HOMILIA DE ORDENACION DE JULIAN RODRÍGUEZ

Catedral de Paraná

21 de septiembre de 2022

Queridos hermanos:

            Dios, por boca del Profeta Jeremías, nos dice: «Os daré Pastores según mi corazón». Con estas palabras, Dios promete a su Pueblo no dejarlo nunca privado de Pastores que lo congreguen y guíen.

El Pueblo fiel experimenta siempre la realización de este anuncio profético. Y en esta noche, la Iglesia que peregrina en Paraná es testigo del cumplimiento de estas palabras del Señor, con la ordenación de un nuevo sacerdote; por eso damos gracias a Dios porque una vez más ha cumplido Su Promesa. Con inmensa alegría estamos participando de la Eucaristía en la que este hermano nuestro va a recibir el sacramento del Orden que lo configurara con Cristo Cabeza, Pastor, Siervo y Esposo de la Iglesia.

La vocación sacerdotal  es un misterio de la elección divina: «No me han elegido ustedes a mí, sino que yo los he elegido a ustedes, y los he destinado para que vayan y den fruto, y ese fruto permanezca» (Jn. 15,16);  «Antes de formarte en el vientre materno, yo te conocía; antes que salieras del seno yo te había consagrado, te había constituido profeta» (Jr. 1,5). Estas palabras inspiradas de la Sagrada Escritura estremecen profundamente el corazón de todo sacerdote, seguramente en esta noche el de Julián.

Pero podríamos preguntarnos: ¿qué significa ser  sacerdote? ¿Tiene validez en un mundo secularizado como el nuestro? ¿Vale la pena?

Para contestar tenemos que avivar la fe, sumergirnos en el plano sobrenatural y tratar de asomarnos con admiración al Misterio, desde una relación esencial con Cristo.

El mundo ha cambiado enormemente, y sigue cambiando a un ritmo vertiginoso; ya nada nos asombra… pero sin embargo  sigue siendo válido que la única respuesta para las soluciones a los grandes conflictos de nuestro tiempo es Jesucristo,  el Único que salva, «aquel a quien el Padre santificó y envió al mundo» no para condenarlo, sino para que el mundo viva y se salve.

 Y si creemos esto, quedamos admirados frente a la grandeza de lo que pasa hoy. Porque  el sacerdote se ubica  en la misma consagración y misión de Cristo: » Como el Padre me envió, también yo los envío a ustedes». » Como el Padre me ama, Yo también los he amado”. Solo así se comprende lo radical del llamado y lo irreversible de la respuesta que va a dar Julián. Cristo tiene derecho a elegirlo y a enviarlo, de una manera original y única. Cuando se lo piensa en la fe, se  comprende algo de lo misterioso y maravilloso que estamos viviendo…Como decía el Santo Cura de Ars “si comprendiéramos el misterio del sacerdocio, moriríamos, pero no de temor sino de amor”.

El sacerdocio es un don, es una elección, es una gracia inmerecida, porque no está basada en nuestros propios méritos o capacidades, sino en el  puro amor de predilección de Dios, como escuchábamos en el Evangelio: “Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”. Como a san Mateo, Jesucristo, después de orar al Padre, lo llama a Julián,  en orden a la edificación del Cuerpo de Cristo. Le pido al Señor  que  tenga la repuesta de Mateo: levantarse, seguirlo y abandonarlo todo. 

          Pero ¿qué significa ser sacerdote?  San Pablo nos dice que, ante todo, ser sacerdote es ser administrador: «servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios.” (1 Cor. 4, 1-2).  El administrador no es propietario, sino aquel a quien se le confían los bienes para que los gestione con justicia y responsabilidad.

Recibe de Cristo  nada menos que los tesoros de la salvación para distribuirlos entre sus hermanos a los cuales es enviado. Se trata de los bienes de la fe.  Es, por tanto,  el hombre de la Palabra, el hombre de los  sacramentos, el hombre del «misterio de la fe».  Nadie puede considerarse «propietario» de estos bienes. Todos somos sus destinatarios. El sacerdote, sin embargo, tiene la tarea de administrarlos en virtud de lo que Cristo ha establecido.

 La vocación sacerdotal es un misterio. Es el misterio de un «maravilloso intercambio» entre Dios y el hombre. Éste ofrece a Cristo su humanidad para que Él pueda servirse de ella como instrumento de salvación, casi haciendo de este hombre otro sí mismo. (Tomen y coman, este es mi cuerpo…yo te absuelvo…). Si no se percibe el misterio de este «intercambio», no se logra entender cómo puede suceder que un hombre joven, escuchando la palabra ‘‘¡Sígueme!», llegue a renunciar a todo por Cristo, con la certeza de que por este camino su personalidad humana se realizará plenamente.

 Nuestro querido y recordado san Juan Pablo II se preguntaba. “¿Hay en el mundo una realización más grande de nuestra humanidad que poder representar cada día “in persona Christi” el Sacrificio redentor, el mismo que Cristo llevó a cabo en la Cruz?

El Espíritu Santo quiere servirse de Julián, de su boca, de sus manos, de su cuerpo para proclamar incesantemente la Palabra; traducirla de tal modo que toque los corazones, pero sin alterarla ni rebajarla, sin acomodarla a sus criterios; y repetir el gesto de ofrecimiento de Jesús en la Última Cena, sus gestos de perdón a los pecadores.

Será tomado de entre los hombres y permanecerá cercano a ellos, “cristiano en medio de ellos”, decía San Agustín. Pero totalmente consagrado a la obra de la salvación.

Será instrumento, pobre y humilde, que no debe atribuirse el mérito de la gracia transmitida; solo instrumento.

Querido Julián:

¡Qué grande y maravilloso es proclamar la Buena Nueva!, hacer conocer a Jesucristo; poner a nuestros hermanos en relación personal, viva con Él; velar por la autenticidad y la fidelidad de la fe, para que no decaiga, para que no sea alterada ni esclerotizada. Ser maestro de fe y predicador incansable de la misma; testigo de quien vive lo que anuncia y ayuda a descubrir, con gestos cotidianos, la verdad de lo que dice y lo que cree y así mantener en la Iglesia el impulso misionero, como nos insiste Francisco, formando comunidades santas, evangelizadoras y servidoras.

¡Que noble misión es dispensar los misterios de Dios!, ser canal transparente de la gracia de Cristo, hacerlo presente de modo sublime en el misterio pascual a través de la Eucaristía, y en su gesto misericordioso del perdón.

¡Qué extraordinario es ser pastor!; construir y mantener la comunión entre los cristianos, en el lugar que se te confíe, corresponsable de las otras comunidades  de la Arquidiócesis, todas en unión con el sucesor de Pedro. ¡Qué desafiante buscar las ovejas perdidas!

En ese pastoreo tendrás que presidir la caridad de tu comunidad especialmente entre los  más pobres y los que más sufren.

Julián: sólo podrás servir eficazmente al hombre si te sientes «encadenado a Cristo por el Espíritu”. Somos humildes servidores de los hombres; pero nuestra capacidad de servicio la engendra en nosotros la absoluta y gozosa inmolación a Cristo.

El servicio cotidiano no es fácil. Es importante una permanente disponibilidad para contemplar, convertirnos y morir.  Servir a los hombres es entenderlos, asumirlos, salvarlos… Multiplicarles el pan eucarístico, abrirles los misterios del Reino, comunicarles el don del Espíritu. (Como  lo enseñaba el Venerable Cardenal Pironio).

Como decía santa Teresa de Calcuta: “Tengan la libertad de amar y de ser todo para los hombres. Por eso necesitan ser libres, pobres y llevar una vida simple… Como sacerdotes tienen que ser capaces de alegrarse de esta libertad, de no poseer, de no tener a nadie; sólo entonces podrán amar a Cristo con amor indiviso en la castidad y entregarse sin reservas a sus hermanos”.

Que la Eucaristía llegue a ser para vos una escuela de vida, en la que aprendas a entregarla. La vida no se da sólo en el momento de la muerte, y no solamente en el modo del martirio. Debes darla día a día. Debes aprender a desprenderte, a estar a disposición del Señor para lo que te necesite  en cada momento. Dar la vida, no tomarla. Sólo quien da su vida la encuentra.

Marianiza tu sacerdocio. Como san Juan, introdúcela en el dinamismo de tu existencia y de tu misión. Vas a  comenzar a ser su hijo predilecto porque te asemejarás más a Jesús, y también porque como Ella, vas a estar comprometido  en la misión de proclamar, testimoniar y dar a Cristo al mundo.

Que Ella te conceda la gracia de la generosidad en la entrega, la fidelidad en el compromiso, una vida pobre y un amor ardiente y misericordioso…

Has tomado como lema, una frase que te ha marcado fuertemente los últimos años de tu Seminario y que hoy por primera vez la pronunciarás como sacerdote: “Por Cristo, con Él y en Él”.

Es todo un programa de vida sacerdotal porque señala la configuración más íntima del amor en quien pertenece a Cristo. Nada hace por sí mismo ni para sí mismo, nada hace para ser visto por los hombres ni aplaudido por ellos: sólo obra por Cristo, para Cristo, movido por su Amor y en respuesta a su Amor.

 Es el dinamismo de la vida cristiana, que parte siempre de la Gracia: ¡siempre con Cristo! Nuestra existencia  es fruto de un encuentro personal y único con Él, un acontecimiento decisivo, y nada ni nadie nos puede separar de su Amor.

Con Él, que siempre nos acompaña; que siempre dirige nuestros pasos; que jamás nos niega su Gracia. ¡Siempre con Él!, rechazando cuanto nos aparte de Él…

       “Por Cristo, con Él y en Él…”

  En Él, ¡en el Señor! Ya comamos, bebamos, o hagamos cualquier otra cosa, siempre en Él, en el Señor, para Gloria del Padre. Cuanto hacemos, lo hacemos en Cristo, movidos por su Espíritu Santo;  con Él y por Él para la Gloria del Padre y para el bien de nuestros hermanos.

 Nuestro mundo tiene necesidad de esperanza, estamos viviendo la  asfixia de ocultar a Dios de nuestra cultura y la parálisis del pesimismo. Sé profeta de esperanza, grita al mundo la esperanza, pero no una fácil o ilusoria, sino la que nace de la cruz Pascual de Cristo. «Una esperanza sin alegría no es esperanza, no va más allá de un sano optimismo.» «La alegría fortalece la esperanza y la esperanza florece en la alegría”.  (Francisco)

 Que Dios bendiga a tu familia, a los Formadores del Seminario, especialmente a las comunidades parroquiales de Santa Lucía en donde nació tu vocación, y de Santa Rosa que te acompañó con tanto cariño en esta última etapa.

Demos gracias a Dios y pidamos con insistencia y confianza por el aumento de las vocaciones sacerdotales y consagradas.

Santísima Virgen del Rosario,  nuestra Madre y Patrona, te encomiendo el sacerdocio de Julián.

Madre, únenos a Ti en la tierra y llévanos contigo al Cielo.

Homilía en el Tedeum del 9 de Julio

Parroquia San Miguel Arcángel. Paraná

Queridos hermanos:

Como nuestros representantes reunidos en la histórica Casa de Tucumán, el 9 de julio de 1916, hoy también nosotros nos hemos reunido en este templo histórico de San Miguel, para implorar a Dios Nuestro Señor por el bien de nuestra Patria, reconociéndolo como fuente y origen de toda razón y justicia, como lo invoca nuestra Constitución Nacional.

