemos amar a Dios si no amamos a los hermanos. El que está bajo la cruz con María, aprende a amar como Jesús. La Cruz es «la certeza del amor fiel de Dios por nosotros. Un amor tan grande que entra en nuestro pecado y lo perdona, entra en nuestro sufrimiento y nos da fuerza para sobrellevarlo, entra también en la muerte para vencerla y salvarnos… La Cruz de Cristo invita también a dejarnos contagiar por este amor, nos enseña así a mirar siempre al otro con misericordia y amor, sobre todo a quien sufre, a quien tiene necesidad de ayuda» (Via Crucis con los jóvenes, Río de Janeiro, 26 de julio de 2013).

Confío esta XXII Jornada Mundial del Enfermo a la intercesión de María, para que ayude a las personas enfermas a vivir su propio sufrimiento en comunión con Jesucristo, y sostenga a los que los cuidan. A todos, enfermos, agentes sanitarios y voluntarios, imparto de corazón la Bendición Apostólica.

 

Vaticano, 6 de diciembre de 2013

FRANCISCO

 

HACE UN AÑO, LA RENUNCIA DE BENEDICTO XVI

 

Se cumple un año del anuncio de la renuncia al Papado de S.S. Benedicto, renuncia que se efectivizó el 28 de mismo mes.

El 11 de febrero de 2013, daba la vuelta al mundo la noticia de la histórica renuncia del Papa Benedicto XVI, anunciada con profunda emoción por él mismo ese día, memoria de Nuestra Señora de Lourdes. Benedicto guió la Iglesia Universal durante casi ocho años como «simple y humilde trabajador de la viña del Señor», según se propuso el 19 de abril de 2005, cuando fue elegido Papa.

Tal día como hoy, al final del consistorio que había convocado para tres causas de canonización, Benedicto XVI anunció al colegio cardenalicio su renuncia al ministerio de Obispo de Roma, con sencillez y serena y filial entrega al Señor:

 

“Los he convocado a este Consistorio no sólo para las tres causas de canonización, sino también para comunicarles una decisión de gran importancia para la vida de la Iglesia. Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino.

Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también y en no menor grado sufriendo y rezando.

Sin embargo, en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado.

Por esto, siendo muy consciente de la seriedad de este acto, con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro, que me fue confiado por medio de los Cardenales el 19 de abril de 2005”.

 

El día de su elección como Papa, Benedicto XVI decía: «Me consuela el hecho de que el Señor sabe trabajar y actuar incluso con instrumentos insuficientes». Ya desde el primer momento, pues, el Papa Benedicto XVI mostró su humildad y sencillez encomendándose a las oraciones de los fieles y a la “alegría del Señor” para seguir adelante.

En la última, intensa audiencia general de su pontificado – el 27 de febrero de 2013 -, reiteró que «amar a la Iglesia significa también tener el valor de tomar decisiones difíciles, sufridas, teniendo siempre por delante el bien de la Iglesia y no de sí mismo».

Con grandes aplausos y mucha emoción, cientos de miles de fíeles y peregrinos acompañaron al Papa Ratzinger en esta última audiencia general; fue nuestro Santo Padre durante casi ocho años de luminoso magisterio con «momentos de alegría y luces, así como también ‘momentos difíciles’, pero siempre bajo la guía y protección de Dios». Sabiendo que la barca de la Iglesia es del Señor y que Él la conduce por medio de hombres.

 

Aquel día, Benedicto XVI dijo hablando en español:

 

«Doy gracias a Dios por sus dones, y también a tantas personas que, con generosidad y amor a la Iglesia, me han ayudado en estos años con espíritu de fe y humildad.

Agradezco a todos el respeto y la comprensión con la que han acogido esta decisión importante, que he tomado con plena libertad. Desde que asumí el ministerio petrino en el nombre del Señor he servido a su Iglesia con la certeza de que es Él quien me ha guiado.

Sé también que la barca de la Iglesia es suya, y que Él la conduce por medio de hombres. Mi corazón está colmado de gratitud porque nunca ha faltado a la Iglesia su luz. En este Año de la fe invito a todos a renovar la firme confianza en Dios, con la seguridad de que Él nos sostiene y nos ama, y así todos sientan la alegría de ser cristianos. (…) Os suplico que os acordéis de mí en vuestra oración (…) Muchas gracias. Que Dios os bendiga».

