Monseñor Mario Luis Bautista Maulión celebrará las Bodas de Plata de su Consagración Episcopal. El sábado 28 de mayo de 2011 presidirá la Santa Misa, a las 11hs. en la Catedral Metropolitana. Se invita a toda la comunidad.
Monseñor Mario Luis Bautista Maulión celebrará las Bodas de Plata de su Consagración Episcopal. El sábado 28 de mayo de 2011 presidirá la Santa Misa, a las 11hs. en la Catedral Metropolitana. Se invita a toda la comunidad.
El 7 de mayo, el Cardenal Karlic, arzobispo emérito de Paraná y titular de la Iglesia argentina en Roma presidió la Santa Misa en dicha sede, acompañado del Cardenal JorgeM. Mejía, Archivista y Bibliotecario emérito de la Santa Iglesia Romana y el rector de la Iglesia Pbro. José María Recondo. Participaron más de treinta sacerdotes argentinos, de distintas diócesis y religiosos de varias congregaciones.
Luego de la misa, se compartió un almuerzo.
Cabe decir que La Iglesia argentina, es lugar de encuentro en la eucaristía para los argentinos, sacerdotes, religiosas y laicos que por distintos motivos se encuentran de paso o viviendo en Roma desde hace algún tiempo.
FUENTE: http://www.ompargentina.org.ar/PropagaciondelaFe/roma2011/lujan.html
«Somos grupo de gente que con ojos de esperanza se anima a pensar en que cada cosa puede ser nueva si la ponemos en manos de Dios».
Gente de nuestra diócesis ha lanzado nueva propuesta para jóvenes y no tan tanto. Una revista digital de arte y valores cristianos. Es un proyecto de comunicación que cuenta con una página web, donde además de la revista hay contenidos de distintos soportes, textos, audio, video. También se puede contactar en facebook.
Pilar (Buenos Aires), 10 May. 11 (AICA)
El arzobispo de Buenos Aires y primado de la Argentina, cardenal Jorge Mario Bergoglio, destacó ayer la figura de la Virgen María, al definirla como “la mujer de la paz en medio del dolor y de la tribulación”, y señaló que “así está en Luján, callada, transmitiendo paz y consuelo”.
“Así la vive y la quiere nuestro pueblo fiel que, al mirarla, llora desde su corazón pacificado”, subrayó al presidir la misa de apertura de la 101° Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina. El purpurado porteño destacó que “ese pueblo deja que el Espíritu le marque la ruta hacia Cristo”.
Tras definir a los argentinos como “un pueblo sencillo, pobre y humilde que pone su esperanza en el Señor” y que también “quiere bautizar a sus hijos a los pies de la Madre”, aseguró que ese pueblo es “incomprendido por la élites ilustradas”.
“Pueblo que para las izquierdas ateas es alienado y para las derechas descreídas, supersticioso; pero para Ella es hijo pecador y fiel, capaz de permitir que el Espíritu Santo le enseñe y recuerde el camino de Jesús”, subrayó.
Temario
Tras un intercambio pastoral, el centenar de obispos escuchará informes de las comisiones episcopales de Pastoral de la Salud, Ministerios y Pastoral Penitenciaria.
Además, se seguirá evaluando el itinerario pastoral en la Argentina de la Misión Continental, se preparará el Sínodo para la Nueva Evangelización y se presentará el documento “Verbum Domini” (La Palabra del Señor).
En tanto, “La misión de la escuela católica” será presentado por la Comisión Episcopal de Educación Católica, que preside el arzobispo de La Plata, monseñor Héctor Aguer.
La Comisión Episcopal de Vida Consagrada abordará el tema “Vírgenes consagradas – Vida eremítica”; la Comisión Episcopal de Laicos y Familia se referirá a la Jornada Mundial de la Juventud, mientras que las comisiones de Pastoral Social y Catequesis informarán sobre el Primer Congreso Nacional de Doctrina Social de la Iglesia, realizado este fin de semana en Rosario, y al próximo Congreso Nacional de Catequesis, respectivamente.