Y lo hacemos con el convencimiento más firme, como dice el Salmo, de que en vano trabaja el obrero, si el Señor no construye la casa, y que en vano vigila el centinela, si el Señor no cuida la Ciudad.

Mirando nuestra historia nacional nos damos cuenta, por encima de las limitaciones que tenemos, de los errores que hemos cometido o de las situaciones difíciles que estamos viviendo; nuestra Nación ha recibido grandes dones y beneficios del Dios que es Uno y Trino.

En tiempos marcados por la globalización, no debe debilitarse la voluntad de ser Nación, una familia fiel a su historia, a su identidad y a sus valores humanos y cristianos.

La Patria es nuestra madre: nos engendró, somos parte de sus entrañas, nos abriga bajo su bandera celeste y blanca, nos da su nombre, el de argentinos, nos hace partícipes de sus triunfos y fracasos, de sus alegrías y sus sufrimientos, de sus sueños y esperanzas.

El amor a la Patria es un deber imperioso para todo hombre y más aún para todo cristiano. Jesucristo quiso anunciar la Buena Nueva del Evangelio, antes que a nadie, a las ovejas de la casa de Israel, y lloró sobre futuras desgracias de Jerusalén, como lloró sobre el sepulcro de  su amigo Lázaro.

San Agustín, con sus frases vigorosas, nos recuerda: “Ama a tus padres, pero más que a ellos ama a tu Patria, y más que a tu Patria ama a Dios”.

Por eso, mis hermanos, todos tenemos que sentirnos protagonistas en este momento difícil que estamos atravesando. No podemos ser insensibles al dolor de nuestra gente, a la cierta desesperanza que hay en nuestro pueblo. Tenemos que pedir la gracia de renovar nuestro entusiasmo por construirla juntos y curar cuidadosamente sus heridas. Es el momento para  la magnanimidad, la humildad y debemos deponer el interés mezquino del proyecto personal para recrear las bases de un proyecto grande de país, que nos convoque, nos identifique y nos exprese. Tenemos que tener presente a nuestros grandes héroes como San Martín, Belgrano y Güemes,  que fueron capaces de postergar toda ambición personal para servir a la Patria.

Creo, queridos hermanos, que todos somos conscientes del estado anímico de nuestra gente, por muchos motivos – que no viene al caso enumerar- pero debemos comprometernos a sanar a nuestro pueblo herido y sufrido, para lo cual no bastan palabras grandilocuentes sino  hechos concretos que hagan creíble el compromiso de los que tenemos más responsabilidad.

Hoy queremos sentirnos herederos de los próceres de Tucumán.

Le damos gracias a Dios porque en Su Providencia nos quiso una Nación libre e independiente, y   queremos renovar nuestro compromiso de defender cada día la libertad, como don precioso de Dios.

La Independencia es un hecho histórico que celebramos pero es sobre todo una tarea cotidiana que nos compromete a todos. Hay nuevas formas de colonialismo que “pretenden imponer una nueva cultura que hace limpieza de las tradiciones válidas,  de nuestra historia, también de la religión de un pueblo. Estas colonizaciones ideológicas reniegan del pasado y no miran el futuro: viven el momento, no el tiempo, y por eso no pueden prometernos nada”. (Papa Francisco)

 Esto requiere de todos un fuerte y lúcido sentido patriótico que se exprese en la capacidad de discernir lo bueno de lo nuevo y rechazar los que son anti-valores y se oponen al ser nacional.

Dios quiera que sepamos vivir y defender la libertad, que supone el cuidado de toda vida, el  respeto de los derechos de los otros, que excluye el egoísmo, porque busca el Bien Común amando a todos sin excluir a nadie, privilegiando a los pobres, perdonando a los que nos ofenden, aborreciendo el odio y construyendo la paz.

Ser una sociedad libre es trabajar por una cultura cívica en la que cada uno pase de habitante a ciudadano; de quejarse a ser constructor de una sociedad mejor. Nuestra Patria se construye comprometiendo nuestra libertad personal y social en la búsqueda del Bien Común.

El querido y recordado San  Juan Pablo II nos dio un ejemplo profundo de amor a su Patria y en un mensaje a los jóvenes les enseñaba cómo el amor y el arraigo a la familia está íntimamente unido al amor y al arraigo a la Patria. Porque la Patria es como la prolongación de la familia, es una familia grande en la que estamos unidos por lazos de historia común, de tradición, de cultura, de lengua y de Fe. Necesitamos hacer un gran esfuerzo para restaurar la familia y así  hacer crecer la Patria a través de una convivencia de hermanos que recree el tejido social, y nos permita afianzar la identidad y la alegría de ser una Nación.

A la hora de soñar con un país ideal, la Iglesia mira a su Señor y Maestro, Jesús, que en el monte de las bienaventuranzas ofrece su programa de vida – que acabamos de escuchar – a todas las generaciones de la historia y se nos presenta como la Roca sobre la cual tenemos que construir para tener la certeza de que las tempestades no lo harán sucumbir.

Quiero elevar mi oración a Dios, fuente de toda Sabiduría, para que ilumine a todos los gobernantes y los fortalezca para los grandes desafíos de este tiempo, para que busquen  ante todo el bien de nuestro pueblo procurando el Bien Común.

Que Nuestra Señora de Luján, Patrona de la Argentina,  haga sentir su presencia de Madre, especialmente a aquellos hermanos nuestros que más sufren en el cuerpo o en el alma y nos acompañe siempre en el caminar de nuestra historia.

Que así sea.

                                       + Juan Alberto Puiggari

                                                    Arzobispo de Paraná

Homilía del Te Deum del 25 de Mayo

Queridos hermanos:

Nos hemos reunido para  celebrar la memoria de un acontecimiento que nos define como pueblo. En cuanto hecho histórico, lo recibimos como algo que nos es dado, y que debemos actualizarlo para definir, desde él, nuestra identidad y proyectarnos como Nación. Toda celebración patria presenta una mirada al pasado en el que reconocemos nuestras raíces; una vivencia del presente que nos compromete y nos lleva a examinar nuestros logros, pero también nuestros límites y carencias; y una mirada hacia el futuro, que nos llama al compromiso de todos para construir una Argentina mucho mejor para las futuras generaciones.

Damos gracias al Señor por la posibilidad de volver a encontrarnos en esta iglesia Catedral para orar por la Argentina. El largo período de cuarentena que hemos vivido a consecuencia de la pandemia ha calado hondo en todos nosotros. Ciertamente, no somos los mismos… Extrañamos a hermanas y hermanos que han perdido la vida en este tiempo. A muchos no los hemos podido despedir como hubiésemos querido. Pero los que estamos aquí  tampoco somos los mismos de ayer. Un verdadero torbellino ha pasado (y tal vez sigue pasando) en medio nuestro. En esos momentos difíciles el Santo Padre Francisco nos advertía que nadie iba a salir igual, o saldríamos mejores o peores. Es un buen momento para que como sociedad, nos examinemos.

  Nos ha cambiado la vida, y un primer sentimiento que nos une hoy, es hacer memoria doliente junto a quienes han sufrido durante estos últimos meses la muerte de seres queridos, la enfermedad y sus secuelas, la pérdida de fuentes laborales y la precariedad económica. Para muchas personas este tiempo  ha causado un importante deterioro en su ánimo y salud mental, especialmente en los jóvenes y ancianos. Todo esto se ve incrementado cuando ha afectado a las familias más pobres.

 Es tiempo de valorar la vida austera y las cosas sencillas que nos dan felicidad. Es tiempo de agradecer por la familia, revalorizar la comunidad, el barrio, las redes sociales de amistad y solidaridad.

Al dar gracias en este día al Señor por la Patria, tenemos la necesidad de una especial expresión de gratitud  a quienes han servido con abnegación heroica: el personal de salud, de seguridad, los servidores públicos, los capellanes y tantos otros  que han puesto lo mejor de sí para servir a sus hermanos.  Varios  perdieron su vida: a ellos nuestra admiración y oración. Que el Señor les recompense con creces.

El recuerdo agradecido a estos hermanos nuestros nos exige, a la dirigencia de todo tipo, redoblar el esfuerzo para sacar a nuestra Patria de esta postración,  que no es sólo económica, sino principalmente moral.

Para refundar los vínculos sociales, tan debilitados en nuestro país,  debemos apelar a la ética de la solidaridad, y generar una cultura del encuentro. El punto de vista ordenador de una cultura del encuentro debe centrarse en el hombre, principio, sujeto y fin de toda actividad humana.

Urge recrear los lazos de la amistad social entre los argentinos para pacificar los corazones tan heridos y enfrentados. Es imprescindible la reconciliación para poder aspirar a una Nación que tenga pasión por la verdad y compromiso por el Bien Común.

Para quienes creemos en Cristo, la paz es fruto de la justicia, y esos valores sólo se logran con respeto y diálogo, con altura en la mirada, dejando de lado actitudes mezquinas, y sobre todo con humildad.

En el Evangelio que se ha proclamado, hemos escuchado la regla de oro para toda autoridad, para todo representante del pueblo, para todo dirigente de una institución. “El que es más grande, dice el texto evangélico, que se comporte como el menor, y el que gobierna, como su servidor”. (Lc. 22, 26).

Queremos y necesitamos autoridades (en todos los campos) que busquen genuinamente el bien de los argentinos, que estén dispuestos a buscar acuerdos, que trabajen en forma mancomunada. El verdadero liderazgo supera la omnipotencia del poder y no se conforma con la mera gestión de las urgencias. Recordemos algunos valores propios de los auténticos líderes: la integridad moral, el compromiso concreto por el bien de todos, la capacidad de escucha, el interés por proyectar más allá de lo inmediato, el respeto de la ley, el discernimiento atento de los nuevos signos de los tiempos y, sobre todo, la coherencia de vida.

 Y también necesitamos que todos los ciudadanos nos comprometamos con el Bien Común de la Patria; tenemos que  “ponernos la Patria al hombro”, como le gustaba decir Francisco, cuando estaba entre nosotros. Sin excepción, no tenemos derecho a la indiferencia ni al desinterés o a mirar hacia otro lado. Argentina nos necesita humildes, sencillos, disponibles, dispuestos a dar lo mejor de nosotros para que la Patria se levante. Si una persona, si un sector cualquiera sea, no se compromete,  Argentina está incompleta.

Nos necesita a nosotros, a quienes creemos en Él y a todas las demás personas de buena voluntad. Una Argentina justa y solidaria, la amistad social que anhelamos entre todos, no se impone por decreto ni por arreglo de unos pocos.

No habrá cambios profundos si no renace, en todos los ambientes y sectores, una intensa mística del servicio, que ayude a despertar nuevas vocaciones de compromiso social y político.

 Tenemos que pensar la Argentina de los próximos 100 años, salir de la mirada cortoplacista; necesitamos un proyecto de país, reafirmando  nuestra identidad común, estableciendo políticas públicas con consensos fundamentales que se conviertan en referencias para la vida de la Nación y puedan subsistir más allá de los cambios de gobierno, para lo cual hay que mirar el pasado de nuestra historia.

