HOMILÍA TEDEUM 25 DE MAYO DE 2015

 

Parroquia Santo Domingo Savio. Paraná

 

 

Queridos hermanos:

 

Nos hemos reunido en este templo  para orar por nuestra patria, en un nuevo aniversario de la Revolución de Mayo.

El 25 de mayo de 1810, el Cabildo abierto de Buenos Aires expresó el primer grito de libertad que culminaría el 9 de julio de 1816,  cuando los representantes de las Provincias Unidas en Sud América se reunieron en la ciudad de San Miguel de Tucumán y declararon la independencia nacional.  

Estamos agradecidos por nuestra patria y por las personas que la forjaron. Con este sentimiento de gratitud nos hemos congregado hoy, para pedir la gracia de vivir con responsabilidad y grandeza este tiempo ya próximo al Bicentenario, que estamos recorriendo con el compromiso y el deseo de trabajar para ser  una nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común.

Como expresábamos los obispos Argentinos con motivo del Bicentenario; anhelamos poder celebrarlo con justicia, sin excluidos  y con un país reconciliado.

Tenemos que animar a pensar la Argentina de los próximos 100 años, necesitamos un proyecto de país, reafirmando  nuestra identidad común, estableciendo políticas públicas con consensos fundamentales que se conviertan en referencias para la vida de la Nación y puedan subsistir más allá de los cambios de gobierno, para lo cual hay que mirar el pasado de nuestra historia para proyectar un futuro  pensando en todos los argentinos sin exclusión.

Desde los inicios de nuestra comunidad nacional, aun antes de la emancipación, los valores cristianos impregnaron la vida pública. Esos valores se unieron a la sabiduría de los pueblos originarios y se enriquecieron con las sucesivas inmigraciones. Así se formó la compleja cultura que nos caracteriza. Es necesario respetar y honrar esos orígenes, no para quedarnos anclados en el pasado, sino para valorar el presente y construir el futuro. No se puede mirar hacia adelante sin tener en cuenta el camino recorrido y honrar lo bueno de la propia historia. 

En nuestra cultura prevalecen valores fundamentales como la fe, la amistad, el amor por la familia,  la defensa de la vida de toda vida , la búsqueda del respeto a la dignidad del varón y la mujer, el espíritu de libertad, la solidaridad, el interés por los pertinentes reclamos ante la justicia, la educación de los hijos,  el amor a la tierra, la sensibilidad hacia el medio ambiente, y ese ingenio popular que no baja los brazos para resolver solidariamente las situaciones duras de la vida cotidiana.

Estos valores tienen su origen en Dios, como lo reconoce nuestra Constitución Nacional y son fundamentos sólidos y verdaderos, sobre los cuales podemos avanzar hacia un nuevo proyecto de Nación, que haga posible un justo y solidario desarrollo de la Argentina.

Queremos hoy elevar nuestras suplicas por nuestros gobernantes, para que con sabiduría y prudencia puedan construir nuestro destino buscando el bien común de todos. 

Queremos pedir por los que tienen más responsabilidad para que  comprendan que su vocación es servir a su pueblo.  Este es el verdadero fundamento de todo poder y de toda autoridad: servir    

Por eso, es fundamental generar y alentar un estilo de liderazgo centrado en el servicio al prójimo y al bien común.  El testimonio personal, como expresión de coherencia y ejemplaridad hace al crecimiento de una comunidad. Necesitamos generar un liderazgo con capacidad de promover el desarrollo integral de la persona y de la sociedad. No habrá cambios profundos si no renace, en todos los ambientes y sectores, una intensa mística del servicio, que ayude a despertar nuevas vocaciones de compromiso social y político. El verdadero liderazgo supera la omnipotencia del poder y no se conforma con la mera gestión de las urgencias.

 Hay dificultades, no las negamos.  Y frente a ellas tenemos que superar  la tentación de la queja inútil, de la protesta por la protesta. Debemos reaccionar como Jesús, amando a la Patria, como exigencia del mandamiento que nos pide honrar al padre y a la madre, porque la patria es el conjunto de bienes que hemos recibido como herencia de nuestros antepasados, es un bien común de todos los ciudadanos, y como tal, también es un gran deber. 

Como respuesta al momento tenemos que cultivar en nosotros  el patriotismo, virtud olvidada y callada, que procura cultivar el respeto y amor que debemos a la patria, mediante nuestro trabajo honesto y la contribución personal al bienestar común, que nos lleve a todos sin excepción a preguntarnos qué puedo, y qué debo hacer para cooperar al bien de nuestra querida Argentina. El verdadero patriota  busca, y se compromete en la búsqueda de los medios para poder contribuir a hacer una gran Nación.

Recibimos la patria como un legado maravilloso y una tarea inacabada. Todos somos constructores y responsables de su futuro.        No esperemos a ver que hacen los otros, no miremos con indiferencia lo que no me toca, despertemos de la inmadurez de pretender un estado paternalista. La Argentina es una obra de todos, que se hace con el deber de cada día, hecho con esfuerzo, con honestidad pensando más en los otros que en el propio interés. Actitud que supone heroísmo para no cansarse, para no claudicar, para comenzar cada mañana, en nuestro lugar, para creer y esperar que con la gracia de Dios otra Argentina sea posible legar a nuestros hijos

Queremos ser constructores de un mundo más solidario, más justo, más humano. Hoy nos toca soñar con un Bicentenario sin pobreza,  con  desarrollo integral de todos, con familias sanas que sean verdaderas comunidades de amor al servicio de la vida, erradicando todo tipo de violencia, pacificando los corazones.

 

En este día, venimos aquí a implorar al Señor, que ilumine nuestro camino y fortalezca nuestros espíritus, especialmente  a nuestros hermanos que más sufren por distintas circunstancias.

Le pido al Señor que este año de elecciones muestre la madurez cívica de los gobernantes y ciudadanos para que podamos transitarlo sin agravios, con propuestas y respeto.

Demos gracias a Dios y  pidamos su protección, sólo con su gracia, podrá ser posible  una Argentina mejor.

Invoquemos la protección de Nuestra Señora de Luján, patrona de nuestra Patria, para que la mire con amor y ternura  y la conduzca por los caminos del bien.  Que así sea

 

 

Homilía de Monseñor Puiggari para la Apertura del lll Sínodo Arquidiocesano de Paraná

“Sr. Cardenal Estanislao Esteban Karlic

Sr Arzobispo Emérito de Paraná Mons. Mario Bautista Maulión

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos

Queridos hermanos y hermanas de la Vida Consagrada

Queridos seminaristas y hermanos en el Señor:

Jesucristo  «trajo a la tierra» el Espíritu Santo, el amor de Dios que «renueva la faz de la tierra» purificándola del mal y liberándola del dominio de la muerte. Este «fuego», fuego del amor, vino sobre los Apóstoles, reunidos en oración con María en el Cenáculo, para hacer de la Iglesia la prolongación de la obra renovadora de Cristo… el Espíritu de Dios, donde entra, expulsa el miedo; nos hace conocer y sentir que estamos en las manos de una Omnipotencia de amor: suceda lo que suceda, su amor infinito no nos abandona. Lo demuestra el testimonio de los mártires, la valentía de los confesores de la fe, el ímpetu intrépido de los misioneros, la franqueza de los predicadores, el ejemplo de todos los santos algunos, incluso adolescentes y niños. Lo demuestra la existencia misma de la Iglesia que, a pesar de los límites y las culpas de los hombres, sigue cruzando el océano de la historia, impulsada por el soplo de Dios y animada por su fuego purificador… (Benedicto XVI)

El Espíritu Santo infunde en nosotros las virtudes teologales y recrea  esas recias aspiraciones que constituyen la condición del progreso espiritual.