Como es habitual, las comisiones episcopales se reunirán el próximo jueves 12, desde las 18.
Informes: (011) 4328-0859, correo electrónico oficinaprensacea@gmail.com
El sábado 7 de mayo peregrinacion al Aeropuerto de la ciudad de Paraná, lugar donde estuvo el Beato Papa Juan Pablo II. La Parroquia Nuestra Señora del Rosario de Pompeya invita para el sábado 7 de mayo a una peregrinación y misa en honor al Beato Juan Pablo II, en el ingreso al Aeropuerto de nuestra ciudad. El programa para esa jornada es el siguiente: 16hs. Inicio de la Peregrinación desde la puerta de la Parroquia Ntra. Sra de Pompeya (Jorge Newbery 2931) 17hs. Santa Misa en el Aeropuerto presidida por Mons. Juan Alberto Puiggari.
«Y dejándolo todo lo siguieron» Lc. 5,11
El próximo sábado 7 de mayo por la Imposición de las manos y la oración consecratoria de nuestro Arzobispo Mons. Juan Alberto Puiggari, serán ordenados dos nuevos diáconos para la Iglesia Arquidiocesana. Recibirán el Orden Diaconal. Andrés David Benítez y Claudio Germán Masutti. La celebración Eucarística tendrá lugar el 7 de mayo a las 10hs. en la Catedral Metropolitana. Funciones del Diacono: Proclama el Evangelio y asiste en el Altar, administra los sacramentos del bautismo, del matrimonio y bendice, lleva el Viático a los enfermos, puede presidir la celebración dominical, pero no presidir la Eucaristía, que le corresponde sólo al presbítero (es decir, consagrar, que consiste en la transformación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo por el misterio de la Transubstanciación obrado a través de la acción del Espíritu Santo); y puede realizar otros servicios según la necesidad de la Diócesis. Todo lo relacionado con la misericordia y caridad además de animar a las comunidades que se le encarguen.
El próximo 14 de mayo, a las 21 hs tendrá lugar, por segunda vez, la Vigilia Juvenil por las Vocaciones. La convocatoria es en la parroquia Sagrado Corazón de la ciudad de Paraná y el lema es “Estoy con vos, no temas”. El propósito es ofrecer a los jóvenes un momento de encuentro con la palabra de Dios y con diversos testimonios que despierten en ellos el deseo de orar por las vocaciones en una doble vertiente: implorar al dueño de la mies, y hacerse disponible a la voz del Señor. La temática de este año son los miedos de quien recibe el llamado y cómo afrontarlos.
Queridos hermanos y hermanas.
Hace seis años nos encontrábamos en esta Plaza para celebrar los funerales del Papa Juan Pablo II. El dolor por su pérdida era profundo, pero más grande todavía era el sentido de una inmensa gracia que envolvía a Roma y al mundo entero, gracia que era fruto de toda la vida de mi amado Predecesor y, especialmente, de su testimonio en el sufrimiento. Ya en aquel día percibíamos el perfume de su santidad, y el Pueblo de Dios manifestó de muchas maneras su veneración hacia él. Por eso, he querido que, respetando debidamente la normativa de la Iglesia, la causa de su beatificación procediera con razonable rapidez. Y he aquí que el día esperado ha llegado; ha llegado pronto, porque así lo ha querido el Señor: Juan Pablo II es beato.
Deseo dirigir un cordial saludo a todos los que, en número tan grande, desde todo el mundo, habéis venido a Roma, para esta feliz circunstancia, a los señores cardenales, a los patriarcas de las Iglesias católicas orientales, hermanos en el episcopado y el sacerdocio, delegaciones oficiales, embajadores y autoridades, personas consagradas y fieles laicos, y lo extiendo a todos los que se unen a nosotros a través de la radio y la televisión.
