Misa en Acción de Gracias por la Beatificación de Juan Pablo II

El sábado 7 de mayo peregrinacion al Aeropuerto de la ciudad de Paraná, lugar donde estuvo el Beato Papa Juan Pablo II. La Parroquia Nuestra Señora del Rosario de Pompeya invita para el sábado 7 de mayo a una peregrinación y misa en honor al Beato Juan Pablo II, en el ingreso al Aeropuerto de nuestra ciudad. El programa para esa jornada es el siguiente: 16hs. Inicio de la Peregrinación desde la puerta de la Parroquia Ntra. Sra de Pompeya (Jorge Newbery 2931) 17hs. Santa Misa en el Aeropuerto presidida por Mons. Juan Alberto Puiggari.

Homilía en la Misa Crismal 2011


Paraná, 20 de abril de 2011

Año de la Vida

 

Querido Señor Cardenal Estanislao Karlic, queridos hermanos en el Episcopado Monseñor Maulión y Mons. Fernández

Queridos sacerdotes

Queridos Religiosos,  religiosas y Consagrados

Queridos hermanos:

Esta Eucaristía que el Obispo celebra con su presbiterio y rodeado del pueblo fiel, tiene un profundo sentido para nuestra Iglesia diocesana, pues pone de manifiesto la unidad eclesial y el origen pascual de todos los sacramentos. Y tiene un hondo significado para nuestro presbiterio, puesto que en la consagración del Santo Crisma y en la bendición de los Óleos, son testigos y cooperadores del Obispo de cuya sagrada función participan para la construcción del pueblo de Dios, su santificación y su conducción.

Santo Crisma y oleos benditos que luego serán para toda la Diócesis materia de varios sacramentos. Oleos y Crisma que serán llevados por los sacerdotes a sus parroquias, para santificar a su pueblo,  para que movidos por el amor al Señor sean fieles administradores de los misterios de Dios para servicio de la Iglesia, como se comprometieron el día de su ordenación, y  hoy renovarán con nueva generosidad y entrega, delante de todos ustedes a quienes quieren servir.

Nuestra vida, queridos hermanos, no tiene sentido, sino no es para servir a ustedes. Nadie se ordena sacerdote para sí. Sólo para la edificación del reino.

El centro de toda la liturgia está iluminada por las palabras del profeta Isaías que acabamos de escuchar en la primera lectura, y que Jesús se aplica a sí mismo en la Sinagoga de Nazaret: » El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido«. Él es el «Cristo”, “el Ungido” es decir el verdadero Sacerdote, Rey y Profeta. Enviado por el Padre para anunciar la Buena Nueva.

Y nosotros, queridos sacerdotes,  hemos sido «ungidos» para perpetuar la misión del que fue «enviado a anunciar la buena noticia a los pobres, la liberación a los cautivos y proclamar el año de gracia del Señor» ( prefacio)

Las actividades pastorales del presbítero son múltiples. Si se piensa además en las condiciones sociales y culturales del mundo actual y de nuestras Arquidiócesis, es fácil entender que el sacerdote está muy expuesto al peligro de la dispersión. Su vida está compuesta por un sinnúmero de tareas diferentes, urgentes e importantes que requieren toda su atención. Por eso, es fácil caer en una disipación del trabajo en la que se pierde la unidad. Y, sin embargo, nos damos cuenta  que necesitamos esa unidad en nuestra vida. Los obispos, los sacerdotes,  l necesitamos a algo o Alguien que unifique  nuestras facultades,  nuestras actividades y trabajos para no sentirnos fuera de nuestro ser, casi alienados.

Hace falta un principio  que anime y unifique nuestra vida sacerdotal y nuestro ministerio. Necesitamos un anclaje en medio de esta continua tensión entre el ser y el hacer, entre nuestras debilidades y la exigencia de santidad. Necesitamos un anclaje para entender y entendernos, para comprender el mundo y transformarlo según el Evangelio, para conocer a los hombres y guiarlos en su santificación, para aprender y enseñar, para santificarnos y santificar. Necesitamos llegar al centro de nuestra identidad para entendernos, para saber quiénes somos, cuál es nuestra misión, en donde está nuestra fortaleza.

La respuesta ya la conocemos y permítanme que en esta mi primera Misa Crismal con ustedes, la recalque porque me parece fundamental y es el secreto de toda la plenitud y eficacia de nuestra vida sacerdotal: La Eucaristía en el centro de la vida del sacerdote y de la Iglesia. Fuente y culmen. No podemos perder de vista que la Eucaristía es «la principal  razón de ser del  sacerdote, «somos en cierto sentido por Ella y para Ella.