Benedicto XVI prosiguió su agradecimiento dirigiéndose a las numerosas personas de todo el mundo, que en especial en las últimas semanas le habían enviado muestras conmovedoras de atención, amistad y oración. «Sí, el Papa nunca está solo, ahora lo experimento de nuevo de una manera tan grande que toca el corazón».

«Me escriben como hermanos y hermanas, o como hijos e hijas, con sentimientos de vínculos familiares muy cariñosos. Aquí se puede tocar con mano lo que es la Iglesia – no es una organización, ni una asociación con fines religiosos o humanitarios, sino un cuerpo vivo, una comunidad de hermanos y hermanas en el Cuerpo de Jesucristo, que nos une a todos. Experimentar la Iglesia de esta manera es tener casi la capacidad de tocar con las manos el poder de su verdad y de su amor, es una fuente de alegría, en un momento en que muchos hablan de su declive».

Y cómo no recordar el primer saludo del Papa Bergoglio, al ser elegido como sucesor suyo, rezó e hizo que la abarrotada Plaza de San Pedro, sus alrededores y millones de personas en el mundo rezaran con él un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria al Padre por su amado predecesor:

«Hermanos y hermanas, buenas tardes.

Saben que el deber del cónclave era dar un Obispo a Roma. Parece que mis hermanos Cardenales han ido a buscarlo casi al fin del mundo… Pero aquí estamos. Les agradezco la acogida. La comunidad diocesana de Roma tiene a su Obispo. Gracias. Y ante todo, quisiera rezar por nuestro Obispo emérito, Benedicto XVI. Oremos todos juntos por él, para que el Señor lo bendiga y la Virgen lo proteja».

(De news.va en español)

(CdM – RV)

 

Cercanía y oración del Papa por las víctimas del incendio en Argentina

 

2014-02-06 Radio Vaticana

 

(RV).- Inmediatamente informado del desastre originado por un incendio en un almacén al sur de Buenos Aires que ha causado la muerte de nueve miembros de los equipos de emergencias y varios heridos graves, el Papa Francisco envió un mensaje de condolencia. En el mismo, dirigido al Arzobispo Metropolitano de Buenos Aires, el Obispo de Roma eleva su oración por el eterno descanso de estos servidores públicos, así como su invocación a Dios para que “otorgue consuelo y fortaleza a los afectados”, manifestando asimismo su deseo de hacer llegar a todos una palabra de esperanza.

Las muertes se produjeron al derrumbarse parte de la mampostería del edificio, situado en el barrio de Barracas, mientras los equipos de emergencia iniciaban las tareas para sofocar el incendio. El siniestro se declaró alrededor de las 09.00 hora local (12.00 GMT), en un edificio de construcción antigua que servía como depósito de documentos, cuya estructura colapsó a consecuencia del fuego ocasionando cuatro derrumbes que sepultaron a las víctimas. El almacén era operado por la multinacional estadounidense Iron Mountain, dedicada a la gestión de archivos, protección de datos y destrucción de información. ( RC-RV)

 

Mensaje del Papa Francisco

 

EXCMO. MONS. MARIO AURELIO POLI

 

ARZOBISPO METROPOLITANO DE BUENOS AIRESPROFUNDAMENTE APENADO AL CONOCER LA DOLOROSA NOTICIA DEL VORAZ INCENDIO PRODUCIDO EN EL BARRIO DE BARRACAS, DE BUENOS AIRES, EN EL QUE HAN PERDIDO LA VIDA ALGUNOS BOMBEROS Y OTRAS PERSONAS QUE LUCHABAN TENAZMENTE POR APARGARLO Y QUE HA OCASIONADO TAMBIÉN HERIDOS Y DAÑOS MATERIALES, QUISIERA TRANSMITIR A TODOS MI CERCANÍA Y DECIRLES QUE ME SIENTO MUY UNIDO A LOS QUE SUFREN Y ESTÁN ABATIDOS POR TAN LAMENTABLE SUCESO.