Desde los inicios de nuestra comunidad nacional, aún antes de la emancipación, los valores cristianos impregnaron la vida pública. Esos valores se unieron a la sabiduría de los pueblos originarios y se enriquecieron con las sucesivas inmigraciones. Así se formó la compleja cultura que nos caracteriza. Es necesario respetar y honrar esos orígenes, no para quedarnos anclados en el pasado, sino para valorar el presente y construir el futuro. No se puede mirar hacia adelante sin tener en cuenta el camino recorrido y honrar lo bueno de la propia historia.

Hay dificultades, no las negamos.  Y frente a ellas tenemos que superar la parálisis frente al mal, vencer la tentación de la queja inútil, de la protesta por la protesta. Debemos reaccionar como Jesús, amando a la Patria, como exigencia del mandamiento que nos pide honrar al padre y a la madre, porque la Patria es el conjunto de bienes que hemos recibido como herencia de nuestros antepasados, es un bien común de todos los ciudadanos, y como tal, también es un gran deber.

Recibimos la Patria como un legado maravilloso y una tarea inacabada. Todos somos constructores y responsables de su futuro.  No esperemos a ver que hacen los otros, no miremos con indiferencia lo que no nos toca, despertemos de la inmadurez de pretender un estado paternalista. La Argentina es obra de todos, que se hace con el deber de cada día, hecho con esfuerzo, con honestidad, pensando más en los otros que en el propio interés. Actitud que supone heroísmo para no cansarse, para no claudicar, para comenzar cada mañana, en nuestro lugar, para creer y esperar que con la Gracia de Dios otra Argentina es posible legar a nuestros hijos.

Para poder realizar esta noble tarea, todos debemos superar los individualismos, los partidismos, los intereses egoístas, y trabajar decididamente por el Bien Común. Todos tenemos que sentirnos patriotas, como nuestros próceres de mayo.

En este día, en que se mezcla la preocupación y la esperanza, venimos aquí a implorar al Señor que ilumine nuestro camino y fortalezca nuestros espíritus, especialmente que le dé sabiduría y prudencia a nuestros gobernantes.

Demos gracias a Dios e invoquemos la protección de Nuestra Señora de Luján, Patrona de la Argentina, para que nos dé el gusto por lo grande y noble, que nos preserve de la tentación de lo pequeño e inmediato, que no nos asusten el cansancio o las dificultades, pero que sí nos asuste la falta de ideales que no nos permitan soñar con una Argentina en donde reine la paz, la justicia y el amor, que es la cumbre de aquel camino social que nos ha enseñado su Hijo Jesucristo Nuestro Señor.

Amén.

Homilía de Corpus Christi

Queridos hermanos:

Hoy, celebramos la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo (Corpus Christi) en la que la Iglesia hace como un eco del  Jueves Santo a la luz de la Resurrección.  Centramos nuestra atención en el misterio de la presencia real del Señor, bajo las apariencias del pan y del vino que atravesando el umbral de la muerte, se convierte en Pan vivo, bajado del cielo, auténtico maná, alimento inagotable por todos los siglos.
En el sacramento de la Eucaristía el Señor se encuentra siempre en camino hacia el mundo. Este aspecto universal de la presencia eucarística se manifiesta cabalmente  en la procesión de nuestra fiesta de hoy. Llevaremos a Cristo, presente en la figura del pan, por las calles de nuestra ciudad. Encomendaremos estas calles, nuestras familias, nuestros hermanos que más sufren, nuestra vida cotidiana, a su bondad.

«En la Eucaristía, Jesús no da “algo”,  sino a sí mismo; ofrece su cuerpo y su sangre derramada. Entrega así toda su vida, manifestando la fuente originaria de este amor divino. Él es el Hijo eterno que el Padre ha entregado por nosotros.»

En la Eucaristía «está el tesoro de la Iglesia, el corazón del mundo, lo que todo el mundo,  aunque sea inconscientemente, aspira. Misterio grande, que ciertamente nos supera y pone a dura prueba la capacidad de nuestra inteligencia de ir más allá de las apariencias». 

Es el misterio de la fe. Sin embargo, «…  estamos siempre tentado a reducir a nuestra propia medida la Eucaristía, mientras que en realidad somos nosotros los que debemos abrirnos a las dimensiones del Misterio». En el momento de la celebración de la Eucaristía,  la fe es puesta a prueba, pues como dice Santo Tomás de Aquino: «visus, gustus, tactus fallitur, sed auditu solo tuto creditur (la vista, el gusto y el tacto se engañan, solamente el oído cree todo)».

En la Eucaristía se actualiza   su amor hasta el extremo de dar la vida por nosotros, lo que nos salva. Nos salva su amor. Esta es la salvación: recibirlo a Él que se nos entrega con infinito AmorY, al comerlo, nos transforma en Él, como decía San León Magno: «Nuestra participación en el cuerpo y la sangre de Cristo no tiende a otra cosa que a convertirnos en aquello que comemos». “En la Eucaristía, nosotros partimos el mismo pan que es un remedio de inmortalidad, antídoto para no morir, sino para vivir en Jesucristo para siempre” (San Ignacio de Antioquía)

            En la segunda lectura, Pablo nos relata la institución de la Eucaristía en la Última Cena. Podríamos detenernos en dos palabras: Memoria y hagan esto en memoria mía

Memoria: no es un simple recuerdo, es un acontecimiento del pasado que se actualiza con toda la realidad y poder en el presente. En la Eucaristía Jesús se hace presente de forma real en el Pan y Vino Consagrado, con toda la fuerza de la Pascua que se nos da como alimento para el camino hacia nuestra casa definitiva: el cielo

Hagan esto en memoria mía”: con este mandato de Jesús abrió el camino para la multiplicación  del pan eucarístico.

En el Evangelio se nos relata la multiplicación de los panes y un nuevo mandato del Señor “Denles de comer ustedes mismos” sorprendiendo a sus discípulos previo a la multiplicación de los panes, manifestando su poder y generosidad.

Es un episodio profético que anuncia otra multiplicación: la del pan eucarístico que manifiesta mucho más la generosidad de su corazón y que nos compromete en nuestra vida diaria

Gracias a la Eucaristía,  nos convertimos también nosotros en alimento y así podemos cumplir el mandato del Señor: “denles de comer ustedes mismos”. Hay muchos hambrientos que pasan por nuestra vida. A ellos el Maestro nos pide hoy que les demos de comer: que le demos el alimento material, nuestro tiempo, pero sobretodo el alimento de la fe, del amor… Los hambrientos  de hoy nos están esperando…

Como nos dice el Papa Francisco: “Si hay algo que debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo… Jesús nos repite sin cansarse: “Denles ustedes de comer”

Nunca tenemos que separar  Eucaristía y caridad, culto y vida, espiritualidad y misión, oración y la acción para construir el Reino de Dios.

Cuando recibimos la Comunión, recibimos el mismo dinamismo de amor que Jesús manifestó en la Ultima Cena. Debemos aceptar que Su dinamismo transforme toda nuestra vida en una ofrenda generosa a Dios, por el bien de nuestros hermanos.

Poseemos demasiada técnica, sabemos demasiadas cosas. Por eso nos cuesta entender sencillamente: que Dios no puede abandonarnos, que se ingenia para permanecer con nosotros hasta el fin y que nos acompaña con la alegría y fecundidad de su Pascua en cada Eucaristía.

 

Este año queremos pedirle al Señor especialmente por las familias, al culminar el año dedicado a ella. Le pedimos la gracia, que sea restaurada como salió del corazón de Dios Uno y Trino a su imagen y semejanza, teniendo  como modelo la sagrada Familia de Nazaret.

Quiero agradecer en esta tarde, la gracia que Dios está concediendo a nuestra Iglesia con el crecimiento de las Adoraciones Eucarísticas (en sus distintas formas). Existe un vínculo intrínseco ente celebración y adoración. Como dice San Agustín. “Nadie come de esta carne sin antes adorarla”.

Nadie como María puede ayudarnos a adorar y vivir de la Eucaristía, descubrir más allá de las apariencias sensibles, a Cristo Vivo. Que toda nuestra vida y misión tenga su fuente y culmen en Ella.

Qué por su intercesión aumente en toda la iglesia la fe en el misterio eucarístico, la alegría de participar en la santa misa, especialmente en la dominical, y el deseo de testimoniar la inmensa caridad de cristo.

Y le pedimos a Nuestra Madre, que pida junto con nosotros:

¡Señor guía los caminos de nuestra historia y de nuestra Patria!
¡Muestra a la Iglesia y a sus pastores el camino sinodal!

¡Fortalece a nuestras familias, que se descubra nuevamente el tesoro y la belleza de la misma!

¡Concédenos muchas y santas vocaciones que hagan esto en memoria tuya!
¡Mira a la humanidad que sufre, que tiene hambre y sed de paz, de alegría, de justicia, de verdad, de amor. Hambre y sed que en definitiva es falta de la presencia de Dios!
¡Dales trabajo, dales luz, dales Tú mismo!

¡Haznos comprender que sólo mediante la participación en tu Pasión, mediante el «sí» a la cruz, a la renuncia, a las purificaciones que nos impones, nuestra vida, puede madurar y alcanzar su verdadera plenitud y felicidad!
 ¡Une y purifica a tu Iglesia, une a la humanidad dividida!  ¡Danos tu paz!

HOMILIA DE CORPUS CHRISTI 2016

 

Paraná, 28 de mayo de 2016

 

“Santo eres en verdad, Padre  ya que por Jesucristo, tu hijo, Señor nuestro, con la fuerza del Espíritu Santo,…congregas a tu pueblo sin cesar  para que ofrezca en tu honor un sacrificio sin mancha desde donde sale el sol hasta el ocaso”.

Queridos hermanos:

Como lo expresa tan bellamente la plegaria III de la Eucaristía “De la salida del sol hasta el ocaso” queremos que hoy se levante un himno de alabanza, adoración y acción de gracias por la más sorprendente invención divina. Es una obra en la que se manifiesta la genialidad y el poder de una sabiduría que es simultáneamente “locura de amor”, como lo decía Santa teresita del Niño Jesús.

“La fiesta del Corpus Christi, que estamos celebrando, nos ofrece la ocasión para profesar  nuestra fe,  manifestar nuestra adoración y  amor por la Eucaristía. Es la fiesta del grandísimo  don que nos hace Jesús antes de su pasión.

Este es el día que recordamos y celebramos el milagro de la presencia Divina bajo las especies del pan y del vino en la Eucaristía.  Es el mismo misterio que conmemoramos el Jueves Santo, pero ahora sin el telón de fondo de la Pasión. La Iglesia, hoy cubre con el velo de su piedad la traición de Judas, para que resalte con todo su resplandor la entrega de Cristo para la vida de todos los hombres.

En el Evangelio que acabamos de escuchar podemos apreciar una vez más el amor misericordioso de Jesús. Él no se desentiende de la muchedumbre que lo sigue para escucharlo. Los discípulos le proponen una solución realista y de sentido común, como probablemente lo hubiéramos hecho nosotros, sin embargo Jesús les propone una solución completamente distinta: “Denle ustedes de comer”.

                Este milagro tan conocido de la multiplicación de los panes pone en evidencia el poder de Jesús, y al mismo tiempo su misericordia. Eleva los ojos al cielo y pronuncia la bendición, porque todo don baja del cielo. Jesús está siempre unido al Padre con un amor agradecido, filial y por eso puede realizar milagros.

