Homilia del P. Luis Anaya en ocasión de las Bodas de Plata de la casa Sacerdotal «Jesús Buen Pastor» el día lunes 13 de abril en la Parroquia Nuestra Señora de la Piedad.

BODAS DE PLATA

Celebramos los 25 años de la Residencia Sacerdotal “Jesús Buen Pastor”.

La residencia es uno de los “sueños” del entonces arzobispo Mons. Karlic. Sueño que se pudo concretar en el año 2001. Fue de mucha providencia para ello la presencia de las hermanas religiosas de la Divina Providencia en Paraná y la gestión de la entonces madre general de la congregación: Suor Marcella Cessa. El diálogo entre la diócesis y la congregación, con la presencia estable y apostólica de las hermanas permitieron concretar un anhelo, que era parte del carisma de las religiosas.

De este modo, el 19 de marzo del 2001 comenzó formalmente su vida de acogida a los sacerdotes mayores adultos o aquejados por alguna enfermedad el Hogar sacerdotal. Contó provisoriamente para funcionar con una casa cercana a la actual residencia, sobre la misma calle Italia. Más tarde se trasladaría la residencia al “Paracao”, para luego volver a calle Italia en su actual emplazamiento.

Después de muchos años de atención cuidadosa a varios sacerdotes residentes en la Casa, las hermanas de la Divina Providencia advirtieron que no podían continuar con la obra. Diversas razones les dieron a entender que era prudente entregar la obra a la arquidiócesis. Facilitaron el traspaso con un comodato de la casa que hoy los alberga, la disponibilidad del personal que los atendía y la experiencia de muchos años de cuidado. Así fue como el 23 de abril del 2020, en tiempos de pandemia, pudo ejecutarse la decisión de su gestión diocesana.

Siete eran los sacerdotes residentes en el Hogar en el inicio de esta nueva etapa. En la actualidad son 11, que es la capacidad del Hogar.

Pero los datos históricos revelan mucho más. Sin forzar el texto, el evangelio de este día nos ayuda a pensar en ello, en celebrar esta acción de gracias con el sentido que le corresponde. Porque los veinticinco años transcurridos no han sido solo un transcurso de tiempo; las bodas de plata son la expresión de un don de Dios al que, como Iglesia local, queremos ser fieles. No celebramos una cronología sino un kairós, es decir, la manifestación de las maravillas de Dios, de su misericordia.

Pregunta Nicodemo en el evangelio “¿cómo puede un hombre nacer de nuevo cuando ya es viejo?” Tomo algo de la respuesta de Jesús: “el viento sopla donde quiere: tu oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va”. Es la novedad, es lo eterno que se hace presente en el tiempo, es la perenne juventud del nacimiento en el Espíritu. La Residencia sacerdotal quiere ser fiel en este sentido: ser un espacio para que el Espíritu del Señor nos recree en la permanente renovación de la condición de hijos y en el ministerio sacerdotal.

¿Cómo continuar con la entrega sacerdotal cuando los límites de la edad o de salud no permiten o dificultan el ejercicio ordinario del ministerio? Sabemos que Dios es fuente de vida y de fecundidad en todo momento de la existencia personal. El tiempo cronológico no lo interrumpe.

Una reciente reflexión sapiencial a este propósito nos llega en “Reaviva el Don”, reciente texto de la CEMIN. “Reducidas las obligaciones pastorales queda la parte mejor, que en la vida del presbítero mayor puede traducirse – según las posibilidades – en un creciente tiempo para la escucha espiritual, la lectura, la oración, la presencia en el mundo del dolor, el acompañamiento de los sacerdotes. También en la ayuda y asistencia ocasional a distintas comunidades”.

Es un tiempo precioso para recrear el don del sacerdocio. La historia de la Residencia lo muestra en la atención y el cuidado sanitario – que Dios quiere para cada uno de nosotros –, por la fraternidad ejercida en el día a día, por la eucaristía compartida, por la oración común, por la virtud de la entrega expresada en los sencillos gestos de la convivencia.

Son muchos los sacerdotes que han vivido esta experiencia y lo continúan haciendo. Sacerdotes del presbiterio de Paraná y de otras diócesis, que nos enriquecen con su presencia e integración. De este modo podemos vivir sacerdotalmente, animados por el Espíritu, en el kairós que Dios nos regala.

El “permanecer” de la residencia a lo largo de veinticinco años y el esfuerzo de la arquidiócesis en su sostenimiento no solo ha sido una actitud de perseverancia.  Se quiso ser fiel a un regalo de Dios. Es lo que agradecemos a Cristo Resucitado, que es el Dios de la misericordia y la fuente del don.

Nuestra Señora del Rosario nos cobije bajo su protección y san José nos cuide en el Amor del Padre.