Éste es el segundo domingo de Pascua, que el beato Juan Pablo II dedicó a la Divina Misericordia. Por eso se eligió este día para la celebración de hoy, porque mi Predecesor, gracias a un designio providencial, entregó el espíritu a Dios precisamente en la tarde de la vigilia de esta fiesta. Además, hoy es el primer día del mes de mayo, el mes de María; y es también la memoria de san José obrero. Estos elementos contribuyen a enriquecer nuestra oración, nos ayudan a nosotros que todavía peregrinamos en el tiempo y el espacio. En cambio, qué diferente es la fiesta en el Cielo entre los ángeles y santos. Y, sin embargo, hay un solo Dios, y un Cristo Señor que, como un puente une la tierra y el cielo, y nosotros nos sentimos en este momento más cerca que nunca, como participando de la Liturgia celestial.
«Dichosos los que crean sin haber visto» (Jn 20, 29). En el evangelio de hoy, Jesús pronuncia esta bienaventuranza: la bienaventuranza de la fe. Nos concierne de un modo particular, porque estamos reunidos precisamente para celebrar una beatificación, y más aún porque hoy un Papa ha sido proclamado Beato, un Sucesor de Pedro, llamado a confirmar en la fe a los hermanos. Juan Pablo II es beato por su fe, fuerte y generosa, apostólica. E inmediatamente recordamos otra bienaventuranza: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo» (Mt 16, 17). ¿Qué es lo que el Padre celestial reveló a Simón? Que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Por esta fe Simón se convierte en «Pedro», la roca sobre la que Jesús edifica su Iglesia. La bienaventuranza eterna de Juan Pablo II, que la Iglesia tiene el gozo de proclamar hoy, está incluida en estas palabras de Cristo: «Dichoso, tú, Simón» y «Dichosos los que crean sin haber visto». Ésta es la bienaventuranza de la fe, que también Juan Pablo II recibió de Dios Padre, como un don para la edificación de la Iglesia de Cristo.
Pero nuestro pensamiento se dirige a otra bienaventuranza, que en el evangelio precede a todas las demás. Es la de la Virgen María, la Madre del Redentor. A ella, que acababa de concebir a Jesús en su seno, santa Isabel le dice: «Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1, 45). La bienaventuranza de la fe tiene su modelo en María, y todos nos alegramos de que la beatificación de Juan Pablo II tenga lugar en el primer día del mes mariano, bajo la mirada maternal de Aquella que, con su fe, sostuvo la fe de los Apóstoles, y sostiene continuamente la fe de sus sucesores, especialmente de los que han sido llamados a ocupar la cátedra de Pedro. María no aparece en las narraciones de la resurrección de Cristo, pero su presencia está como oculta en todas partes: ella es la Madre a la que Jesús confió cada uno de los discípulos y toda la comunidad. De modo particular, notamos que la presencia efectiva y materna de María ha sido registrada por san Juan y san Lucas en los contextos que preceden a los del evangelio de hoy y de la primera lectura: en la narración de la muerte de Jesús, donde María aparece al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25); y al comienzo de los Hechos de los Apóstoles, que la presentan en medio de los discípulos reunidos en oración en el cenáculo (cf. Hch. 1, 14).
También la segunda lectura de hoy nos habla de la fe, y es precisamente san Pedro quien escribe, lleno de entusiasmo espiritual, indicando a los nuevos bautizados las razones de su esperanza y su alegría. Me complace observar que en este pasaje, al comienzo de su Primera carta, Pedro no se expresa en un modo exhortativo, sino indicativo; escribe, en efecto: «Por ello os alegráis», y añade: «No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación» (1 P 1, 6.8-9). Todo está en indicativo porque hay una nueva realidad, generada por la resurrección de Cristo, una realidad accesible a la fe. «Es el Señor quien lo ha hecho –dice el Salmo (118, 23)- ha sido un milagro patente», patente a los ojos de la fe.