                Pero este episodio, en realidad, es profético que anuncia otra multiplicación: la del pan eucarístico, que manifiesta mucho más  el amor del corazón de Jesús. Al decir a sus apóstoles: Hagan esto en memoria mía” abrió el camino para la multiplicación del pan eucarístico para todos los tiempos y lugares, en donde un sacerdote pronuncie esta palabras sublimes.

El «pan eucarístico» se trata de una comida que nos hace entrar en comunión con el misterio de Dios, más aún, con el misterio pascual de Jesús. Recibimos, al participar en este banquete sagrado, al mismo Jesús y a los frutos de su obra redentora.   En la Eucaristía Jesús se hace alimento. Don y donante son lo mismo.  Es lo que nos dice el Papa Emérito  Benedicto XVI en Sacramentum Caritatis nº 7: «En la Eucaristía, Jesús no da “algo”, sino a sí mismo; ofrece su cuerpo y derrama su sangre”

Esto es lo principal del misterio Eucarístico: la comunión vital con Jesús. Es su entrega personal, su amor hasta el extremo de dar la vida por nosotros. Nos salva su amor. Recibirlo a Él que se nos entrega con infinito Amor. Y al recibirlo, al comerlo, nos transforma en Él, como decía San León Magno: «Nuestra participación en el cuerpo y la sangre de Cristo no tiende a otra cosa que a convertirnos en aquello que comemos». Y San Agustín puso en boca de Cristo “No eres tú el que me convertirás en ti, sino que soy yo el que te convertiré en mí”. El Señor se hace carne de nuestra carne, la vida de nuestra vida, hace correr su sangre por nuestras venas para hacernos concorpóreos y consanguíneos suyos.

Hay muchos hambrientos  en el mundo, y como nos decía el Santo Padre Francisco en la Misa del Corpus Christi del año pasado en Roma: “hay tantos alimento que no vienen del Señor y que aparentemente satisfacen más. Algunos se nutren con el dinero, otros con el éxito y la vanidad; otros con el poder y el orgullo… ¡Pero el alimento que nos nutre realmente y que sacia es solamente el que nos da el Señor! El alimento que nos ofrece el Señor es diferente de los otros, y quizás no parece así tan gustoso como ciertas comidas que nos ofrece el mundo”.

¿Cómo no ser sorprendidos por las palabras “Esto es mi cuerpo” “Esta es Mi Sangre derramada?” (Mc,14),  ¿Cómo no admirar el camino elegido por una sabiduría soberana para ofrecer una presencia de carne y de sangre como alimento y bebida para hacernos libres y participes de la vida divina. ?

En la Eucaristía todo deriva de un amor extremo, que no conoce

medida. Todo desciende de una voluntad de don ilimitado. “ La Iglesia la ha recibido de Cristo, su Señor, no sólo como un don entre otros muchos…sino como el don por excelencia, porque es don de sí mismo, de su persona en su santa humanidad y, además, de su obra de salvación.

                Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía memorial de la

 Pascua del Señor , como lo estamos haciendo hay acá, “ se hace realmente presente este acontecimiento central de salvación y se realiza la obra de nuestra redención” .En cada Eucaristía, en la de hoy, se perpetúa por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz, es el memorial de su Pascua, sacramento de piedad, signo de unidad, vinculo de amor, en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura, como nos enseña el Concilio.

                 

Le doy gracias a Dios por el crecimiento de la devoción eucarística en nuestra Arquidiócesis, por las nuevas capillas de adoración perpetúa, por el crecimiento de la adoración en casi todas las Parroquias, por las misiones de niños, todo lo cual es motivo de esperanza porque la Iglesia crece de la Eucaristía. Le pido a Dios la gracia que siga acrecentando el amor  a Jesús  Eucaristía, que cada vez más descubramos la centralidad del domingo, la Pascua semanal. Confiemos y tengamos la certeza que desde la Eucaristía se transformará el mundo y recibiéndolo a Jesucristo y adorándolo en el Santo Sacramento aprenderemos a vivir  la auténtica vida cristiana que es eucarística: amar como Jesús nos enseña, en oblación, en entrega permanente al servicio del Padre y de nuestros hermanos. “Ser Eucaristía!  Que éste sea, precisamente, nuestro constante anhelo y compromiso, para que al ofrecimiento del cuerpo y de la sangre del Señor, se acompañe el sacrificio de nuestra existencia.

“Hagan esto en memoria mía”. Estas palabras de Jesús resuenan en este día con una fuerza especial, son ellas las que nos convocan a celebrar este día .En  este día quisiera invitarles a rezar especialmente por aquellos que han recibido especialmente este mandato del Señor: los sacerdotes. Hoy somos invitados a descubrir el regalo y bendiciones que Dios nos hace a través de sus ministerios.

Para revalorizar y destacar el sacerdocio no tenemos que realizar falsas alabanzas, rendir reverencias humanos a los sacerdotes ni nada que tenga que ver con glorias humanas. Sólo por la fe tenemos que descubrir que gracias a su ministerio Jesucristo está en la Eucaristía desde donde sigue ofreciéndose por el mundo entero. ¿Cuánta hambre habría en el mundo sin el Pan Eucarístico, acaso habría vida? “Yo soy el Pan para la Vida del mundo”

Pidamos hoy y cada día por nuestros sacerdotes, por su santidad, por la fidelidad de los seminarista, por el aumento de las vocaciones, para que en todos los rincones de la Arquidiócesis  y en el mundo entero se celebre la Eucaristía.

Que María, mujer Eucarística, nos ayude a descubrir este gran tesoro, que es Su Hijo Jesucristo, escondido bajo las especies del pan y vino. Que toda nuestra vida y misión tenga su fuente y culmen en Ella.

Y le pedimos a Nuestra Madre, que se una a nuestra oración:

¡Señor guía los caminos de nuestra historia!

¡Muestra a la Iglesia, sus pastores y al pueblo fiel, caminos nuevos en esta etapa desafiante la Nueva Evangelización y de nuestro Sínodo Arquidiocesano! 

¡Mira a la humanidad que sufre, que camina insegura entre tantos interrogantes; mira el hambre física y espiritual que la atormenta!

¡Da a los seres humanos pan para el cuerpo y para el alma!

¡Dales trabajo,   amor y luz, dales Tú mismo!

¡Fortalece a nuestras familias, que se descubra nuevamente el tesoro y la belleza de la misma!

¡Protege toda vida, desde su concepción hasta su muerte natural!

 ¡Bendice nuestra Patria en su año del Bicentenario!

¡Haznos comprender que sólo mediante la participación en tu Pasión y Resurrección, el «sí» a la cruz, a la renuncia, y a la donación de nuestra vida, al servicio de nuestros hermanos  nuestra vida se convierte en Ti en una verdadera Eucaristía.

 ¡Une a tu Iglesia, une a todos los argentinos!  ¡Danos tu paz!

“Que el gesto de la procesión eucarística, que dentro de poco vamos a hacer, responda también a este mandato de Jesús. Un gesto para hacer memoria de él; un gesto para dar de comer a la muchedumbre actual; un gesto para «partir» nuestra fe y nuestra vida como signo del amor de Cristo por esta ciudad y por el mundo entero”. Francisco

Que Así sea

+ Juan Alberto Puiggari

  Arzobispo de Paraná

HOMILIA EN LA ORDENACIÓN PRESBITERAL del 21 de mayo de 2016

 

HOMILIA DE ORDENACIÓN PRESBITERAL DE LOS DIÁCONOS RODRIGO BADANO, HORACIO CORREA, DARÍO GONZALEZ, IGNACIO RODRÍGUEZ Y MARCELO RUEDA.

Catedral Nuestra Señora del Rosario

Paraná, 21 de mayo de 2016

Año Jubilar de la Misericordia

 

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos,

Queridos consagrados y seminaristas,

Queridos hermanos en el Señor:

Dios, con palabras del profeta Jeremías, nos dice: «Os daré Pastores, según mi corazón”. Con ellas promete a su pueblo no dejarlo nunca privado de pastores que lo congreguen y guíen.

El Pueblo fiel experimenta siempre el cumplimiento de este anuncio profético. Y en esta mañana la Iglesia que peregrina en Paraná  es testigo de ello con la ordenación de cinco nuevos sacerdotes. Por eso damos gracias al Señor y queremos ponernos en una actitud de profunda adoración  y en la vigencia más plena de la fe para vivir esta celebración. Sólo así podremos pregustar cuantas bendiciones hoy nos concede Dios por lo que va a suceder dentro de unos momentos en esta Iglesia Catedral.

Como decía San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars: “En un buen pastor, un pastor de acuerdo con el corazón de Dios, encontramos el mayor tesoro que Dios puede dar a la Iglesia y uno de los dones más preciosos de la misericordia Divina”.

 Permítanme mirar a los sacerdotes que nos acompañan en esta celebración, con diversidad de ministerios que ejercen al servicio de la Iglesia. Pienso en el gran número de Misas que han celebrado o van a celebrar haciendo realmente presente cada vez a Cristo sobre el Altar; pienso en las innumerables absoluciones que han dado y darán, permitiendo que un pecador se encuentre con la Misericordia del Padre; en la vida que han dado o darán en el bautismo, engendrando nuevos hijos de Dios, peregrinos del cielo… y podríamos seguir así y comprender un poco más la fecundidad infinita del sacramento del Orden. Sus manos, sus labios, han llegado a ser por un instante las manos y los labios de Dios. Como decía el Santo Cura de Ars: “Si tuviéramos fe, veríamos a Dios escondido en el sacerdote como una luz detrás de un vidrio”. ¡Nada podrá reemplazar jamás el ministerio de los sacerdotes en el corazón de la Iglesia!

Queridos Diáconos: acabamos de escuchar en el Evangelio las palabras de Jesús. “No son ustedes los que me eligieron a mí, sino Yo el que los elegí a ustedes y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero” (Jn.15, 16). Elegidos por puro amor de predilección, con la clara conciencia de que van a llevar un tesoro en vasijas de barro. La conciencia de esta debilidad nos exige la intimidad con Dios que da fuerza y alegría.

Y los ha elegido para continuar su obra redentora, para que sean el amor del corazón de Jesús. Nuestra identidad está marcada por el sello del sacerdocio de Cristo para participar de su única misión de Mediador y Redentor.

De esta vinculación fundamental se abre ante el sacerdote el inmenso campo del servicio a las almas para llevarles la salvación en Cristo  en la Iglesia. Este servicio debe inspirarse en el amor a las mismas, a ejemplo del Señor que entregó su vida por ellas.

Porque el sacerdocio necesita naturalmente  mucho amor de Dios para vivir sólo de Dios y de lo Eterno; y mucho amor a los hombres para vivir sacrificándose de la mañana a la noche, a veces desde muy temprano hasta muy tarde, un día tras otro día, un año tras otro año, y muchos años sirviendo al prójimo, repitiendo con Jesucristo “no vine a ser servido sino a servir”. “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn. 15,15).

No teman  vivir de lo teologal: hoy hay un peligroso naturalismo y psicologismo, que oscurece lo sobrenatural, la vida de fe, de esperanza y de caridad. No teman al sacrificio. No teman al desprendimiento de ustedes mismos. Descubran el valor, la importancia y la centralidad de la Cruz de Jesucristo.

