
La Virgen del Rosario congregó a la Arquidiócesis de Paraná en una verdadera fiesta durante este miércoles 7 de octubre.
Tras partir en caravana alrededor de las 10 de la mañana, la imagen de la Patrona recorrió 20 parroquias y capillas donde fue recibida con alegría, flores, canto y oración. Las distintas comunidades se congregaron para saludar a la Madre y dejar en sus manos las diferentes intenciones y agradecimientos.
“María del Rosario camina con nosotros”, fue el lema que acompañó el peregrinar de la Madre por sus calles, barrios y comunidades donde fue escoltada por una columna de autos, bicicletas y motos a lo largo de su marcha.
Momentos de especial alegría se vivieron cuando María llegó nuevamente a su casa, a la Catedral Metropolitana, para culminar la jornada con la celebración de la Santa Misa, presidida por Monseñor Raúl Martín. Allí se dieron cita autoridades de diferentes fuerzas, vecinos, colegios religiosos, movimientos y comunidad en general.
Texto completo de la Homilía
Como lo hacemos cada año en la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, hubiéramos querido peregrinar por las calles de la ciudad, dando testimonio de fe y de amor a este pueblo de Paraná, a la madre de Jesús y madre nuestra. Hoy lo hacemos aquí adentro y en el corazón.
Este caminar y eucaristía que celebramos se hacen en oración confiada a Dios, que en Jesús, muerto y resucitado, y desde una custodia maternal, se inclina con dulzura sobre nosotros. Como María y los discípulos, regresados del Monte de los Olivos, se dedicaban a la oración unidos, con sus corazones a la espera del cumplimiento de las promesas de Dios, así nosotros, hoy y siempre, esperamos de Dios en las manos de nuestra madre.
El Evangelio de Lucas nos lleva a hacer memoria agradecida de aquel primer «sí» de María, al que queremos unirnos en alabanza y acción de gracias. Cantamos con ella la grandeza del Señor, que mira la pequeñez y extiende su misericordia a todas las generaciones, dispersando a los soberbios y poderosos, colmando de bienes a los hambrientos y socorriendo a su pueblo, porque Ella camina con nosotros.
Desde la Cruz, María camina con nosotros haciéndonos sus hijos también. El Señor así nos encomendó en sus brazos; así como en la imagen, María nos acerca junto al Niño a su corazón de madre, esperando en cada hijo el pleno encuentro con Jesús en el amor y en la misión.
María reza y espera con cada uno de nosotros. Nos enseña a confiar en la infinita misericordia del Padre Dios, que siempre será más grande que cualquier pecado y limitación del hombre. Nos invita a la esperanza, a unir como hermanos nuestros corazones, que, como cuentas de un Rosario, vamos entrelazando la vida en sus manos, alcanzando en cada Padre Nuestro la certeza de la cercanía de Dios, cuyo amor por nosotros se nos revela en Jesús, Palabra eterna, camino, verdad y vida.
Traemos a este encuentro de familia, a esta fiesta mariana, la realidad de cada vida, de cada hombre y mujer de este pueblo: miedos, sueños, esperanzas, dolores y alegrías que juntamos como un ramillete, ofrenda viva para presentarle a Dios. En las manos de la Madre, el Niño es ofrecido a toda la humanidad por Él redimida, y el Rosario es escalera segura a su corazón.
En cada Avemaría y en cada Padre Nuestro acercamos a Dios la vida de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, de todo lugar y de diferentes realidades. Sumamos los rostros de esta familia que somos, la Iglesia, con fortalezas y debilidades, con tanta gracia y tanto pecado también. En estos rostros están los más sufrientes, los pobres y los enfermos, los más débiles y los que no conocen o no experimentan el amor de Dios.
María es la madre que recibe a sus hijos sin diferencias, enseñándonos a encontrarnos como familia, como hermanos todos. Su presencia se hace siempre esperanza y consuelo. De ella aprendemos a ensanchar el corazón para que nadie quede afuera, que ninguno se sienta desamparado u olvidado. Nos hace tomar conciencia, como Iglesia, de esta fraternidad que siempre tendremos que trabajar y enriquecer, llamándonos a asumir cada día más plenamente la responsabilidad de hacernos cargo de los hermanos, sosteniéndonos en la esperanza de Dios, Padre de todos.
En ese Rosario que María lleva en sus manos junto al Niño estamos todos colgados de su amor, entrelazados, como queriendo sostenernos hombro a hombro, caminando juntos con su maternal ternura, derribando barreras, acercando corazones, sosteniendo a los caídos, buscando sanar heridas y acortando las distancias.
Queremos ser constructores de la paz, compartiendo nuestra vida, permaneciendo en el amor de Jesús, guiados por su Palabra que nos hace recordar aquello de sus discípulos: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Vos tenés palabras de vida eterna». Conocer a Jesús es lo mejor que nos pasó en la vida. Estamos invitados a ser sujetos y testigos de un amor sin límites, comprometiéndonos a que no sean solo palabras vanas, sino una experiencia fuerte de su misericordia.
Porque de andar juntos se trata; caminar juntos queremos. Es con María que hacemos este camino para que nadie se pierda. Si nos cansamos, es ella quien nos espera; si nos perdemos, con Jesús es quien nos busca. Porque con ella el Señor se hace huella entre el correr de los ríos, en el verdor de los campos y el sabor de mil colores. Es María huella de Dios, certeza para el camino, huella del paso del Hijo por la vida de su pueblo.
Ella es la santa entre los santos, la más bendita, la que nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña. Ella no acepta que nos quedemos caídos y tantas veces nos lleva en sus brazos sin juzgarnos. Conversar con ella nos consuela, nos libera y nos santifica. La Madre no necesita de muchas palabras; no hace falta que nos esforcemos demasiado para explicarle lo que nos pasa, basta con citar una y otra vez: «Dios te salve, María…».
Queremos una vez más comprometer nuestra vida rezando con San Agustín: «Dame lo que me pedís y pedime lo que quieras», para cantar con María: «Hágase en mí según tu palabra», y que juntos caminemos.
Animados por el Papa León en su carta Magnifica humanitas, que nos invita a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a no tener miedo de ensuciarnos las manos en la obra de nuestro tiempo, rezando, proyectemos con sabiduría; trabajemos con perseverancia, poniendo a Dios en el horizonte de nuestro actuar y al ser humano en el centro de nuestras decisiones. Entonces, las piedras desechadas —los pobres, los enfermos, los migrantes, los pequeños— se convertirán en piedras angulares y sobre la tierra surgirá un hogar común, sólido y hospitalario, donde el amor y la verdad finalmente se encontrarán, y la justicia y la paz se besarán.
Esta es la bendición que imploramos a Dios y la tarea que tenemos por delante: ser constructores de comunión, siervos del Reino que viene, no dueños de una torre destinada a derrumbarse.
María del Rosario, Madre querida, volvemos cada día a vos tomados de tu mano, aprendiendo poco a poco a ser familia que no quiere cansarse de sembrar este Evangelio que invita a ser uno para que el mundo crea.
Madre del Rosario, únenos en esta tierra y llévanos con vos al cielo.
Mons. Raúl Martín
Arzobispo de Paraná