Queremos hoy renovar el compromiso de vivir plenamente nuestra vida cristiana con deseos fuertes que preparan las gracias de Dios e introducen en nuestra existencia todo lo que es bello, digno y generoso. Esto vale tanto para nuestra vida particular como para nuestra vida  eclesial. Magnanimidad es sinónimo del Espíritu.

En el Pentecostés histórico, el Espíritu Santo se expresa mediante tres símbolos que acabamos de escuchar en los Hechos de los Apóstoles: el viento, el fuego y las lenguas.

Con una ráfaga de viento  el Espíritu nos manifiesta su capacidad de dar un fuerte impulso, un poderoso dinamismo. Debemos acoger este impulso con el fin de no quedarnos inactivos por la pereza espiritual o pastoral.

También se manifiesta como fuego, no se trata de algo material, sino espiritual,  un impulso de amor. Un fuego de caridad que transforma y  purifica  todo aquello con lo que entra en contacto.

El tercer símbolo, referido al Espíritu, es el de lenguas. No es un lenguaje común, es el que expresa todas las realidades sobrenaturales y que es capaz de ser comprendido por todos los puebles. Y así  se superan todas las divisiones y se restablece la unidad. En Babel el orgullo del hombre,  confunda sus lenguas,  en Pentecostés, el Espíritu llega a todos, a cada uno en su lengua y así se realiza la unidad.

En esta actualización de Pentecostés, damos comienzo al III Sínodo Arquidiocesano.

Creo humildemente, que estamos siguiendo las mociones del Espíritu Santo,  que se manifestaron de muchas maneras pero especialmente en las Palabras del Santo Padre en Brasil y que las reitera en su Exhortación Evangelii Gaudium:   “en orden a que este impulso misionero sea cada vez más intenso, generoso y fecundo, exhorto  también a cada Iglesia particular a entrar en un proceso decidido de discernimiento, purificación y reforma.” (EG 30).

Muchas veces me ha resonado en lo profundo, aquellas palabras lúcidas de nuestro Papa Emérito Benedicto XVI que después las asumió el Documento de Aparecida:  ¡ Pobres de nosotros ¡ sí, satisfechos, contentos, pero sin inquietud en el alma, seguimos viviendo, como si, de hecho, nada hubiera ocurrido, sin cambiar nada, haciendo lo mismo de lo mismo, acostumbrados a ese  gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia, en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad” DA.n.12.

Nos apremia la Nueva Evangelización, la cual no es un programa  o estrategia que se agrega a  su pastoral ordinaria. Es la misma vida de la Iglesia que continúa y actualiza el mandato de Jesús. “Vayan y anuncien el Evangelio” Mt, 28

Pero tenemos que  recordar, para que podamos cumplir este mandato, que todos los bautizados estamos llamados a “recomenzar desde Cristo” a reconocer y seguir Su presencia con la misma realidad y novedad y el mismo poder de persuasión y esperanza  que tuvieron los Apóstoles, a orillas del Jordán hace 2000 años. “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da nuevo horizonte a la vida y, con ello una orientación decisiva” (Deus Caritas est, n.1). Para que sea eficaz nuestro compromiso de discípulo-misionero debe partir de un corazón que cree, espera y ama; un corazón que adora a Cristo y cree en la fuerza del Espíritu Santo”

El Papa Francisco no se cansa de llamar a una conversión personal que supone implicarse en primera persona, en su testimonio personal y ésta ha de ser inseparable de la conversión pastoral y misionera. Necesitamos un nuevo Pentecostés.

Pero hay que insistir: primero  una conversión de nuestros corazones (de nada serviría el cambio de estructuras sino cambia el corazón). No conseguiremos la Nueva Evangelización con la multiplicación de proyectos y estrategias. Se trata de proponer y compartir de persona a persona, de experiencia en experiencia, de comunidad en comunidad, una nueva Vida plena para todos. La primera evangelización fue fruto de la fe vivida, no sólo por cada uno de los cristianos sino también por toda la Iglesia. Así debe ser la nuestra. No hay reforma sin una tensión a la santidad, sin una corriente de santidad, sin un testimonio de vida que fascine a los que nos ven

En el contexto de la nueva Evangelización, la Parroquia al servicio de una vida plena para todos, será el tema de este Sínodo que estamos comenzando.

Memoria, presencia y profecía: ése es el lema de este acontecimiento eclesial. Mientras se enmarca en el centenario del primer Sínodo, quiere ser una “mirada” actualizada del caminar de la Iglesia Arquidiocesana hoy y, a su vez, una proyección hacia adelante, procurando hacerla más lúcida, más disponible, más cercana, en continuidad con el pedido del Papa argentino.

Hemos elegido la parroquia como tema central. Nos dice Francisco en EG. : “La parroquia no es una estructura caduca; precisamente porque tiene una gran plasticidad, puede tomar formas muy diversas que requieren la docilidad y la creatividad misionera del Pastor y de la comunidad…  si es capaz de reformarse y adaptarse continuamente, seguirá siendo « la misma Iglesia que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas ».26 …La parroquia es presencia eclesial en el territorio, ámbito de la escucha de la Palabra, del crecimiento de la vida cristiana, del diálogo, del anuncio, de la caridad generosa, de la adoración y la celebración.27  A través de todas sus actividades, la parroquia alienta y forma a sus miembros para que sean agentes de evangelización.28 Es comunidad de comunidades, santuario donde los sedientos van a beber para seguir caminando, y centro de constante envío misionero. Pero tenemos que reconocer que el llamado a la revisión y renovación de las parroquias todavía no ha dado suficientes frutos en orden a que estén todavía más cerca de la gente, que sean ámbitos de viva comunión y participación, y se orienten completamente a la misión.”, nos decía el Papa. Estas palabras nos interpelan.

Hay que pensarla  como una comunidad que forme discípulos misioneros de Cristo, desde un encuentro personal con Él y con una fuerte experiencia de “envío”. Pensar una parroquia que en todas sus actividades pastorales se organice “en salida”.