Nacimos junto a Ella, en el Cenáculo, como lo vamos a recordar y celebrar mañana. Nunca nos podremos plenificar, si Ella no se convierte en el centro y la raíz de nuestra vida, de tal manera que toda nuestra actividad (en el amplio campo del magisterio, de la santificación y de la caridad) debe ser irradiación de la Eucaristía. Como nos dice Benedicto XVI “La actividad exterior…queda sin fruto y pierde eficacia si no brota de una profunda e intima comunión con Cristo”.

Nuestro ser sacerdotal, que recibimos por la imposición de las manos y  la unción del Crisma y que hoy queremos renovar tiene que ser profundamente agradecida, entregada, salvada; una existencia que recuerda, que hace memoria; una existencia «consagrada», orientada a Cristo, es decir eucarística.( Nos lo recordaba el Siervo de Dios Juan Pablo II)

Toda la liturgia de hoy nos habla de unción, de consagración. Mis hermanos nuestra existencia es consagrada, hemos sido ungidos con el Santo Crisma… también nosotros somos «un Misterio de fe». «De nuestra relación con la Eucaristía se desprende también, en su sentido más exigente, la condición « sagrada » de nuestra vida. Una condición que se ha de reflejar en todo nuestro modo de ser, de obrar y de celebrar. Somos consagrados, no nos pertenecemos, somos propiedad exclusiva de Dios.

Signo de esta consagración será claramente nuestro amor, nuestra devoción, nuestra piedad para tan gran sacramento. Celebrar, adorar; estar ante Jesús Eucaristía, aprovechar, en cierto sentido, nuestras «soledades» para llenarlas de esta Presencia, significa dar a nuestra consagración todo el calor de la intimidad con Cristo, el cual llena de gozo y sentido nuestra vida.

Y en esta celebración,  uniéndonos a toda la Iglesia argentina,  quiero pedirles, queridos sacerdotes, que sean los primeros en comprometerse a ¡anunciar, con renovado vigor el Evangelio de la Vida!

“El Evangelista Juan nos transmite una expresión de Jesucristo que nos ayuda a comprender el misterio de su venida y la buena noticia de su presencia entre nosotros: “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Cf. Jn 10,10). La presencia del Hijo de Dios en nuestra carne no viene a hacer violencia, ni a aniquilar lo humano sino a introducirnos en un horizonte de eternidad. La vida humana se enriquece con la Vida divina para que la plenitud humana vaya más allá de todo límite imaginable y de todo anhelo o proyecto humano.

“Jesús, el Buen Pastor, quiere comunicarnos su vida y ponerse al servicio de la vida” (DA 353).

Él, Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo (Cf. Jn 13,1), el misterio pascual de la muerte y resurrección del Señor es un gesto elocuente del amor de Dios por el hombre. Dios vuelve a poner de manifiesto que ama entrañablemente al hombre y que sólo Él es Señor y Soberano de la vida. El misterio pascual, que estamos por celebrar, es el camino por el que cada persona puede recibir la Vida de Dios. Cristo, muerto y resucitado, se presenta ante toda persona como el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14,6). El Señor se ofrece, hoy también, como alimento para un mundo hambriento de felicidad y sentido: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan vivirá para siempre” (Jn 6,51). Cristo Resucitado, pone de manifiesto la victoria de la Vida y envía a sus discípulos a anunciar el Evangelio de la vida y a engendrar a los hombres en la Gracia de Dios como hijos en el Hijo, comprometiendo su presencia hasta el fin del mundo (Cf. Mt 28, 16-20; Hch 1,6-8).

Dejemos que Jesucristo, con la elocuencia del Misterio Pascual, nos enseñe a valorar, a curar y a cuidar la vida; que nos ayude a responder a los interrogantes más profundos y a los desafíos de nuestro tiempo. Escuchemos al Señor, seamos dóciles a Él, para descubrir la verdad de la vida humana y engendrar en nosotros las actitudes que cuiden, protejan, respeten y promuevan la vida de cada persona, en todas las etapas de su desarrollo y circunstancias. ”

Vamos a bendecir el óleo de los catecúmenos para engendrar nuevos hijos, el crisma para darles vida  madura, el óleo de los enfermos para acompañarlos en la cruz y abrirles la puerta de la Vida eterna.

Renovaremos el compromiso de anunciar la Palabra, que es palabra de vida y…” No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mt.4,4). Palabra que tiene que ser primero escuchada y sólo la escuchan  las almas silenciosas, la entienden las almas limpias y la reciben las almas humildes. Tres condiciones-silencio, pureza y humildad- que hicieron posible a la Virgen de Nazaret que la Palabra de Dios se encarnara en Ella.

