HOMILIA EN LA SOLEMNIDAD DE NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO

 

Paraná, 7 de Octubre de 2013.

 

Queridos hermanos:

Sentimientos de gratitud, de devoción filial y de amor nos reúnen esta tarde para venerar a Nuestra Madre, la Santísima Virgen del Rosario.

Este año tenemos distintos motivos para celebrar: Estamos recordando los 200 años que Paraná fue elevada de “pueblo de la Baxada” a la categoría de “Villa”, bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario, por la Asamblea del año XIII, en sesión del 25 de junio de 1830. Justo reconocimiento a esta venerable imagen que desde 1730 congregó a su alrededor la incipiente ranchería, origen del primer vecindario que se fue construyendo alrededor de la naciente capilla dando comienzo a la primera sociedad entrerriana, nacía así una incipiente ciudad, una nueva provincia. Hoy le damos gracias a María por su protección maternal a lo largo de su historia y le pedimos por todas lasnecesidades materiales y espirituales que tenemos.

Pero también estamos celebrando su fiesta en este Año de la Fe, en el cual queremos meditar la fuerza y belleza de creer sintiendo una llamada a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo.

“Redescubrir la alegría de creer y el entusiasmo de comunicar la Fe” es nuestro programa en este año de gracia que estamos cerca de concluir.

Hoy contemplando su imagen queremos decirle: “Bienaventurada por haber creído”,“Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor (Lc 1,45,. como exclamó llena de gozo Santa Isabel.

“La Madre del Señor es ícono perfecto de la fe” (LF n.58). “En María, Hija de Sión, se cumple la larga historia de la Fe del Antiguo Testamento”. En Ella se cumple la espera de la venida definitiva de Dios y por su acogida a la Palabra de Dios, por su “fiat”, se cumple la venida definitiva de Dios, el Verbo se hizo carne. Porque creyó, concibió en” fe y alegría” (San Justino).

Contemplemos la fe de María.

Su fe fue fuerte. No duda. María enfrenta situaciones difíciles de comprender. Su reacción siempre la misma: se abandona en Dios y guarda estas cosas en su corazón. Su fe como la de todo hombre guarda momentos de oscuridad.

La prueba más dura para María será el cuadro desgarrador de la cruz: Ver a su Hijo amado desangrándose y muriendo de dolor, ni rostro humano, sin haber hecho en su vida más que amar a los demás hasta el extremo. Aún en ese momento, María confía en el Señor, su fe no claudica. Y aunque el dolor no le permite pronunciar palabra alguna, María guarda este acontecimiento en su corazón al tiempo que pronuncia en su mente “Fiat”, “Hágase”.

Queridos hermanos: no es distinto para nosotros este camino de la fe, cada uno en nuestro caminar encontramos momentos de luz, pero también momentos de oscuridad en donde Dios parece ausente. Su silencio se hace duro, sus caminos son muy distintos a los nuestros; pero estos son los momentos de purificación y crecimiento, es el momento en el que, como María y con su ayuda, debemos abrirnos a Dios, acoger el don de la fe, poner en Él nuestra confianza, con la certeza de Su amor y fidelidad.

Esto nos exige salir de nosotros mismos, de nuestros proyectos, de nuestras ambiciones, para que la Palabra de Dios sea la lámpara que guíe nuestros senderos. Que María nos ayude a tener pronto el “sí” a la voluntad de Dios, sin pretensiones de comprender sus proyectos.

Que nos ayude a no dudar, a no claudicar, a no “licuar” la fe para adecuarnos a las pretensionesen un mundo sin Dios. En María el “sí” a la voluntad de Dios, en la obediencia de la fe, se repite a lo largo de toda su vida, hasta el momento más difícil, el de la Cruz.

La fe de María fue servicial, se manifiesta en obras, la mueve siempre a obrar sin demora, con prisa, cuando alguien la necesita. Lucas subraya que María se dio prisa en visitar a su parienta Isabel, porque estaba encinta. En Caná, tan pronto nota que en la boda se termina el vino, interviene para pedir a su Hijo que evite el mal momento de los jóvenes esposos.

No es difícil imaginar en cuantos otros momentos de su vida, silenciosamente, como le enseñóJesús, María habrá acudido a socorrer a sus hijos.

El Año de la fe será también una buena oportunidad, con el corazón y la ayuda de María, para intensificar el testimonio de la caridad. El apóstol Santiago dice: « ¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos de alimento diario y alguno de ustedes les dice: “vayan en paz, abríguense y sáciense”, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no se tienen obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: “Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame tu fe sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe”» (St 2, 14-18).

La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento a merced de la duda, constantemente. Gracias a la fe podemos reconocer, en quienes piden, el rostro del Señor resucitado. «Cada vez que lo hicieron con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron» (Mt 25, 40).

Quisiera resaltar un último aspecto de la fe de María aunque habría, ciertamente, muchos más.

La fe de María es alegre. El saludo del Ángel es una invitación a la alegría, a ungozo profundo que anuncia el final de la tristeza ante el pecado, el sufrimiento, la muerte. Es el saludo que marca el inicio del Evangelio de la Buena Nueva.

¿Cuál es la causa de la alegría en nuestra Madre? “El Señor está contigo”. Alégrate María porque eres llena de gracia. Ella vive totalmente de la fe, está inserta en la historia de la fe y de la esperanza.

En la visita a Isabel entonó su canto de alabanza por las maravillas que hace en quienes se abandonan a Él (cf. Lc 1, 46-55). Con gozo y temblor dio a luz a su único hijo, manteniendo intacta su virginidad (cf. Lc 2, 6-7). Con fe, María saboreó los frutos de la resurrección de Jesús y, guardando todos los recuerdos en su corazón (cf. Lc 2, 19.51), los transmitió a los Doce, reunidos con ella en el Cenáculo para recibir el Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14; 2, 1-4).

Que María contagie de alegría a nuestra fe, porque Dios está con nosotros: “Nada te turbe, nada te espante,… sólo Dios basta” (Santa Teresa).

Aprendamos de María su fe que confía en Dios en contra de todo y a pesar de todo. Aprendamos a actuar de inmediato, movidos por la fe, para ayudar a los hermanos y para rezar sin desfallecer por aquellos a quienes se ha agotado el vino del gozo en su vida. Aprendamos a abandonarnos en Dios y decirle “Hágase en mí según tu palabra” siempre y en todos los momentos de la vida.

La fe de María ha sido posible por su actitud de fondo, que asume ante lo que le sucede en la vida. Ella entra en diálogo constante e íntimo con la Palabra de Dios, conuna humildad profunda y obediente que acepta incluso lo que no comprende de la acción de Dios, dejando que sea Él quien le abra la mente y el corazón. Es precisamente por esta fe que todas las generaciones la llamarán bienaventurada

.

Nuestra Señora del Rosario, en esta tarde, te pido la gracia: para todos tus hijos que te reconocen como Madre y Patrona:

Ayuda nuestra fe,

Abre nuestros oídos a la Palabra para que reconozcamos la voz de Dios y su llamada

Que nuestra fe se fortalezca para que nuestro testimonio de creyentes sea cada vez más creíble.

Siembra en nuestra fe la alegría de la Resurrección

Recuérdanos que quien cree no está nunca sólo.

Enséñanos a mirar con los ojos de Jesús, para que Él sea luz en nuestro camino.

Y a ustedes queridos hermanos quiero pedirles de todo corazón que no abandonemos o retomemos el rezo del santo Rosario, para que, en la Escuela de María, aprendamos a ser discípulos-misioneros de Jesús.

Ayer en el Ángelus, el santo Padre Francisco decía: “Sí, Señor, nuestra fe es pequeña, nuestra fe es débil, frágil, pero te la ofrecemos tal como es, para que Tú la hagas crecer… en la propia vida de cada día, se puede dar testimonio de Cristo, con la fuerza de Dios, la fuerza de la fe. ¡Con la fe pequeñísima que tenemos, pero que es fuerte! ¡Con esa fuerza dar testimonio de Jesucristo, ser cristianos con la vida, con nuestro testimonio!… ¿Y cómo tomamos de esta fuerza? La tomamos de Dios en la oración. La oración es la respiración de la fe: en una relación de confianza, de amor, no puede faltar el diálogo, y la oración es el diálogo del alma con Dios.”

¡El Rosario es una escuela de oración! ¡El Rosario es una escuela de fe!

Hace 40 años, el 8 de diciembre de 1973, esta histórica imagen fue coronada. En esa ocasión, los fieles de Paraná hicieron una Alianza con su Madre:

Se comprometieron a rezar el Santo Rosario y expresaron:

“El Rosario es el poema — del amor divino por el hombre. — Es la gesta del Hijo de Dios, — peregrino sobre el mundo, — a través de una vida de familia. — Un matrimonio, — un Hijo, — un humilde hogar. — Trabajo, — sacrificio, — oración, — comunión de almas, — paz, — alegría, — don recíproco del uno al otro, —silenciosamente, con los hechos.

Por medio del Rosario — queremos descubrir a nuestra generación — perpleja y destrozada — por un mundo contradictorio, —que hay un oasis siempre a mano — para restaurar el alma — y retomar el camino de las cumbres. — Este oasis es la oración. —Queremos aprender a orar y enseñar a orar. — Será nuestro mejor aporte a la salvación del mundo.

En esta convocatoria a la nueva Evangelización y en este camino hacia el Bicentenario los invito, les pido, los comprometo a que recemos con confianza el Santo Rosario, la oración de los pequeños, y así colaboremos eficazmente en Instaurar todo en Cristo de la mano de María. Que así sea.

 

 

Biografía

 

Monseñor Juan Alberto Puiggari nació en la ciudad de Buenos Aires el 21 de noviembre de 1949, hijo del abogado Juan Alberto Puiggari y de la señora Elida Etcheverry Boneo.