 “Por otro lado la nota característica de esta comunidad debe ser la de la misericordia. La fe se hace creíble cuando se expresa en el amor. La organización de la caridad y la experiencia comunitaria fraterna y en orden a una “cultura del encuentro” tendrán que hacerse visible en especial a través de la preocupación y el compromiso con los más solos, débiles y pobres.”.

Por este motivo he convocado el Sínodo de la Arquidiócesis de Paraná: buscar una más intensa y activa comunión eclesial a través de propuestas para una adecuada pastoral de conjunto en el contexto de la Nueva Evangelización dando continuidad a su peculiar tradición.

El Espíritu santo es el que sostiene e inspira a la Iglesia  y es el protagonista de la evangelización. Él suscita el nuevo ardor. Nosotros debemos ser dóciles instrumentos. Tenemos que suplicar como mendicantes. En la Iglesia nada ocurre si no es porque la presencia suave, fecunda y entusiasmante del Espíritu Santo; es por eso que hoy nos reunimos para implorar a Dios que derrame abundantemente al Espíritu sobre nosotros, sobre los sinodales y la comunidad diocesana.

Sin oración, no hay sitio para el Espíritu. Pedir a Dios que nos mande este don: ‘Señor, danos el Espíritu Santo para que podamos discernir en cada momento qué debemos hacer’. El mensaje es el mismo: la Iglesia va adelante,  con las  sorpresas, con las novedades del Espíritu Santo”.  Francisco ha recordado que “es necesario discernirlas, y para discernirlas es necesario rezar, pedir esta gracia”.

‘Pero, padre, ¿por qué meterse en tantos problemas?”, se preguntaba el Papa, También me lo he preguntado. Hagamos las cosas como las hemos hecho siempre, que estamos más seguros…»

Al respecto, Francisco, ha advertido que hacer las cosas como se han hecho siempre es una alternativa “de muerte”. Por eso ha exhortado a “correr el riesgo, con la oración,  con la humildad, de aceptar lo que el Espíritu Santo”, nos pide “cambiar”.

Pidamos en esta Eucaristía “la gracia de no tener miedo cuando el Espíritu, con seguridad, me pide dar un paso adelante”, así como “tener la valentía apostólica de llevar vida y no hacer de nuestra vida cristiana un museo de recuerdos”.

No hay gracia, en la historia de la salvación, que no pase  a través de María, desde su Fiat obediente al designio de Dios.

Por eso y avalados por la historia de nuestros pueblos, podemos afirmar con alegría: no hay Nueva Evangelización si no es profundamente mariana. Es la “Pedagoga del Evangelio” que nos indica los caminos de amor,  sacrificio y servicio como en su visita a su prima Isabel. Es la perfecta discípula-misionera.  Ella es la Aurora de la mañana del Evangelio y la Estrella en la noche de la primera y la Nueva Evangelización (EG, 28)

A Ti Madre,  Nuestra Señora del Rosario, Patrona y Fundadora de nuestra Iglesia, encomendamos este camino sinodal, contamos con tu intercesión, tu ternura y tú esperanza.

 

San Juan Pablo II, que peregrinaste por Paraná, acompáñanos.

Beato Cura Brochero, ruega por la santidad de nuestras parroquias.

Homilía en Ordenación Presbiteral y Diaconal

 

HOMILIA DE ORDENACION PRESBITERAL DE JULIO CÉSAR FAEZ Y ORDENACIÓN DIACONAL DE ARIEL GUSTAVO OLMOS Y DAMIÁN RETAMAR

 

Iglesia Catedral Nuestra Señora del Rosario

 

Paraná, 8 de noviembre de 2014

 

Queridos hermanos:

Con profunda adoración y acción de gracias  queremos disponernos para lo que va a suceder dentro de unos momentos, en esta Iglesia Catedral. Sólo la plena vigencia de la fe nos hará pregustar cuantas bendiciones nos regala Dios en este día, con la ordenación de estos tres hombres jóvenes.

Julio, al ser ordenado sacerdote, recibirá la misión y facultad de obrar en  la persona de Cristo Cabeza; Gustavo y Daniel, al ser ordenados diáconos, serán habilitados para servir al pueblo de Dios en la diaconía de la liturgia, de la palabra y de la caridad.

Por la gracia de Dios  y por la efusión del Espíritu Santo, hoy  se hará nuevamente presente la acción salvífica del Señor.

Lo que va a suceder de ahora en más en sus vidas, es la manifestación más evidente del amor primero de Jesucristo que los eligió, sin mérito de su parte. El Señor tomó la iniciativa “no me eligieron ustedes, sino que Yo los elegí…para que den fruto en abundancia”, y la única respuesta que espera Él , es la  respuesta de ellos que sólo puede ser: el amor apasionado por Cristo, el cual los va a llevar al anuncio apasionado de Cristo: Su secreto reside en la “pasión” que tengan por Cristo. Como decía San Pablo “Para mí la vida es Cristo”

El sacerdote, los diáconos encuentran y viven profundamente su identidad cuando se deciden a no anteponer nada al amor de Cristo y hacer de Él, el centro de su propia vida. De este amor surge la viva conciencia de su  consagración y misión. “Él que quiera servirme que me siga y dónde Yo esté, estará también mi servidor” (Jn 12,26),  lo acabamos de escuchar en el Evangelio y también lo consolar de la entrega “El que quiera servirme será honrado por mi Padre” Jn,12,27

Este es el secreto de la fecundidad, de la plenitud, y de la alegría de la vida sacerdotal y diaconal. Si el centro no está en Él corremos seriamente el peligro de una vida aburguesada, que deje de ser luz y sal. “Esta  convicción se sostiene con la propia experiencia, constantemente renovada, de gustar su amistad y su mensaje. No se puede perseverar en una evangelización fervorosa si uno no sigue convencido, por experiencia propia, de que no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra, no es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en Él, que no poder hacerlo…. Sabemos bien que la vida con Él se vuelve mucho más plena y que con Él es más fácil encontrarle un sentido a todo…  El verdadero misionero, que nunca deja de ser discípulo, sabe que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera. Si uno no lo descubre a Él presente en el corazón mismo de la entrega misionera, pronto pierde el entusiasmo y deja de estar seguro de lo que transmite, le falta fuerza y pasión. Y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie.” EG. N.66

El querido Beato Cura Brochero era un sacerdote fascinado por la belleza de Dios y como consecuencia, preocupado por sus hermanos de  tras la sierra y así consiguió el progreso espiritual y material de su pueblo…

Querido Julio:

Dentro de un momento serás ungido con el Santo Crisma, por lo tanto recuerda que serás un hombre consagrado por la unción del Espíritu Santo,  que te configura con Cristo Sacerdote, de tal modo que puedas actuar in persona Christi, continuando su obra redentora: enseñando, santificando, conduciendo al Pueblo, adquirido con la Sangre del Cordero.

Hombre totalmente de Dios, le perteneces con exclusividad. Esta realidad vivida tiene que constituir la fuente de tus más puras alegrías.