Somos pastores para conducir a nuestro pueblo a Aquel que es el Camino,  la Verdad y la Vida. “Si uno tiene sed, que venga a mí y que beba. De su costado saldrán ríos de agua viva” (Jn.37)

Celebraremos la Eucaristía, haciendo presente al Pan de Vida, como expresaba San Agustín “Oh Iglesia amadísima, come la vida, bebe la vida, tendrás la vida y esa vida es integra” (sermón 131, 1,1)

Nos dice el documento de Aparecida  El Pueblo de Dios siente la necesidad de presbíteros discípulos “Servidores de la vida: que estén atentos a las necesidades de los más pobres… También de presbíteros llenos de misericordia, disponibles para administrar el sacramento de la reconciliación” ( Ap. n.199) que sana y da nueva vida.

A todos nos toca un permanente recomenzar desde Cristo, y que mejor oportunidad que estos días, en donde se manifiesta la gesta más grandiosa del amor de Dios, y así redescubrir la belleza y la alegría de ser sacerdotes. Anunciar a Cristo. Anunciar la Vida. Él es como nos decía Benedicto XVI, “el que nos hace la vida libre, bella y grande. ¡Sólo con esta amistad se abren la puertas de la vida. Solo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera…  Quien se da a Él, recibe el ciento por uno… y encontrará la verdadera Vida” (Benedicto XVI hom. de iniciación del ministerio Petrino)

Mis queridos hermanos: nosotros los sacerdotes debemos sentirnos apremiados por estas palabras del Santo Padre, por la urgencia de nuestro mundo y por el clamor de nuestro pueblo. Debemos pedir la gracia del  encuentro  transformador con  Cristo. En la escuela de María tenemos que ir haciendo realidad nuestra configuración con Él.

Cristo ha venido a darnos la vida en plenitud, sólo acogiéndola con sencillez y generosidad podremos ser verdaderos padres, porque estaremos engendrando la vida divina a nuestro pueblo.

Queridos sacerdotes: una vez más gracias por todo el trabajo pastoral que realizan y por su entrega.  Que Dios se los pague como lo tiene prometido al servidor fiel y bueno.

A ustedes, queridos hermanos y hermanas, recen y apoyen a sus sacerdotes y seminaristas, pidan a Dios con insistencia que envía más operarios a su mies.

Recordemos especialmente hoy a nuestros obispos y sacerdotes difuntos, a nuestros sacerdotes enfermos, y a los que sirven en otras Diócesis.

Mis queridos hermanos, respondiendo al llamado a anunciar el evangelio de la vida estaremos respondiendo al llamado a la santidad, que todos recibimos en el bautismo y en la ordenación. Por eso los invito a renovar las promesas sacerdotales para poder ser santos sacerdotes procurando una auténtica y profunda conversión pastoral.

Con estas intenciones,  ofrecemos el sacrificio de Cristo, y nos aprestamos a recibir la abundancia de sus dones, en la comunión de la Iglesia, junto a María, Madre de Dios y nuestra Madre-

Que así sea

 

 

 

 

 

 

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Ordenaciones diaconales

«Y dejándolo todo lo siguieron» Lc. 5,11

El próximo sábado 7 de mayo por la Imposición de las manos y la oración consecratoria de nuestro Arzobispo Mons. Juan Alberto Puiggari, serán ordenados dos nuevos diáconos para la Iglesia Arquidiocesana. Recibirán el Orden Diaconal. Andrés David Benítez y Claudio Germán Masutti. La celebración Eucarística tendrá lugar el 7 de mayo a las 10hs. en la Catedral Metropolitana. Funciones del Diacono: Proclama el Evangelio y asiste en el Altar, administra los sacramentos del bautismo, del matrimonio y bendice, lleva el Viático a los enfermos, puede presidir la celebración dominical, pero no presidir la Eucaristía, que le corresponde sólo al presbítero (es decir, consagrar, que consiste en la transformación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo por el misterio de la Transubstanciación obrado a través de la acción del Espíritu Santo); y puede realizar otros servicios según la necesidad de la Diócesis. Todo lo relacionado con la misericordia y caridad además de animar a las comunidades que se le encarguen.

Vigilia Juvenil por las Vocaciones

El próximo 14 de mayo, a las 21 hs tendrá lugar, por segunda vez, la Vigilia Juvenil por las Vocaciones. La convocatoria es en la parroquia Sagrado Corazón de la ciudad de Paraná y el lema es “Estoy con vos, no temas”. El propósito es ofrecer a los jóvenes un momento de encuentro con la palabra de Dios y con diversos testimonios que despierten en ellos el deseo de orar por las vocaciones en una doble vertiente: implorar al dueño de la mies, y hacerse disponible a la voz del Señor. La temática de este año son los miedos de quien recibe el llamado y cómo afrontarlos.

Homilía en la Beatificación de Juan Pablo II

Queridos hermanos y hermanas.