EN ESTA TRISTE CIRCUNSTANCIA, A LA VEZ QUE REZO POR EL ETERNO DESCANSO DE LOS SERVIDORES PÚBLICOS FALLECIDOS EN EL CUMPLIMIENTO DE SU DEBER, PIDO A DIOS QUE OTORGUE SU CONSUELO Y FORTALEZA A LOS AFECTADOS POR TAN TRÁGICA DESGRACIA E INSPIRE EN TODOS SENTIMIENTOS DE SOLIDARIDAD FRATERNA, QUE AYUDEN A AFRONTAR ESTA ADVERSIDAD DE LA MEJOR FORMA POSIBLE.ASIMISMO, QUISIERA DIRIGIR UNA PALABRA DE ESPERANZA A LAS FAMILIAS DE QUIENES LLORAN TAN SENSIBLES PÉRDIDAS Y TAMBIÉN A QUIENES AGUARDAN CON CONFIANZA EL RESTABLECIMIENTO DE LA SALUD DE SUS SERES QUERIDOS.

CON ESTOS DESEOS, MIENTRAS INVOCO LA AMOROSA PROTECCIÓN DE NUESTRA SEÑORA DE LUJÁN, IMPARTO LA CONFORTADORA BENDICIÓN CON TODO AFECTO AL QUERIDO PUEBLO BONAERENSE, TAN PRESENTE EN MI CORAZÓN.

Misa por los 100 años del Club Patronato

 

El sábado 1º de febrero nuestro Arzobispo, Monseñor Juan Alberto Puiggari presidió la Santa Misa por los cien años de vida del Club Atlético Patronato de la Juventud Católica, en las puertas de su estadio. El grupo musical La Banda Roja interpreto la Misa criolla y se realizó la bendición de una gruta con la imagen de Santa Teresita, patrona de la parroquia.

 

88 años de vida del Cardenal Karlic

 

Este viernes 7 de febrero el Cardenal Estanislao E. Karlic celebra 88 años de vida. El mayor de tres hermanos, de una familia de inmigrantes Croata.

Monseñor nació en Oliva, provincia de Córdoba, el 7 de febrero de 1926.

Saludamos a nuestro arzobispo emérito en el día de su cumpleaños, damos gracias por su vida y pedimos a nuestro Señor por sus intenciones.

 

Patronal en Lourdes

 

El domingo comenzó la novena patronal de Nuestra Señora de Lourdes en Paraná, protectora de los enfermos. El programa prevé todos los días Rosario de la Aurora por el barrio a partir de las 7; a las 19.15, exposición del Santísimo y confesiones; a las 19.30 Rosario y a las 20 la Santa Misa.
El domingo el lema fue La Iglesia nos ofrece a Jesús y habrá bendición de velas. El lunes se recordó el sacramento del Bautismo y en memoria de San Blas se realizará la bendición de las gargantas, el martes, se habló sobre el sacramento de la Confirmación y a las 21 se proyectó una película sobre San José; el miércoles, el tema fue el sacramento de la Eucaristía; jueves, sacramento de la Reconciliación y viernes 7 de febrero, sacramento de la Unción de los Enfermos y a las 21 proyección de película de Santa Rita; sábado 8: sacramento del Matrimonio y a las 21 festival folclórico; y domingo 9: sacramento del Orden Sagrado.
El lunes 10 de diciembre a las 19.30 habrá bicicleteada por el barrio, a las 22.15, Rosario por las calles; 23, Misa de la Vigilia en la gruta y a la medianoche el canto del feliz cumpleaños a Nuestra Señora de Lourdes, repique de campanas y torta.
El martes 11, desde las 8 Misa de Hombres; a las 10, Misa de Enfermos; a las 19, procesión con salida desde la Catedral. A las 19.30 se pasará por el cementerio municipal y a las 20 será la Santa Misa Patronal.

 

MENSAJE DEL SANTO PADRE PARA LA CUARESMA

 

UNA INVITACIÓN A LA POBREZA EVANGÉLICA EN NUESTRA EPOCA

 

“Queridos hermanos y hermanas:

Con ocasión de la Cuaresma os propongo algunas reflexiones, a fin de que os sirvan para el camino personal y comunitario de conversión. Comienzo recordando las palabras de san Pablo:»Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza» . El Apóstol se dirige a los cristianos de Corinto para alentarlos a ser generosos y ayudar a los fieles de Jerusalén que pasan necesidad. ¿Qué nos dicen, a los cristianos de hoy, estas palabras de san Pablo? ¿Qué nos dice hoy, a nosotros, la invitación a la pobreza, a una vida pobre en sentido evangélico?