El sacerdote es por eso mismo un hombre enviado: «Como el Padre me envió, también yo los envío» (Jn 20, 21).  A través de este ministerio, el sacerdote se inserta en la gran multitud de quienes, desde Pentecostés, han recibido la misión de ir a anunciar la buena nueva. Te insertas en la comunión del presbiterio,  con el obispo y con el Sucesor de Pedro. ”Todos nosotros estamos insertados en la red de la obediencia a la palabra de Cristo, a la palabra de aquel que nos da la verdadera libertad, como les decía Benedicto XVI, a  neo sacerdotes, Precisamente en este vínculo común con el Señor podemos y debemos vivir el dinamismo del Espíritu. Como el Señor salió del Padre y nos dio luz, vida y amor, así la misión debe ponernos continuamente en movimiento, impulsarnos a llevar la alegría de Cristo a los que sufren, a los que dudan y también a los reacios”.

De la íntima comunión con Cristo brotará espontáneamente tu amor a los hombres. Enviado para servirlos,  por eso serás hombre y hermano de todos y ahí encontrarás también la razón de ser, de tu amor celibatario.

Debes amar a todos, entregarte a todos sin exclusiones, sin exclusivismo. Hombre que está dispuesto  a dejarse devorar por sus hermanos, porque los ama, y entiende que como su Señor, sólo muriendo, será fecundo. Todos los hombres, todo lo humano te debe interesar porque sabes que nada puede quedarse al margen de Cristo y que todo debe ser instaurado en Él.

De la Eucaristía diaria irás descubriendo que tu vida no es la autorrealización ni el éxito. Por el contrario, debes aprender que tu fin no es el de construirte una existencia interesante o una vida cómoda, ni crearse una comunidad de seguidores, sino que la ley evangélica es desaparecer para que se manifieste Cristo, morir para dar vida en abundancia, como te lo recordaba en el Evangelio de hoy, sembrar para que otro recoja,  gastar tu vida para recuperarla plenamente, servir para reinar con Jesucristo.

Con palabras del Apóstol te exhorto. “El Espíritu de Dios nos ha dado, no es un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y sobriedad”

2 Tim, 1,1-8

Queridos Damián y Gustavo: Acaban de manifestar públicamente: ¡Aquí estoy!  Aquí estoy para consagrarme a Tu servicio y al de la Iglesia, Aquí  estoy envíame, ordena. Sólo quiero hacer la Voluntad del Padre para servir.

 “El que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes, y el que quiera ser el primero que se haga un esclavo; como el Hijo del Hombre, que no vino a ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud” Mt. 20,27.

La perfección del amor consiste en “ser del otro”, como Dios. La gloria no es servirse del otro, sino servirle, no es poseerlo, sino pertenecerle por amor. La verdadera libertad es ser en el amor “esclavos” los unos de los otros. El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir, está en medio de nosotros como el que sirve; es una de las definiciones más hermosa del Señor.

Hoy, van a asumir delante de toda la Iglesia, el compromiso largamente madurado del celibato, que significa el total despojo de sí, para ser “todo   de Dios”, al servicio de la comunidad entera. Así serán libres para dedicarse al servicio del Señor y de los hombres.

El celibato implica el anonadamiento de nuestro ser, la voluntaria renuncia de los derechos del corazón, creado para compartir la vida en el amor, como nos enseña el libro del Génesis. Y esto sólo es posible porque otro amor más grande: Cristo y su servicio, llenan plenamente la necesidad de amar… Ya sólo interesa la llamada de Dios: servir a los hombres, porque fueron escogidos por Él para imitar al Maestro  y  dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20,28).

En el mundo de hoy esto no es muy creíble, no se entiende que se pueda renunciar a un amor humano santo y legítimo por  un amor superior. Ya no se cree en la fidelidad, que es lo mismo que no creer en el amor, el amor por un tiempo es caricatura del mismo. Bien sé que ustedes conscientes  de su pequeñez pero confiando en la gracia de Dios, se presentan con la clara determinación de entregarse para siempre al Señor. Que Él confirme esta decisión.

Queridos hijos: comenzarán a ser siervos de Dios, siervos de la comunidad; colaboradores del obispo y de los sacerdotes, para que el Pueblo de Dios sea atendido en sus requerimientos espirituales y materiales con el fin de encontrarse con Cristo Y Cristo está presente en la Eucaristía, en la Palabra y en los hermanos especialmente los necesitados. Por eso servirán a la Palabra en la predicación y en la catequesis, Palabra que se hará sacramento en el Bautismo. Servirán a la Eucaristía, que distribuirán a los fieles, El Pan Vivo que da la vida al mundo. Y servirán a los hermanos, en quienes el Señor espera recibir nuestra misericordia. Para ellos fueron elegidos los primeros siete diáconos, como nos relata los Hechos de los Apóstoles. Cuando San Pedro enumera las condiciones para ser elegidos (Hc 6,3) piden que sean elegidos hombres de buena fama, dotados de Espíritu y de prudencia. También Pablo le indica a Timoteo en su segunda carta “los diáconos deberán ser hombres honestos, sin doblez, templados, no codiciosos de vil ganancia; que guarden el misterio de la fe en una conciencia pura”.

Todo un programa de vida para ser imitado por ustedes: armonía humana, elevada y sanada por la gracia de Dios; vida irreprochable, fundada en una paz interior que nace del permanente contacto con Cristo Diacono.

Que se vea en ustedes al Maestro, pero más en las obras que en las palabras, porque sean capaces de interiorizar el Evangelio, de tal manera que se les constituya en la sola regla del obrar. La fe que no es activa en el amor, no es fe.

Queridos Julio, Gustavo y Damián: permítanme insistir con palabras del Papa: “Sin momentos detenidos de adoración, de encuentro orante con la Palabra, de diálogo sincero con el Señor, las tareas fácilmente se vacían de sentido, nos debilitamos por el cansancio y las dificultades, y el fervor se apaga. La Iglesia necesita imperiosamente el pulmón de la oración, y me alegra enormemente que se multipliquen en todas las instituciones eclesiales los grupos de oración, de intercesión, de lectura orante de la Palabra, las adoraciones perpetuas de la Eucaristía…”EG n.206

Homilía en el Tedeum por el Día de la Independencia

 

HOMILÍA DEL DÍA DE LA INDEPENDENCIA

 

Parroquia San Juan Bautista

Paraná, 9 de Julio de 2014

 

Como todos los años, como lo hicieron nuestros representantes, reunidos en la histórica Casa de Tucumán, el 9 de julio de 1916, hoy también nosotros queremos invocar Dios,  como fuente y origen de toda razón y justicia como lo invoca nuestra Constitución Nacional.

Y lo hacemos con el convencimiento más firme, como dice el Salmo,  que en vano trabaja el obrero, si el Señor no construye la casa y que en vano vigila el centinela, si el Señor no cuida la Ciudad.