Hace seis años nos encontrábamos en esta Plaza para celebrar los funerales del Papa Juan Pablo II. El dolor por su pérdida era profundo, pero más grande todavía era el sentido de una inmensa gracia que envolvía a Roma y al mundo entero, gracia que era fruto de toda la vida de mi amado Predecesor y, especialmente, de su testimonio en el sufrimiento. Ya en aquel día percibíamos el perfume de su santidad, y el Pueblo de Dios manifestó de muchas maneras su veneración hacia él. Por eso, he querido que, respetando debidamente la normativa de la Iglesia, la causa de su beatificación procediera con razonable rapidez. Y he aquí que el día esperado ha llegado; ha llegado pronto, porque así lo ha querido el Señor: Juan Pablo II es beato.

Deseo dirigir un cordial saludo a todos los que, en número tan grande, desde todo el mundo, habéis venido a Roma, para esta feliz circunstancia, a los señores cardenales, a los patriarcas de las Iglesias católicas orientales, hermanos en el episcopado y el sacerdocio, delegaciones oficiales, embajadores y autoridades, personas consagradas y fieles laicos, y lo extiendo a todos los que se unen a nosotros a través de la radio y la televisión.

Éste es el segundo domingo de Pascua, que el beato Juan Pablo II dedicó a la Divina Misericordia. Por eso se eligió este día para la celebración de hoy, porque mi Predecesor, gracias a un designio providencial, entregó el espíritu a Dios precisamente en la tarde de la vigilia de esta fiesta. Además, hoy es el primer día del mes de mayo, el mes de María; y es también la memoria de san José obrero. Estos elementos contribuyen a enriquecer nuestra oración, nos ayudan a nosotros que todavía peregrinamos en el tiempo y el espacio. En cambio, qué diferente es la fiesta en el Cielo entre los ángeles y santos. Y, sin embargo, hay un solo Dios, y un Cristo Señor que, como un puente une la tierra y el cielo, y nosotros nos sentimos en este momento más cerca que nunca, como participando de la Liturgia celestial.

«Dichosos los que crean sin haber visto» (Jn 20, 29). En el evangelio de hoy, Jesús pronuncia esta bienaventuranza: la bienaventuranza de la fe. Nos concierne de un modo particular, porque estamos reunidos precisamente para celebrar una beatificación, y más aún porque hoy un Papa ha sido proclamado Beato, un Sucesor de Pedro, llamado a confirmar en la fe a los hermanos. Juan Pablo II es beato por su fe, fuerte y generosa, apostólica. E inmediatamente recordamos otra bienaventuranza: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo» (Mt 16, 17). ¿Qué es lo que el Padre celestial reveló a Simón? Que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Por esta fe Simón se convierte en «Pedro», la roca sobre la que Jesús edifica su Iglesia. La bienaventuranza eterna de Juan Pablo II, que la Iglesia tiene el gozo de proclamar hoy, está incluida en estas palabras de Cristo: «Dichoso, tú, Simón» y «Dichosos los que crean sin haber visto». Ésta es la bienaventuranza de la fe, que también Juan Pablo II recibió de Dios Padre, como un don para la edificación de la Iglesia de Cristo.

Pero nuestro pensamiento se dirige a otra bienaventuranza, que en el evangelio precede a todas las demás. Es la de la Virgen María, la Madre del Redentor. A ella, que acababa de concebir a Jesús en su seno, santa Isabel le dice: «Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1, 45). La bienaventuranza de la fe tiene su modelo en María, y todos nos alegramos de que la beatificación de Juan Pablo II tenga lugar en el primer día del mes mariano, bajo la mirada maternal de Aquella que, con su fe, sostuvo la fe de los Apóstoles, y sostiene continuamente la fe de sus sucesores, especialmente de los que han sido llamados a ocupar la cátedra de Pedro. María no aparece en las narraciones de la resurrección de Cristo, pero su presencia está como oculta en todas partes: ella es la Madre a la que Jesús confió cada uno de los discípulos y toda la comunidad. De modo particular, notamos que la presencia efectiva y materna de María ha sido registrada por san Juan y san Lucas en los contextos que preceden a los del evangelio de hoy y de la primera lectura: en la narración de la muerte de Jesús, donde María aparece al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25); y al comienzo de los Hechos de los Apóstoles, que la presentan en medio de los discípulos reunidos en oración en el cenáculo (cf. Hch. 1, 14).

También la segunda lectura de hoy nos habla de la fe, y es precisamente san Pedro quien escribe, lleno de entusiasmo espiritual, indicando a los nuevos bautizados las razones de su esperanza y su alegría. Me complace observar que en este pasaje, al comienzo de su Primera carta, Pedro no se expresa en un modo exhortativo, sino indicativo; escribe, en efecto: «Por ello os alegráis», y añade: «No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación» (1 P 1, 6.8-9). Todo está en indicativo porque hay una nueva realidad, generada por la resurrección de Cristo, una realidad accesible a la fe. «Es el Señor quien lo ha hecho –dice el Salmo (118, 23)- ha sido un milagro patente», patente a los ojos de la fe.