Realizó sus estudios primarios y secundarios en el colegio San Pablo, de Buenos Aires, de donde egresó como bachiller en 1967, figurando entre los alumnos más distinguidos.

Recibió formación del presbítero Luis María Etcheverry Boneo, su tío, actualmente en proceso de beatificación, y estuvo vinculado apostólicamente a la Obra fundada por su tío, especialmente en el colegio San Pablo y la Agrupación Universitaria Misión (1968-1973).

Después de completar estudios universitarios en la Facultad de Filosofía de la Universidad Católica Argentina

Santa María de los Buenos Aires (1968-1973) realizó estudios teológicos en el Seminario Arquidiocesano de Paraná (1973-1976), y recibió la ordenación sacerdotal de manos de monseñor Adolfo Servando Tortolo el 13 de noviembre de 1976. Desde entonces se desempeñó como sacerdote diocesano incardinado en la arquidiócesis de Paraná a la que sirvió con fidelidad y dedicación durante los gobiernos pastorales

de los arzobispos Adolfo Tortolo, José María Mestres y

Estanislao Karlic.

Su ministerio pastoral estuvo siempre vinculado al Seminario Arquidiocesano, cuyo equipo de Superiores integró desde 1977. Fue profesor de asignaturas filosóficas en los Seminarios Menor y Mayor y rector del Instituto Secundario del Seminario, incorporado a la enseñanza oficial. Se desempeñó como rector del Seminario de 1992 a 1997. Fue miembro del Colegio de Consultores y del Consejo Presbiteral de la arquidiócesis de Paraná.

El 20 de febrero de 1998 el papa Juan Pablo II lo nombró obispo titular de Turuzi y auxiliar de Paraná. El 8 de mayo de ese mismo año recibió la consagración episcopal en la catedral Nuestra Señora del Rosario, de Paraná, de manos de monseñor Estanislao Esteban Karlic, arzobispo de Paraná; de monseñor Luis Guillermo Eichhorn, obispo de Gualeguaychú y de monseñor Mario Antonio Cargnelo, en ese entonces obispo de Orán. Después de su ordenación episcopal continuó desempeñándose como rector del Seminario Mayor Nuestra Señora del Cenáculo.

Trasladado como obispo de Mar del Plata el 7 de junio de 2003; tomó posesión e inició su ministerio pastoral como quinto obispo de Mar del Plata el 10 de agosto de 2003. Promovido a arzobispo de Paraná por Benedicto XVI el 4 de octubre de 2010. En la Conferencia Episcopal es miembro de la Comisión de Ecumenismo, relaciones con Judaísmo, el Islam y las Religiones (CEERJIR).

Homilía en Ordenación Diaconal – 4 de agosto 2012

HOMILIA DE ORDENACION DIACONAL

Iglesia Catedral Nuestra Señora del Rosario

Paraná, 4 de agosto de 2012

 

Queridos hermanos:

 

Con profunda adoración y acción de gracias queremos disponernos para lo que va a suceder dentro de unos momentos, en esta Iglesia Catedral. Sólo la plena vigencia de la fe nos hará pregustar cuántas bendiciones nos regala Dios en este día, con la ordenación diaconal de Julián y Miguel.

El ministerio, que hoy recibirán estos hermanos nuestros, es un paso hacia el ministerio presbiteral del mañana, pero no es un mero trámite. Tiene su propia identidad, su propia significación. Es una gracia y un carácter sacramental para una misión de origen apostólico. Escuchábamos en la segunda lectura de los Hechos de los Apóstoles, cómo la iniciativa fue de los Doce: “Es preferible, hermanos, que busquen entre ustedes a siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría” después de orar, les impusieron las manos y ahí, por primera vez, se ordenaron diáconos para colaborar con ellos en la Obra que les había confiado el Maestro.

Hoy por la gracia de Dios y por la efusión del Espíritu Santo se hará nuevamente presente la acción salvífica del Señor.

El servicio que implica el diaconado, se desarrolla en el anuncio de la Palabra, el ministerio del Altar y la atención a los hermanos en las obras de caridad, lo cual supone en los candidatos, una vocación acogida en el corazón, con el fuego de un amor entregado, capaz de cambiar radicalmente sus vidas.

En estos hermanos nuestros, quienes dentro de unos momentos serán ordenados, se da el misterio de Dios que llama, y el no menos grande misterio del hombre que con la gracia responde. “Tú me has seducido Señor; y yo me dejé seducir” (Jr. 20,7).Escuchamos en la primera lectura al profeta Jeremías “Antes de formarte en el vientre materno, Yo te conocía; antes que salieras del vientre, Yo te había consagrado, te había constituido profeta para las naciones”. .. “No temas… porque Yo estoy contigo para librarte”

Gracia y libertad, unidas inseparablemente. “Gratia Deum mecum”, expresaba San Pablo.

El sacramento del orden diaconal, sella para siempre ese amor mutuamente correspondido. Iniciativa de Dios que, como regalo, sembró en sus corazones la semilla de la vocación la cual, a lo largo de estos años, fue creciendo en sus corazones. Ellos dejaron que Dios triunfara y por eso hoy se presentan para decirle al Señor ¡Aquí estoy! Aquí estoy para consagrarme a Tu servicio y al de la Iglesia, Aquí estoy, envíame, ordena. Sólo quiero hacer la Voluntad del Padre para ofrecerme Contigo, por la salvación de mis hermanos.

El Diaconado, que van a recibir Miguel y Julián, es para ellos, la puerta grande del ingreso al sacerdocio, porque el servicio es la actitud fundamental del ministerio y porque conlleva la importancia de ser el compromiso definitivo que decide para siempre su porvenir y les abre el camino a la fecundidad del apostolado. El Evangelio que acabamos de escuchar es suficientemente elocuente. “El que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga un esclavo; como el Hijo del Hombre, que no vino a ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud” Mt. 20,27. La verdadera grandeza es la de Dios, cuya gloria es servir. Servir. En el Nuevo Testamento, expresa la concreción del amor. La perfección del amor consiste en “ser del otro”, como Dios. La gloria no es servirse del otro, sino servirle, no es poseerlo, sino pertenecerle por amor. La verdadera libertad es ser en el amor “esclavos” los unos de los otros. El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir, está en medio de nosotros como el que sirve; es una de las definiciones más hermosa del Señor.

Hoy, queridos Miguel y Julián, van a asumir, delante de toda la Iglesia, el compromiso largamente madurado del celibato, que significa el total despojo de sí, para ser exclusivamente de Dios, al servicio de la comunidad entera. Corazón indiviso, todo de Dios y así serán libres para dedicarse al servicio del Señor y de los hombres. Es la causa profunda de la disponibilidad de sus vidas y signo elocuente para nuestro mundo que Dios debe ser amado sobre todas las cosas y que debe ser servido en todo y ante todo.

El celibato implica el anonadamiento de nuestro ser, la voluntaria privación de sentimientos y derechos del corazón, creado para compartir la vida en el amor, como nos enseña el libro del Génesis. Y esto sólo es posible porque otro amor más grande: Cristo y su servicio, llenan plenamente la necesidad de amar… Ya sólo interesa la llamada de Dios: servir a los hombres, porque fueron escogidos por Él para imitar al Maestro y dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20,28).

En el mundo de hoy esto no es muy creíble, no se entiende que se pueda renunciar a un amor humano santo y legítimo por un amor superior, ya no se cree en la fidelidad que es lo mismo que no creer en el amor. El amor, por un tiempo, es caricatura del mismo. Bien sé que ustedes concientes de su pequeñez pero confiando en la gracia de Dios, se presentan con la clara determinación de entregarse para siempre al Señor. Que Él confirme esta decisión.

Queridos hijos: comenzarán a ser siervos de Dios, siervos de la comunidad; colaborador del obispo y de los sacerdotes, para que el Pueblo de Dios sea atendido en sus requerimientos espirituales y materiales con el fin de encontrarse con Cristo y Cristo está presente en la Eucaristía, en la Palabra y en los hermanos, especialmente en los necesitados. Por eso servirán a la Palabra en la predicación y en la catequesis, Palabra que se hará sacramento en el Bautismo. Servirán a la Eucaristía que distribuirán a los fieles, El Pan Vivo que da la vida al mundo. Y servirán a los hermanos, en quienes el Señor espera recibir nuestra misericordia. Para ellos fueron elegidos los primeros siete diáconos, como nos relata los Hechos de los Apóstoles. Cuando San Pedro enumera las condiciones para ser elegidos (Hc 6,3) piden que sean elegidos hombres de buena fama, dotados de Espíritu y de prudencia. También Pablo le indica a Timoteo, en su segunda carta, “los diáconos deberán ser hombres honestos, sin dobleces, templados, no codiciosos de vil ganancia; que guarden el misterio de la fe en una conciencia pura”.

Todo un programa de vida para ser imitados por ustedes, armonía humana, colmada por la gracia de Dios. Vida irreprochable, fundada en una paz interior que nace del permanente contacto con Cristo Diácono. Que se vea en ustedes al Maestro, pero más en las obras que en las palabras porque sean capaces de interiorizar el Evangelio, de tal manera que se les constituya en la sola regla del obrar. La fe que no es activa en el amor, no es fe.

Sean discípulos que tengan una profunda experiencia de Dios, en la Palabra y en la Eucaristía; Discípulos-misioneros movidos por la caridad pastoral que los hagan consumir en el servicio.

 

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HOMILIA DE CORPUS CHRISTI 2012

Paraná, 9 de junio de 2012

“Yo os adoro por mi dueño, Pan, cordero de Sión,

que darse un amo a un esclavo; es maravilla de amor”

Lope de Vega

 

Queridos hermanos:

En la Solemnidad del Corpus Christi, que estamos celebrando, la Iglesia no sólo celebra la Eucaristía, sino que también la lleva solemnemente en procesión, recorriendo las calles de nuestra ciudad, proclamando públicamente que el Sacrificio de Cristo es para la salvación del mundo entero. “Pan para la vida del mundo”

La Iglesia, agradecida por este inmenso don, se reúne hoy, en torno al Santísimo Sacramento, porque en él se encuentra la fuente y la cumbre de su ser y su actuar. “¡La Iglesia vive de la Eucaristía!” y sabe que esta verdad no sólo expresa una experiencia diaria de fe, sino que también encierra de manera sintética el núcleo del misterio que es ella misma. (cf. Ecclesia de Eucharistia, 1).