Creemos que nuestra Patria es un don de Dios confiado a nuestra libertad, un regalo que debemos cuidad y mejorar. Esto mismo nos exige superar  las tensiones históricas de nuestro ser como país.

La patria es nuestra madre. Nos engendró, somos parte de sus entrañas,  nos abriga bajo su bandera celeste y blanca, nos da su nombre, el de argentinos, que nos hace participes de sus triunfos y fracasos; sus alegrías y sus sufrimientos,  sus sueños y esperanzas.

En tiempos marcados por la globalización, no debe debilitarse la voluntad de ser nación, una familia fiel a su historia, a su identidad y a sus valores humanos y cristianos.

Tenemos que pedir la gracia para renovar nuestro entusiasmo por construirla juntos y curar cuidadosamente sus heridas y como insiste nuestro querido Papa Francisco trabajar y crear la cultura del encuentro, refundando con esperanza nuestros vínculos sociales. No se trata de una nueva utopía irrealizable ni muchos menos de un pragmatismo desafectado.  Es como decía Francisco “la necesidad de convivir para construir juntos el bien común posible que resigna intereses particulares para poder compartir con justicia sus bienes”

Es el momento de la magnanimidad, humildad y renuncia que distinguieron a nuestros próceres para que todos, sin excepción, nos  sintamos pequeños obreros en la construcción de la Patria. Hay que ponerse la Patria al hombre (Cardenal Bergoglio), a hacerse cargo de su pasado, presente y futuro; a forjarlo de la memoria de sus raíces, de sus convicciones más profunda apelando a la creatividad y al compromiso para construir una nueva Nación.

Permítanme una reflexión tal vez un poco circunstancial. ¿ cómo nos gusta ver nuestra calles en estos días con la bandera argentina, todos festejamos con los mismos colores… y estoy seguro que detrás de cada uno de esos argentinos hay hinchas de River o de Boca, de Patronato o Paraná, de uno u otro partido político, de distintas opiniones y sin embargo todos detrás de un objetivo. No hay violencia, no hay agresión.

¿No es posible soñar que todos los argentinos, nos pongamos la misma camiseta para soñar un bicentenario sin equidad, sin pobreza, viviendo plenamente la libertad que supimos conseguir en Tucumán: libertad que hay que defender todos los días?

No es posible pensar en políticas de estado, con consensos amplios mirando el bien común de los argentinos. Hace poco tiempo el Papa Francisco nos recordaba que la  “cuestión económica es un tema central en la vida de los pueblos, pero siempre debe estar al servicio del bien común, del crecimiento integral de la persona humana y en el marco de la justicia”. “El orden económico no es independiente del orden social, ambos pertenecen al mundo de la ética y tienen en el hombre su sentido y referencia.

     

Antes de terminar  quiero elevar mi oración al Señor por aquellos hermanos nuestros que sufren como consecuencia de las inundaciones.

Y le pido al Señor fuente de toda Sabiduría, para que ilumine a todas las autoridades  de nuestra provincia y ciudad. Que Dios los siga iluminando y fortaleciendo para las grandes desafíos en esta  camino al Bicentenario y les de fortaleza para buscar ante todo el bien de nuestro pueblo en  la búsqueda del bien común de nuestra Patria.

Que Nuestra Señora de Luján, patrona de La Argentina,  haga sentir su presencia de Madre y nos acompañe siempre en el caminar de nuestra historia.

Que así sea

 

      + Juan Alberto Puiggari

       Arzobispo de Paraná

 

                                          

Homilía en la Santa Misa de Clausura del Año de la Fe (2013)

 

 

Noviembre 23 de 2013

 