Queridos hermanos y hermanas, hoy resplandece ante nuestros ojos, bajo la plena luz espiritual de Cristo resucitado, la figura amada y venerada de Juan Pablo II. Hoy, su nombre se añade a la multitud de santos y beatos que él proclamó durante sus casi 27 años de pontificado, recordando con fuerza la vocación universal a la medida alta de la vida cristiana, a la santidad, como afirma la Constitución conciliar sobre la Iglesia Lumen gentium. Todos los miembros del Pueblo de Dios –Obispos, sacerdotes, diáconos, fieles laicos, religiosos, religiosas- estamos en camino hacia la patria celestial, donde nos ha precedido la Virgen María, asociada de modo singular y perfecto al misterio de Cristo y de la Iglesia. Karol Wojtyła, primero como Obispo Auxiliar y después como Arzobispo de Cracovia, participó en el Concilio Vaticano II y sabía que dedicar a María el último capítulo del Documento sobre la Iglesia significaba poner a la Madre del Redentor como imagen y modelo de santidad para todos los cristianos y para la Iglesia entera. Esta visión teológica es la que el beato Juan Pablo II descubrió de joven y que después conservó y profundizó durante toda su vida. Una visión que se resume en el icono bíblico de Cristo en la cruz, y a sus pies María, su madre. Un icono que se encuentra en el evangelio de Juan (19, 25-27) y que quedó sintetizado en el escudo episcopal y posteriormente papal de Karol Wojtyła: una cruz de oro, una «eme» abajo, a la derecha, y el lema: «Totus tuus», que corresponde a la célebre expresión de san Luis María Grignion de Monfort, en la que Karol Wojtyła encontró un principio fundamental para su vida: «Totus tuus ego sum et omnia mea tua sunt. Accipio Te in mea omnia. Praebe mihi cor tuum, Maria -Soy todo tuyo y todo cuanto tengo es tuyo. Tú eres mi todo, oh María; préstame tu corazón». (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n. 266).

El nuevo Beato escribió en su testamento: «Cuando, en el día 16 de octubre de 1978, el cónclave de los cardenales escogió a Juan Pablo II, el primado de Polonia, cardenal Stefan Wyszyński, me dijo: “La tarea del nuevo Papa consistirá en introducir a la Iglesia en el tercer milenio”». Y añadía: «Deseo expresar una vez más gratitud al Espíritu Santo por el gran don del Concilio Vaticano II, con respecto al cual, junto con la Iglesia entera, y en especial con todo el Episcopado, me siento en deuda. Estoy convencido de que durante mucho tiempo aún las nuevas generaciones podrán recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha regalado. Como obispo que participó en el acontecimiento conciliar desde el primer día hasta el último, deseo confiar este gran patrimonio a todos los que están y estarán llamados a aplicarlo.

Por mi parte, doy las gracias al eterno Pastor, que me ha permitido estar al servicio de esta grandísima causa a lo largo de todos los años de mi pontificado». ¿Y cuál es esta «causa»? Es la misma que Juan Pablo II anunció en su primera Misa solemne en la Plaza de San Pedro, con las memorables palabras: «¡No temáis! !Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!». Aquello que el Papa recién elegido pedía a todos, él mismo lo llevó a cabo en primera persona: abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la Nación polaca ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio. En una palabra: ayudó a no tener miedo de la verdad, porque la verdad es garantía de libertad. Más en síntesis todavía: nos devolvió la fuerza de creer en Cristo, porque Cristo es Redemptor hominis, Redentor del hombre: el tema de su primera Encíclica e hilo conductor de todas las demás.

 

 

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El Card. Karlic encabeza representación del Episcopado argentino

Buenos Aires, 29 May. 11 (AICA)
Cardenal Estanislao Esteban Karlic

Cardenal Estanislao Esteban Karlic
El arzobispo emérito de Paraná, cardenal Estanislao Karlic, encabezará la representación de la Conferencia Episcopal Argentina a las ceremonias por la beatificación de Juan Pablo II.

La comitiva estará integrada además por monseñor José Slavy CSsR, obispo-prelado de Esquel, y monseñor José Pedro Pozzi SDB, obispo emérito de Alto Valle del Río Negro, entre otros varios prelados.

Representación gubernamental
En representación de la presidenta Cristina Fernández viajará el presidente provisional del Senado, José Pampuro, quien será acompañado además por el canciller Héctor Timerman; el presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Fellner; la senadora nacional Blanca Osuna (FPV-Entre Ríos); y los diputados Federico Pinedo (PRO-Capital) y Roxana Bertone (FPV-Tierra del Fuego).

