3° Sínodo Arquidiocesano: Testimonio de las Asambleas

 

 

En esta etapa del 3° Sínodo Arquidiocesano, se están realizando las Asambleas Parroquiales de Pastoral que estudian las conclusiones y califican cada proposición como “urgente”, “conveniente” o “no-necesaria”.

A continuación compartimos un par de testimonios que nos han llegado desde diferentes parroquias: “Este sábado tuvimos la primera asamblea del sínodo en nuestra parroquia Inmaculado Corazón de María. Fue una hermosa experiencia de comunidad donde antes de votar cada cuestión tuvimos la posibilidad de comprender de qué hablábamos en cada caso. Nuestras sinodales y el Padre Mario, aclararon todas dudas de los presentes antes de pasar a votar cada punto de la cuestión. Esta primera jornada nos llevo tres horas para las cuestiones 1 y 10. Las próximas las haremos en otro día y horario que ya fue agendado”.

Por su parte, la Parroquia Santa Teresita del Niño Jesús, de Paraná celebró su Asamblea el sábado 11 de marzo, y desde ese espacio, una asambleísta narró: “Se fueron desarrollando los pasos propuestos por la Comisión Post-Sinodal en un buen clima de escucha atenta, intercambio y trabajo. Los distintas Instituciones y Movimientos Parroquiales estuvieron representados con algunos de sus miembros y se contó con la participación de otros fieles de la Comunidad. La Asamblea se organizó con la colaboración de agentes de pastoral diversos y culminó con la celebración de la Santa Misa”.

La propuesta, es que se realicen dos asambleas para valorar las 10 cuestiones, con sus respectivas propuestas. El proceso terminará en la fiesta de Pentecostés del 2017.

Carta pastoral de Cuaresma

 

“Cuaresma, camino de esperanza”

 

Queridos hermanos y hermanas,

            En este tiempo de gracia que es la Cuaresma, quiero dirigirme a cada uno de ustedes para invitarlos a realizar juntos, como Iglesia que peregrina en Paraná, un especial camino de conversión profunda que nos prepare para dejarnos renovar en esta Pascua del Señor y nos abra así a una nueva esperanza.

¡Cómo necesitamos que el Señor nos reanime con su perdón y su gracia! ¡Con cuánta fuerza deseamos convertirnos de corazón a su Evangelio!

Quiero invitarlos a un camino especial, porque en lo más profundo de nuestro interior experimentamos heridas que la vida va dejando, que nuestro pecado profundiza y que el cansancio del camino, muchas veces, acrecienta.

Nuestra Iglesia diocesana viene viviendo duros golpes, frutos de nuestros pecados, la debilidad y flaqueza de algunos de nosotros. Nuestra respuesta no ha sido siempre la de la santidad a la que el Señor nos invita. Por eso nos sentimos heridos y agobiados, necesitados del perdón y de la fortaleza que vienen sólo del Señor de la Vida. Necesitamos acercarnos confiados en la fuerza del amor fiel de Dios y en la victoria de su Resurrección (cfr. Francisco, Catequesis Audiencia miércoles de ceniza 2017). Esta esperanza es la que nos anima a emprender un camino de renovación que se ha manifestado en la realización del III SÍNODO ARQUIDIOCESANO.

Necesitamos llegar a los pies del Señor como aquella mujer pecadora que encontró en Su mirada una vida nueva (Jn 8,1-11).

            Ella era consciente de su pecado. También nosotros llegamos ante el Señor con nuestras faltas, que Él conoce en profundidad. Ante su mirada no existen falsos justificativos ni medias verdades. No se deja engañar por las apariencias. Él atraviesa nuestra historia y nos descubre la hondura del pecado y, al mismo tiempo, nos revela la dignidad que cada uno de nosotros tiene ante Dios: “Yo tampoco te condeno”. Palabras de consuelo y esperanza que abren las puertas de su gracia y nos impulsan al cambio profundo: “vete y en adelante no peques más” (Jn 8, 11b).