 

 

Desde el siglo XIII la Iglesia celebra con gran devoción esta fiesta, que en un primer momento puede parecer la repetición del gran misterio pascual celebrado el Jueves Santo. Sin embargo allí se considera el aspecto sacrificial y aquí la presencia real.

Profesamos nuestra fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Es el “misterio de fe” por excelencia. “es el compendio y la suma de nuestra fe” (SC, n°6).

“La Santísima Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre. En el Sacramento eucarístico Jesús sigue amándonos “hasta el extremo”, hasta el don de su cuerpo y de su sangre. ¡Qué emoción debió embargar el corazón de los Apóstoles ante los gestos y palabras del Señor durante aquella Cena! ¡Qué admiración ha de suscitar también en nuestro corazón el Misterio eucarístico!” (Sacramentum Caritatis, introducción)

La fe de la Iglesia es esencialmente fe eucarística y se alimenta en la mesa de la Eucaristía. El documento de Aparecida (Documento de la V Conferencia) nos invita a renacer desde Cristo, y como nos dice nuestro querido Benedicto XVI: “Toda gran reforma está vinculada de algún modo al redescubrimiento de la fe en la presencia eucarística del Señor en medio de su pueblo”.

Quisiéramos en este día pedir la gracia que en toda la Arquidiócesis se despierte cada vez más el “asombro” eucarístico, que nos lleve a “arrodillarnos en adoración ante el Señor. Sería la mejor preparación para el Año de la FE. Adorar al Dios de Jesucristo, que se hizo pan partido por amor, es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina

 

ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea.” (Benedicto XVI, Corpus Christi) Comunión y contemplación no se pueden separar, van juntos Nos decía el Santo Padre, en la homilía de este año. Para comunicar verdaderamente con otra persona debo conocerla, saber estar en silencio cerca de ella, escucharla, mirarla con amor. El verdadero amor y la verdadera amistad viven siempre de esta reciprocidad de miradas, de silencios intensos, elocuentes, plenos de respeto y veneración, de manera que el encuentro se viva profundamente, de modo personal y no superficial. Y lamentablemente, si falta esta dimensión, incluso la misma comunión sacramental puede llegar a ser, por nuestra parte, un gesto superficial. En cambio, en la verdadera comunión, preparada por el coloquio de la oración y de la vida, podemos decir al Señor palabras de confianza, como las que han resonado hace poco en el Salmo responsorial: “Yo soy tu siervo, hijo de tu esclava:/ tu has roto mis cadenas./ Te ofreceré un sacrificio de alabanza/ e invocaré el nombre del señor” (Sal 115,16-17).

 

“Nos postramos ante un Dios que se ha abajado en primer lugar hacia el hombre, como el Buen Samaritano, para socorrerle y volverle a dar la vida, y se ha arrodillado ante nosotros para lavar nuestros pies sucios. Adorar el Cuerpo de Cristo quiere decir creer que allí, en ese pedazo de pan, se encuentra realmente Cristo, quien da verdaderamente sentido a la vida, al inmenso universo y a la más pequeña criatura, a toda la historia humana y a la más breve existencia. La adoración es oración que prolonga la celebración y la comunión eucarística, en la que el alma sigue alimentándose: se alimenta de amor, de verdad, de paz; se alimenta de esperanza, pues Aquél ante el que nos postramos no nos juzga, no nos aplasta, sino que nos libera y nos transforma.” (ibid)

 

La liturgia de hoy nos propone tres textos que hemos leído: el primero, tomado del libro del Éxodo, está relacionado con el establecimiento de la Antigua Alianza. “Moisés tomo la sangre y roció con ella al pueblo diciendo “Esta es la sangre de la Alianza que ahora el Señor hace con ustedes…” “Estamos resueltos a poner en práctica y a obedecer todo lo que el Señor ha dicho”. En la segunda lectura de la carta a los Hebreos nos presenta el misterio de Cristo como misterio de mediación y alianza y en el Evangelio, Marcos nos relata la institución de la Eucaristía como misterio de Alianza. Toda la liturgia de la Palabra nos hace reflexionar sobre el significado de la Alianza.
Jesús realiza en la última cena un gesto sorprendente: “Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomen, esto es mi Cuerpo.»
Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo: «Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos”. Jesús estableció la Nueva Alianza con Su sacrificio. No fue a buscar una víctima en un rebaño, sino que se ofreció Él mismo como el “cordero de Dios” y se trasformó en sacrificio de Alianza. Toma su pasión y su muerte y los pone al servicio de un don de amor, establece la Nueva Alianza, obteniéndonos así la redención eterna.

Así, queridos hermanos, la Eucaristía se convierte en un sacramento de unidad porque unifica en sí el pasado, el presente y el futuro de la historia (de la salvación). El pasado, en cuanto hace memoria de la Pasión del Señor; el presente porque la Iglesia se une a Cristo para seguir inmolándose. No hay Eucaristía sin Gólgota, pero tampoco hay Eucaristía sin Iglesia. El futuro porque la Eucaristía mira hacia la gloria; es el nuevo maná de la Iglesia que peregrina hacia el cielo, pero ya es anticipo porque comemos a Cristo glorioso, nos alimentamos de gloria, es anticipo y esperanza de la Resurrección.

El pasado nada pierde de su riqueza en el presente, y el presente se orienta hacia el futuro. Desde el Génesis hasta el Apocalipsis pasando por la Cruz.

La Eucaristía es un sacramento de unidad porque lleva a su máxima expresión la identificación entre Cristo y el hombre hasta tal punto que ambos se hacen uno en una sola carne: “el que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él”. Se realiza la verdadera cristificación. San Agustín pone en boca de Jesucristo “No eres tú quien me convertirás a ti, como el alimento de tu cuerpo, sino que soy Yo quien te convertiré a Mí”.
“El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y Yo lo resucitaré en el último día”. El que come a Cristo lleva en sí la fuente de la vida eterna, al modo como los sarmientos unidos a la vid reciben la sabia vivificante. Él comunica su gloria a la debilidad del hombre, el cual queda enraizado en la vida gloriosa de Cristo.
La Eucaristía es también un sacramento de unidad porque lleva a su máxima expresión y a su plenitud la unidad del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia por el hecho de que muchos son uno en Cristo.
Unidad eclesial, toda falta contra la unidad es también una falta contra la Eucaristía; pero además nos interpela a cultivar el amor social con el cual anteponemos el bien privado al bien común. La mística del sacramento tiene un carácter social que nos lleva a unirnos con todos los hombres para trabajar por la defensa de la vida, la familia, la paz, la justicia, la reconciliación y el perdón, transformar las estructuras injustas para restablecer la dignidad del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. El que como el cuerpo de Cristo debe dejarse comer por el hermano.

Queridos hermanos: “La fuerza del sacramento de la Eucaristía va más allá de las paredes de nuestras iglesias. En este sacramento el Señor está siempre en camino hacia el mundo. Este aspecto universal de la presencia eucarística se aprecia en la procesión que haremos al concluir la Misa.
Llevamos a Cristo, presente en la figura del pan, por las calles de nuestra ciudad.

 

 

Encomendamos estas calles, estas casas, nuestra vida diaria, a su bondad.
Que nuestras calles sean calles de Jesús.
Que nuestras casas sean casas para Él y con Él.
Que nuestra vida de cada día esté impregnada de su presencia.
Con este gesto, ponemos ante sus ojos los sufrimientos de los enfermos, la soledad de los jóvenes y los ancianos, las tentaciones, los miedos, toda nuestra vida.
La procesión quiere ser una gran bendición pública para nuestra ciudad: Cristo es, en persona, la bendición divina para el mundo. Que su bendición descienda sobre todos nosotros. (Benedicto XVI, Homilía de Corpus Christi, 26/5/2005)

Concluyo con palabras de Benedicto XVI del jueves pasado: “Con la Eucaristía, y «sin ilusiones, sin utopías ideológicas, nosotros caminamos por las calles del mundo, llevando dentro de nosotros el Cuerpo del Señor, como la Virgen María en el misterio de la Visitación».
«Con la humildad de sabernos simples granos de trigo, custodiamos la firme certeza que el amor de Dios encarnado en Cristo, es más fuerte que el mal, que la violencia y la muerte. Sabemos que Dios prepara para todos los hombres cielos nuevos y tierra nueva, donde reina la paz y la justicia, y en la fe entrevemos el mundo nuevo, que es nuestra verdadera patria».

Que así sea

+ Juan Alberto Puiggari
Arzobispo de Paraná

 

Homilía en la Misa Crismal 2012

 

HOMILÍA DE LA MISA CRISMAL

Paraná, 4 de marzo de 2012.

Catedral Ntra. Señora del Rosario


Querido Cardenal , querido Mons. Maulión

Queridos hermanos en el sacerdocio;

Queridos Consagrados y consagradas, queridos seminaristas

Queridos fieles laicos:

Con gran alegría, nos reunimos hoy en esta solemne Misa Crismal, que pone de manifiesto la unidad eclesial y el origen pascual de todos los sacramentos. Misa concelebrada por el Obispo y todo su presbiterio, en la cual se consagrará el Santo Crisma y se  bendecirán el óleo de los catecúmenos y de los enfermos, materia de los sacramentos, que los sacerdotes llevarán a su Parroquia para administrar los misterios de la salvación, así se pone de manifiesto cómo la salvación, transmitida por los signos sacramentales, brota precisamente del Misterio pascual de Cristo; de hecho, somos redimidos con su muerte y resurrección y, mediante los Sacramentos, acudimos a esa misma fuente salvífica. También, hoy, los  sacerdotes renuevan los compromisos que asumieron el día de la Ordenación, para ser totalmente consagrados a Cristo en el ejercicio del sagrado ministerio al servicio de los hermanos. Acompañemos a nuestros sacerdotes con nuestra oración.