También viajarán el titular de la Corte Suprema de Justicia, Ricardo Lorenzetti; el ministro de este máximo tribunal, Juan Carlos Maqueda; el presidente de la Unión Industrial Argentina, José Ignacio de Mendiguren; el secretario general de la Federación Nacional de Peones de Taxis y miembro del Consejo Directivo de la CGT, Omar Viviani; y la embajadora Susana Ruiz Cerruti, directora general de Asuntos Legales de la Cancillería, quien participó de la mediación en el conflicto de la Argentina y Chile, hasta la firma del Tratado de Paz.

El lunes, la delegación argentina se reunirá con la delegación oficial de Chile en la Academia Pontificia para las Ciencias y las Ciencias Sociales, cuyo canciller es el arzobispo argentino Marcelo Sánchez Sorondo. Esta actividad, se explicó oficialmente, tiene como objetivo «rendir homenaje a Juan Pablo II por haber sido una pieza fundamental en el acuerdo de paz alcanzado en torno de las islas del Canal de Beagle, por las que en 1978 ambos países estuvieron a un paso de mantener un conflicto bélico».+

El milagro de Juan Pablo II, testimonio de Marie Simon-Pierre

Roma (Italia), 28 Abr. 11 (AICA)
Hermana Marie Simon-Pierre

La curación, científicamente inexplicable según una comisión de científicos, del Parkinson que padecía la hermana Marie Simon-Pierre, religiosa de la Congregación de las Hermanitas de las Maternidades Católicas, nacida en 1961 en Rumilly-en-Cambrésis, es el milagro que permitió la beatificación de Juan Pablo II, que tendrá lugar el 1 de mayo. La misma hermana Simon-Pierre relata su experiencia.

Testimonio de la Hermana Marie Simon-Pierre
“En junio de 2001 me diagnosticaron que padecía el Mal de Parkinson. La enfermedad había afectado toda la parte izquierda del cuerpo creándome graves dificultades pues soy zurda. Después de tres años, a la fase inicial de la enfermedad, lenta pero progresiva, siguió un agravamiento de los síntomas: acentuación de los temblores, rigidez, dolores, insomnio.

Desde el 2 de abril de 2005 empecé a empeorar de semana en semana, desmejoraba de día en día, no era capaz de escribir (repito que soy zurda) y si lo intentaba, lo que escribía era ininteligible. Podía conducir sólo en recorridos breves, porque la pierna izquierda se bloqueaba a veces y la rigidez habría impedido el conducir. Para llevar a cabo mi trabajo, en un hospital, empleaba más tiempo del normal. Estaba agotada.

Después de saber el diagnóstico, me resultaba difícil ver a Juan Pablo II en la televisión. Me sentía, sin embargo, muy cercana a él en la oración y sabía que él podía entender lo que yo vivía. Admiraba también su fuerza y su valor, que me estimulaban para no rendirme y para amar este sufrimiento, porque sin amor no tenía sentido todo esto. Puedo decir que era una lucha diaria, pero mi único deseo era vivirla con fe y en la adhesión amorosa a la voluntad del Padre.

En la Pascua de 2005 deseaba ver a nuestro Santo Padre en la televisión porque sabía, en mi interior, que sería la última vez. Me preparé durante toda la mañana a aquel «encuentro» sabiendo que sería muy difícil para mí, pues me haría ver cómo me encontraría yo de ahí a algún año. Me resultaba aún más duro siendo relativamente joven. Un servicio inesperado, sin embargo, me impidió verlo.

En la tarde del 2 de abril nos reunimos toda la comunidad para participar en la vigilia de oración en la plaza de San Pedro, retransmitida en directo por la televisión francesa. Todas juntas escuchamos el anuncio del fallecimiento de Juan Pablo II; en ese momento, se me cayó el mundo encima, había perdido al amigo que me entendía y que me daba la fuerza para seguir adelante. En los días siguientes, tenía la sensación de un vacío enorme, pero también la certeza de su presencia viva.

El 13 de mayo, fiesta de Nuestra Señora de Fátima, el papa Benedicto XVI anunciaba la dispensa especial para iniciar la causa de beatificación de Juan Pablo II. A partir del día siguiente, las hermanas de todas las comunidades francesas y africanas empiezan a pedir mi curación por intercesión de Juan Pablo II. Rezan incesantemente hasta que les llega la noticia de la curación.

En ese período estaba de vacaciones. El 26 de mayo, terminado el tiempo de descanso, vuelvo totalmente agotada por la enfermedad. «Si crees, verás la gloria de Dios»: esta frase del Evangelio de san Juan me acompañaba desde el 14 de mayo.

El 1 de junio ya no podía más, luchaba por mantenerme de pie y caminar.