Queridos hermanos y hermanas, hoy resplandece ante nuestros ojos, bajo la plena luz espiritual de Cristo resucitado, la figura amada y venerada de Juan Pablo II. Hoy, su nombre se añade a la multitud de santos y beatos que él proclamó durante sus casi 27 años de pontificado, recordando con fuerza la vocación universal a la medida alta de la vida cristiana, a la santidad, como afirma la Constitución conciliar sobre la Iglesia Lumen gentium. Todos los miembros del Pueblo de Dios –Obispos, sacerdotes, diáconos, fieles laicos, religiosos, religiosas- estamos en camino hacia la patria celestial, donde nos ha precedido la Virgen María, asociada de modo singular y perfecto al misterio de Cristo y de la Iglesia. Karol Wojtyła, primero como Obispo Auxiliar y después como Arzobispo de Cracovia, participó en el Concilio Vaticano II y sabía que dedicar a María el último capítulo del Documento sobre la Iglesia significaba poner a la Madre del Redentor como imagen y modelo de santidad para todos los cristianos y para la Iglesia entera. Esta visión teológica es la que el beato Juan Pablo II descubrió de joven y que después conservó y profundizó durante toda su vida. Una visión que se resume en el icono bíblico de Cristo en la cruz, y a sus pies María, su madre. Un icono que se encuentra en el evangelio de Juan (19, 25-27) y que quedó sintetizado en el escudo episcopal y posteriormente papal de Karol Wojtyła: una cruz de oro, una «eme» abajo, a la derecha, y el lema: «Totus tuus», que corresponde a la célebre expresión de san Luis María Grignion de Monfort, en la que Karol Wojtyła encontró un principio fundamental para su vida: «Totus tuus ego sum et omnia mea tua sunt. Accipio Te in mea omnia. Praebe mihi cor tuum, Maria -Soy todo tuyo y todo cuanto tengo es tuyo. Tú eres mi todo, oh María; préstame tu corazón». (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n. 266).
El nuevo Beato escribió en su testamento: «Cuando, en el día 16 de octubre de 1978, el cónclave de los cardenales escogió a Juan Pablo II, el primado de Polonia, cardenal Stefan Wyszyński, me dijo: “La tarea del nuevo Papa consistirá en introducir a la Iglesia en el tercer milenio”». Y añadía: «Deseo expresar una vez más gratitud al Espíritu Santo por el gran don del Concilio Vaticano II, con respecto al cual, junto con la Iglesia entera, y en especial con todo el Episcopado, me siento en deuda. Estoy convencido de que durante mucho tiempo aún las nuevas generaciones podrán recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha regalado. Como obispo que participó en el acontecimiento conciliar desde el primer día hasta el último, deseo confiar este gran patrimonio a todos los que están y estarán llamados a aplicarlo.
Por mi parte, doy las gracias al eterno Pastor, que me ha permitido estar al servicio de esta grandísima causa a lo largo de todos los años de mi pontificado». ¿Y cuál es esta «causa»? Es la misma que Juan Pablo II anunció en su primera Misa solemne en la Plaza de San Pedro, con las memorables palabras: «¡No temáis! !Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!». Aquello que el Papa recién elegido pedía a todos, él mismo lo llevó a cabo en primera persona: abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la Nación polaca ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio. En una palabra: ayudó a no tener miedo de la verdad, porque la verdad es garantía de libertad. Más en síntesis todavía: nos devolvió la fuerza de creer en Cristo, porque Cristo es Redemptor hominis, Redentor del hombre: el tema de su primera Encíclica e hilo conductor de todas las demás.
Buenos Aires, 29 May. 11 (AICA)
Cardenal Estanislao Esteban Karlic
Cardenal Estanislao Esteban Karlic
El arzobispo emérito de Paraná, cardenal Estanislao Karlic, encabezará la representación de la Conferencia Episcopal Argentina a las ceremonias por la beatificación de Juan Pablo II.
La comitiva estará integrada además por monseñor José Slavy CSsR, obispo-prelado de Esquel, y monseñor José Pedro Pozzi SDB, obispo emérito de Alto Valle del Río Negro, entre otros varios prelados.
Representación gubernamental
En representación de la presidenta Cristina Fernández viajará el presidente provisional del Senado, José Pampuro, quien será acompañado además por el canciller Héctor Timerman; el presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Fellner; la senadora nacional Blanca Osuna (FPV-Entre Ríos); y los diputados Federico Pinedo (PRO-Capital) y Roxana Bertone (FPV-Tierra del Fuego).