            Todos necesitamos de esta mirada del Señor que transforma la vida. Necesitamos revisar nuestra vida, pedir perdón y abrirnos más al amor de Dios que nos invita a seguirlo con nuestra libertad. El Señor Jesús nos acompaña en este peregrinar como maestro de la reconciliación y de la paz. Él en persona ha recorrido este sendero, asumiendo nuestra condición frágil y pecadora y dándonos la certeza de la esperanza. Él nos asegura con su entrega de amor hasta el extremo que siempre es posible vivir en su novedad.

            Una vida nueva que sólo podrá hacerse carne en nosotros en la medida que reconozcamos la verdad de nuestra condición, pongamos los medios para vivir en la justicia y nos abramos a la fuerza del amor misericordioso del Padre.

Por eso en este tiempo cuaresmal, como lo hacemos en cada Eucaristía, queremos decir confiados: ¡Señor ten piedad! Queremos pedir perdón, reconocernos necesitados de la misericordia del Padre. No sólo por nuestras faltas individuales, sino también como miembros de su Iglesia. Frente a la dureza del pecado que nos conmueve y escandaliza ¡necesitamos sostenernos con la Eucaristía! En ella somos transformados por el Señor Resucitado, que se nos entrega personalmente. En ella encontramos la fuerza para vivir en la verdad, para dejarnos conducir en la justicia y para que el Señor nos modele según su caridad.

Como Iglesia también necesitamos sostenernos unos a otros, desde la oración. Les propongo hermanos, que en este tiempo recemos fuertemente unos por otros, sobre todo por los que están confundidos y desorientados y por aquellos que en su dolor o pecado lastiman a muchos.

Les propongo que recemos y acompañemos a quienes sufren las consecuencias de nuestras limitaciones y les pido encarecidamente, que como también lo pide con humilde reiteración el Papa, recen por mí. Recen por mí para que pueda ver con claridad lo que el Padre quiere en su plan providente para nuestra Iglesia diocesana que se irá plasmando en las Conclusiones del Sínodo. Recen para que tenga la fuerza necesaria para realizar con caridad y fortaleza las acciones, correcciones y decisiones que son necesarias en nuestro tiempo. Yo los llevo cada día en mis oraciones ante el Señor y pido por cada uno de ustedes, a quienes el Señor ha llamado a ser miembros de su Cuerpo, la Iglesia. Recemos para poder vivir cada uno la magnífica vocación de ser sus testigos en el lugar que Él nos ha confiado.

            Recemos con la mirada puesta en el Señor, con la confianza del salmista: “Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; Él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura; Él sacia de bienes tus anhelos, y como un águila se renueva tu juventud”. (Salmo 102) 

¡La Cuaresma es un camino de esperanza! Así como el águila renueva sus alas cansadas para retomar el vuelo, así como la mujer pecadora restableció su vida, así el Señor nos llama en este tiempo de gracia a rejuvenecer nuestra relación con Él para poder servir fielmente a nuestros hermanos.

Nuestro tiempo necesita de una Iglesia que, habiéndose encontrado con el Señor resucitado, pueda salir al encuentro de las alegrías y de tantos dolores de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. La alegría del Evangelio es más fuerte que todos nuestros cansancios y decepciones.

Como a María Magdalena, el encuentro con el Señor nos debe impulsar a ser apóstoles misioneros (cfr. Jn 20,11-18). Más allá de su condición, de su historia pasada, María se dejó transformar y renovar por el Resucitado y emprendió una vida nueva llena del entusiasmo del Evangelio. Este encuentro despierta siempre en nosotros una valentía desconocida.

Nos confiamos a la intercesión de nuestra Madre, Nuestra Señora del Rosario, para que este tiempo de Cuaresma nos encamine hacia esa alegría y fecundidad misionera que inundó a la Iglesia luego de la Pascua. Nuestra Madre la Virgen supo acompañar y guiar a los apóstoles y a toda la Iglesia a través del camino de la Cruz hacia la alegría pascual. Pidamos su intercesión para que en nuestra Arquidiócesis esta Cuaresma sea verdaderamente un camino de esperanza que nos renueve en la alegría de la fe y en la fidelidad del servicio.