Seguramente tendrán muy presente hoy las palabras de Jesús a Pedro: «¿Me amas?», «apacienta mis ovejas». Es como si, con ellas, dijera el Señor: «Si me amas, no pienses en apacentarte a ti mismo. Apacienta, más bien, a mis ovejas por ser mías, no como si fueran tuyas; busca apacentar mi gloria, no la tuya; busca establecer mi Reino, no el tuyo; preocúpate de mis intereses, no de los tuyos, si no quieres figurar entre los que, en estos tiempos difíciles, se aman a sí mismos y, por eso, caen en todos los otros pecados que de ese amor a sí mismos se derivan como de su principio. No nos amemos, pues, a nosotros mismos sino al Señor, y, al apacentar sus ovejas, busquemos su interés y no el nuestro. El amor a Cristo debe crecer en el que apacienta a sus ovejas hasta alcanzar un ardor espiritual que le haga vencer incluso ese temor natural a la muerte, de modo que sea capaz de morir precisamente porque quiere vivir en Cristo». (San Agustín comentario al Evangelio de San Juan).

Al sacerdote de hoy se le pide que sea muy hombre, tiene que dejar para otros la autocompasión, o el buscar la compasión de los otros el ver sus pequeños problemas. Tiene que descubrir la lógica del Evangelio, que nos dice: “Quien quiera guardarse su vida, la perderá; y quién la gaste por Mí, la recobrará en la vida eterna».

Servir al Reino comporta vivir descentrados respecto a sí mismos, abiertos al encuentro que es además el camino para volver a encontrar verdaderamente aquello que somos: anunciadores de la Verdad de Cristo y de su Misericordia. Verdad y Misericordia: no las separemos. ¡Jamás! «La caridad en la verdad —nos ha recordado el Papa Benedicto XVI— es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad» (Papa Francisco).

   Queridos Diáconos: van a ser ordenados para actuar en nombre de Cristo Cabeza para ayudar a los hombres a entrar en la vida nueva abierta por Cristo, para dispensarles sus misterios, la Palabra, el perdón y el Pan de Vida, para reunirlos en su Cuerpo que es la Iglesia. Como sacerdotes no podemos mantenernos lejos de los sufrimientos y penurias de nuestros hermanos, por el contrario, tenemos que estar muy cerca de ellos, pero como sacerdotes mirando siempre su salvación y el progreso del Reino de Dios.

Recuerden la anécdota del Santo Cura de Ars… “Amiguito ‑dijo el sacerdote Vianney‑, tú me has mostrado el camino de Ars; yo te mostraré el camino del cielo”.El sacerdote es quien debe mostrar a los hombres de su tiempo, el camino del cielo. Pero como nadie da lo que no tiene, el sacerdote ha de estar primero repleto de razones y de esperanzas del cielo.

¿No piensan que nuestro mundo, en exceso alocado, materialista, inmanentista, necesita saber para qué vive,  para qué sufre, para qué muere, qué espera? ¿No será uno de los principales servicios del sacerdote?

Muchas cosas grandes dependen del sacerdote: tenemos a Dios, traemos a Dios, damos a Dios (…). Piensen en esto, en esa divinización hasta de nuestro cuerpo; en esa lengua que trae a Dios; en esas manos que lo tocan, en ese poder de hacer milagros, al administrar la gracia. Nada valen todas las grandezas de este mundo, en comparación con lo que Dios ha confiado al sacerdote.

Queridos hijos: todo es providencia, nada casualidad; por eso Dios les habla por las circunstancias, que también son Su voz. Se ordenan en el año Jubilar de la Misericordia.

 El Papa Francisco nos dice: el sacerdote a imagen del Buen Pastor, “es hombre de misericordia y de compasión, cercano a su gente y servidor de todos. Éste es un criterio pastoral que quisiera subrayar bien: la cercanía, la proximidad y el servicio, Quien sea que se encuentre herido en su vida, de cualquier modo, puede encontrar en él atención y escucha… En especial el sacerdote demuestra entrañas de misericordia al administrar el sacramento de la Reconciliación; lo demuestra en toda su actitud, en el modo de acoger, de escuchar, de aconsejar, de absolver… El sacerdote está llamado a aprender esto, a tener un corazón que se conmueve…. Nosotros, sacerdotes, debemos estar allí, cerca de nuestra gente, especialmente los pobres y pecadores.

      Nuestro corazón misericordiosos se manifiesta principalmente en la oración y en la disponibilidada para el sacramento de la Reconciliación.

Otra circunstancia que marca esta celebración es la próxima canonización del Beato José Gabriel del Rosario Brochero, nuestro querido Cura Gaucho. ¿Qué nos enseña su persona y ministerio? Los rasgos distintivos de su alma sacerdotal son: su vida radicada en Dios, su amor a Jesucristo, a la Palabra y a la Eucaristía; su celo apostólico, especialmente por los más alejados y necesitados; la fortaleza y creatividad de su caridad pastoral; la originalidad con que unió evangelización y promoción humana; su tierna devoción a la Purísima; el testimonio elocuente de su vida pobre y entregada; su capacidad de amistad con grandes y pequeños; su configuración con Cristo paciente. 
                La vida de oración de este santo Cura, los Rosarios desgranados en su largos recorridos por las cumbres altas, en su mula Malacara, nos interpela a nosotros que, como él, hemos sido llamados para interceder por nuestro pueblo. 


                Para Brochero, ser párroco y ser misionero ha constituido una misma realidad. Ha vivido sencillamente la esencial dimensión misionera del ministerio presbiteral. Este ardor apostólico nos interpela. Hoy, anhelamos para nuestra Iglesia una fuerte conmoción que nos desinstale y nos convierta en misioneros. “Necesitamos que cada comunidad cristiana se convierta en un poderoso centro de irradiación de la vida en Cristo”.

     Hay un último aspecto que quisiera destacar contemplando la figura del “Cura Brochero”: su identificación con la Cruz de Cristo. La vida de un sacerdote encuentra su sello de autenticidad en el sufrimiento que es necesario padecer por el Evangelio. Así lo vivió Brochero, que no solo experimentó diversas contrariedades en su ministerio, sino que, en la enfermedad y el retiro de los últimos años, llegó a participar consciente y libremente en la Pasión de Cristo. Son conocidas las palabras que dirige a su amigo obispo: “Pero es un grandísimo favor el que me ha hecho Dios Nuestro Señor en desocuparme por completo de la vida activa y dejarme con la vida pasiva…para buscar mi último fin y de orar por los hombres pasados, por los presentes y por los que han de venir hasta el fin del mundo”. 


Queridos Rodrigo, Horacio, Darío, Ignacio y Marcelo:

Cada día renueven la decisión de seguir al Maestro, lo cual significa que ya no pueden elegir un camino propio, deben recorrer  como decía el cardenal Ratzinger » un camino a través de aguas agitadas y turbulentas, un camino que sólo podemos recorrer si nos hallamos dentro del campo de gravedad del amor de Jesucristo, si tenemos la mirada puesta en Él y somos así llevados por la nueva fuerza de la gravedad de la Gracia».

      Este seguimiento exige la entrega total. Reclama la totalidad de su ser.  No hay un sacerdocio a media jornada ni a medio corazón.

Para que todo esto sea posible, deben ser hombres de profunda oración. Ustedes bien saben que acá está el secreto de la fidelidad y de la fecundidad. Sean  grandes intercesores  como lo fue el Cura Brochero y el Cura de Ars. Recuerdo que el día de mi ordenación. El obispo me dijo que si tuviera 15 segundo para decirle algo a sus sacerdotes le diría: recen, recen, recen…

Deben ser hombres de oración y así serán hombres de fe,  y  serán hombres de esperanza y de alegría.

El momento privilegiado de esta oración es sin duda la Eucaristía de cada día. Será el momento culminante de su existencia y de su ministerio.

Que al celebrar cada día el Santo Sacrificio de la Misa y repetir «Esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes» experimenten la necesidad de imitar lo que hacen y de cumplir lo que dicen, inmolándose con Cristo, abrazándose a la Cruz. La espiritualidad sacerdotal es intrínsecamente eucarística, nos lo recuerda nuestro querido Papa Emérito  Benedicto XVI en su Exhortación Sacramentum Caritatis. El ardor misionero será auténtico si es una prolongación y consecuencia de la vida eucarística. Como decía San Alberto Hurtado «Mi Misa es mi vida y mi vida es una Misa prolongada».

 Que se graben en el corazón de cada uno de ustedes las palabras de Jesús que escucharon en el Evangelio: «Como el Padre me amó también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor” (Jn, 15,9). Y la respuesta de hoy sea para siempre: “Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él”.

                Para terminar, les pido que consagren sus sacerdocio a María Santísima, no sólo porque lo pongan en sus manos, sino porque de alguna manera le den a la Virgen una potestad sobre todo lo de ustedes

                Que Ella sea apoyo eficaz en el camino de la santifica­ción,  fortaleza constante en las pruebas y energía poderosa en el apostolado.

                Que Ella les conceda la gracia de la generosidad en la entrega,  un amor ardiente y misericordioso…

                Queridos hijos, que Dios los bendiga, la situación actual exige sacerdotes santos, orantes y misioneros.

                Bendiga a sus familias y comunidades parroquiales de origen y a las que los han acompañado en esta última etapa, de una manera muy especial a los formadores del Seminario.

                Que el dueño de la mies nos siga concediendo abundantes y santas vocaciones.

                Gracias al Pastor Carlos Brauer de la Iglesia del Río de la Plata, que ha querido acompañarnos

Permítanme terminar invocando a Nuestra Madre, parafraseando a la  Beata Teresa de Calcuta:,

Nuestra Señora del Rosario, Madre de los sacerdotes

  • Concédeles: tu ayuda maternal para que puedan dominar sus debilidades;
  • Tu plegaria para que puedan ser hombres de oración;
  • Tu amor para que puedan iluminar a mis hermanos como hombres de perdón,
  • Tu bendición para que sean nada menos, que la imagen de Tu Hijo, Nuestro Señor y Salvador Jesucristo;
  • Tu presencia de Madre, para que vivan con alegría su soledad sacerdotal,
  • Tu humilde confianza para que sean fieles en los momentos de desaliento y de fatiga.

En tus manos, MADRE, pongo el sacerdocio y las vidas de Darío, Marcelo, Ignacio; Horacio y Rodrigo.

Que naveguen Mar adentro, que tiren las redes, una y mil veces sin cansarse.

Guarda en tu amor, la pureza de sus corazones para Jesús. Que así sea

 Mons. Juan Alberto Puiggari

  Arzobispo de Paraná

               

Homilía en la Misa Crismal 2016

 

“Cantaré eternamente tu misericordia”

Querido Sr. Cardenal Estanislao Karlic            

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos

Queridos consagrados y seminaristas

Queridos hermanos en el Señor

Estamos celebrando esta Eucaristía tan plena de significado eclesial. En ella, los óleos santos están en el centro de la acción litúrgica. Son consagrados por el Obispo en la catedral como materia de los sacramentos que se administrarán durante todo el año en nuestra Arquidiócesis. Así, se manifiesta  la unidad de la Iglesia y remiten a Cristo, el verdadero «pastor y guardián de nuestras almas» (cf.1 P2,25). Al mismo tiempo, dan unidad a todo el año litúrgico, anclado en el misterio del jueves santo.  En cuatro sacramentos, el óleo es signo de la misericordia de Dios que llega a nosotros: en el bautismo, en la confirmación como sacramento del Espíritu Santo, en los diversos grados del sacramento del orden y, finalmente, en la unción de los enfermos, en la que el óleo se ofrece como medicina de Dios, como la medicina que ahora nos da la certeza de su bondad, que nos debe fortalecer y consolar, pero que, al mismo tiempo, y más allá de la enfermedad, remite a la curación definitiva: la resurrección.  De este modo, el óleo, en sus diversas formas, nos acompaña durante toda la vida: comenzando por el catecumenado y el bautismo hasta el momento en el que nos preparamos para el encuentro con Dios Juez y Salvador.