Un profundo sentido de la  unidad del sacerdocio en el único Sumo y Eterno Sacerdote, Jesucristo Nuestro Señor, se irradia en toda la liturgia que hoy celebramos.

Llegamos a esta celebración con nuestros corazones de pastores, trayendo al altar todas las necesidades de la Arquidiócesis y de la Iglesia; el Señor conoce que nos oprimen los males del mundo, las heridas de la Iglesia y las angustias de las almas y de los cuerpos.

En horas más oscuras que las nuestras, en el primer Jueves Santo, Jesús nos dice: “no se turbe sus corazones. Confíen,  Yo he vencido…Yo estoy con ustedes”.

Al presidir en nombre de Jesús esta concelebración y haciéndome eco del Santo Padre, (Spe Salvi) quisiera invitarlos a levantar el corazón y centrarlo en la serena luz de la Esperanza Teologal.

“ El presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino” (S.S. n.1) .

El Espíritu Santo nos apremia a “vivir alegres en la esperanza” y nuestros hermanos y el mundo exige de nosotros un claro testimonio de esperanza sacerdotal, testimonio de esa esperanza que no defrauda.

La esperanza supone de la fe y en ella se apoya. La crisis y falta de fe se proyectan y se traducen en una crisis de esperanza. Muchos de nuestros hermanos la han perdido y lo que es peor, no les desespera la falta de esperanza.

 

Hemos llegado ya al corazón de la Semana Santa, culminando el camino cuaresmal. Mañana entraremos en el Triduo Pascual, los tres días santos en que la Iglesia conmemora el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. El Hijo de Dios, después de haberse hecho hombre en obediencia al Padre, llegando a ser del todo igual a nosotros, excepto en el pecado (cfr Hb 4,15), aceptó cumplir hasta el final su voluntad, afrontar por amor a nosotros la pasión y la cruz, para hacernos partícipes de su resurrección, para que en Él y por Él podamos vivir para siempre, en el consuelo y en la paz.

 

Este año estará marcado por dos momentos muy fuertes para nuestra vida personal y eclesial: el Sínodo para la Nueva Evangelización y el Año de la Fe. Con la promulgación de este Año, el Santo Padre quiere poner en el centro de la atención eclesial lo que, desde el inicio de su pontificado, más le interesa: el encuentro con Jesucristo y la belleza de la fe en él. Por otra parte, la Iglesia es muy consciente de los problemas que debe afrontar hoy la fe y considera más actual que nunca la pregunta que Jesús mismo hizo: «Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?» (Lc 18, 8). Por esto, «si la fe no adquiere nueva vitalidad, con una convicción profunda y una fuerza real gracias al encuentro con Jesucristo, todas las demás reformas serán ineficaces» (Discurso a la Curia romana con ocasión de las felicitaciones navideñas, 22 de diciembre de 2011).

El «Año de la fe desea contribuir a una renovada conversión al Señor Jesús y al redescubrimiento de la fe, de modo que todos los miembros de la Iglesia sean para el mundo actual, testigos gozosos y convincentes del Señor resucitado, capaces de señalar la “puerta de la fe” a tantos que están en búsqueda de la verdad».

La proximidad de estos dos grandes acontecimientos de gracia, exige de nosotros los pastores del pueblo de Dios una preparación muy seria y responsable para poder animar a nuestras comunidades. Por eso queridos hermanos los exhorto y me exhorto “a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5, 31).”  La «fe que actúa por el amor» (Ga 5, 6) se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre (cf. Rm 12, 2; Col 3, 9-10; Ef 4, 20-29; 2 Co 5, 17).

Deseo invitar a ustedes queridos hermanos, haciéndome eco de las palabras del Santo Padre a que nos unamos al Sucesor de Pedro en el tiempo

de gracia espiritual que el Señor nos ofrece para rememorar el don precioso de la fe.  Tenemos que prepararnos para  confesar la fe en el Señor Resucitado en nuestras catedral, en nuestra parroquias, capillas y en todos los rincones de la Arquidiócesis. Confesar la fe con nuestras palabras y con nuestra vida.

Estamos en vísperas del jueves Santo  en donde el Señor pronunciando la bendición sobre el pan y el vino, anticipa el sacrificio de la cruz y manifiesta la intención de perpetuar su presencia en medio de los discípulos: bajo las especies del pan y del vino, Él se hace presente de modo real con su cuerpo entregado y con su sangre derramada. Durante la Última Cena, los Apóstoles son constituidos ministros de este Sacramento de salvación; a ellos Jesús les lava los pies (cfr Jn 13,1-25), invitándoles a amarse unos a otros como Él les amó, dando la vida por ellos.

 

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En la Ordenación Presbiteral de Benitez y Massutti

 

 

HOMILIA EN LA ORDENACION PRESBITERAL DE LOS DIACONOS Andrés Benítez y Claudio Massutti.

Catedral Ntra. Señora del Rosario.

Paraná, 5 de noviembre de 2011

 

 

Queridos hermanos:

 

En todo tiempo ha sido motivo de gozo en la Iglesia de Jesucristo, la ordenación de nuevos sacerdotes. El día que un joven consagra por primera vez el pan de esta tierra en el cuerpo de Cristo sigue siendo hoy, una gran fiesta. Todos recibimos con emoción la bendición que nos da con sus manos recién consagradas.

El sacerdocio sigue siendo, para el pueblo fiel, el gran don que espera que nos sea concedido por la infinita bondad de Dios. Por eso esta Iglesia que peregrina en Paraná se alegra y agradece profundamente, porque dos de sus hijos, por imposición de manos del Obispo, serán consagrados hoy sacerdotes para siempre.

Nosotros sabemos y una vez más lo hemos escuchado en el Evangelio de hoy, que El Buen Pastor es Cristo, conoce a sus ovejas por el nombre, busca a las perdidas, desea un solo rebaño y da la vida por sus ovejas. El Gran Pastor de las ovejas encomienda a los apóstoles y a sus sucesores el ministerio de apacentar la grey de Dios, para ésta misión los sacerdotes son los colaboradores imprescindibles.

Sin sacerdotes la Iglesia no podría vivir aquella obediencia fundamental que se sitúa en el centro mismo de su existencia y de su misión en la historia, la obediencia al mandato de Jesús » Vayan y hagan discípulos a todas las gentes» (Mt 28,19) y «hagan esto en conmemoración mía» (Lc 22,19); el mandato de anunciar el evangelio y renovar cada día el

 

sacrificio de Su Cuerpo entregado y de Su Sangre derramada por la vida del mundo. (PDV) 

Quienes tenemos fe, podemos hoy alegrarnos profundamente y agradecer infinitamente a Dios, porque el Señor sigue acordándose de su Pueblo, y envía pastores a su rebaño. «Tenemos la certeza, – como decía el Santo Padre a un grupo de sacerdotes,- que sin Dios el mundo no puede vivir, el Dios de la Revelación, el Dios que ha mostrado en Jesucristo su rostro. Éste rostro que ha sufrido por nosotros, este rostro de amor que transforma el mundo como el grano de trigo caído en tierra.»

El mundo, nuestra patria, nuestra Arquidiócesis, necesita de Dios. Por eso le damos gracias que haya suscitado en estos dos hombres jóvenes, la capacidad de escuchar la suave y persuasiva voz del Maestro que les dice «síganme, yo los haré pescadores de hombres» y ellos dejando todo, acá están, para que por la imposición de las manos y la oración consagratoria, sean, por el Espíritu Santo, configurados a Jesucristo Cabeza y Pastor, y así animados con Su caridad pastoral, sean servidores del anuncio del evangelio a todos los hombres y de la plenitud de la vida cristiana de todos los bautizados .

 Dentro de unos momentos serán asumidos por el mismo Señor como cabecera de su eterno y único Pontificado entre Dios y los hombres, y les confiará poderes divinos para que perpetúen su Misión redentora.         Ellos hoy han escuchado las palabras de San Pablo, que les recuerda » Nosotros llevamos ese tesoro en recipientes de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios» (2 Cor. 7) por eso dentro de instantes se postraran en señal de humildad y nosotros cantaremos las letanías pidiendo la intercesión de los santos para que sean fieles al don que se les concederá.

Comienza un camino que ellos bien saben que no es de rosas, ni de triunfos, ni de halagos. «Siempre y en todas partes llevamos, en nuestro cuerpo, los sufrimientos de la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo» (2Cor 4 7-15). Comenzar a consagrar es también comenzar a ser hostias. Nadie puede llegar a la Pascua, si no imita a Cristo en Su Pasión.

Los Diáconos Andrés y Claudio serán «ordenados sacerdotes y así promovidos para servir a Cristo Maestro, sacerdote y Rey, participando de su ministerio, que construye sin cesar la Iglesia aquí en la tierra como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo» P.O.1. Esta es su vocación. Llamados por Dios para servir a los hombres. No pueden olvidar de Dios. No puede descuidar a los hombres.

Como nos recordaba el Santo Padre en Aparecida «El sacerdote tiene que ser ante todo un «hombre de Dios», (1 Tm 6,11) que conoce a Dios directamente, que tiene una profunda amistad personal con Jesús, que comparte con los demás los mismos sentimientos de Cristo (Cf. Fil 2,5). Sólo así el sacerdote será capaz de llevar a los hombres a Dios, encarnado en Jesucristo.»

Propiedad de Dios. Le pertenecen con exclusividad.
En la medida que estén muy cerca de Dios, estarán muy cerca de los hombres. Todo lo contrario es falacia. Nadie se desentiende de sus hermanos, si vive profundamente anclado en Dios.