El 2, por la tarde, fui a buscar a mi superiora para pedirle si podía dejar el trabajo. Ella me animó a resistir un poco más hasta mi vuelta de Lourdes, en agosto, y añadió: «Juan Pablo II no ha dicho aún su última palabra» (Juan Pablo II estaba seguramente allí, en aquel encuentro que transcurrió sereno y en paz). Después, la madre superiora me dio una pluma y me dijo que escribiera: «Juan Pablo II». Eran las 5 de la tarde. Con esfuerzo escribí: «Juan Pablo II». Nos quedamos en silencio ante la letra ilegible. Después, la jornada continuó como de costumbre.

Al terminar la oración de la tarde, a las 9 de la noche, pasé por mi despacho antes de ir a mi habitación. Sentía el deseo de tomar la pluma y escribir, algo así como si alguien en mi interior me dijese: «Toma la pluma y escribe». Eran las 9.30-9.45 de la noche. Con gran sorpresa vi que la letra era claramente legible: sin comprender nada, me acosté. Habían pasado exactamente dos meses desde la partida de Juan Pablo II a la Casa del Padre… Me desperté a las 4.30 sorprendida de haber podido dormir y de un salto me levanté de la cama: mi cuerpo ya no estaba insensible, rígido, e interiormente no era la misma.

Después, sentí una llamada interior y el fuerte impulso de ir a rezar ante el Santísimo Sacramento. Bajé al oratorio y recé ante el Santísimo. Experimenté una profunda paz y una sensación de bienestar; una experiencia demasiado grande, un misterio difícil de explicar con palabras.

Después, ante el Santísimo Sacramento, medité sobre los misterios de luz de Juan Pablo II. A las 6 de la mañana, salí para reunirme con las hermanas en la capilla para un rato de oración, al que siguió la celebración eucarística.

Tenía que recorrer cerca de 50 metros y en aquel mismo momento me di cuenta de que, mientras caminaba, mi brazo izquierdo se movía, no permanecía inmóvil junto al cuerpo. Sentía también una ligereza y agilidad física que no sentía desde hacía tiempo.

Durante la celebración eucarística estaba llena de alegría y de paz; era el 3 de junio, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Al salir de la santa misa, estaba segura de mi curación, mi mano no temblaba más. Fui otra vez a escribir y al mediodía dejé de tomar las medicinas.

El 7 de junio, como estaba previsto, fui al neurólogo, mi médico desde hacía cuatro años. También él quedó sorprendido al constatar la desaparición de todos los síntomas de la enfermedad, a pesar de haber interrumpido el tratamiento desde hacía cinco días. El día después, la superiora general confió a todas nuestras comunidades la acción de gracias y toda la congregación comenzó una novena en acción de gracias a Juan Pablo II.

Han pasado ya diez meses desde que interrumpí todo tipo de tratamiento. He vuelto a trabajar normalmente, no tengo dificultad para escribir y conduzco también en recorridos largos. Me parece como si hubiese renacido: una vida nueva, porque nada es igual que antes.

Hoy puedo decir que un amigo dejó nuestra tierra, pero está ahora mucho más cerca de mi corazón. Hizo crecer en mí el deseo de la adoración al Santísimo Sacramento y el amor a la Eucaristía, que ocupan un puesto prioritario en mi vida cotidiana.

Lo que el Señor me concedió por intercesión de Juan Pablo II es un gran misterio difícil de explicar con palabras, algo muy grande y profundo. Pero nada hay imposible para Dios. Sí, «si crees, verás la gloria de Dios».+

Culto litúrgico en honor del beato Juan Pablo II, papa

Ciudad del Vaticano, 28 Abr. 11 (AICA)

La Congregación vaticana para el Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos, que preside como Prefecto el cardenal español Antonio Cañizares Llovera, emitió un decreto en el que dispone las normas sobre la celebración de las misas de acción de gracias por la beatificación de Juan Pablo II, la inscripción del nuevo beato en los calendarios particulares (en la diócesis de Roma y en las diócesis de Polonia será el 22 de octubre), y la dedicación de una iglesia a Dios en honor del beato Juan Pablo II.

Texto del decreto
La beatificación del venerable Juan Pablo II, de feliz memoria, que tendrá lugar el 1 de mayo de 2011 delante de la basílica de San Pedro en Roma, presidida por el Santo Padre Benedicto XVI, reviste un carácter excepcional, reconocido por toda la Iglesia católica esparcida por el mundo entero. Teniendo en cuenta este carácter extraordinario, así como las numerosas peticiones en relación con el culto litúrgico en honor del próximo beato, según los lugares y los modos establecidos por el derecho, esta Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos comunica cuanto se ha dispuesto al respecto.