La Misa Crismal se dirige, de modo particular, a nosotros los sacerdotes: nos habla de Cristo, El ungido de Dios, Rey y Sacerdote, de Aquel que nos hace partícipes de su sacerdocio, de su “unción”, en nuestra ordenación sacerdotal, y que hoy queremos recordar y avivar siguiendo la exhortación de San Pablo a su discípulo Timoteo que reavivemos siempre el don que está en nosotros por la imposición de manos del Obispo ( 1 Tim 4, 14).

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido”. Estas palabras de Isaías, que Jesús se aplica a sí mismo en la Sinagoga de Nazaret, debe tocar profundamente nuestros corazones sacerdotales en esta noche; es una unción que marca para siempre la persona y la vida de todo cristiano, desde su bautismo; pero esuna unción que marca para siempre especialmente la persona y vida de los presbíteros, desde el día de nuestra ordenación, para llevar un gesto de consolación al pobre, anunciar la liberación a cuantos están prisioneros de las nuevas esclavitudes , para restituir la vista a los que no pueden ver por tantas nuevas formas de ceguera.

Hoy, queridos hermanos, renovamos, como cada año  las promesas que hicimos el día de nuestra ordenación sacerdotal. El pueblo fiel es testigo de que asumen con gozo el don y el compromiso de seguir al Señor, de ser fieles a su llamada. Y queremos hacerlo con la gracia de Dios, en la totalidad de nuestro ser y para siempre, para anunciar, con valentía, el Evangelio a los pobres. Como pastores en medio de nuestro pueblo conocemos los gozos y las esperanzas, las angustias y las tristezas de los hombres de nuestro tiempo. Queremos ser buenos samaritanos para poner en las heridas de tantos  hermanos que sufren, el aceite del consuelo y el vino de la esperanza.
Esta celebración está enmarcada en este tiempo de gracia que es  el Jubileo extraordinario de la Misericordia. El Santo Padre nos exhorta a que inspiremos nuestro año en la Bienaventuranza: “Dichosos los misericordiosos porque encontrarán misericordia” (Mt 5,7). “Como ama el Padre, así aman los hijos. Como Él es misericordioso, así estamos llamados a ser misericordiosos los unos con los otros” (MV n.9).

Como nos dice el Papa Francisco: «la misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia…La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo. La Iglesia vive un deseo inagotable de brindar misericordia”  “Su vida es auténtica cuando profesa y proclama la misericordia” (MV n.10).

Queridos hermanos: El Papa nos pide, especialmente a los sacerdotes, que demos testimonio en primera persona, con nuestro lenguaje y con los gesto,  de la bondad de Dios. Nuestras Parroquias deben ser un oasis de misericordia.

¿Qué significa misericordia para los sacerdotes?

Está en nosotros como ministros de la Iglesia, tener vivo este mensaje, sobre todo en la predicación, en los gestos, en los signos y en las elecciones pastorales.

Permítanme señalar, siguiendo al Papa, algunas actitudes que son imprescindibles para tener un corazón como el de Jesús.

A imagen del Buen Pastor, el sacerdote es un hombre de misericordia y de compasión, cerca de su gente y servidor de todos. Este es un criterio pastoral, hoy fundamental, la cercanía, la proximidad. No caigamos en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia. Tenemos que hacer un gran esfuerzo en acoger a cada hermano, especialmente a los pobres, enfermos y pecadores, como el mismo Cristo.

Pero el gran gesto de misericordia del sacerdote es la disponibilidad para el sacramento de la reconciliación. Así decía el Papa a los sacerdotes en Cuba

«Es preciso volver al confesionario, como lugar en el cual celebrar el sacramento de la Reconciliación, pero también como lugar en el que “habitar” más a menudo, para que el fiel pueda encontrar misericordia, consejo y consuelo, sentirse amado y comprendido por Dios y experimentar la presencia de la Misericordia divina, junto a la presencia real en la Eucaristía». Benedicto XVI

      Junto a la Celebración Eucarística diaria, la disponibilidad a la escucha de las confesiones sacramentales, a la acogida de los penitentes, y a nuestra oraciones la medida real de la caridad pastoral del sacerdote y, con ella,  se testimonia que se asume con gozo y certeza la propia identidad.

También el Papa nos insiste sobre las obras de misericordia espirituales y corporales y nos pone como punto de partida el perdonar y dar, el no juzgar y no condenar.

 Dios  ha dado una nueva manifestación de su misericordia hacia el pueblo argentino en este año del Bicentenario con la próxima beatificación del beato Cura Brochero; un regalo de Dios. Modelo de sacerdote cabal, hombre de fe  de pastor, de una vida pobre y entregada, que a través de sus obras de misericordia logró conseguir que Dios penetrara en los corazones de los que habitaban en la Traslasierra. Que su ejemplo e intercesión nos ayuden a ser humildes servidores, sobre los cuales se inclina la misericordia de Dios para poder ofrecer así nuestra vida por amor a nuestro pueblo.

Permítanme, para terminar, insistir en un actitud que expresa también nuestro corazón misericordioso: tenemos que renovar nuestro compromiso para trabajar todos juntos por la conversión pastoral de nuestras parroquias en verdaderas comunidades misioneras y misericordiosas.

Francisco, nos ha dicho, más de una vez que hacer las cosas como se han hecho siempre es una alternativa “de muerte”. Por eso ha exhortado a “correr el riesgo, con la oración,  con la humildad de aceptar lo que el Espíritu Santo”, nos pide “cambiar”. A los Obispos mexicanos les advertía sobre la tentación de buscar soluciones viejas a los problemas nuevos.

Repito, una vez más, aquellas palabras lúcidas de nuestro Papa Emérito Benedicto XVI: ¡Pobres de nosotros  sí, satisfechos, contentos, pero sin inquietud en el alma, seguimos viviendo, como si, de hecho, nada hubiera ocurrido, sin cambiar nada, haciendo lo mismo de lo mismo!, acostumbrados a ese  gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia, en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad”.

Queridos hermanos los invito, una vez más, a comprometerse con renovada generosidad y esperanza en esta segunda parte del III Sínodo Arquidiocesano. Hoy quiero pedirle al Señor para toda nuestra Iglesia, que descubramos este camino arduo, que exige humildad, capacidad de perdonar y de amar, de valorarnos unos a otros de corazón, de descubrir que el otro es un don para mí y yo lo soy para la Iglesia, y así apreciar la riqueza de la unidad en la diversidad de vocaciones, carismas y ministerios.

Queridos hermanos sacerdotes gracias por todo el trabajo silencioso, entregado y generoso. Soy consciente de las dificultades que están viviendo pero los aliento a que poniendo la mirada en Jesús Buen Pastor sigan poniendo su esperanza en aquél que nunca defrauda.

Queridos hermanos ,mañana Jueves Santo, celebraremos la institución del sacerdocio. En la historia del sacerdocio, también en la nuestra, se advierte la oscura presencia del pecado. La fragilidad humana ha ofuscado el rostro de Cristo. Y ¿cómo asombrarnos? Cuando Nuestro Señor instituía el sacerdocio, Judas consumo su traición, Pedro experimento su debilidad con su triple traición. En este día quiero  agradecer al Pueblo de Dios porque a pesar de nuestra fragilidad siguen creyendo en la fuerza de Cristo que actúa a través de sus sacerdotes.

Pero también quiero  ante Dios y ustedes, queridos hermanos, pedir perdón por nuestros pecados e infidelidades que han escandalizados a muchos y decirles  que sólo cuando se ve bien, el nexo entre verdad y amor, la cruz se hace comprensible en su verdadera profundidad. El perdón tiene que ver con la verdad, y exige la Cruz del Hijo y nuestra conversión que es restauración de la verdad.

Recen mucho por nosotros y con nosotros. La oración es el primer lugar del aprendizaje de la esperanza. Cuando nadie me escucha, Dios me escucha; cuando no puedo hablar con ninguno, siempre puedo hablar con Dios y Él me ayuda. Recen para que podamos renovar nuestro sacerdocio y ser más una transparencia de la misericordia de Dios.

Les pido a todos que no dejemos de rezar para que aumenten las vocaciones sacerdotales, consagradas y laicales para la Nueva Evangelización. Tengamos presente en nuestra oración de hoy, a los sacerdotes  que están trabajando o estudiando en  otras Diócesis.

Que María, nos ayude a descubrir en la Eucarística,la fuente para poder vivir con exigencias el Evangelio que no es otro que Su Hijo , al que hay que conocer, amar e imitar para transformar la historia.

Santísima Virgen del Rosario, Madre y Reina de la Misericordia, ayúdanos  a corresponder a este tiempo de gracia  y  también de  dolor y que sintamos el gozo de vivir y trabajar en la Iglesia de Jesucristo, con la convicción que el camino es la santidad, el bien y la verdad.

A Jesucristo, nuestro Maestro y Redentor, que ahora se inmola y sacrifica por nosotros en esta Misa Crismal, la gloria y el poder por los siglos de los siglos ( Ap 1, 6). 

Amén

HOMILIA EN LA APERTURA DEL JUBILEO EXTRAORDINARIO DEL AÑO DE LA MISERICORDIA

 

CATEDRAL DE PARANÁ, 12 de Diciembre de 2015.

 

Queridos hermanos:

Con alegría y esperanza damos comienzo al Jubileo Extraordinario de la Misericordia  con la plena certeza de que será  un tiempo de gracia para la Iglesia toda, y también para nuestra Iglesia Particular de Paraná,

El papa Francisco nos invita en este tiempo a poner nuestra mirada en la Misericordia: “es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre no obstante el límite de nuestro pecado”. (MV 2).

Hemos abierto la “Puerta Santa” que  nos invita a  atravesar con la plena seguridad que es Cristo, el Buen Pastor, la puerta que nos permite ser “hijos en el Hijo”. Puerta Santa que será más que nunca «Puerta de la Misericordia» “para que,  cualquiera que entre pueda experimentar el amor de Dios que consuela, que perdona y ofrece esperanza”. (MV 3, b). En su homilía en el comienzo en Roma de este Jubileo, nos decís Francisco:

 “Entrar por la puerta significa descubrir la profundidad de la misericordia del Padre que acoge a todos y sale personalmente al encuentro de cada uno”.

El mundo, cada uno de nosotros necesita descubrir la misericordia de Dios. Será un año para crecer en la convicción de la misericordia. “Debemos anteponer la misericordia al juicio, nos dice el Papa, y, en todo caso, el juicio de Dios será siempre a la luz de su misericordia. Atravesar la Puerta Santa, por lo tanto, nos hace sentir partícipes de este misterio de amor. Abandonemos toda forma de miedo y temor, porque no es propio de quien es amado; vivamos, más bien, la alegría del encuentro con la gracia que lo transforma todo”.

 Cruzar hoy la Puerta Santa nos compromete a hacer testigo   de  la misericordia del Buen Samaritano. Misericordiosos como el Padre.