 Hombre de Dios, Profeta de Dios, “Antes de formarte en el vientre materno…yo te había consagrado, te había constituido profeta para las naciones” (Jer 1, 4) «He aquí que Yo pongo en tu boca mí Palabra». …. . El no es dueño de esta Palabra, es su servidor, como dice San Pablo “no nos predicamos a nosotros mismos sino a Cristo Jesús” 

Hombre de Dios, testigo de Dios: con su vida que es lo que verdaderamente mueve al hombre de hoy. El primer presupuesto para ser testigo es haberlo visto, conocido y reconocido. Así podrá señalar a sus hermanos como Juan a Pedro » es el Señor». Tenemos los sacerdotes que estar cerca de Jesucristo ponernos a sus pies, irlo a buscar en la Escritura, en el trato frecuente con los sacramentos, en la capacidad de descubrirlo en nuestros hermanos sufrientes. Sólo así hablaremos de Él con entusiasmo y conmoveremos los corazones fríos, pero necesitados del pan de la Palabra.

 Hombre de Dios, pero también hombre de los hombres: porque si fue segregado, fue para ser enviado, puesto al servicio. Por eso es el hombre de todos, y ahí es donde encuentra su razón más profunda el celibato, ama a Dios con un corazón indiviso, por eso mismo debe amar a todos, servir a todos, entregarse a todos sin exclusiones, sin exclusivismo, con un amor preferencial a los pobres, a los que sufren a los pecadores. Hombre, que está dispuesto a dejarse devorar por sus hermanos, porque los ama, y entiende que sólo muriendo dará vida.

Queridos Claudio y Andrés: Qué grande, que digno y trascendente, en qué medida compensador de las renuncias que exige, es darle encarnación a Jesucristo en el propio tiempo y espacio. Así lo ha entendido siempre la Iglesia, construida, sostenida y conducida por los grandes sacerdotes que han jalonado su historia.. . Ahora llega la hora de ustedes, continuar esta tarea es su misión. Misterio de grandeza que nos deja perplejos y llenos de admiración ante los designios de Dios

 En este comienzo de milenio, tienen que tener clara conciencia de la gigantesca obra evangelizadora que le espera a la Iglesia, y como nos dice el Concilio » la deseada renovación de la Iglesia depende en gran parte del ministerio de los sacerdotes animados por el espíritu de Cristo» O.T.

«El Pueblo de Dios siente necesidad de presbíteros-discípulos: que tengan una profunda experiencia de Dios, configurados con el corazón del buen Pastor; de presbíteros misioneros: movidos por la caridad pastoral que los lleve a cuidad del rebaño a ellos confiados y a buscar a los más alejados; de presbíteros – servidores de la vida: que estén atentos a las necesidades de los más necesitados; de presbíteros llenos de misericordia: disponibles para administrar el sacramento de la reconciliación.-» Aparecida n.215.

Permítanme que en este día tan importante para ustedes, les pida de todo corazón:

–      Cada día renueven la decisión de seguir al Maestro, lo cual significa que ya no pueden elegir un camino propio, deben recorrer un camino que es opuesto al de la ley natural de la gravedad del egoísmo, de la búsqueda de las cosas materiales; el seguimiento es como decía el cardenal Ratzinger » un camino a través de aguas agitadas y turbulentas, un camino que sólo podemos recorrer si nos hallamos dentro del campo de gravedad del amor de Jesucristo, si tenemos la mirada puesta en Él y somos así llevados por la nueva fuerza de la gravedad de la Gracia»

–      Este seguimiento exige que renuncien a la propia voluntad, a la idea de autorrealización, para entregarse a otra Voluntad para dejarse guiar por ella, identificarse con ella y dejarse conducir incluso a donde no quieran. Lo escuchábamos en la primera lectura al profeta Jeremías “…porque tu irás adonde Yo te envíe y dirás todo lo que Yo te ordene”

 

Este seguimiento y renuncia exige la entrega total. Reclama la totalidad de su ser. No basta la entrega de parte de nuestro ser, sino no le entregamos todo, no le entregamos nada. No hay un sacerdocio a media jornada ni medio corazón.

–      Para que todo esto sea posible, deben ser hombres de profunda oración. El agua de la oración ha de regar el corazón del sacerdote, para que su vida sea fecunda. Tienen que ser grandes intercesores de Su Pueblo, como Moisés, mejor aún como Jesús.

Confiarlo todo a Él, aprender a lo largo de toda la vida, a orar, atreverse a orar. Deben ser hombres de oración, porque rezan creen y así serán hombres de esperanza.

El momento privilegiado de esta oración será sin duda la Eucaristía de cada día. Será el momento culminante de la jornada sacerdotal.

 Que al celebrar cada día el Santo Sacrificio de la Misa y repetir «Esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes» experimenten la necesidad de imitar lo que hacen y de cumplir lo que dicen, inmolándose con Cristo que se inmola, abrazándose a la Cruz. Abrasen la Cruz sin miedo, ahí está el secreto de la fecundidad de la vida del sacerdote, porque la semilla que muere da fruto, no hay mayor amor que dar la vida por los que se ama, siguiendo el ejemplo del Maestro. Solo dando recibimos, sólo siguiendo somos libres, sólo ofrendando recibimos lo que de ningún modo merecemos.

 

La espiritualidad sacerdotal es intrínsecamente eucarística, nos lo recuerda Benedicto XVI en su Exhortación Sacramentum Caritatis. El ardor misionero será auténtico si es una prolongación y consecuencia de la vida eucarística., como decía San Alberto Hurtado «Mi Misa es mi vida y mi vida es una Misa prolongada».

 

Queridos hijos: frente al avance del hedonismo, les pido que den un valeroso testimonio de la castidad, como expresión de un corazón que conoce la belleza y el precio del amor de Dios. Frente a la sed del dinero, de confort, sus vidas sobrias, austeras los harán libres para servir y recordarán que Dios es la riqueza verdadera que no se acaba. Frente al individualismo y al relativismo, que inducen a las personas a ser única norma de sí mismas, sus vidas de obediencia, confirmaran que ustedes ponen en Dios su realización».

 

Que se graben en el corazón de cada uno de ustedes las palabras de San Pablo “no somos más que servidores de ustedes por amor de Jesús” 2 Cor. 4,5

 

Tal es, en síntesis, la existencia y misión del sacerdote: servidor de Cristo para servir a los hermanos. Pero sólo podrán servir eficazmente al hombre si se sienten «encadenados a Cristo por el Espíritu.

El servicio cotidiano no es fácil. Importa una permanente disponibilidad para contemplar, convertirnos y morir. Servir a los hombres es entenderlos, asumirlos, salvarlos… Multiplicarles el pan eucarístico, abrirles los misterios del Reino, comunicarles el don del Espíritu.(Siervo de Dios Cardenal Pironio).

 

Para terminar les pido que pongan sus sacerdocio bajo la protección de la Santísima Virgen, Madre del sacerdocio de Jesucristo. Que Ella esté íntimamente asociada a la vida de ustedes como lo estuvo a la de Jesús Que Ella sea el apoyo eficaz en el camino de santificación de cada uno y fortaleza en la misión que emprenden.

Que Dios los bendiga, los haga santos sacerdotes. Bendiga a sus familias y comunidades parroquiales, en las que estuvieron junto a ustedes en este tiempo de diaconado y a todos los que los acompañaron en el camino formativo, especialmente a los formadores del Seminario.

Que el dueño de la mies nos siga bendiciendo con muchas y santas vocaciones.

 

Permítanme terminar invocando a Nuestra Madre, parafraseando a la Querida Beata Teresa de Calcuta.

María, Madre de los sacerdotes concédeles tu ayuda maternal para que puedan dominar sus debilidades;

  • Tu plegaria para que puedan ser hombres de oración;
  • Tu amor para que puedan iluminar a sus hermanos como hombres de perdón,
  • Tu bendición para que sean nada menos, que la imagen de Tu Hijo, Nuestro Señor y Salvador Jesucristo;
  • Tu presencia de Madre, para que vivan con alegría su soledad sacerdotal,
  • Tu humilde confianza para que sean fieles en los momentos de desaliento y de fatiga.

 

En tus manos, MADRE, Virgen del Rosario, pongo el sacerdocio y las vidas de Andrés y Claudio. Que naveguen Mar adentro, que tiren las redes, una y mil veces sin cansarse. Guarda en tu amor, la pureza de sus corazones para Jesús. Que así sea

 

Homilía en la Solemnidad de la Virgen del Rosario 2011

HOMILIA EN LA SOLEMNIDAD DE NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO PATRONA DE LA ARQUIDIOCESIS DE PARANÁ.

Iglesia Catedral, 7 de octubre de 2011

 

Queridos hermanos

SOLEMNIDAD DE NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO (7 DE OCTUBRE DE 2002)

 

Señor Cardenal, Sr. Arzobispo emérito Mons. Maulión,

Queridos sacerdotes, religiosos y consagrados

Queridos diáconos y seminaristas

Queridos hermanos en el Señor:

Desde el inicio de la Evangelización, María es venerada en nuestra tierra bajo la Advocación de nuestra Señora del Rosario. Ya en 1586 se le tributa devoción siendo una de las imágenes más antiguas del país.

En nuestra tierra entrerriana Su presencia en una humilde capilla, en 1730, nuclea al primer grupo de pobladores en la llamada “Bajada de Paraná”. Así comienza la historia religiosa, política y social de nuestra ciudad. Por eso la reconocemos como nuestra Madre, Patrona y Fundadora.

El amor a la Virgen, propagada por el primer párroco, el Padre Francisco Arias Montiel, es el lazo de unidad y factor de progreso para los primeros habitantes de la villa, los cuales en 1825 en un plebiscito popular, la eligen como Patrona. Reconocimiento histórico de nuestro pueblo de la especial protección de Nuestra Madre sobre  esta tierra bañada por el Paraná, que nació bajo Su patrocinio.