También viajarán el titular de la Corte Suprema de Justicia, Ricardo Lorenzetti; el ministro de este máximo tribunal, Juan Carlos Maqueda; el presidente de la Unión Industrial Argentina, José Ignacio de Mendiguren; el secretario general de la Federación Nacional de Peones de Taxis y miembro del Consejo Directivo de la CGT, Omar Viviani; y la embajadora Susana Ruiz Cerruti, directora general de Asuntos Legales de la Cancillería, quien participó de la mediación en el conflicto de la Argentina y Chile, hasta la firma del Tratado de Paz.
El lunes, la delegación argentina se reunirá con la delegación oficial de Chile en la Academia Pontificia para las Ciencias y las Ciencias Sociales, cuyo canciller es el arzobispo argentino Marcelo Sánchez Sorondo. Esta actividad, se explicó oficialmente, tiene como objetivo «rendir homenaje a Juan Pablo II por haber sido una pieza fundamental en el acuerdo de paz alcanzado en torno de las islas del Canal de Beagle, por las que en 1978 ambos países estuvieron a un paso de mantener un conflicto bélico».+
Roma (Italia), 28 Abr. 11 (AICA)
Hermana Marie Simon-Pierre
La curación, científicamente inexplicable según una comisión de científicos, del Parkinson que padecía la hermana Marie Simon-Pierre, religiosa de la Congregación de las Hermanitas de las Maternidades Católicas, nacida en 1961 en Rumilly-en-Cambrésis, es el milagro que permitió la beatificación de Juan Pablo II, que tendrá lugar el 1 de mayo. La misma hermana Simon-Pierre relata su experiencia.
Testimonio de la Hermana Marie Simon-Pierre
“En junio de 2001 me diagnosticaron que padecía el Mal de Parkinson. La enfermedad había afectado toda la parte izquierda del cuerpo creándome graves dificultades pues soy zurda. Después de tres años, a la fase inicial de la enfermedad, lenta pero progresiva, siguió un agravamiento de los síntomas: acentuación de los temblores, rigidez, dolores, insomnio.
Desde el 2 de abril de 2005 empecé a empeorar de semana en semana, desmejoraba de día en día, no era capaz de escribir (repito que soy zurda) y si lo intentaba, lo que escribía era ininteligible. Podía conducir sólo en recorridos breves, porque la pierna izquierda se bloqueaba a veces y la rigidez habría impedido el conducir. Para llevar a cabo mi trabajo, en un hospital, empleaba más tiempo del normal. Estaba agotada.
Después de saber el diagnóstico, me resultaba difícil ver a Juan Pablo II en la televisión. Me sentía, sin embargo, muy cercana a él en la oración y sabía que él podía entender lo que yo vivía. Admiraba también su fuerza y su valor, que me estimulaban para no rendirme y para amar este sufrimiento, porque sin amor no tenía sentido todo esto. Puedo decir que era una lucha diaria, pero mi único deseo era vivirla con fe y en la adhesión amorosa a la voluntad del Padre.
En la Pascua de 2005 deseaba ver a nuestro Santo Padre en la televisión porque sabía, en mi interior, que sería la última vez. Me preparé durante toda la mañana a aquel «encuentro» sabiendo que sería muy difícil para mí, pues me haría ver cómo me encontraría yo de ahí a algún año. Me resultaba aún más duro siendo relativamente joven. Un servicio inesperado, sin embargo, me impidió verlo.
En la tarde del 2 de abril nos reunimos toda la comunidad para participar en la vigilia de oración en la plaza de San Pedro, retransmitida en directo por la televisión francesa. Todas juntas escuchamos el anuncio del fallecimiento de Juan Pablo II; en ese momento, se me cayó el mundo encima, había perdido al amigo que me entendía y que me daba la fuerza para seguir adelante. En los días siguientes, tenía la sensación de un vacío enorme, pero también la certeza de su presencia viva.
El 13 de mayo, fiesta de Nuestra Señora de Fátima, el papa Benedicto XVI anunciaba la dispensa especial para iniciar la causa de beatificación de Juan Pablo II. A partir del día siguiente, las hermanas de todas las comunidades francesas y africanas empiezan a pedir mi curación por intercesión de Juan Pablo II. Rezan incesantemente hasta que les llega la noticia de la curación.