Les agradezco de corazón a cada uno por su compañía y oración.

Con paternal afecto.

Juan Alberto Puiggari

Arzobispo de Paraná

Paraná, 12 marzo de 2017 – II Domingo de Cuaresma

Misiones Universitarias en Semana Santa

 

Del 13 al 16 de Abril –días de Semana Santa- se desarrollará la novena edición de las misiones universitarias del movimiento de Schoenstatt. Se trata de una opción de cientos de jóvenes universitarios a vivir la Semana Santa de un modo diferente.

En esta ocasión, tendrá lugar en la localidad de Cerrito y para quienes estén interesados en participar, las inscripciones se abren esta semana en el Facebook Ita Pater.

3° Sínodo Arquidiocesano de Paraná

 

 

En esta etapa, y tal como lo establece el Reglamento del 3° Sínodo Arquidiocesano, una vez concluido el Sínodo, el Arzobispo nombrará una Comisión Post-sinodal que es la encargada de acompañarlo en estas instancias finales del Sínodo. Así, lo ayudarán en la consulta a las parroquias, la elaboración de la reglamentación y el seguimiento de la aplicación de las mismas.

De este modo, se convocarán Asambleas Parroquiales de Pastoral que estudiarán las conclusiones y calificarán cada proposición como “urgente”, “conveniente” o “no-necesaria”.

La propuesta, es que se realicen dos asambleas para valorar las 10 cuestiones, con sus respectivas propuestas. El proceso terminará en la fiesta de Pentecostés del 2017.

Para cada una de dichas asambleas se propone el siguiente temario:

a. Asamblea pastoral parroquial de cuaresma

    Se valoran las siguientes cuestiones:

    1. Corresponsabilidad de los miembros de la comunidad en la renovación misionera de la Parroquia

    10. Renovación y/o conversión de los organismos de comunión y participación parroquiales en clave misionera

    2. Parroquia e Iniciación cristiana

    4. Parroquia como comunidad eucarística

    5. La parroquia como comunidad caritativa

b. Asamblea pastoral parroquial del tiempo pascual

    Se valoran las cuestiones restantes:

    6. Parroquia y pastoral familiar

    7. Parroquia y pastoral juvenil y vocacional

    3. La comunicación en la vida parroquial

    8. Parroquia y escuela católica

    9. Parroquia y formación de agentes de pastoral

Mensaje para la Cuaresma

 

“La Palabra es un don. El otro es un don”, es el título del mensaje del  Papa Francisco para la Cuaresma 2017.

En este año, la Cuaresma tiene lugar del 1 de Marzo al 13 de Abril.

A continuación, compartimos el texto completo.

La Palabra es un don. El otro es un don

 

“Queridos hermanos y hermanas:

 

         La Cuaresma es un nuevo comienzo, un camino que nos lleva a un destino seguro: la Pascua de Resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte. Y en este tiempo recibimos siempre una fuerte llamada a la conversión: el cristiano está llamado a volver a Dios «de todo corazón» (Jl 2,12), a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor. Jesús es el amigo fiel que nunca nos abandona, porque incluso cuando pecamos espera pacientemente que volvamos a él y, con esta espera, manifiesta su voluntad de perdonar (cf. Homilía, 8 enero 2016).

         La Cuaresma es un tiempo propicio para intensificar la vida del espíritu a través de los medios santos que la Iglesia nos ofrece: el ayuno, la oración y la limosna. En la base de todo está la Palabra de Dios, que en este tiempo se nos invita a escuchar y a meditar con mayor frecuencia. En concreto, quisiera centrarme aquí en la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro (cf. Lc 16,19-31). Dejémonos guiar por este relato tan significativo, que nos da la clave para entender cómo hemos de comportarnos para alcanzar la verdadera felicidad y la vida eterna, exhortándonos a una sincera conversión.