.  Queremos  mirar para atrás y escuchar a las generaciones que nos han precedido y  descubrir el signo especial del amor de Dios, la gracia singular enclavada en el corazón de la historia de Paraná y transmitirla, como

fuego sagrado, de generación en generación.

Esa gracia singular de Dios tiene un nombre: la Santísima Virgen del Rosario, así lo proclamamos en su coronación. Ella nos ha precedido en la historia. Junto a Ella nació Paraná; — por eso nació cristiana, — hija de Dios. — Es el alma viviente de nuestro pueblo.  — La Ciudad de hoy quiere ser fiel al tiempo  y sabe que de esta fidelidad surgirá la Ciudad nueva de mañana. Reconocer nuestro origen es asegurar nuestro futuro, profundizar sus raíces es garantizar su crecimiento como ciudad que pone al hombre en el centro porque reconoce a Dios como a su Señor.

“He aquí nuestra historia, -divina y humana, -visible e invisible. -Historia vivida, – más que escrita, – a la sombra de la Madre. – Todo pasó por manos de María – y todo volvió hacia Ella. – Así fue ayer, así es hoy, – queremos que así sea mañana”. Por eso proclamamos que Paraná nació cristiana, como expresábamos el día de la Coronación de esta imagen venerada.

En esta Eucaristía, damos gracia y alabamos al Dios Trino, quien tanto amó al mundo que envió a su propio Hijo para la salvación del mundo y le eligió una Madre tan grande.

Damos gracias y veneramos a Nuestra Madre Santísima. Gracias por su Fiat, que recordábamos con reverencia en el evangelio de hoy. “Yo soy la servidora del Señor que se cumpla en mí lo que has dicho” (Lc. 1,38). Desde que pronunció estas palabras  “… es y seguirá siendo la servidora del Señor, que nunca se pone en el centro, si no que quiere guiarnos hacia Dios, quiere enseñarnos un estilo de vida en el que se reconoce a Dios como centro de la realidad y de nuestra vida personal” (Benedicto XVI, 10.IX.06).

El “SI” de María fue el modo, en el designio de Dios, de introducir a SU HIJO en el mundo. Cuando Dios pensó Su Plan unió para siempre  a Su Hijo con la Madre, ni Cristo solo, ni María sola, dos vidas compenetradas por el mismo Plan de Salvación. : “…Cuando el ángel te saludó en nombre de Dios respondiste Sí a la invitación divina, y el Verbo se hizo carne en tu seno virginal… desde entonces comenzaste a vivir en íntima comunión con Él, los Misterios todos de su vida y te convertiste en Nuestra Señora del Evangelio, de la redención y de la Gracia”.

Desde el primer instante de Su concepción, Dios  adorna  a María con la plenitud de  gracia, es la Inmaculada, la Toda Bella. Por eso rezamos “amada por Dios desde toda la eternidad, viniste al mundo llena de gracia y sin la más ligera sombra de pecado para ser Madre de Jesús y Madre Nuestra”

Queridos hermanos,  en el día de la coronación los paranaenses reunidos en esta plaza hicieron dos compromisos con María que hoy quisiéramos renovar: — hacer amar al Dios que nos ama — y santificar nuestros hogares.

Qué actualidad tienen estos compromisos hoy.

Benedicto XVI en más de una vez, nos ha invita  a hacer la Revolución del amor. Sólo la caridad cambiará al mundo, porque sólo el amor redentor de Cristo salvó al mundo. Queremos educarnos en la ley del amor — y en la ley del servicio.  La prueba más grande del amor  es dar la vida. Queremos aprender a darla,  gota a gota,  por Dios y por los hombres.  Creemos en la fuerza Omnipotente del amor.

Tenemos que recrear el matrimonio y la familia.  Los tenemos que instaurar en Cristo como salió del corazón de Dios a imagen de la vida Trinitaria y teniendo como modelo la Sagrada familia de Nazaret.

¿Cómo lo haremos en este momento difícil?

Este título de María del Rosario, nos habla de la cercanía de nuestra Madre en los momentos difíciles, que nos brinda un medio maravilloso para conseguir las gracias necesarias y especialmente para alcanzar su gran deseo: que nos identifiquemos con Su Hijo Jesús.

El medio siempre victorioso es el Santo Rosario.  Gracias a él  nuestros hogares podrán convertirse  en anticipos del hogar del cielo, nuestras vidas serán configuradas con el Señor.

“El Rosario es el poema  del amor divino por el hombre.  Es la gesta del Hijo de Dios,  peregrino sobre el mundo,  a través de una vida de familia.

Por medio del Rosario queremos descubrir a nuestra generación  perpleja y destrozada,  por un mundo contradictorio, que hay un oasis siempre a mano  para restaurar el alma  y retomar el camino de las cumbres.  Este oasis es la oración. Queremos aprender a orar y enseñar a orar. — Será nuestro mejor aporte a nuestra patria bicentenaria.

Cada año, nos dice el Santo Padre: “La Virgen es como que nos invitase a redescubrir la belleza de esta oración, simple y tan profunda. El amado Juan Pablo II fue un gran apóstol del Rosario, lo recordamos de rodillas con el rosario entre las manos, inmerso en la contemplación de Cristo, como él mismo ha invitado a hacer”. El Rosario es oración contemplativa y cristocéntrica, inseparable de la meditación de la Sagrada Escritura. Es la plegaria del cristiano que avanza en la peregrinación de la fe, en el seguimiento de Jesús, precedido por María.» (Castelgandolfo 1 octubre de 2006)

 

En su sencillez y profundidad, nos enseñaba el beato Juan Pablo II en su carta apostólica sobre el Santo Rosario, sigue siendo también en este tercer Milenio apenas iniciado una oración de gran significado, destinada a producir frutos de santidad. Se encuadra bien en el camino espiritual de un cristianismo que, después de dos mil años, no ha perdido nada de la novedad de los orígenes, y se siente empujado por el Espíritu de Dios a «remar mar adentro» (duc in altum!), para anunciar, más aún, ‘proclamar’ a Cristo al mundo como Señor y Salvador, «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn14, 6), el «fin de la historia humana, el punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización». «El Rosario, exclamaba, es mi oración predilecta. ¡Plegaria maravillosa! Maravillosa en su sencillez y en su profundidad.

El Santo Rosario nos hace entrar en la escuela de María, para con sus recuerdos, contemplar el rostro de Cristo, recordar, comprender y configurarse con Él. En el Rosario el camino de Cristo y el de María se encuentran profundamente unidos. ¡María no vive más que en Cristo y en función de Cristo! Mi vida es Cristo, decía San Pablo, cada uno de nosotros tenemos que repetirlo sin cansarnos, para que por medio de Ella podamos hacerlo realidad.

Queridos hermanos: permítanme hacer mía la exhortación del Beato Juan Pablo II. “Una oración tan fácil, y al mismo tiempo tan rica, merece de veras ser recuperada por la comunidad cristiana.” Estamos como

 

Arquidiócesis marcados por la Virgen del Rosario, crezcamos en su rezo, en las familias, en todas las comunidades parroquiales.

A ustedes queridos,  sacerdotes,  diáconos, religiosas,  consagrados, seminaristas y a ustedes, agentes pastorales  los invito  para que, teniendo la experiencia personal de la belleza del Rosario, se conviertan en sus infatigables  promotores.

Al celebrar hoy a la Virgen, celebramos especialmente a la Madre de Dios. Gracias a Ella nos llego la Vida Plena: Jesucristo. Hablar de la Madre nos lleva necesariamente a pensar en la vida, don maravilloso de Dios, hoy tan amenazada.  La mirada a la realidad nos inunda de un sobrecogedor temor cuando tomamos conciencia que hay sombras oscuras que lastiman, agreden y violentan la vida humana. Ver tantas víctimas, tanto dolor, tanta violencia, tanta injusticia no puede ser una invitación al nihilismo, al derrotismo.

Debemos unirnos, entonces, en el desafío de multiplicar gestos, actitudes, acciones que manifiesten el compromiso ante  la vida humana. El rostro humano que podemos percibir en el seno de una madre, nos piden acoger el don y cuidarlo. El rostro humano de cada niño y, en especial, de aquellos que son explotados, abandonados, sumidos en extrema pobreza, nos interpelan a acoger y cuidar el don. El rostro humano en los jóvenes quienes en la desesperación han llegado al alcohol o a la droga, que sufren la orfandad de adultos que los guíen y eduquen para realizar el sentido de sus vidas nos interpelan a acoger y cuidar el don. El rostro humano de cada anciano y de cada enfermo; el rostro humano de cada hombre y cada mujer, en toda situación y en especial en aquellos contextos en que hacen peligrar su dignidad nos interpelan a acoger y cuidar el don maravilloso de la vida humana.

Hay un acontecimiento único y transcendente que hace irrumpir en el orden natural un principio nuevo e inaudito de «vida». Me refiero a la Encarnación Redentora del Hijo de Dios. “Concebirás y darás a luz un hijo” (Lc 1, 31) son las palabras del ángel Gabriel a la Virgen María, que escuchamos en el Evangelio de hoy y que dan comienzo a una etapa nueva en la historia de la vida. La grandeza de la dignidad humana se pone ahora de manifiesto de un modo incomparable, puesto que el mismo Hijo de Dios asume un rostro humano, una naturaleza humana. Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es la afirmación más fuerte de la grandeza del ser humano. En Cristo, Dios se ha unido en cierto modo a cada persona y a toda persona. En la Encarnación, Dios elige a la humanidad como morada para su Hijo, para que de este modo, la humanidad llegue a tener una morada divina y una Vida nueva más allá de los límites humanos. Jesucristo, el Hijo de Dios, es “el rostro humano de Dios y rostro divino del hombre” y sólo en Él se aclara verdaderamente el misterio del hombre (Cf. DA 107).