Queridos hermanos: Nos congrega esta Eucaristía como Iglesia que peregrina en Paraná, el deseo de dar gracias a Dios por el AÑO DE LA FE que estamos culminando, al cual nos convocó nuestro querido Papa Emérito Benedicto XVI, y que estaba llamado a ser un tiempo de gracia y de compromiso para una conversión a Dios cada vez más plena, para reforzar nuestra fe en Él y para anunciarlo con alegría al hombre de nuestro tiempo. La fe en Jesucristo es el bien más precioso de la Iglesia. Ella misma existe por la fe y para transmitir la fe. Existe para evangelizar, anunciando a Jesucristo como Señor y Salvador, Amigo y Redentor de los hombres. Tenemos la certeza, que a pesar de nuestras limitaciones, y por pura gracia de Dios, ha sido realmente un tiempo de gracia maravilloso para nuestra Iglesia. El Señor nos ha hecho experimentar y asombrar por su presencia en la historia de la salvación, como Padre Bueno y Providente. Nos sorprendió y conmovió la renuncia inesperada de Benedicto XVI; el tiempo nos hizo comprender la grandeza, fortaleza y humildad de nuestro querido Papa Emérito que nos decía con convicción: “Siempre he sabido que la barca de la Iglesia no es mía, no es nuestra, sino Suya y no la dejará hundirse. Es Él quien la conduce, por supuesto, a través de los hombres que ha elegido. Esta es una certeza que nada puede ofuscar. Y es por ello que mi corazón está lleno de agradecimiento a Dios, porque no le falta a toda la Iglesia, ni a mí, su consuelo, su luz y su amor». Fue un momento que tuvimos que aferrarnos a la fe con la certeza que Jesús conduce la barca de Pedro Nos volvió a sorprender con la elección del Papa Francisco, Dios tiene caminos insospechados. Nos bendijo como pueblo argentino al elegir uno de los nuestros, nos bendijo como Iglesia al regalarnos un nuevo sucesor de Pedro que con su lenguaje directo y sus gestos evangélicos nos invitaba a todos a salir a anunciar el evangelio a las periferias existenciales. Nos sorprendió una vez más con la explosión de fe juvenil de la JMJ en Brasil que entusiasmo a nuestros jóvenes con el deseo de hacer “lío” al anunciar a Jesucristo sin miedos y con pasión. Nos regalo, en este año de la fe, la beatificación tan anhelada del “Cura Brochero” ejemplo maravilloso para todos los sacerdotes que necesitamos que nuestros corazones vuelvan a arder con el fuego de la caridad pastoral que nos hagan superar todos los obstáculos, como lo hizo él, para llevar a Cristo a nuestros hermanos. Estos acontecimientos de por si bastan para agradecer inmensamente los dones de Dios , pero gracias a Su infinita misericordia, nos regaló también muchas y variadas actividades pastorales en las Parroquias y en la Arquidiócesis que convirtieron a este año en un verdadero tiempo de gracias para una Iglesia que con nuevo ardor, desea ser protagonista –con la fuerza del Espíritu- de una Nueva Evangelización en una sociedad y cultura que desafía redescubrir la identidad cristiana que nos han constituido como pueblo y Nación. Queridos hermanos: en realidad esta clausura es un renovado comienzo y compromiso para poner en el centro de nuestra vida personal y eclesial el encuentro con Jesucristo y la belleza de la fe en Él. Fe que se alimenta y vigoriza en la celebración de la misma, especialmente en la liturgia que nutre la oración y vida de los creyentes. En este año hemos descubierto que la fe sólo crece y se fortalece creyendo, hemos redescubierto la necesidad de conocer más a fondo los contenidos que es esencial para el propio asentimiento para adherirse plenamente con la inteligencia y la voluntad a lo que propone la Iglesia. Fe profesada, celebrada, vivida y rezada. Nos hemos sentido urgidos a vivir con coherencia nuestra fe dando un testimonio que debe manifestarse en nuestra vida pública: que se note que somos creyentes, no haciendo ostentación sino con la sencillez y la humildad que corresponde a un verdadero cristiano. Que en nuestra vida se perciba que creemos lo que creemos. Que se lea el evangelio. Muchos hermanos nuestros nunca tendrán contacto con él si no es a través de nuestro testimonio. El mundo necesita testimonio creíble de los creyentes. La fe nos hace discípulos y por lo tanto misioneros., en este año nos sentimos animados y alentados, los acontecimientos de estos tiempos han disipado los temores y miedos y nos llena de coraje para salir a anunciar la buena nueva y salir a todos lados para ser testigos valientes y anunciadores convencidos del Evangelio. Vivimos momentos difíciles, el secularismo ha ocultado la necesidad de Dios. No podemos ser meros espectadores, no nos podemos cruzar los brazos, ni silenciar lo que hemos recibido. No podemos callar, pero sólo podremos hablar si creemos. “creí por eso hablé”. Y hablar sin complejos, ni temores, con sencillez ilusionada y entusiasmo vigoroso, con audacia apostólica y con inmenso amor hacia todos. Nos dice el Papa Francisco «En nuestro tiempo se verifica a menudo una actitud de indiferencia hacia la fe», y los cristianos, con su testimonio de vida, deben suscitar preguntas dudas en todos los que encuentran: « ¿Por qué viven así? ¿Qué cosa los impulsa?». «Lo que necesitamos, especialmente en estos tiempos, son testimonios creíbles que con la vida y también con la palabra hagan visible el Evangelio, despierten la atracción por Jesucristo, por la belleza de Dios».” El hombre de nuestro tiempo necesita una luz fuerte que ilumine su camino y sólo el encuentro con Cristo puede dársela. Es nuestra responsabilidad traer a este mundo, con nuestro testimonio la esperanza que se nos da por la fe.” Queridos hermanos: para ser una iglesia misionera necesitamos: comprometernos en la conversión. “Somos hijos de esta Iglesia santa pero también necesitada de purificación. Renovemos nuestro compromiso de conversión al Señor y de búsqueda sincera y humilde de la santidad. Necesitamos vivir como verdaderos discípulos del Señor: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tienen amor unos con otros” (Juan 13:35). «Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a la vida en que amamos a los hermanos. EL que no ama a su hermano permanece en muerte». 1 Juan 3:14. Necesitamos escuchar la oración de Jesús: “Que todos sean uno como Tu Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en el nosotros para que el mundo crea que tú me enviste” Queridos hermanos: terminamos esta Año Santo en la Solemnidad de Cristo Rey. Nosotros queremos manifestar nuestra profunda convicción del poder real de Cristo, creemos que con Él podemos superar todas las dificultades y que con Él nuestra vida obtendrá un verdadero triunfo, un éxito no a la manera humana, sino mucho más profundo y autentico que nos proporcionará la alegría eterna. A Él sea el poder y la gloria por siempre. Madre del Rosario, tú que eres feliz por haber creído, muéstranos lo que ha significado el encuentro con el Acontecimiento del Verbo hecho carne que da nuevo horizonte a tu historia. Madre únenos a Ti en la tierra y llévanos al cielo. Que así sea.

Mensaje de Mons. Juan A. Puiggari por el primer año del Papa Francisco

 

Sin duda que uno de los gestos, que con el tiempo, se medirá en toda su audacia y grandeza será el gesto de Benedicto XVI, cuando nos anunciaba su renuncia al ejercicio de su ministerio petrino.

Recuerdo que me encontraba en Córdoba, en la convivencia de los seminaristas, cuando nos sorprendió la noticia, sí, lo primero que sentimos fue: sorpresa, estupor y esa sensación de orfandad de los primeros días que se unían a una certeza de que es Jesús quien conduce a la barca de Pedro.

Uno sabía que era verdad, pero aun así, con la confianza puesta en Dios, no era extraño que los horizontes que se abrían a la iglesia fueran absolutamente novedosos e inciertos.

Y ese Dios, que maneja los hilos de la historia, nos volvió a sorprender con la fumata blanca, la cual, casi en un gesto de ternura del Padre, la gaviota nos anunciaba vientos que venían del sur, una brisa que traía aires renovados y sangre nueva a la viña del Señor.

La aparición del Cardenal Bergoglio, ahora Francisco, nos confirmó cómo Cristo está junto a nosotros, caminando la historia como lo hizo con los discípulos de Emaús. La alegría espontanea de la gente en las calles, los templos que se hacían ecos de plegarias de miles y miles de argentinos, de paranaenses que colmaron la catedral nos llevaba a decir “ tú eres Pedro”…

Este entusiasmo y alegría se notó en nuestras comunidades, en la gente que se acercaba con la necesidad de acompañar a este compatriota quien se convertía, ahora, en padre del mundo entero. Dejaba de ser el cardenal primado para ser el sucesor de Pedro: de Jorge a Francisco; cercanía que los llevaba a replantearse su vida a la luz de Dios, de su misericordia y que tuvo su expresión fresca y vigorosa en la JMJ de Río de Janeiro.

En ellos, en los jóvenes, es donde se comprueban los mayores cambios, la mayor movilización, el mayor deseo de “hacer lío” y confiamos, en que si bien no se ha registrado gran repercusión en el panorama vocacional, sabemos que estos procesos son largos, y que por el “efecto Francisco”, como gustan llamarlo, se hará sentir en los muchachos y en las chicas que no duden en entregar su vida y consagrarla al servicio de los hermanos en la vida matrimonial y de especial consagración. Comprobamos también cuántos hermanos nuestros que se habían alejado vuelven a su casa: la Iglesia.

Damos gracias a Dios por el regalo que nos ha hecho en Francisco, a nosotros y a la Iglesia toda, y como él siempre nos pide, recemos por todo lo que lleva en el corazón, y tengamos un corazón dócil para dejarnos enseñar. Una vez decimos con convicción:“ tú eres Pedro y donde esta Pedro esta la Iglesia”.

 

+ Mons. Juan Alberto Puiggari

Arzobispo de Paraná

               

Homilía en el Tedeum del 25 de Mayo 2014

 

Queridos hermanos:

 

Nos reunimos  en  este templo para honrar a la Patria en el  aniversario de su primer gobierno. Al dar gracias a Dios por estos 204 años de vida libre y soberana, transcurridos desde la gesta de Mayo, elevamos nuestra plegaria por el progreso y la prosperidad de la Nación, por sus gobernantes y su pueblo.