El otro es un don

         La parábola comienza presentando a los dos personajes principales, pero el pobre es el que viene descrito con más detalle: él se encuentra en una situación desesperada y no tiene fuerza ni para levantarse, está echado a la puerta del rico y come las migajas que caen de su mesa, tiene llagas por todo el cuerpo y los perros vienen a lamérselas (cf. vv. 20-21). El cuadro es sombrío, y el hombre degradado y humillado.

         La escena resulta aún más dramática si consideramos que el pobre se llama Lázaro: un nombre repleto de promesas, que significa literalmente «Dios ayuda». Este no es un personaje anónimo, tiene rasgos precisos y se presenta como alguien con una historia personal. Mientras que para el rico es como si fuera invisible, para nosotros es alguien conocido y casi familiar, tiene un rostro; y, como tal, es un don, un tesoro de valor incalculable, un ser querido, amado, recordado por Dios, aunque su condición concreta sea la de un desecho humano (cf. Homilía, 8 enero 2016).

         Lázaro nos enseña que el otro es un don. La justa relación con las personas consiste en reconocer con gratitud su valor. Incluso el pobre en la puerta del rico, no es una carga molesta, sino una llamada a convertirse y a cambiar de vida. La primera invitación que nos hace esta parábola es la de abrir la puerta de nuestro corazón al otro, porque cada persona es un don, sea vecino nuestro o un pobre desconocido. La Cuaresma es un tiempo propicio para abrir la puerta a cualquier necesitado y reconocer en él o en ella el rostro de Cristo. Cada uno de nosotros los encontramos en nuestro camino. Cada vida que encontramos es un don y merece acogida, respeto y amor. La Palabra de Dios nos ayuda a abrir los ojos para acoger la vida y amarla, sobre todo cuando es débil. Pero para hacer esto hay que tomar en serio también lo que el Evangelio nos revela acerca del hombre rico.

El pecado nos ciega

         La parábola es despiadada al mostrar las contradicciones en las que se encuentra el rico (cf. v. 19). Este personaje, al contrario que el pobre Lázaro, no tiene un nombre, se le califica sólo como «rico». Su opulencia se manifiesta en la ropa que viste, de un lujo exagerado. La púrpura, en efecto, era muy valiosa, más que la plata y el oro, y por eso estaba reservada a las divinidades (cf. Jr 10,9) y a los reyes (cf. Jc 8,26). La tela era de un lino especial que contribuía a dar al aspecto un carácter casi sagrado. Por tanto, la riqueza de este hombre es excesiva, también porque la exhibía de manera habitual todos los días: «Banqueteaba espléndidamente cada día» (v. 19). En él se vislumbra de forma patente la corrupción del pecado, que se realiza en tres momentos sucesivos: el amor al dinero, la vanidad y la soberbia (cf. Homilía, 20 septiembre 2013).

         El apóstol Pablo dice que «la codicia es la raíz de todos los males» (1 Tm 6,10). Esta es la causa principal de la corrupción y fuente de envidias, pleitos y recelos. El dinero puede llegar a dominarnos hasta convertirse en un ídolo tiránico (cf. Exh. ap. Evangelii gaudium, 55). En lugar de ser un instrumento a nuestro servicio para hacer el bien y ejercer la solidaridad con los demás, el dinero puede someternos, a nosotros y a todo el mundo, a una lógica egoísta que no deja lugar al amor e impide la paz.

         La parábola nos muestra cómo la codicia del rico lo hace vanidoso. Su personalidad se desarrolla en la apariencia, en hacer ver a los demás lo que él se puede permitir. Pero la apariencia esconde un vacío interior. Su vida está prisionera de la exterioridad, de la dimensión más superficial y efímera de la existencia (cf. ibíd., 62).