Él, Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo (Cf. Jn 13,1) Dios vuelve a poner de manifiesto que ama entrañablemente al hombre y que sólo Él es Señor y Soberano de la vida.  El Señor se ofrece, hoy también, como alimento para un mundo hambriento de felicidad y sentido: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan vivirá para siempre” (Jn 6,51).

Dejemos que Jesucristo, hijo de María, Médico y Maestro, nos enseñe a valorar, a curar y a cuidar la vida; que nos ayude a responder a los interrogantes más profundos y a los desafíos de nuestro tiempo.

Les pido a todos y especialmente a los jóvenes, que escuchen con entusiasmo la buena noticia de la vida que anuncia Jesús, que celebren la vida y que asuman compromisos concretos, que expresen el cuidado y el amor por la vida humana.  ¡Anunciemos con renovado vigor el Evangelio de la Vida!

Madre Santísima del Rosario cuida la vida, especialmente de los más indefensos en el seno de la madre  y de los ancianos hasta su muerte natural.

¡Oh Rosario bendito de María, dulce cadena que nos une con Dios, vínculo de amor que nos une a los Ángeles, torre de salvación contra los asaltos del infierno, puerto seguro en el común naufragio!, no te dejaremos jamás. Tú serás nuestro consuelo en la hora de la agonía. Para ti el último beso de la vida que se apaga. Y el último susurro de nuestros labios será tu suave nombre, oh Reina del Rosario …, oh Madre nuestra querida, oh refugio de los pecadores, oh Soberana consoladora de los tristes, esperanza nuestra, causa de nuestra alegría. Que seas bendita  hoy y siempre, en la tierra y en el cielo.

“Madre del Rosario: únenos a ti en la tierra y llévanos contigo al cielo”

Que así sea.

Homilía Tedeum 25 de mayo 2011

Parroquia San Agustín. Paraná

 

Queridos hermanos:

 

Nos hemos reunido en este templo  para orar por nuestra patria, en un nuevo aniversario de la Revolución de Mayo.

El 25 de mayo de 1810, el Cabildo abierto de Buenos Aires expresó el primer grito de libertad que culminaría el 9 de julio de 1816,  cuando los representantes de las Provincias Unidas en Sud América se reunieron en la ciudad de San Miguel de Tucumán y declararon la independencia nacional.

Estamos agradecidos por nuestra patria y por las personas que la forjaron. Con este sentimiento de gratitud nos hemos congregado hoy, para pedir la gracia de vivir con responsabilidad y grandeza este tiempo Bicentenario que estamos recorriendo con el compromiso y el deseo de trabajar para ser  una nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común.

Como expresábamos los obispos Argentinos con motivo del Bicentenario; anhelamos poder celebrarlo con justicia y solidaridad  y con un país reconciliado.

Tenemos que animar a pensar la Argentina de los próximos 100 años, necesitamos un proyecto de país, reafirmando  nuestra identidad común, estableciendo políticas públicas con consensos fundamentales que se conviertan en referencias para la vida de la Nación y puedan subsistir más allá de los cambios de gobierno, para lo cual hay que mirar el pasado de nuestra historia para proyectar un futuro  pensando en todos los argentinos sin exclusión.

Desde los inicios de nuestra comunidad nacional, aun antes de la emancipación, los valores cristianos impregnaron la vida pública. Esos valores se unieron a la sabiduría de los pueblos originarios y se enriquecieron con las sucesivas inmigraciones. Así se formó la compleja cultura que nos caracteriza. Es necesario respetar y honrar esos orígenes, no para quedarnos anclados en el pasado, sino para valorar el presente y construir el futuro. No se puede mirar hacia adelante sin tener en cuenta el camino recorrido y honrar lo bueno de la propia historia.

En nuestra cultura prevalecen valores fundamentales como la fe, la amistad, el amor por la familia,  la defensa de la vida de toda vida , la búsqueda del respeto a la dignidad del varón y la mujer, el espíritu de libertad, la solidaridad, el interés por los pertinentes reclamos ante la justicia, la educación de los hijos,  el amor a la tierra, la sensibilidad hacia el medio ambiente, y ese ingenio popular que no baja los brazos para resolver solidariamente las situaciones duras de la vida cotidiana.

Estos valores tienen su origen en Dios, como lo reconoce nuestra Constitución Nacional y son fundamentos sólidos y verdaderos, sobre los cuales podemos avanzar hacia un nuevo proyecto de Nación, que haga posible un justo y solidario desarrollo de la Argentina.

 

Queremos hoy elevar nuestras suplicas por nuestros gobernantes como nos enseña San Pablo en la primera lectura, para que con sabiduría y prudencia puedan construir nuestro destino sobre la “roca” que es Cristo, el Señor de la Historia, el Camino, la Verdad y la Vida.

 

Queremos pedir por los que tienen más responsabilidad para que  comprendan que su vocación es servir a su pueblo.  Este es el verdadero fundamento de todo poder y de toda autoridad: servir

 

 

Por eso, es fundamental generar y alentar un estilo de liderazgo centrado en el servicio al prójimo y al bien común. Todo líder, para llegar a ser un verdadero dirigente, decíamos los obispos, ha de ser ante todo un testigo. El testimonio personal, como expresión de coherencia y ejemplaridad hace al crecimiento de una comunidad. Necesitamos generar un liderazgo con capacidad de promover el desarrollo integral de la persona y de la sociedad. No habrá cambios profundos si no renace, en todos los ambientes y sectores, una intensa mística del servicio, que ayude a despertar nuevas vocaciones de compromiso social y político. El verdadero liderazgo supera la omnipotencia del poder y no se conforma con la mera gestión de las urgencias.

Recordemos algunos valores propios de los auténticos líderes: la integridad moral, la amplitud de miras, el compromiso concreto por el bien de todos, la capacidad de escucha, el interés por proyectar más allá de lo inmediato, el respeto de la ley, el discernimiento atento de los nuevos signos de los tiempos y, sobre todo, la coherencia de vida.

 

Hay dificultades, no las negamos.  Y frente a ellas tenemos que superar  la tentación de la queja inútil, de la protesta por la protesta. Debemos reaccionar como Jesús, amando a la Patria, como exigencia del mandamiento que nos pide honrar al padre y a la madre, porque la patria es el conjunto de bienes que hemos recibido como herencia de nuestros antepasados, es un bien común de todos los ciudadanos, y como tal, también es un gran deber.

 

Como respuesta al momento tenemos que cultivar en nosotros  el patriotismo, virtud olvidada y callada, que procura cultivar el respeto y amor que debemos a la patria, mediante nuestro trabajo honesto y la contribución personal al bienestar común, que nos lleve a todos sin excepción a preguntarnos qué puedo, y qué debo hacer para cooperar al bien de nuestra querida Argentina. El verdadero patriota  busca, y se compromete en la búsqueda de los medios para poder contribuir a hacer una gran Nación. La indiferencia o el no te metas, es un pecado

Recibimos la patria como un legado maravilloso y una tarea inacabada. Todos somos constructores y responsables de su futuro.        No esperemos a ver que hacen los otros, no miremos con indiferencia lo que no me toca, despertemos de la inmadurez de pretender un estado paternalista. La Argentina es una obra de todos, que se hace con el deber de cada día, hecho con esfuerzo, con honestidad pensando más en los otros que en el propio interés. Actitud que supone heroísmo para no cansarse, para no claudicar, para comenzar cada mañana, en nuestro lugar, para creer y esperar que con la gracia de Dios otra Argentina sea posible legar a nuestros hijos

Queremos ser constructores de un mundo más solidario, más justo, más humano. Hoy nos toca soñar con un Bicentenario sin pobreza,  con  desarrollo integral de todos, con familias sanas que sean verdaderas comunidades de amor al servicio de la vida.

Para poder realizar esta noble tarea, todos debemos superar los individualismos, los intereses egoístas y trabajar decididamente por el bien común. Todos tenemos que sentirnos patriotas, como nuestros próceres de mayo.

 

En este día, en que se mezcla la preocupación y la esperanza, venimos aquí a implorar al Señor, que ilumine nuestro camino y fortalezca nuestros espíritus.

Demos gracias a Dios y  pidamos su protección, sólo con su gracia, podrá ser posible nuestro una Argentina mejor.

Invoquemos la protección de Nuestra Señora de Luján, patrona de nuestra Patria, para que la mire con amor y ternura  y la conduzca por los caminos del bien.  Que así sea

Homilía en la Misa Crismal 2011


Paraná, 20 de abril de 2011

Año de la Vida

 

Querido Señor Cardenal Estanislao Karlic, queridos hermanos en el Episcopado Monseñor Maulión y Mons. Fernández

Queridos sacerdotes

Queridos Religiosos,  religiosas y Consagrados

Queridos hermanos:

Esta Eucaristía que el Obispo celebra con su presbiterio y rodeado del pueblo fiel, tiene un profundo sentido para nuestra Iglesia diocesana, pues pone de manifiesto la unidad eclesial y el origen pascual de todos los sacramentos. Y tiene un hondo significado para nuestro presbiterio, puesto que en la consagración del Santo Crisma y en la bendición de los Óleos, son testigos y cooperadores del Obispo de cuya sagrada función participan para la construcción del pueblo de Dios, su santificación y su conducción.

Santo Crisma y oleos benditos que luego serán para toda la Diócesis materia de varios sacramentos. Oleos y Crisma que serán llevados por los sacerdotes a sus parroquias, para santificar a su pueblo,  para que movidos por el amor al Señor sean fieles administradores de los misterios de Dios para servicio de la Iglesia, como se comprometieron el día de su ordenación, y  hoy renovarán con nueva generosidad y entrega, delante de todos ustedes a quienes quieren servir.

Nuestra vida, queridos hermanos, no tiene sentido, sino no es para servir a ustedes. Nadie se ordena sacerdote para sí. Sólo para la edificación del reino.