En la gran tradición teológica, santo Tomás de Aquino, siguiendo a los Santos Padres, afirma que “la misericordia es lo propio de Dios, y en ella se manifiesta de forma máxima su omnipotencia“(Suma Teológica, 2-2, q. 30, a. 4). En el discurso de apertura del Concilio Vaticano II, san Juan XXIII recordó la importancia de la medicina de la misericordia como pauta para la vida y actividad de la Iglesia.  En este mismo sentido, un elemento fundamental de la enseñanza del Papa Francisco, es la centralidad de la misericordia.

El amor de Dios se transforma en misericordia ante las limitaciones, y debilidades del ser humano, especialmente ante el hombre pecador.   Un corazón que se vuelve hacia la miseria humana, el corazón de Dios que abraza y rescata de la fragilidad  y  del pecado al ser humano para restablecerle nuevamente en la Alianza… La misericordia va más allá de la compasión: la misericordia es activa, es salida, es búsqueda sin fin para rescatar, sanar, restablecer, vivificar.

 Ante la oscuridad, el abandono, el dolor y la desesperanza, todo ser humano puede invocar a Dios con la seguridad de que será escuchado y ayudado: “Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas”. (Sal 25, 6).

 Este amor, ternura y misericordia de Dios se han manifestado en Cristo, su Hijo amado, hecho carne por nosotros. En Él, Dios ha salido a nuestro encuentro: “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo” (Ef 2,4-5). Podríamos decir que la misericordia de Dios se ha manifestado en la carne; ha adquirido rostro y corazón humanos: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16).

La misericordia de Dios está íntimamente relacionada con una Iglesia en salida, una Iglesia enviada a “evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista, a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor” (cfr. Lc 4, 18-19). Es la misma idea que nos quiere transmitir el Papa Francisco animándonos a hacerla realidad con la ayuda de Dios: “La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio” (EG 114).

 Evangelizar es precisamente dar a conocer esta Buena Noticia, comunicar esta experiencia, el don que Cristo nos ha hecho: gracias a Su Espíritu podemos exclamar: Dios es nuestro Padre rico en misericordia.

 El Año Santo y Jubilar que estamos comenzando, nos encuentra en pleno desarrollo del III° Sínodo Arquidiocesano.

Hoy lo percibimos como algo providencial, ya que nos ayudará a todos a centrar  nuestra reflexión sobre la Parroquia en clave de Misericordia. ” La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, que por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona. La Esposa de Cristo hace suyo el comportamiento del Hijo de Dios que sale a encontrar a todos, sin excluir ninguno. En nuestro tiempo, en el que la Iglesia está comprometida en la nueva evangelización, el tema de la misericordia exige ser propuesto una vez más con nuevo entusiasmo y con una renovada acción pastoral. Es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera persona la misericordia. Su lenguaje y sus gestos deben transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre”. (MV 12).

Que la Virgen María nos ayude a vivir este año Jubilar con el gozo de aquella que cómo nadie conoció y experimentó la Misericordia del Señor. Para que encontremos los gestos y palabras oportunas que nos permitan a lo largo del año, realizar una catequesis sencilla y profunda sobre las maravillas de Dios que se extiende de generación en generación (Lc 1, 50).

Pidamos a nuestra Madre la gracia de hacer de nuestras vidas, parroquias y comunidades “misioneros de la misericordia” que sepamos visitar a todos aquellos que están necesitando de nuestra cercanía y gestos de ternura.

Que ella nos permita cuidar nuestra casa común,  y ayudar a que a esta humanidad no le falte el buen vino que solo llega como don de lo alto, pero que necesita la cooperación de aquellos que viven la vida en clave de servicio.

Pero por sobre todas las cosas, no dudemos de pedirle a la  Virgen, Reina y Madre de la misericordia, con humildad y sencillez: Ruega por nosotros pecadores!!!

Somos pecadores… y por eso necesitamos de tu Hijo.

Somos pecadores… y por eso gracias por estar al pie de la Cruz de tu Hijo.

Somos pecadores… y por eso no dejes de congregarnos en nuestra Madre Iglesia para que podamos CANTAR ETERNAMENTE LAS MISERCORDIAS DEL SEÑOR (Cf. Salmo 88, 117, 136)

HOMILÍA DE LA FIESTA DE NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO 2015

 

 

Queridos hermanos:

Desde el inicio de la Evangelización en nuestra tierra entrerrianas, María es venerada a bajo la Advocación de Nuestra Señora del Rosario.

Su presencia en una humilde capilla, en 1730, nuclea al primer grupo de pobladores en la llamada “Baxada de Paraná”. Así comienza la historia religiosa, política y social de nuestra ciudad. Por eso la reconocemos como nuestra Madre, Patrona y Fundadora.

El amor a la Virgen, fue el lazo de unidad y factor de progreso para los primeros habitantes de la villa.    

Queremos  en este tiempo sinodal hacer memoria y descubrir el signo especial del amor de Dios, la gracia singular enclavada en el corazón de la historia de Paraná y transmitirla, como fuego sagrado.

Esa gracia singular de Dios para nuestro pueblo tiene un nombre: la Santísima Virgen del Rosario.  Junto a Ella nació Paraná;  por eso nació cristiana,  hija de Dios. .   La Ciudad de hoy quiere ser fiel al tiempo  y sabe que de esta fidelidad Paraná y la Arquidiócesis serán bendecidas en el presente.

Reconocer nuestro origen es asegurar nuestro futuro, profundizar sus raíces es garantizar el crecimiento de nuestro pueblo que ponga al hombre en el centro porque reconoce a Dios como a su Señor.

En esta Eucaristía, damos gracia y alabamos al Dios Trino, que tanto amó al mundo que envió a su propio Hijo para la salvación del mundo y le eligió una Madre tan grande. “amada por Dios desde toda la eternidad, viniste al mundo llena de gracia y sin la más ligera sombra de pecado para ser Madre de Jesús y Madre Nuestra”

Damos gracias y veneramos a Nuestra Madre Santísima. Gracias por su Fiat, que recordábamos con reverencia en el evangelio de hoy. “Yo soy la servidora del Señor que se cumpla en mí lo que has dicho” (Lc. 1,38).

“…En este tiempo de renovación y conversión pastoral  queremos poner nuestra mirada en Nuestra madre porque sin ella no terminamos de comprender el espíritu de la nueva evangelización. Hay un estilo mariano en la actividad misionera de la Iglesia nos dice Francisco: “porque cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En Ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes que no necesitan maltratar a otros para sentirse importante EG n. 288

Como María, queremos ser  una Iglesia que sirve, que sale de casa, que sale de sus templos, que sale de sus sacristías, para acompañar la vida, sostener la esperanza, ser signo de unidad de nuestro pueblo. 

Como María, , queremos ser una Iglesia que salga de casa para tender puentes, romper muros, sembrar reconciliación en este camino al Bicentenario..          Como María, queremos ser una Iglesia comprometida con la vida, desde su concepción hasta la muerte natural. Con  la cultura, con nuestros hermanos que sufren cualquier tipo de necesidad.

Y aprender a orar con María porque su oración es memoriosa, agradecida; es el cántico del Pueblo de Dios que camina en la historia. Estoy convencido que toda renovación en la Iglesia y de la sociedad empieza por la renovación de la oración, especialmente de la adoración. Si nos dejamos educar por Ella, tenemos el camino más fácil para llegar a Dios. Dios está en todas partes, pero en María se revela a los pequeños y pobres. Dios es “ en todas partes el Pan de los fuertes y de los ángeles, pero en María es el Pan de los Niños…” S. Luis Grignion de Montfort

Honramos a Nuestra Madre con el título de María, del Rosario,  ésta advocación, nos habla a lo largo de la historia de la cercanía de nuestra Madre en los momentos difíciles, y que nos ofrece un medio maravilloso para conseguir las gracias necesarias y especialmente para alcanzar su gran deseo: la identificación con Su Hijo Jesús.

El medio siempre victoriosa es el Santo Rosario.  Gracias a él   nuestras vidas serán configuradas con el Señor y conseguiremos lo que le pidamos con confianza.

Por medio del Rosario  descubrimos  que hay un oasis siempre a mano  para restaurar el alma  y retomar el camino de las cumbres.  Queremos aprender a orar y enseñar a orar. Convencidos que es el comienzo de toda transformación.

El querido San Juan Pablo II fue un gran apóstol del Rosario, lo recordamos de rodillas frente a esta imagen venerada acá en Paraná. Él nos decía”. El Rosario es oración contemplativa y cristocéntrica, inseparable de la meditación de la Sagrada Escritura. Es la plegaria del cristiano que avanza en la peregrinación de la fe, en el seguimiento de Jesús, precedido por María.» (Castelgandolfo 1 octubre de 2006)

«El Rosario, exclamaba, es mi oración predilecta. ¡Plegaria maravillosa! Maravillosa en su sencillez y en su profundidad”.

Y Francisco dice: “El Rosario es la oración que acompaña todo el tiempo mi vida. Es también la oración de los sencillos y de los santos… es la oración de mi corazón”      

Queridos hermanos: permítanme hacer mía la exhortación de San Juan Pablo II. “Una oración tan fácil, y al mismo tiempo tan rica, merece de veras ser recuperada por la comunidad cristiana.” Estamos como Arquidiócesis marcados por la Virgen del Rosario, crezcamos en su rezo, en las familias, en todas las comunidades parroquiales.

Al celebrar hoy a la Virgen, celebramos especialmente a la Madre de Dios. Gracias a Ella nos llegó la Vida Plena: Jesucristo. Hablar de la Madre nos lleva necesariamente a pensar en la vida  y en la familia, dones maravillosos de Dios.

Estamos celebrando el Sínodo sobre la familia, debemos rezar fuertemente para que El espíritu Santo ilumine al Papa y a los Padres Sinodales.

Debemos unirnos, entonces en la oración y en el desafío de multiplicar gestos, actitudes, acciones que manifiesten el compromiso ante  la vida humana. El rostro humano que podemos percibir en el seno de una madre, nos piden acoger el don y cuidarlo. El rostro humano de cada niño y, en especial, de aquellos que son explotados, abandonados, sumidos en extrema pobreza, nos interpelan a acoger y cuidar el don. El rostro humano en los jóvenes que en la desesperación han llegado al alcohol o a la droga, que sufren la orfandad de adultos que los guíen y eduquen para descubrir el sentido de sus vidas nos interpelan a acoger y cuidar el don. El rostro humano de cada anciano y de cada enfermo; el rostro humano de cada hombre y cada mujer, en toda situación y en especial en aquellos contextos en que hacen peligrar su dignidad nos interpelan a acoger y cuidar el don maravilloso de la vida humana. No nos cansemos de predicar el Evangelio de la Vida.

Rezar y vivir la familia, como decía el Papa en la Homilía de inicio del Sínodo. “su misión en la verdad que no cambia según las modas pasajeras o las opiniones dominantes. La verdad que protege al hombre y a la humanidad de las tentaciones de autoreferencialidad y de transformar el amor fecundo en egoísmo estéril, la unión fiel en vínculo temporal. «Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente. Éste es el riesgo fatal del amor en una cultura sin verdad» (Benedicto XVI, Enc. Caritas in veritate, 3).