         El peldaño más bajo de esta decadencia moral es la soberbia. El hombre rico se viste como si fuera un rey, simula las maneras de un dios, olvidando que es simplemente un mortal. Para el hombre corrompido por el amor a las riquezas, no existe otra cosa que el propio yo, y por eso las personas que están a su alrededor no merecen su atención. El fruto del apego al dinero es una especie de ceguera: el rico no ve al pobre hambriento, llagado y postrado en su humillación.

         Cuando miramos a este personaje, se entiende por qué el Evangelio condena con tanta claridad el amor al dinero: «Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24).

La Palabra es un don

El Evangelio del rico y el pobre Lázaro nos ayuda a prepararnos bien para la Pascua que se acerca. La liturgia del Miércoles de Ceniza nos invita a vivir una experiencia semejante a la que el rico ha vivido de manera muy dramática. El sacerdote, mientras impone la ceniza en la cabeza, dice las siguientes palabras: «Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás». El rico y el pobre, en efecto, mueren, y la parte principal de la parábola se desarrolla en el más allá. Los dos personajes descubren de repente que «sin nada vinimos al mundo, y sin nada nos iremos de él» (1 Tm 6,7).

         También nuestra mirada se dirige al más allá, donde el rico mantiene un diálogo con Abraham, al que llama «padre» (Lc 16,24.27), demostrando que pertenece al pueblo de Dios. Este aspecto hace que su vida sea todavía más contradictoria, ya que hasta ahora no se había dicho nada de su relación con Dios. En efecto, en su vida no había lugar para Dios, siendo él mismo su único dios.

         El rico sólo reconoce a Lázaro en medio de los tormentos de la otra vida, y quiere que sea el pobre quien le alivie su sufrimiento con un poco de agua. Los gestos que se piden a Lázaro son semejantes a los que el rico hubiera tenido que hacer y nunca realizó. Abraham, sin embargo, le explica: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces» (v. 25). En el más allá se restablece una cierta equidad y los males de la vida se equilibran con los bienes.

         La parábola se prolonga, y de esta manera su mensaje se dirige a todos los cristianos. En efecto, el rico, cuyos hermanos todavía viven, pide a Abraham que les envíe a Lázaro para advertirles; pero Abraham le responde: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen» (v. 29). Y, frente a la objeción del rico, añade: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto» (v. 31).

         De esta manera se descubre el verdadero problema del rico: la raíz de sus males está en no prestar oído a la Palabra de Dios; esto es lo que le llevó a no amar ya a Dios y por tanto a despreciar al prójimo. La Palabra de Dios es una fuerza viva, capaz de suscitar la conversión del corazón de los hombres y orientar nuevamente a Dios. Cerrar el corazón al don de Dios que habla tiene como efecto cerrar el corazón al don del hermano.

         Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma es el tiempo propicio para renovarse en el encuentro con Cristo vivo en su Palabra, en los sacramentos y en el prójimo. El Señor ―que en los cuarenta días que pasó en el desierto venció los engaños del Tentador― nos muestra el camino a seguir. Que el Espíritu Santo nos guie a realizar un verdadero camino de conversión, para redescubrir el don de la Palabra de Dios, ser purificados del pecado que nos ciega y servir a Cristo presente en los hermanos necesitados. Animo a todos los fieles a que manifiesten también esta renovación espiritual participando en las campañas de Cuaresma que muchas organizaciones de la Iglesia promueven en distintas partes del mundo para que aumente la cultura del encuentro en la única familia humana. Oremos unos por otros para que, participando de la victoria de Cristo, sepamos abrir nuestras puertas a los débiles y a los pobres. Entonces viviremos y daremos un testimonio pleno de la alegría de la Pascua”.

         Vaticano, 18 de octubre de 2016

         Fiesta de San Lucas Evangelista

FRANCISCO

Conclusiones del Sínodo

 

En la sección SINODO de nuestra web (www.arzparan.org.ar/sinodo) están disponibles todas las conclusiones del Tercer Sínodo Arquidiocesano.

Allí, los interesados encontrarán el trabajo final al que se arribó luego de abordar cada una de las diez cuestiones en las distintas sesiones.

(VER CONCLUSIONES)