Misa de acción de gracias
Se dispone que durante los doce meses siguientes a la beatificación de Juan Pablo II, o sea, hasta el 1 de mayo de 2012, sea posible celebrar una santa misa de acción de gracias a Dios en lugares y días significativos. La responsabilidad de establecer el día o los días, así como el lugar o los lugares de reunión del pueblo de Dios, compete al obispo diocesano para su diócesis. Teniendo en cuenta las exigencias locales y las conveniencias pastorales, se concede que se pueda celebrar una santa misa en honor del nuevo beato en un domingo durante el año, o en un día comprendido entre los números 10-13 de la Tabla de los días litúrgicos.

De la misma manera, para las familias religiosas, compete al superior general establecer los días y lugares significativos para toda la familia religiosa.

Para la santa misa, además de la posibilidad de cantar el Gloria, se reza la oración colecta propia en honor del beato; las demás oraciones, el prefacio, las antífonas y las lecturas bíblicas se toman del Común de los pastores, para un Papa. Si el día de la celebración coincide con un domingo durante el año, para las lecturas bíblicas se podrán elegir textos adecuados del Común de los pastores para la primera lectura, salmo responsorial, y para el Evangelio.

Inscripción del nuevo beato en los calendarios particulares
Se dispone que en el calendario propio de la diócesis de Roma y de las diócesis de Polonia, la celebración del beato Juan Pablo II, Papa, se inscriba el 22 de octubre y se celebre cada año como memoria.

Sobre los textos litúrgicos se conceden como propios la oración colecta y la segunda lectura del Oficio de lectura, con el correspondiente responsorio. Los demás textos se toman del Común de los pastores, para un Papa.

En cuanto a los demás calendarios propios, la petición de inscripción de la memoria facultativa del beato Juan Pablo II podrán presentarla a esta Congregación las Conferencias episcopales para su territorio, el obispo diocesano para su diócesis, y el superior general para su familia religiosa.

Dedicación de una iglesia a Dios en honor del nuevo beato
La elección del beato Juan Pablo II como titular de una iglesia prevé el indulto de la Sede Apostólica (cf. Ordo dedicationis ecclesiae, Praenotanda n. 4), excepto cuando su celebración ya esté inscrita en el calendario particular: en este caso no se requiere el indulto y al beato, en la iglesia de la que es titular, se le reserva el grado de fiesta (cf. Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, Notificatio de cultu Beatorum, 21 de mayo de 1999, n. 9).

El decreto está firmado por el cardenal Cañizares y el arzobispo secretario del dicasterio, monseñor José Agustín Di Noia, OP.+

Día del Trabajo: Misa y bendición

“A cada hombre le llega el misterio de la redención y con cada uno se ha unido Cristo para siempre. La Iglesia no puede abandonar al hombre… y este hombre es el camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión”

Juan Pablo II (Redemptor Hominis, Centécimus annus)

 

 

Con motivo de celebrarse el 1 de mayo, día Internacional del trabajo, el Arzobispo de Paraná Monseñor Juan Alberto Puiggari, tiene el agrado de invitar a la Santa Misa y Bendición de los elementos de trabajo, que él presidirá en la catedral metropolitana, ese día.  

Además nos uniremos en la oración por la Beatificación de Juan Pablo II, Siervo de Dios. Hombre de Dios y hombre para la Iglesia y para la humanidad.

Hombre que experimentó en carnes propias el trabajo humano, y quien tanto aportó a la reflexión del mismo.

Por su intermedio imploramos por tantos trabajadores que siguen buscando la dignidad humana. Dios en su Infinita Misericordia, nos atienda y bendiga.

 

El Programa previsto para esta Jornada es el Siguiente:

11:00 Misa por los trabajadores, presidida por el Arzobispo de Paraná en el interior de la Catedral Metropolitana.

11:30 Ubicación de los Elementos para la bendición en Calle corrientes (entre Urquiza y Andrés Pasos)

12:00 Bendición de los trabajadores y herramientas.

 

            Por tal motivo invitamos a concurrir ese día a la Catedral, con aquellos elementos que a diario se utilizan para la realización de los trabajos. (maquinas, vehículos, herramientas, etc)

PASCUAJOVEN 10 AÑOS

Hace 10 años nacía una propuesta que tenía como objetivo celebrar la Pascua de un modo particular, a través del arte.

 

Este año, bajo el lema «PORQUE AMAMOS LA VIDA», se estarán llevando a cabo el Certamen de la Canción Pascual (27 de abril 20,30 hs., Parroquia Nuestra Sra. del Carmen) y dos noches de festival (29 y 30 de abril, Salón del Colegio Cristo Redentor).

 

Con una entrada simbólica de $6 (que no sera impedimento para compartir la fiesta).

 

Más información en facebook COMUNIDAD PASCUA JOVEN PARANA.