El centro de toda la liturgia está iluminada por las palabras del profeta Isaías que acabamos de escuchar en la primera lectura, y que Jesús se aplica a sí mismo en la Sinagoga de Nazaret: » El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido«. Él es el «Cristo”, “el Ungido” es decir el verdadero Sacerdote, Rey y Profeta. Enviado por el Padre para anunciar la Buena Nueva.

Y nosotros, queridos sacerdotes,  hemos sido «ungidos» para perpetuar la misión del que fue «enviado a anunciar la buena noticia a los pobres, la liberación a los cautivos y proclamar el año de gracia del Señor» ( prefacio)

Las actividades pastorales del presbítero son múltiples. Si se piensa además en las condiciones sociales y culturales del mundo actual y de nuestras Arquidiócesis, es fácil entender que el sacerdote está muy expuesto al peligro de la dispersión. Su vida está compuesta por un sinnúmero de tareas diferentes, urgentes e importantes que requieren toda su atención. Por eso, es fácil caer en una disipación del trabajo en la que se pierde la unidad. Y, sin embargo, nos damos cuenta  que necesitamos esa unidad en nuestra vida. Los obispos, los sacerdotes,  l necesitamos a algo o Alguien que unifique  nuestras facultades,  nuestras actividades y trabajos para no sentirnos fuera de nuestro ser, casi alienados.

Hace falta un principio  que anime y unifique nuestra vida sacerdotal y nuestro ministerio. Necesitamos un anclaje en medio de esta continua tensión entre el ser y el hacer, entre nuestras debilidades y la exigencia de santidad. Necesitamos un anclaje para entender y entendernos, para comprender el mundo y transformarlo según el Evangelio, para conocer a los hombres y guiarlos en su santificación, para aprender y enseñar, para santificarnos y santificar. Necesitamos llegar al centro de nuestra identidad para entendernos, para saber quiénes somos, cuál es nuestra misión, en donde está nuestra fortaleza.

La respuesta ya la conocemos y permítanme que en esta mi primera Misa Crismal con ustedes, la recalque porque me parece fundamental y es el secreto de toda la plenitud y eficacia de nuestra vida sacerdotal: La Eucaristía en el centro de la vida del sacerdote y de la Iglesia. Fuente y culmen. No podemos perder de vista que la Eucaristía es «la principal  razón de ser del  sacerdote, «somos en cierto sentido por Ella y para Ella.

Nacimos junto a Ella, en el Cenáculo, como lo vamos a recordar y celebrar mañana. Nunca nos podremos plenificar, si Ella no se convierte en el centro y la raíz de nuestra vida, de tal manera que toda nuestra actividad (en el amplio campo del magisterio, de la santificación y de la caridad) debe ser irradiación de la Eucaristía. Como nos dice Benedicto XVI “La actividad exterior…queda sin fruto y pierde eficacia si no brota de una profunda e intima comunión con Cristo”.

Nuestro ser sacerdotal, que recibimos por la imposición de las manos y  la unción del Crisma y que hoy queremos renovar tiene que ser profundamente agradecida, entregada, salvada; una existencia que recuerda, que hace memoria; una existencia «consagrada», orientada a Cristo, es decir eucarística.( Nos lo recordaba el Siervo de Dios Juan Pablo II)

Toda la liturgia de hoy nos habla de unción, de consagración. Mis hermanos nuestra existencia es consagrada, hemos sido ungidos con el Santo Crisma… también nosotros somos «un Misterio de fe». «De nuestra relación con la Eucaristía se desprende también, en su sentido más exigente, la condición « sagrada » de nuestra vida. Una condición que se ha de reflejar en todo nuestro modo de ser, de obrar y de celebrar. Somos consagrados, no nos pertenecemos, somos propiedad exclusiva de Dios.

Signo de esta consagración será claramente nuestro amor, nuestra devoción, nuestra piedad para tan gran sacramento. Celebrar, adorar; estar ante Jesús Eucaristía, aprovechar, en cierto sentido, nuestras «soledades» para llenarlas de esta Presencia, significa dar a nuestra consagración todo el calor de la intimidad con Cristo, el cual llena de gozo y sentido nuestra vida.

Y en esta celebración,  uniéndonos a toda la Iglesia argentina,  quiero pedirles, queridos sacerdotes, que sean los primeros en comprometerse a ¡anunciar, con renovado vigor el Evangelio de la Vida!

“El Evangelista Juan nos transmite una expresión de Jesucristo que nos ayuda a comprender el misterio de su venida y la buena noticia de su presencia entre nosotros: “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Cf. Jn 10,10). La presencia del Hijo de Dios en nuestra carne no viene a hacer violencia, ni a aniquilar lo humano sino a introducirnos en un horizonte de eternidad. La vida humana se enriquece con la Vida divina para que la plenitud humana vaya más allá de todo límite imaginable y de todo anhelo o proyecto humano.

“Jesús, el Buen Pastor, quiere comunicarnos su vida y ponerse al servicio de la vida” (DA 353).

Él, Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo (Cf. Jn 13,1), el misterio pascual de la muerte y resurrección del Señor es un gesto elocuente del amor de Dios por el hombre. Dios vuelve a poner de manifiesto que ama entrañablemente al hombre y que sólo Él es Señor y Soberano de la vida. El misterio pascual, que estamos por celebrar, es el camino por el que cada persona puede recibir la Vida de Dios. Cristo, muerto y resucitado, se presenta ante toda persona como el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14,6). El Señor se ofrece, hoy también, como alimento para un mundo hambriento de felicidad y sentido: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan vivirá para siempre” (Jn 6,51). Cristo Resucitado, pone de manifiesto la victoria de la Vida y envía a sus discípulos a anunciar el Evangelio de la vida y a engendrar a los hombres en la Gracia de Dios como hijos en el Hijo, comprometiendo su presencia hasta el fin del mundo (Cf. Mt 28, 16-20; Hch 1,6-8).

Dejemos que Jesucristo, con la elocuencia del Misterio Pascual, nos enseñe a valorar, a curar y a cuidar la vida; que nos ayude a responder a los interrogantes más profundos y a los desafíos de nuestro tiempo. Escuchemos al Señor, seamos dóciles a Él, para descubrir la verdad de la vida humana y engendrar en nosotros las actitudes que cuiden, protejan, respeten y promuevan la vida de cada persona, en todas las etapas de su desarrollo y circunstancias. ”

Vamos a bendecir el óleo de los catecúmenos para engendrar nuevos hijos, el crisma para darles vida  madura, el óleo de los enfermos para acompañarlos en la cruz y abrirles la puerta de la Vida eterna.

Renovaremos el compromiso de anunciar la Palabra, que es palabra de vida y…” No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mt.4,4). Palabra que tiene que ser primero escuchada y sólo la escuchan  las almas silenciosas, la entienden las almas limpias y la reciben las almas humildes. Tres condiciones-silencio, pureza y humildad- que hicieron posible a la Virgen de Nazaret que la Palabra de Dios se encarnara en Ella.

Somos pastores para conducir a nuestro pueblo a Aquel que es el Camino,  la Verdad y la Vida. “Si uno tiene sed, que venga a mí y que beba. De su costado saldrán ríos de agua viva” (Jn.37)

Celebraremos la Eucaristía, haciendo presente al Pan de Vida, como expresaba San Agustín “Oh Iglesia amadísima, come la vida, bebe la vida, tendrás la vida y esa vida es integra” (sermón 131, 1,1)

Nos dice el documento de Aparecida  El Pueblo de Dios siente la necesidad de presbíteros discípulos “Servidores de la vida: que estén atentos a las necesidades de los más pobres… También de presbíteros llenos de misericordia, disponibles para administrar el sacramento de la reconciliación” ( Ap. n.199) que sana y da nueva vida.

A todos nos toca un permanente recomenzar desde Cristo, y que mejor oportunidad que estos días, en donde se manifiesta la gesta más grandiosa del amor de Dios, y así redescubrir la belleza y la alegría de ser sacerdotes. Anunciar a Cristo. Anunciar la Vida. Él es como nos decía Benedicto XVI, “el que nos hace la vida libre, bella y grande. ¡Sólo con esta amistad se abren la puertas de la vida. Solo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera…  Quien se da a Él, recibe el ciento por uno… y encontrará la verdadera Vida” (Benedicto XVI hom. de iniciación del ministerio Petrino)

Mis queridos hermanos: nosotros los sacerdotes debemos sentirnos apremiados por estas palabras del Santo Padre, por la urgencia de nuestro mundo y por el clamor de nuestro pueblo. Debemos pedir la gracia del  encuentro  transformador con  Cristo. En la escuela de María tenemos que ir haciendo realidad nuestra configuración con Él.

Cristo ha venido a darnos la vida en plenitud, sólo acogiéndola con sencillez y generosidad podremos ser verdaderos padres, porque estaremos engendrando la vida divina a nuestro pueblo.

Queridos sacerdotes: una vez más gracias por todo el trabajo pastoral que realizan y por su entrega.  Que Dios se los pague como lo tiene prometido al servidor fiel y bueno.

A ustedes, queridos hermanos y hermanas, recen y apoyen a sus sacerdotes y seminaristas, pidan a Dios con insistencia que envía más operarios a su mies.

Recordemos especialmente hoy a nuestros obispos y sacerdotes difuntos, a nuestros sacerdotes enfermos, y a los que sirven en otras Diócesis.

Mis queridos hermanos, respondiendo al llamado a anunciar el evangelio de la vida estaremos respondiendo al llamado a la santidad, que todos recibimos en el bautismo y en la ordenación. Por eso los invito a renovar las promesas sacerdotales para poder ser santos sacerdotes procurando una auténtica y profunda conversión pastoral.

Con estas intenciones,  ofrecemos el sacrificio de Cristo, y nos aprestamos a recibir la abundancia de sus dones, en la comunión de la Iglesia, junto a María, Madre de Dios y nuestra Madre-

Que así sea

 

 

 

 

 

 

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