 

Damos gracias a Dios por esta tierra bendita, tan rica y fecunda en sus tierras y en sus ríos, con sus paisajes maravillosos desde el mar hasta los Andes, de Humahuaca, hasta nuestros hielos australes y nuestras islas Malvinas.

Le damos gracias a Dios por nuestro pueblo, con sus crisoles de razas, con el aporte enriquecedor de los pueblos originales y de las distintas corrientes de inmigrantes.

 

Hoy más que nunca, acercándonos al bicentenario de nuestra independencia tenemos que asumir  el compromiso de nuestra acción en defensa de los principios que nos dieron existencia y de los valores que fundaron nuestra vida republicana y que animaron a nuestros próceres de mayo. Como decía el Cardenal Bergoglio, hoy Francisco, hablando sobre esta fecha que cercana del 2016 “ esta celebración aumenta la responsabilidad de los dirigentes y de la ciudadanía frente a la ocasión y el reto. No podemos segmentarnos en espacios, Más bien tenemos que privilegiar el tiempo al espacio; la unidad al conflicto; el todo a la parte y la realidad a la idea”.

 

Llevamos en el alma la pasión por nuestra patria que nos exigen a todos comprometernos por el bien común y el bienestar l de cada uno de los argentinos.

 

Honramos a la Patria, honrando al ciudadano en el respeto de su dignidad, en el reconocimiento de sus derechos, en el resguardo de su seguridad, en la promoción de su salud y su educación, en el entorno de paz y armonía que debemos ofrecernos entre todos, en la inclusión de todos como meta anhelada para el festejo bicentenario.

 

Honramos a la Patria, sanando las heridas,  buscando la reconciliación en la verdad y la justicia que nos permitan proyectarnos hacia el futuro con un corazón magnánimo.

 

Honramos la Patria cuando trabajamos para refundar el vínculo social entre los argentinos, cuándo nos descubrimos familia, y que la amistad social es la virtud que debe regir nuestra historia: tenemos un pasado común, un presente que es de todos y un futuro que debemos legar a nuestros hijos.

 

Hace pocos días, los obispos argentinos, analizando la situación de nuestra Patria, afirmábamos con el deseo de contribuir al bien común: “Para construir una sociedad saludable es imprescindible un compromiso de todos en el respeto de la ley. Desde las reglas más importantes establecidas en la Constitución Nacional, hasta las leyes de tránsito y las normas que rigen los aspectos más cotidianos de la vida. Sólo si las leyes justas son respetadas, y quienes las violan son sancionados, podremos reconstruir los lazos sociales dañados por el delito, la impunidad y la falta de ejemplaridad de quienes tenemos alguna autoridad. La obediencia a la ley es algo virtuoso y deseable, que ennoblece y dignifica a la persona. Esto vale también para los reclamos por nuestros derechos, que deben ser firmes pero pacíficos, sin amenazas ni restricciones injustas a los derechos de los demás”.

 

Nos estamos acostumbrando a la violencia verbal, a las calumnias y a la mentira, que “socava la confianza entre los hombres y rompe el tejido de las relaciones sociales” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2486). Urge en la Argentina recuperar el compromiso con la verdad, en todas sus dimensiones. Sin ese paso estamos condenados al desencuentro y a una falsa apariencia de diálogo.

 

Estos síntomas son graves. Sin embargo, en el cuerpo de nuestra sociedad se encuentran también los recursos para afrontar el paciente camino de la recuperación. Todos estamos involucrados en primera persona. Destacamos, ante todo, el profundo anhelo de paz que sigue animando el compromiso de tantos ciudadanos. No hay aquí distinción entre creyentes y quienes no lo son. Todos estamos llamados a la tarea de educarnos para la paz.

 

Nosotros creemos que Dios es “fuente de toda razón y justicia” y que los peores males brotan del propio corazón humano. El vínculo de amor con Jesús vivo cura nuestra violencia más profunda y es el camino para avanzar en la amistad social y en la cultura del encuentro. A esto se refiere el Papa Francisco cuando nos invita a “cuidarnos unos a otros”. Jesús nos enseñó que “Dios hace salir el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos e injustos” (Mt 5, 45). No hay persona que esté fuera de su corazón. En su proyecto de amor la humanidad entera está llamada a la plenitud. No hay una vida que valga más y otras menos: la del niño y el adulto, varón o mujer, trabajador o empresario, rico o pobre. Toda vida debe ser cuidada y ayudada en su desarrollo desde la concepción hasta la muerte natural, en todas sus etapas y dimensiones. Jesús es nuestra Paz, en él encontramos Vida y Vida abundante. A Él volvemos nuestra mirada y en Él ponemos nuestra esperanza para renovar nuestro compromiso en favor de la vida, la paz y la salud integral de nuestra querida Patria. Jesús nos dice: “Felices los que trabajan por la paz…” (Mt 5,9). …

 

La Virgen de Luján, presente en el corazón creyente de tantos argentinos y argentinas, nos anima y acompaña en nuestro empeño “…porque cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes…” (EG 288)

 

+ Juan Alberto Puiggari

Arzobispo de Paraná

 

Homilía en la Misa Crismal (2014)

 

Catedral de Nuestra Señora del Rosario

Paraná, 16 de abril de 2014

 

Querido Sr. Cardenal, querido Mons. Maulión

Queridos hermanos en el sacerdocio;

Querido Diácono, queridos Consagrados y consagradas, queridos seminaristas

Queridos hermanos en el Señor:

 

Con gran alegría, nos reunimos hoy en esta solemne Misa Crismal, que pone de manifiesto la unidad eclesial y el origen pascual de todos los sacramentos. Misa concelebrada por el Obispo y todo su presbiterio, en la cual se consagrará el Santo Crisma y se bendecirán el óleo de los catecúmenos y de los enfermos, materia de los sacramentos, que los sacerdotes llevarán a su Parroquia para administrar los misterios de la salvación. En ella también los presbíteros renovarán sus promesas sacerdotales y participaremos todos de la ofrenda eucarística de Jesucristo.

Un profundo sentido de la unidad del sacerdocio en el único Sumo y Eterno Sacerdote, Jesucristo Nuestro Señor, se irradia en toda la liturgia que hoy celebramos. Llegamos a esta celebración con nuestro corazón de pastores, trayendo al altar todas las necesidades de la Arquidiócesis y de la Iglesia, el Señor sabe que nos oprimen los males del mundo, las heridas de la Iglesia, las angustias de las almas y de los cuerpos y las alegrías y esperanzas de nuestro pueblo. (Ver más -PDF)

 

Mensaje de Mons. Puiggari para la Cuaresma

 

Mensaje de Mons. Juan Alberto Puiggari para la Cuaresma

 

Queridos hermanos:

Nuevamente, este tiempo de Cuaresma que comenzamos a vivir, nos llama como Iglesia, a recorrer el camino penitencial hacia la Pascua. Es un tiempo de gracia en el cual el Señor nos llama a la conversión,  a adentrarnos en lo profundo de nuestro  corazón y  confrontar serenamente, con Su luz, nuestra vida con el Evangelio.