En ese período estaba de vacaciones. El 26 de mayo, terminado el tiempo de descanso, vuelvo totalmente agotada por la enfermedad. «Si crees, verás la gloria de Dios»: esta frase del Evangelio de san Juan me acompañaba desde el 14 de mayo.
El 1 de junio ya no podía más, luchaba por mantenerme de pie y caminar.
El 2, por la tarde, fui a buscar a mi superiora para pedirle si podía dejar el trabajo. Ella me animó a resistir un poco más hasta mi vuelta de Lourdes, en agosto, y añadió: «Juan Pablo II no ha dicho aún su última palabra» (Juan Pablo II estaba seguramente allí, en aquel encuentro que transcurrió sereno y en paz). Después, la madre superiora me dio una pluma y me dijo que escribiera: «Juan Pablo II». Eran las 5 de la tarde. Con esfuerzo escribí: «Juan Pablo II». Nos quedamos en silencio ante la letra ilegible. Después, la jornada continuó como de costumbre.
Al terminar la oración de la tarde, a las 9 de la noche, pasé por mi despacho antes de ir a mi habitación. Sentía el deseo de tomar la pluma y escribir, algo así como si alguien en mi interior me dijese: «Toma la pluma y escribe». Eran las 9.30-9.45 de la noche. Con gran sorpresa vi que la letra era claramente legible: sin comprender nada, me acosté. Habían pasado exactamente dos meses desde la partida de Juan Pablo II a la Casa del Padre… Me desperté a las 4.30 sorprendida de haber podido dormir y de un salto me levanté de la cama: mi cuerpo ya no estaba insensible, rígido, e interiormente no era la misma.
Después, sentí una llamada interior y el fuerte impulso de ir a rezar ante el Santísimo Sacramento. Bajé al oratorio y recé ante el Santísimo. Experimenté una profunda paz y una sensación de bienestar; una experiencia demasiado grande, un misterio difícil de explicar con palabras.
Después, ante el Santísimo Sacramento, medité sobre los misterios de luz de Juan Pablo II. A las 6 de la mañana, salí para reunirme con las hermanas en la capilla para un rato de oración, al que siguió la celebración eucarística.
Tenía que recorrer cerca de 50 metros y en aquel mismo momento me di cuenta de que, mientras caminaba, mi brazo izquierdo se movía, no permanecía inmóvil junto al cuerpo. Sentía también una ligereza y agilidad física que no sentía desde hacía tiempo.
Durante la celebración eucarística estaba llena de alegría y de paz; era el 3 de junio, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Al salir de la santa misa, estaba segura de mi curación, mi mano no temblaba más. Fui otra vez a escribir y al mediodía dejé de tomar las medicinas.
El 7 de junio, como estaba previsto, fui al neurólogo, mi médico desde hacía cuatro años. También él quedó sorprendido al constatar la desaparición de todos los síntomas de la enfermedad, a pesar de haber interrumpido el tratamiento desde hacía cinco días. El día después, la superiora general confió a todas nuestras comunidades la acción de gracias y toda la congregación comenzó una novena en acción de gracias a Juan Pablo II.
Han pasado ya diez meses desde que interrumpí todo tipo de tratamiento. He vuelto a trabajar normalmente, no tengo dificultad para escribir y conduzco también en recorridos largos. Me parece como si hubiese renacido: una vida nueva, porque nada es igual que antes.
Hoy puedo decir que un amigo dejó nuestra tierra, pero está ahora mucho más cerca de mi corazón. Hizo crecer en mí el deseo de la adoración al Santísimo Sacramento y el amor a la Eucaristía, que ocupan un puesto prioritario en mi vida cotidiana.
Lo que el Señor me concedió por intercesión de Juan Pablo II es un gran misterio difícil de explicar con palabras, algo muy grande y profundo. Pero nada hay imposible para Dios. Sí, «si crees, verás la gloria de Dios».+