La gracia de Cristo

Ante todo, nos dicen cuál es el estilo de Dios. Dios no se revela mediante el poder y la riqueza del mundo, sino mediante la debilidad y la pobreza:»Siendo rico, se hizo pobre por vosotros…». Cristo, el Hijo eterno de Dios, igual al Padre en poder y gloria, se hizo pobre; descendió en medio de nosotros, se acercó a cada uno de nosotros; se desnudó, se “vació”, para ser en todo semejante a nosotros ). ¡Qué gran misterio la encarnación de Dios! La razón de todo esto es el amor divino, un amor que es gracia, generosidad, deseo de proximidad, y que no duda en darse y sacrificarse por las criaturas a las que ama. La caridad, el amor es compartir en todo la suerte del amado. El amor nos hace semejantes, crea igualdad, derriba los muros y las distancias. Y Dios hizo esto con nosotros. Jesús, en efecto,»trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado»

La finalidad de Jesús al hacerse pobre no es la pobreza en sí misma, sino —dice san Pablo—»…para enriqueceros con su pobreza». No se trata de un juego de palabras ni de una expresión para causar sensación. Al contrario, es una síntesis de la lógica de Dios, la lógica del amor, la lógica de la Encarnación y la Cruz. Dios no hizo caer sobre nosotros la salvación desde lo alto, como la limosna de quien da parte de lo que para él es superfluo con aparente piedad filantrópica. ¡El amor de Cristo no es esto! Cuando Jesús entra en las aguas del Jordán y se hace bautizar por Juan el Bautista, no lo hace porque necesita penitencia, conversión; lo hace para estar en medio de la gente, necesitada de perdón, entre nosotros, pecadores, y cargar con el peso de nuestros pecados. Este es el camino que ha elegido para consolarnos, salvarnos, liberarnos de nuestra miseria. Nos sorprende que el Apóstol diga que fuimos liberados no por medio de la riqueza de Cristo, sino por medio de su pobreza. Y, sin embargo, san Pablo conoce bien la «riqueza insondable de Cristo», «heredero de todo» .

 

¿Qué es, pues, esta pobreza con la que Jesús nos libera y nos enriquece? Es precisamente su modo de amarnos, de estar cerca de nosotros, como el buen samaritano que se acerca a ese hombre que todos habían abandonado medio muerto al borde del camino Lo que nos da verdadera libertad, verdadera salvación y verdadera felicidad es su amor lleno de compasión, de ternura, que quiere compartir con nosotros. La pobreza de Cristo que nos enriquece consiste en el hecho que se hizo carne, cargó con nuestras debilidades y nuestros pecados, comunicándonos la misericordia infinita de Dios. La pobreza de Cristo es la mayor riqueza: la riqueza de Jesús es su confianza ilimitada en Dios Padre, es encomendarse a Él en todo momento, buscando siempre y solamente su voluntad y su gloria. Es rico como lo es un niño que se siente amado por sus padres y los ama, sin dudar ni un instante de su amor y su ternura. La riqueza de Jesús radica en el hecho de ser el Hijo, su relación única con el Padre es la prerrogativa soberana de este Mesías pobre. Cuando Jesús nos invita a tomar su “yugo llevadero”, nos invita a enriquecernos con esta “rica pobreza” y “pobre riqueza” suyas, a compartir con Él su espíritu filial y fraterno, a convertirnos en hijos en el Hijo, hermanos en el Hermano Primogénito.

 

Se ha dicho que la única verdadera tristeza es no ser santos; podríamos decir también que hay una única verdadera miseria: no vivir como hijos de Dios y hermanos de Cristo.

 

Nuestro testimonio

Podríamos pensar que este “camino” de la pobreza fue el de Jesús, mientras que nosotros, que venimos después de Él, podemos salvar el mundo con los medios humanos adecuados. No es así. En toda época y en todo lugar, Dios sigue salvando a los hombres y salvando el mundo mediante la pobreza de Cristo, el cual se hace pobre en los Sacramentos, en la Palabra y en su Iglesia, que es un pueblo de pobres. La riqueza de Dios no puede pasar a través de nuestra riqueza, sino siempre y solamente a través de nuestra pobreza, personal y comunitaria, animada por el Espíritu de Cristo.

