En honor a San Lorenzo, un diácono y mártir romano del siglo III,  cada 10 de agosto, se celebra el Día del Diácono.

El diácono es un hombre llamado por Dios para servir a la Iglesia en la Palabra, la Liturgia y la Caridad: “No vino para ser servido, sino para servir.» (Mc 10,45)

Al recibir el sacramento del Orden, por la imposición de las manos del Obispo, es consagrado para servir al Pueblo de Dios. Su ministerio no es un cargo ni una función pasajera: es una vocación y una misión para toda la vida.

El diaconado permanente puede ser recibido por hombres célibes o casados.

Quien es ordenado recibe un carácter espiritual permanente y queda consagrado para servir a Cristo y a su Iglesia.

Funciones:

El servicio de la Palabra

«Anunciar a Cristo con la vida y con la palabra.»

El diácono:

Proclama el Evangelio.

Predica en la liturgia.

Acompaña la catequesis.

Evangeliza en la comunidad.

Lleva la Buena Noticia allí donde hace falta esperanza.

El servicio de la Liturgia

Servir a Cristo en la celebración de la fe

El diácono:

Asiste en la Santa Misa.

Bautiza.

Preside matrimonios.

Celebra exequias.

Lleva la Comunión a los enfermos.

Preside celebraciones en ausencia del sacerdote.

Expone el Santísimo Sacramento.

El servicio de la Caridad

El rostro cercano de la Iglesia

El diácono está llamado a:

Servir a los pobres.

Acompañar a quienes sufren.

Promover la justicia y la solidaridad.

Animar las obras de caridad.

Hacer visible la ternura de Dios.

 El diácono recuerda que toda la Iglesia está llamada a servir. Como pueblo de Dios, pidamos al Señor nuevas vocaciones al diaconado permanente.