Este año queremos,  junto con nuestro Papa Francisco, meditar y profundizar la realidad  de la pobreza evangélica, contemplando a Jesús “que se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza”.Queremos entrar en la escuela de Jesús

Cada uno de nosotros hemos experimentado, en nuestra propia vida y en la vida de los que amamos, cómo  Dios ha estado junto a nosotros en las dificultades y como  Buen Samaritano ha salido al encuentro del que sufre.

Al acercarnos en el silencio de nuestra oración, descubrimos que la mayor riqueza que poseemos es el don de la fe. Don que nos permite descubrir ese amor profundo  del Padre que nos revela el sentido más profundo  de nuestras vidas: ser hijos en el Hijo. Así nos lo recuerda el Santo Padre  en su mensaje de cuaresma de este año cuando nos dice: “la riqueza de Jesús es su confianza ilimitada en Dios Padre…Es rico como  es un niñoque se siente  amado por sus padres y los ama, sin dudar ni instante de su amor y de su ternura”.

El camino cuaresmal es una invitación para examinar serenamente nuestra vida y mirar, en este seguimiento de Cristo, si nuestro camino cotidiano  no se ha ido empobreciendo con nuestros pecados y miserias morales y espirituales, al punto de enterrar nuestras riquezas  como lo hizo quien , por temor, comodidad o por no arriesgarlo todo por el Reino,enterró el talento que le había sido confiado.

“Se trata de seguir e imitar a Jesús” y ser pobre de espíritu porque ponemos nuestra confianza y seguridad en Dios y no en el poder o el dinero. “Se trata de seguir e imitar a Jesús, que fue en busca de los pobres y pecadores  como el pastor con la oveja perdida, y lo hizo lleno de amor. Unidos a él, podemos abrir  con valentía nuevos caminos  de evangelización y promoción humana” (Francisco).

Una de las maneras más fuertes de miseria que podemos tener, es la de no saber mirar las miserias de los hermanos con un corazón misericordioso, miseria ya sea material, moral o espiritual;  no viendo en los demás el rostro de Cristo, olvidando que “amando y ayudando a los pobres, amamos y servimos a Cristo”.

Es un tiempo de gracia para mediante la oración, el ayuno y la limosna dejarnos reconciliar por Dios y así con un corazón puro contemplar el rostro del Padre y descubrir Su inmenso amor por cada uno de nosotros

Queridos hermanos, pidamos a nuestra Madre, Nuestra Señora del Rosario de Paraná, que nos acompañe en este peregrinar hasta la Pascua, con un sincero deseo de conversión que nos mueva a preguntarnos  en qué podemos privarnos con el fin de enriquecer a otros  con nuestra pobreza.  “que ella  sostenga nuestro propósitos y fortalezca en nosotros la atención  y la responsabilidad  ante la miseria humana, para  que seamos  misericordiosos y agente de misericordia[u1] [u2] .”

Que Dios nos bendiga y nos conceda a todos una Santa Cuaresma.

 

 

+ Juan Alberto Puiggari

Arzobispo de Paraná


 [u1]

 [u2]

 

Mensaje de Mons. Juan A. Puiggari para la Cuaresma (2014)

 

 

 

Queridos hermanos:

Nuevamente, este tiempo de Cuaresma que comenzamos a vivir, nos llama como Iglesia, a recorrer el camino penitencial hacia la Pascua. Es un tiempo de gracia en el cual el Señor nos llama a la conversión,  a adentrarnos en lo profundo de nuestro  corazón y  confrontar serenamente, con Su luz, nuestra vida con el Evangelio.

Este año queremos,  junto con nuestro Papa Francisco, meditar y profundizar la realidad  de la pobreza evangélica, contemplando a Jesús “que se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza”.Queremos entrar en la escuela de Jesús

Cada uno de nosotros hemos experimentado, en nuestra propia vida y en la vida de los que amamos, cómo  Dios ha estado junto a nosotros en las dificultades y como  Buen Samaritano ha salido al encuentro del que sufre.

Al acercarnos en el silencio de nuestra oración, descubrimos que la mayor riqueza que poseemos es el don de la fe. Don que nos permite descubrir ese amor profundo  del Padre que nos revela el sentido más profundo  de nuestras vidas: ser hijos en el Hijo. Así nos lo recuerda el Santo Padre  en su mensaje de cuaresma de este año cuando nos dice: “la riqueza de Jesús es su confianza ilimitada en Dios Padre…Es rico como  es un niñoque se siente  amado por sus padres y los ama, sin dudar ni instante de su amor y de su ternura”.

El camino cuaresmal es una invitación para examinar serenamente nuestra vida y mirar, en este seguimiento de Cristo, si nuestro camino cotidiano  no se ha ido empobreciendo con nuestros pecados y miserias morales y espirituales, al punto de enterrar nuestras riquezas  como lo hizo quien , por temor, comodidad o por no arriesgarlo todo por el Reino,enterró el talento que le había sido confiado.

“Se trata de seguir e imitar a Jesús” y ser pobre de espíritu porque ponemos nuestra confianza y seguridad en Dios y no en el poder o el dinero. “Se trata de seguir e imitar a Jesús, que fue en busca de los pobres y pecadores  como el pastor con la oveja perdida, y lo hizo lleno de amor. Unidos a él, podemos abrir  con valentía nuevos caminos  de evangelización y promoción humana” (Francisco).

Una de las maneras más fuertes de miseria que podemos tener, es la de no saber mirar las miserias de los hermanos con un corazón misericordioso, miseria ya sea material, moral o espiritual;  no viendo en los demás el rostro de Cristo, olvidando que “amando y ayudando a los pobres, amamos y servimos a Cristo”.

Es un tiempo de gracia para mediante la oración, el ayuno y la limosna dejarnos reconciliar por Dios y así con un corazón puro contemplar el rostro del Padre y descubrir Su inmenso amor por cada uno de nosotros

Queridos hermanos, pidamos a nuestra Madre, Nuestra Señora del Rosario de Paraná, que nos acompañe en este peregrinar hasta la Pascua, con un sincero deseo de conversión que nos mueva a preguntarnos  en qué podemos privarnos con el fin de enriquecer a otros  con nuestra pobreza.  “que ella  sostenga nuestro propósitos y fortalezca en nosotros la atención  y la responsabilidad  ante la miseria humana, para  que seamos  misericordiosos y agente de misericordia[u1] [u2] .”

Que Dios nos bendiga y nos conceda a todos una Santa Cuaresma.

 

 

+ Juan Alberto Puiggari

Arzobispo de Paraná


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