“La Iglesia es llamada a vivir su misión en la caridad que no señala con el dedo para juzgar a los demás, sino que -fiel a su naturaleza como madre – se siente en el deber de buscar y curar a las parejas heridas con el aceite de la acogida y de la misericordia; de ser «hospital de campo», con las puertas abiertas para acoger a quien llama pidiendo ayuda y apoyo…”.  No nos cansemos de predicar el Evangelio de la familia

 

            “Estrella de la nueva evangelización,

            ayúdanos a resplandecer en el testimonio de la comunión,

            del servicio de la fe ardiente y generosa,

            de la justicia y el amor a los pobres

            para que la alegría del Evangelio,

            llegue hasta los confines de la tierra, y ninguna periferia se prive de su luz

 

            Madre del Rosario,

            Manantial de alegría para los pequeños,

            ruega por nosotros.

HOMILIA EN LA ORDENACIÓN SACERDOTAL DE LOS DIACONOS ARIEL GUSTAVO OLMO Y DAMIÁN JOSÉ RETAMAR

 

 

 

Catedral Nuestra Señora del Rosario.

Paraná, 13 de junio de 2015.

 

Querido Sr. Cardenal

Queridos sacerdotes,  diáconos y seminaristas

Queridos consagrados.

Queridos hermanos en el Señor

 

Nos congrega, una vez más, un don grande del Señor para Su Iglesia: la ordenación presbiteral de nuestros queridos diáconos Gustavo y Damián.

Con inmensa alegría estamos participando de la Santa Misa en que estos hermanos nuestros, dentro de unos momentos, por la imposición de manos del Obispo y la oración consagratoria, han de recibir el sacramento del Orden que los configurara con Cristo Cabeza, Pastor, Siervo y Esposo de la Iglesia.

La vocación sacerdotal  es un misterio de la elección divina: «No me han elegido ustedes a mí, sino que yo los he elegido a ustedes, y los he destinado para que vayan y den fruto, y que ese fruto sea duradero» (Jn 15, 16). Estas palabras inspiradas de la Sagrada Escritura estremecen profundamente el corazón de todo sacerdote, seguramente en esta mañana al de Gustavo y Damián.

Tengan bien presentes, queridos hijos,  que es el Señor quien los ha llamado desde toda la eternidad y es Él, quien los ha consagrado  para que sean Su propiedad.

Por la consagración quedarán  sellados con una nueva identidad, como sacerdotes del Señor: actuarán en nombre de Cristo Cabeza; serán administradores de sus sacramentos para bien del Pueblo de Dios; presidirán la Eucaristía, proclamarán Su palabra; y deberán ofrecerse a ustedes mismos juntamente con el Señor sobre el altar, para ser con Él víctima viva, para alabanza de Su gloria y salvación de los hombres.

Esta misión, como comprenderán, no podrán realizarla plenamente sino es poniendo de parte de ustedes un esfuerzo continuo por ser sacerdotes santos, sabiendo desde ya, que es el Señor quien realiza la obra. “jamás destacaremos, Benedicto XVI, suficientemente, cuán fundamental y decisiva es nuestra respuesta personal a la llamada a la santidad. Esta es la condición no sólo para que nuestro apostolado personal sea fecundo, sino también, y más ampliamente, para que el rostro de la Iglesia refleje la luz de Cristo (cf. Lumen Gentium, 1),

Él, quien nos ha llamado de un modo tan personal, quiere que la existencia de cada uno, el ministerio y la santidad de nuestras vidas vayan unidos. «Hoy más que nunca la Iglesia necesita sacerdotes santos, cuyo ejemplo diario de conversión inspire en los demás el deseo de buscar la santidad a la que está llamado todo el pueblo de Dios” S. Juan Pablo II

Permítanme que en esta mañana subraye dos aspecto del sacerdocio, que son muy queridos por nuestro Papa Francisco.

La identidad del presbítero se comprende contemplando la imagen del Buen Pastor, por lo tanto la primera exigencia para un sacerdote es que  sea un auténtico discípulo de Jesucristo, porque solo un sacerdote enamorado del Señor puede cumplir la misión confiada por Él. Pero, al mismo tiempo, debe ser un ardoroso misionero que vive el constante anhelo de buscar a los alejados.

Discípulos enamorados: cuya existencia esté centrada en la escucha de la Palabra de Dios y en la celebración diaria de la Eucaristía: “mi Misa es mi vida y mi vida es una Misa prolongada” (S. Alberto Hurtado) (191) «La santa misa es, de modo absoluto, el centro de mi vida y de toda mi jornada”. S. Juan Pablo II.

Para configurarse con el Maestro desde la Eucaristía, es necesario asumir la centralidad del mandamiento del amor  “En el seguimiento de Jesucristo aprendemos y practicamos las bienaventuranzas  del Reino, el estilo de vida del mismo Jesucristo: su amor y obediencia filial al Padre, su compasión entrañable ante el dolor humano, su cercanía a los pobres y a los pequeños, su fidelidad a la misión encomendada, su amor servicial hasta el don de su vida”

Ardorosos misioneros: entregados apasionadamente a la misión pastoral; y para que esto sea posible hay que tener una certeza: la certeza de que el mundo no puede vivir sin Dios, el Dios de la Revelación, el Dios que en Jesucristo nos mostró su rostro, un rostro que sufrió por nosotros, un rostro de amor que transforma el mundo como el grano de trigo que cae en tierra. Por consiguiente, tenemos esta profundísima certeza: Cristo es la respuesta y, sin Él,  el Dios con el rostro de Cristo, el mundo se autodestruye y hoy resulta  evidente  cuando se tiene la pretensión de construir un mundo sin Dios. El hombre se autodestruye.  Debemos tener una certeza renovada: él es la Verdad y sólo caminando tras sus huellas vamos en la dirección correcta, y nuestra misión es caminar y guiar a nuestros hermanos en esta dirección.

Este ardor misionero es obra del Espíritu Santo; “se basa en la docilidad al impulso del Espíritu, a su potencia de vida que moviliza y transfigura todas las dimensiones de la existencia.

El discípulo y misionero, movido por el impulso y el ardor que proviene del Espíritu, tiene que anunciar, sin cansarse y con creatividad, con fuego en el alma, el Evangelio de Jesús. ¡Pobre de mí si no evangelizo!

 “Llevemos nuestras naves mar adentro, con el soplo potente del Espíritu Santo, sin miedo a las tormentas, seguros de que la Providencia de Dios nos deparará grandes sorpresas”  DAP(551).  Tengan siempre  valor y  audacia apostólicos”. Sean ministros del Evangelio cuya vida irradie el fervor de quienes han recibido, ante todo, en sí mismos, la alegría de Cristo y aceptan consagrar su vida a la tarea de anunciar el Reino de Dios y de implantar la Iglesia en el mundo”.

La actitud de servicio, queridos Damián y Gustavo, es una de las características que más  pide Francisco a los sacerdotes. Nace de la doble dimensión: discípulos enamorados y ardorosos misioneros.

El Pueblo de Dios siente necesidad de presbíteros-discípulos, configurados con el corazón del Buen Pastor y de presbíteros-misioneros, que cuiden del rebaño a ellos confiados y busquen a los más alejados”, que estén atentos a las necesidades de los más pobres,  y promotores de la cultura de la solidaridad. También de presbíteros llenos de misericordia, que se manifieste especialmente en la disponibilidad para celebrar el sacramento de la reconciliación y correr, sin demora, al lecho del enfermo o de cualquier sufrimiento.

 “Nos reconocemos como comunidad de pobres pecadores, mendicantes de la misericordia de Dios…” y necesitados de abrirnos a “la misericordia del Padre”. Esta conciencia de pecador es fundamental en el discípulo y más si, es presbítero.  Al considerarse vivencialmente como pecador, el presbítero se hace, “a imagen del Buen Pastor,… hombre de la misericordia y la compasión, cercano a su pueblo y servidor de todos” . Crece en “el amor de misericordia para con todos los que ven vulnerada su vida en cualquiera de sus dimensiones, como bien nos muestra el Señor en todos sus gestos de misericordia”. “Tu misericordia Señor me sostiene”… han querido tomar como lema. Háganlo realidad en sus vidas.

Quiero concluir,  brevemente, con algunos consejos sencillos pero fundamentales para la fecundidad y fidelidad de la misión que hoy la Iglesia les encomienda:

-sean hombres de oración: no seguimos a un personaje de la historia pasada, sino a Cristo vivo, presente en el hoy  de nuestras vidas. Necesitamos una profunda experiencia  que nos configure con Él y que culmine en la madurez del discípulo de Jesucristo.  Sólo lo lograremos en la oración, que hace madurar la elección de vida por Dios, que nos hace vivir con alegría y fecundidad nuestra entrega celibataria. Si no hay oración, nuestro sacerdocio está en peligro. Oración cuyo culmen es la Eucaristía, diariamente celebrada  y adorada, que irá transformando la vida de ustedes en una existencia eucarística

Como ardorosos misioneros: tenemos que tener bien claro: “La evangelización se hace de rodillas”…  Sin la relación constante con Dios, la misión se convierte en función” SS Francisco

«La salvación de muchos depende de la oración de pocos» SS Pío XII

-Amen a la Iglesia y vivan la comunión. «Que todos sean uno: como Tú, Padre, estás en mí y yo en Ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste». (Jn.17:21).Por vocación somos constructores de comunión. Nuestra comunión nace en la de la Trinidad y vive de ella. Se inserta en el misterio de Cristo y de la Iglesia, su Cuerpo místico y misterio de comunión. Las relaciones entre nosotros, miembros de este Cuerpo, surgen de la fe.

Sientan al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como “uno que me pertenece”, para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad.  Tengan capacidad de ver, ante todo, lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un “don para mí”. Sepan “dar espacio” al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (Cf. Gal 6, 2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan.

 

Y para con  la Iglesia, la  mejor actitud es el amor y la entrega, como Jesús. “Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla” (Ef. 5,25). Sientan la alegría de ser uno en Cristo. Ningún momento de la Iglesia escapa a su Providencia.

-Sean profundamente marianos. De María Virgen podrás aprender lo que significa ser el esclavo del Señor y que se haga en ustedes según su palabra, día a día, momento a momento.

Hoy quiero pedirle a la Virgen para ustedes y para todos los sacerdotes, la gracia de saber recibir el don de Dios con amor agradecido, apreciándolo plenamente como ella hizo en el Magníficat; la gracia de la generosidad en la entrega personal para imitar su ejemplo de Madre generosa, la Virgen de la Visitación; la gracia de la pureza y la fidelidad en el compromiso del celibato, siguiendo su ejemplo de Virgen fiel; la gracia de un amor ardiente y misericordioso a la luz de su testimonio de Madre de misericordia.

Queridos hijos, tengan presente siempre que en las dificultades que encuentren pueden contar con la ayuda de María, como ella estuvo al pie de la cruz de su Hijo está siempre junto a nosotros en las pruebas.

 

Que Dios los bendiga y recuerden bien que Contemplar el rostro de Cristo, y contemplarlo con María, es el programa  que  la Iglesia les pide en el alba del tercer milenio, invitándolos a remar mar adentro en las aguas de la historia con el entusiasmo de la nueva evangelización.

Agradezco a sus familias, a sus comunidades de origen: Inmaculada concepción y San Miguel de Bovril, a sus comunidades que los acompañan en esta última etapa de preparación y especialmente a los formadores del Seminario.

Pidamos al Señor que siga enviando sacerdotes para su Iglesia. Que así sea