 

A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza. Podemos distinguir tres tipos de miseria: la miseria material, la miseria moral y la miseria espiritual. La miseria material es la que habitualmente llamamos pobreza y toca a cuantos viven en una condición que no es digna de la persona humana: privados de sus derechos fundamentales y de los bienes de primera necesidad como la comida, el agua, las condiciones higiénicas, el trabajo, la posibilidad de desarrollo y de crecimiento cultural. Frente a esta miseria la Iglesia ofrece su servicio, su diakonia, para responder a las necesidades y curar estas heridas que desfiguran el rostro de la humanidad. En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo. Nuestros esfuerzos se orientan asimismo a encontrar el modo de que cesen en el mundo las violaciones de la dignidad humana, las discriminaciones y los abusos, que, en tantos casos, son el origen de la miseria. Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas. Por tanto, es necesario que las conciencias se conviertan a la justicia, a la igualdad, a la sobriedad y al compartir.

 

No es menos preocupante la miseria moral, que consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. ¡Cuántas familias viven angustiadas porque alguno de sus miembros —a menudo joven— tiene dependencia del alcohol, las drogas, el juego o la pornografía! ¡Cuántas personas han perdido el sentido de la vida, están privadas de perspectivas para el futuro y han perdido la esperanza! Y cuántas personas se ven obligadas a vivir esta miseria por condiciones sociales injustas, por falta de un trabajo, lo cual les priva de la dignidad que da llevar el pan a casa, por falta de igualdad respecto de los derechos a la educación y la salud. En estos casos la miseria moral bien podría llamarse casi suicidio incipiente. Esta forma de miseria, que también es causa de ruina económica, siempre va unida a la miseria espiritual, que nos golpea cuando nos alejamos de Dios y rechazamos su amor. Si consideramos que no necesitamos a Dios, que en Cristo nos tiende la mano, porque pensamos que nos bastamos a nosotros mismos, nos encaminamos por un camino de fracaso. Dios es el único que verdaderamente salva y libera.

 

El Evangelio es el verdadero antídoto contra la miseria espiritual: en cada ambiente el cristiano está llamado a llevar el anuncio liberador de que existe el perdón del mal cometido, que Dios es más grande que nuestro pecado y nos ama gratuitamente, siempre, y que estamos hechos para la comunión y para la vida eterna. ¡El Señor nos invita a anunciar con gozo este mensaje de misericordia y de esperanza! Es hermoso experimentar la alegría de extender esta buena nueva, de compartir el tesoro que se nos ha confiado, para consolar los corazones afligidos y dar esperanza a tantos hermanos y hermanas sumidos en el vacío. Se trata de seguir e imitar a Jesús, que fue en busca de los pobres y los pecadores como el pastor con la oveja perdida, y lo hizo lleno de amor. Unidos a Él, podemos abrir con valentía nuevos caminos de evangelización y promoción humana.

 

Queridos hermanos y hermanas, que este tiempo de Cuaresma encuentre a toda la Iglesia dispuesta y solícita a la hora de testimoniar a cuantos viven en la miseria material, moral y espiritual el mensaje evangélico, que se resume en el anuncio del amor del Padre misericordioso, listo para abrazar en Cristo a cada persona. Podremos hacerlo en la medida en que nos conformemos a Cristo, que se hizo pobre y nos enriqueció con su pobreza. La Cuaresma es un tiempo adecuado para despojarse; y nos hará bien preguntarnos de qué podemos privarnos a fin de ayudar y enriquecer a otros con nuestra pobreza. No olvidemos que la verdadera pobreza duele: no sería válido un despojo sin esta dimensión penitencial. Desconfío de la limosna que no cuesta y no duele.

 

Que el Espíritu Santo, gracias al cual»[somos] como pobres, pero que enriquecen a muchos; como necesitados, pero poseyéndolo todo» sostenga nuestros propósitos y fortalezca en nosotros la atención y la responsabilidad ante la miseria humana, para que seamos misericordiosos y agentes de misericordia. Con este deseo, aseguro mi oración por todos los creyentes. Que cada comunidad eclesial recorra provechosamente el camino cuaresmal. Os pido que recéis por mí. Que el Señor os bendiga y la Virgen os guarde”.